Jesús Está Vivo 

 

Imprimatur 

 

+ Nicolás de Jesús López 

 

Arzobispo de Santo Domingo 

 

30 de mayo de 1984 
 

 

CONTENIDO 

 

 

 

PRESENTACIÓN 6 

 

 

 

1.- TUBERCULOSIS PULMONAR 7 

 

 

 

2.- NAGUA Y PIMENTEL 10 

 

A. NAGUA 10 

 

B. PIMENTEL 12 

 

a. Primera reunión 12 

 

b. Segunda reunión 13 

 

c. Tercera reunión 13 

 

d. Cuarta reunión 14 

 

e. Quinta reunión 14 

 

f. Domingo de Ramos 16 

 

g. La Semana Santa 17 

 

 

 

3.- ¡JESÚS ESTÁ VIVO! 22 

 

 

 

4.- LA PALABRA DE CONOCIMIENTO 28 

 

 

 

5.- LA CURACIÓN 32 

 

 

 

A. ENFERMEDAD DEL CUERPO Y CURACIÓN FÍSICA 32 

 

 

 

a. Jesús 33 

 

b. La Iglesia 33 

 

c. Los signos 34 

 

d. Milagros y Curaciones 35 

 

Oración por curación Física 39 

 

B. ENFERMEDAD DEL CORAZÓN Y CURACIÓN INTERIOR 40 

 

a. Raíz del Problema 41 

 

Oración de curación interior 43 

 

b. La oración 44 

 

-En el Nombre de Jesús 44 

 

-Por la Sangre del Cordero 45 

 

-Por las llagas de Jesús 45 

 

-Orar en Lenguas 45 

 

-Intercesión de María 45 

 

C. ENFERMEDAD DEL ESPÍRITU Y RECONCILIACIÓN 45 

 

D. CONVALESCENCIA 48 

 

a. La vida sacramental 48 

 

b. La Oración 48 

 

c. Lectura de la Palabra 49 

 

d. La Comunidad 49 

 

e. El Servicio 49 

 

 

 

 

6.- LA LIBERACION 50 

 

A. LA OPRESIÓN 51 

 

B. LA OBSESIÓN 52 

 

a. La Oración de Liberación 53 

 

b. Auto liberación 54 

 

C. LA POSESIÓN 54 

 

 

 

7.- AYUDAS PARA LA SANACIÓN 55 

 

A. EVANGELIZANDO 55 

 

B. FE EXPECTANTE 56 

 

C. ARREPENTIMIENTO 57 

 

D. PERDONANDO 60 

 

E. ORACIÓN EN COMUNIDAD 61 

 

F. ORACIÓN DEL ENFERMO 62 

 

G. INTERCESION DE MARÍA 62 

 

H. ABANDONO 64 

 

 l. ORACIÓN EN LENGUAS 65 

 

J. RENUNCIA A SATANÁS 66 

 

 

 

8.- CINCO CARTAS 67 

 

 

 

9.- EL ÚLTIMO VIAJE 83 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JESÚS 

 

 

 

ESTÁ VIVO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN 

 

 

 

Es imposible dejar de hablar de lo que se ha visto y oído. Es justo, digno y 

necesario, levantar la voz a todo el mundo proclamando algunas de las maravillas que el 

Señor ha hecho en estos últimos años. 

 

Estas líneas son una alabanza y una acción de gracias de todos los que de alguna 

manera hemos sido beneficiados por la gracia de Dios a lo largo de este ministerio de 

evangelización acompañado de signos, milagros y curaciones. 

 

Esto es un testimonio. El Evangelio, antes de consignarse por escrito fue 

proclamado y aún antes vivido. Atrás de estas líneas late viva la proclamación del 

evangelizador; casi podemos escuchar la voz del predicador; pero sobre todo, podemos 

encontrarnos con Aquel que es el evangelio mismo: Cristo Jesús que es el mismo ayer, 

hoy y por siempre. El es el centro de estos renglones. 

 

El padre Emiliano Tardif es sólo como el burrito del Domingo de Ramos a quien le 

ha tocado la suerte de llevarlo por los cinco continentes. Como al pollino de Betfagé le 

han tocado a veces mantos de flores como en Tahití pero también cárceles y 

persecuciones como en el Congo. Lo importante no es el vaso de barro sino el tesoro que 

lleva dentro: el mismo Jesucristo. 

 

Este no es algo técnico para aprender a orar por los enfermos, sino el testimonio de 

que nuestro Dios sana hoy a sus hijos enfermos. Tampoco es de curación sino de 

evangelización. Es un grito que se levanta dando esperanza a todos aquellos que se 

atreven a creer que el Jesús que murió en la cruz ha resucitado y está vivo; y por tanto, 

todo es posible. ¿Qué de extraño tiene que nuestro Dios haga maravillas si El es un Dios 

maravilloso? 

 

En fin, lo que menos necesitan estas letras es una introducción o presentación. 

 

 

 

 

 

TUBERCULOSIS PULMONAR 

 

 

 

En 1973, yo era provincial de mi Congregación, Misioneros del Sagrado Corazón, 

en la República Dominicana. Había trabajado demasiado, abusando de mi salud en los 16 

años que tenía como misionero en el país. Pasé mucho tiempo en actividades materiales, 

construyendo iglesias, edificando seminarios, centros de promoción humana, de 

catequesis, etc. Siempre estaba buscando dinero para edificar casas y para dar alimento a 

nuestros seminaristas. 

 

El Señor me permitió vivir todo ese activismo y, por el exceso de trabajo, caí 

enfermo. El 14 de junio de ese año en una asamblea del Movimiento Familiar Cristiano 

me sentí mal, muy mal. Tuvieron que llevarme inmediatamente al Centro Médico 

Nacional. Estaba tan grave que pensaba que no podría pasar la noche. Creí realmente que 

me iba a morir pronto. Muchas veces había meditado sobre la muerte y predicado sobre 

ella, pero nunca había hecho el ensayo de morirme, y esto no me gustó 

 

Los médicos me hicieron análisis muy detenidos, detectándome tuberculosis 

pulmonar aguda. Al ver que estaba tan enfermo pensé volver a mi país, Quebec, Canadá, 

donde nací y vive mi familia. Pero estaba tan delicado que no podía hacerlo entonces. 

Tuve que esperar quince días bajo tratamientos con reconstituyentes, para realizar el 

viaje. 

 

En Canadá me internaron en un centro médico especializado donde los médicos me 

volvieron a examinar, pues querían estar bien seguros de cuál era mi enfermedad. El mes 

de julio se lo pasaron haciendo análisis, biopsia, radiografías, etc. Después de todos estos 

estudios, confirmaron de manera científica que la tuberculosis pulmonar aguda había 

lesionado gravemente los dos pulmones. Para animarme un poco me dijeron que tal vez 

después de un año de tratamiento y reposo podría volver a mi casa. 

 

Un día recibí dos visitas muy peculiares. Primero llegó el sacerdote director de 

RND -Revista "Notre Dame"- quien me pidió permiso de tomarme una fotografía para el 

artículo: "Cómo Vivir con su Enfermedad". 

 

Aún él no se despedía cuando entraron cinco seglares de un grupo de oración de la 

Renovación Carismática. En República Dominicana me había burlado mucho de la 

Renovación Carismática, afirmando que América latina no necesitaba don de lenguas 

sino promoción humana, y ahora ellos venían a orar desinteresadamente por mí. 

 

Estas visitas tenían dos enfoques totalmente diferentes: el primero para aceptar la 

enfermedad. El segundo para recobrar la salud. 

 

Como sacerdote misionero pensé que no era edificante rechazar la oración. Pero, 

sinceramente, la acepté más por educación que por convicción. No creía que una simple 

oración pudiera conseguirme la salud. 

 

Ellos me dijeron muy convencidos: 

 

- Vamos a hacer lo que dice el Evangelio: Impondrán las manos sobre los enfermos 

y éstos quedarán sanos. Así que oraremos y el Señor te va a sanar. 

 

Acto seguido se acercaron todos a la mecedora donde yo estaba sentado y me 

impusieron las manos. Yo nunca había visto algo semejante y no me gustó. Me sentí 

ridículo debajo de sus manos y me daba pena con la gente que pasaba afuera y se 

asomaba por la puerta que se había quedado abierta. 

 

Entonces interrumpí la oración y les propuse: - Si quieren, vamos a cerrar la 

puerta... - Sí, padre, cómo no, - respondieron. 

 

 

Cerraron la puerta, pero ya Jesús había entrado. 

 

Durante la oración yo sentí un fuerte calor en mis pulmones. Pensé que era otro 

ataque de tuberculosis y que me iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús que me 

estaba tocando y sanando mis pulmones enfermos. Durante la oración hubo una profecía. 

El Señor me decía. "Yo haré de ti un testigo de mi amor". Jesús vivo estaba dando vida, 

no sólo a mis pulmones sino a mi sacerdocio y a todo mi ser. 

 

A los tres o cuatro días me sentía perfectamente bien. Tenía apetito, dormía bien y 

no había dolor alguno. Los médicos estaban preparados para comenzar inmediatamente el 

tratamiento. Sin embargo, ningún medicamento les respondía de acuerdo a mi supuesta 

enfermedad. Entonces mandaron traer unas inyecciones especiales para gentes cuyo 

organismo no es normal, pero tampoco hubo reacción alguna. 

 

Yo me sentía bien y quería regresar a casa, pero ellos me obligaron a pasar el mes 

de agosto en el hospital buscando por todos lados la tuberculosis que se les había 

escapado y no podían encontrar. 

 

Al final del mes, después de muchos experimentos el médico responsable me dijo: 

 

- Padre, vuelva a su casa. Usted está perfectamente, pero esto va en contra de todas 

nuestras teorías médicas. No sabemos lo que ha pasado. 

 

Luego, encogiendo los hombros, añadió: 

 

- Padre, usted es un caso único en este hospital. 

 

- En mi Congregación también -le respondí riendo. 

 

Salí del hospital sin recetas, medicinas ni cuidados especiales. Me fui a casa 

pesando sólo 110 libras (50 kilos). El hospital que me iba a curar de tuberculosis me 

estaba matando de hambre. 

 

Quince días después apareció el número 8 de la Revista "Notre Dame". En la 

página cinco estaba mi fotografía del hospital: sentado en la célebre mecedora, con 

sondas, cara triste y mirada pensativa. Abajo de la fotografía decía: El enfermo debe 

aprender a vivir con su enfermedad, acostumbrarse a las alusiones veladas a las preguntas 

indiscretas... y a los amigos que ya no volverán a mirarlo de la misma manera". Pero mi 

salud echó a perder su número. 

 

El Señor me había sanado. Mi fe era muy pequeña, tal vez del tamaño de un grano 

de mostaza, pero Dios era tan grande que no había dependido de mi pequeñez. Así es 

nuestro Dios. Si estuviera condicionado a nosotros, no sería Dios. 

 

De esa manera yo recibí en carne propia la primera y fundamental enseñanza para 

el ministerio de curación: El Señor nos sana con la fe que tenemos. No nos pide más, sólo 

eso. 

 

El 15 de septiembre asistí a la primera reunión de oración carismática de mi vida. 

Ni sabía lo que era eso, pero fui, puesto que me había curado y las personas que habían 

orado por mí me pidieron que diera el testimonio de mi sanación. 

 

Comencé a trabajar un poco ese mes de septiembre y le escribí a mi superior para 

que el año que yo debía estar hospitalizado me permitiera pasarlo estudiando la 

Renovación Carismática en Canadá y Estados Unidos. Me dio permiso y fui a los centros 

más importantes de Quebec, Pittsburg, Notre Dame y Arizona. 

 

Recuerdo que estaba en los Angeles celebrando misa con mi sobrina y un amigo. 

Después de leer el Evangelio en francés quise comentarlo, pero pasó algo muy curioso: 

sentí como que la mejilla se me adormecía y comencé a hablar algo que no entendía. No 

era ni francés, ni inglés, ni español. Cuando terminé de hablar, exclamé sorprendido: 

 

- No me digan que voy a recibir el don de lenguas... 

 

 

- Eso es lo que tú ya recibiste, tío -respondió mi sobrina-. Tú estabas hablando en 

lenguas. 

 

Tanto que yo me había burlado del don de lenguas y el Señor me lo regaló en el 

momento en que iba a predicar. Así descubrí ese don tan hermoso del Señor. 

 

 

 

 

 

NAGUA Y PEMENTEL 

 

 

 

A.- NAGUA 

 

Después del año que supuestamente debía pasar en el hospital regresé a la 

República Dominicana. Mi superior me destinó a una parroquia en la ciudad de Nagua. 

 

Al llegar convoqué unas cuarenta personas para darles el testimonio de mi 

curación. Recuerdo que invité a los enfermos a pasar el frente para orar por ellos. Para mi 

sorpresa, había más gente en el grupo de enfermos que entre los sanos. Esa noche al 

Señor se le ocurrió sanar a dos de ellos. La asamblea estalló en gran alegría y los sanados 

daban testimonio por todas partes. Así, humildemente, comenzó una historia que no nos 

Imaginábamos sería tan maravillosa. 

 

A partir de las curaciones que el Señor realizaba, nuestro grupo se asemejaba al 

Banquete del Reino de los Cielos: los invitados eran los cojos, los sordos, los mudos y los 

pobres. 

 

Cada semana el Señor sanaba enfermos. En agosto sanó a doña Sara que tenía 

cáncer en la matriz. Ella estaba desahuciada y la habían regresado del hospital para que 

muriera en su casa. La llevaron a la reunión y durante la oración por los enfermos sintió 

un profundo calor en el vientre y comenzó a llorar. Poco a poco se dio cuenta que la 

enfermedad desaparecía A los quince días estaba completamente sana y volvió al grupo 

de oración para dar su testimonio, llevando en sus manos su mortaja; los vestidos que sus 

hijos le habían comprado para el día de la sepultura. 

 

La gente venía en gran número. Todos cantaban con alegría y alababan a Dios 

espontáneamente. Ante las curaciones y prodigios estallaban de gozo y contaban a todo 

mundo lo que pasaba en la parroquia. A raíz de estas reuniones tan festivas y hermosas 

algunos sacerdotes comenzaron a decir sarcásticamente: 

 

- El padre Emiliano se sanó de tuberculosis pero se enfermo de la cabeza. 

 

Porque oraba en lenguas y creía en el poder sanador de Cristo, afirmaban que me 

había vuelto loco. 

 

El Señor nos dijo mediante profecía: 

 

"Yo trabajo en la paz. Les doy mi paz. Sean mensajeros de paz. Comienzo a 

derramar mi Espíritu en ustedes. Es un fuego devorador que va a invadir a la ciudad 

entera. Abran los ojos porque verán señales y prodigios que muchos desearon ver y no 

vieron. Yo lo digo y yo lo hago". 

 

Estábamos delante de la obra del Señor. De eso estábamos seguros. Los milagros 

continuaron tan numerosos que no los podría contar: parejas que vivían en concubinato 

se casaron, jóvenes fueron liberados de las drogas y el alcoholismo. Era la pesca 

milagrosa: después de haber pasado mucho tiempo lanzando el anzuelo, ahora el Señor 

llenaba tanto las redes que hasta se me imaginaba que la barca se hundiría (Lc 5, 7). 

 

Jesús estaba liberando a su pueblo de las cadenas de esclavitud. Los jóvenes que ya 

no se interesaban por la Iglesia y la fe, comenzaron a encontrar y proclamar que Jesús era 

su libertador. 

 

En un retiro parroquial proclamamos a Jesús y luego oramos por la salud de los 

enfermos durante la Eucaristía. La primera palabra de conocimiento que tuve fue: "aquí 

hay una mujer que está siendo curada de cáncer. Ella siente un fuerte calor en su vientre". 

Seguí orando y hubo otras palabras de conocimiento que fueron confirmadas por los 

testimonios. Sin embargo, nadie reportó la primera. 

 

 

Al día siguiente una señora delante del micrófono dijo a todos: 

 

- Tal vez se sorprendan por verme aquí. Soy pecadora pública que he pasado 

muchos años en la prostitución. Ayer quise venir a misa de sanación, mas por la vida que 

he llevado, me dio vergüenza entrar y me quedé un poco lejos, atrás de la empalizada. 

Estaba enferma de cáncer. Incluso llevo dos operaciones que no han detenido la 

enfermedad, pero cuando el sacerdote dijo que una persona estaba siendo curada de 

cáncer sentí que era yo. 

 

El Señor la sanó no sólo de cáncer de su cuerpo, sino también del cáncer de su 

alma. Se arrepintió y comulgó al día siguiente. Cuando la vi comulgar con tanta alegría y 

lágrimas de felicidad en su rostro, recordé el regreso del hijo pródigo que come el becerro 

cebado que su padre le había hecho matar. Ella estaba recibiendo al mismo Cordero de 

Dios que quita el pecado del mundo, purificando su alma y cambiando su vida. Ella 

regresó al prostíbulo para testificar a sus compañeras con lágrimas en los ojos: 

 

- No vengo a decirles que dejen esta vida. Sólo quiero hablarles de mi amigo Jesús 

que me rescató y cambió mi vida. 

 

Les contó su curación y conversión. Luego pidió permiso para hacer un grupo de 

oración en el mismo prostíbulo y todos los lunes se cerraban las puertas al pecado y se 

abría el corazón a Jesús. Había oración, lectura de la Palabra y cantos. 

 

El Señor no terminó allí su obra. Después de un año se organizó un retiro para 47 

prostitutas de la ciudad. Es el retiro donde he visto actuar con más poder la misericordia 

de Dios. 

 

Hubo arrepentimiento, conversión y confesiones. 27 dejaron su antigua vida, y 

según informes recientes, 21 han perseverado en el camino del Señor. Algunas hasta se 

han vuelto catequistas; otras animan grupos de oración testificando poderosamente cómo 

el amor misericordioso de Dios las ha transformado 

 

De las 21 casas de prostitución que había en la calle Mariano Pérez no quedaron 

más que cuatro. Personas del mismo grupo de oración visitaron todas estas casas y el 

Señor las transformó. 

 

Aquí conviene mencionar otro caso de una de estas mujeres, de las cuales Jesús 

dice que aventajarán a los escribas y fariseos en el Reino de los Cielos: 

 

Diana fue tocada por el amor de Dios y ella se entregó al Señor Sin embargo, su 

restablecimiento fue lento y doloroso. Incluso tuvo una recaída en su antigua vida a causa 

de problemas económicos. Cuando se hallaba lejos, el Señor le habló y le dijo: 

 

- Diana, quien me sigue, camina en la luz y no le falta nada. 

 

Ella se arrepintió y volvió al Señor. Hasta que se hizo catequista y hoy día testifica 

con gran poder en los retiros la misericordia del Señor, formando parte de un equipo de 

evangelización y ya quisieran muchos sacerdotes el poder que ella tiene para proclamar 

la vida nueva en Cristo Jesús. 

 

Según estadísticas en Nagua había unas 500 casas de prostitución. Más de un 80% 

cerró sus puertas. No todas se convirtieron pero sí todas fueron alcanzadas por el mensaje 

de Jesús vivo. Incluso varias de estas casas que estaban al servicio del pecado y el 

egoísmo, se convirtieron en casas para grupos de oración. Fue tan notorio el cambio que 

llegaron a decir: "Nagua era la ciudad de la prostitución, pero ahora es la ciudad de la 

oración" 

 

Hoy día no hay calle en Nagua sin grupo de oración. Estos son grupos 

evangelizadores que anuncian y llevan a las personas a un encuentro personal con Jesús 

vivo. 

 

 

El caso de Nagua nos da una idea ahora de lo que son los carismas en la 

evangelización. No son adornos accidentales, sino vehículos de evangelización. 

 

Hay muchos que niegan los carismas, diciendo que no tienen importancia. 

Simplemente les recuerdo que Nagua fue sacudida por el Evangelio y cambió su fama de 

"la ciudad de la prostitución" gracias a un retiro de prostitutas. Este retiro se llevó a cabo 

por una mujer que, como María Magdalena, siguió a Jesús y luego lo testificó. ¿Por qué? 

Porque fue sanada de cáncer. 

 

Una humilde curación física desencadenó una transformación social. Así se 

instaura el Reino de Dios, a través de acontecimientos tan pequeños y sencillos que, 

como granos de mostaza, al germinar dan fruto abundante. 

 

¿Quiénes somos los hombres para desechar los caminos de Dios? 

 

 

 

B.- PIMENTEL 

 

Yo estaba muy feliz en Nagua trabajando con los grupos de oración, mas el Espíritu 

Santo me tenía preparada una gran sorpresa. En verdad que los caminos de Dios son 

diferentes a los nuestros (Is 55, 8), pero incomparablemente mejores de lo que podemos 

pedir o pensar (Ef 3, 20). El Padre provincial me pidió suplir temporalmente a un párroco 

que se iba de vacaciones. 

 

Sinceramente me costaba mucho trabajo dejar Nagua. Siempre queremos 

asegurarnos con lo que tenemos y éste es el gran enemigo para abrirse a las sorpresas del 

Espíritu. La vida en el Espíritu es una vida de despojo, de no hacer nuestras las cosas de 

Dios, ni siquiera lo que llamamos "nuestro ministerio". Estamos llamados a ser eternos 

peregrinos que viven en tiendas provisionales, dispuestos siempre para el viaje, sin boleto 

de regreso. Sólo cuando nada poseemos es cuando somos capaces de tenerlo todo. 

 

El 10 de junio de 1974 llegué a mi nuevo destino: Pimentel, que es un pueblo 

simpático, situado en el centro del país y enmarcado por una fértil llanura, generosa en 

arroz, papa, cacao y naranja, gracias a las aguas de Río Cuaba. El pueblo es apenas 

cruzado por una calle sin pavimentar donde transitan burros y uno que otro automóvil o 

tractor. La Bandera Nacional que ondea en la municipalidad es saludada por la esbelta 

palmera, la acacia y el samán del parque público que está enfrente. Del otro lado se 

levanta la parroquia de San Juan Bautista, cuyo nombre me hizo pensar que mi misión, 

como la de todo evangelizador, es de ser un precursor que anuncia la venida del 

Salvador. El Espíritu Santo me había traído aquí para ser testigo de la luz de Cristo 

resucitado. 

 

Al llegar me entrevisté con el párroco que ya tenía sus maletas hechas. Sólo le pedí 

que me diera permiso de organizar un grupito de Renovación, porque sin oración no 

podía trabajar. A él no le gustaba, tenía miedo. No me lo negó porque yo lo iba a suplir 

para que se fuera de vacaciones, pero me dijo: 

 

- Está bien, haz el grupo, pero sin carismas. 

 

- Bueno -le contesté-, los carismas no los doy yo. Eso viene del Espíritu Santo. Si él 

quiere dar carismas a tu gente ¿qué puedo hacer yo? 

 

- Haz lo que quieras -me contestó y se despidió. 

 

El verano de ese año fue muy caluroso, como presagio del fuego del Espíritu que 

nos invadiría. El que no crea que tenemos un Jesús vivo que hoy hace maravillas, no le 

conviene leer lo siguiente, pues le parecería increíble. 

 

a.- Primera reunión 

 

 

Durante las misas del primer domingo invité a la gente para una conferencia sobre 

la Renovación Carismática, prometiéndoles contar el testimonio de mi curación. 

Asistieron unas 200 personas. Pero esa gente tenía tanta fe que en la noche llevaron un 

tullido en una camilla. Se le había roto la columna vertebral y no había vuelto a caminar 

desde hacía cinco años y medio. 

 

Cuando los vi llegar con él en la camilla pensé que eran demasiado atrevidos, pero 

me recordaron a aquellos cuatro que llevaron a su amigo paralítico a Jesús (Mc 2, 1-12). 

Oramos por él y le pedimos al Señor que por el poder de sus santas llagas sanara a este 

tullido. El hombre comenzó a sudar abundantemente y a temblar. Entonces recordé que 

cuando el Señor me sanó, yo también sentí mucho calor. Así que le ordené: 

 

- El Señor te está sanando. ¡Levántate en el nombre de Jesús! 

 

Le di la mano y él me miró muy sorprendido. Con mucho esfuerzo se levantó y 

comenzó a andar lentamente. 

 

 - ¡Sigue caminando en el nombre de Jesús! -le grité- ¡El Señor te está sanando! 

 

El daba un paso y otro paso. Llegó hasta el Sagrario y, llorando, daba gracias a 

Dios. Todo el mundo alababa al Señor mientras el curado salía llevando su camilla 

debajo del brazo. Ese día otras diez personas también fueron curadas por el amor de 

Jesucristo. 

 

¡Qué sed tiene la gente de oración! Se acercan a nosotros para pedirnos que les 

enseñemos a orar. Como Jesús, debemos enseñarles orando con ellos. No podemos 

desaprovechar esa maravillosa oportunidad. Si nosotros habláramos menos del Señor y 

habláramos más con El, ¡qué pronto se transformaría nuestro mundo! Es cierto que al 

Señor le agrada que hablemos de El, pero más le gusta que hablemos con El. 

 

b.- Segunda reunión 

 

El siguiente miércoles llegaron más de 3,000 personas. 

 

Entonces realizamos la reunión en la calle porque no cabíamos en la iglesia. Como 

no se podía hacer asamblea de oración con tanta gente, prediqué media hora antes de 

celebrar la Eucaristía por los enfermos. 

 

Había allí una mujer llamada Mercedes Domínguez. Tenía 10 años completamente 

ciega y durante la oración por los enfermos sintió un intenso frío en los ojos. Regresó a 

su casa muy emocionada, diciendo a todo mundo que podía ver un poco. ¡Al día siguiente 

amaneció completamente sana! 

 

El Señor le abrió los ojos y ella abrió la boca para testificar por todas partes su 

maravillosa curación. Esta sanación impresionó mucho a todo el pueblo. 

 

c.- Tercera reunión 

 

Imagínense lo que sucedió la tercera semana. Nos fuimos al parque, al aire libre, 

para celebrar la gloria del Señor. Era como cuando Jesús llegaba a Cafarnaúm o Betsaida. 

El mismo Jesús, vivo, llegaba a nuestro pueblo. El parque parecía la Piscina de Bezatá: 

llena de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, esperando su curación. Cf. Jn 5, 1-3. 

 

"Bezatá" significa "Casa de la Misericordia". Pimentel, el más pequeño de los 

pueblos, se había convertido en el lugar escogido por Dios para mostrar su misericordia. 

El ministerio de curación es el ministerio de la misericordia de Dios. 

 

Esa noche había más de 7000 personas. Hicimos lo mismo: predicar el amor de 

Jesús; que él está vivo en su Iglesia y sigue actuando con signos y prodigios. Celebramos 

la misa y de nuevo el Señor comenzó a sanar enfermos. Era algo casi exagerado. Sucedía 

como en las bodas de Caná, que el Señor se le pasó la mano con el vino: le sobró tanto 

que se podía organizar otra boda. Cuando le pedimos algo, él nos da todo porque él no 

 

 

tiene límite en su poder ni en su amor. El no sana sólo a dos ni a tres; son cantidades 

enormes. 

 

La policía estaba muy molesta porque tenía que trabajar horas extras tratando de 

controlar el excesivo tráfico en un pueblo tan pequeño. Entonces los oficiales fueron ante 

el jefe de policía a pedirle que prohibiera esas reuniones. El jefe abrió las manos y les 

respondió con una sonrisa: 

 

-Yo también hubiera querido suspenderlas, pero mi esposa se curó en una reunión 

de éstas... 

 

Ella tenía doce años enferma y fue tocada por el amor de Dios. Después de algunos 

días ambos recibieron el sacramento del matrimonio. ¡Qué maravilloso es el Señor! 

 

El Señor había previsto todo; en vez de suspender la reunión tuvimos 18 policías 

extras para dirigir el tráfico durante el siguiente miércoles. 

 

d.- Cuarta reunión 

 

Era el 9 de julio, aniversario de mi regreso a la República Dominicana. Desde las 9 

de la mañana llegaban autobuses y camionetas con gente de todo el país. Hasta los 

taxistas nos hacían propaganda, pues les convenía también a ellos. Esa tarde había unas 

20,000 personas en oración. Por tanta gente, nos tuvimos que subir al techo, donde 

colocamos el altar y las bocinas. 

 

¿Saben ustedes cómo se "vengó" Dios de la policía que quería acabar con las 

reuniones? Esa noche curó a un policía que sufría un derrame cerebral que lo tenía 

semiparalizado. A partir de esto teníamos a todos los policías completamente de nuestra 

parte. En verdad que la forma de terminar Dios con los problemas es mejor que la 

nuestra. 

 

Una señora, conocida por todo el pueblo, que tenía 16 años sorda, se curó 

completamente. Sintió primero un zumbido y luego se dio cuenta que oía perfectamente 

la predicación. Al día siguiente fue al mercado y un empleado le dijo a otro compañero: 

 

- Allí viene la sorda, vamos a hacerle una broma moviendo nuestra boca, pero sin 

pronunciar ninguna palabra. 

 

Pero ella alcanzó a oír lo que decían y les contestó muy contenta: 

 

- No, señores, ya no estoy sorda porque Cristo me sanó anoche. 

 

 Aparte de estar curada daba testimonio del poder de Dios con buen humor. 

 

Un hombre que no podía caminar sino que gateaba, también se curó en esa ocasión. 

Hubo derroche de milagros y prodigios. Vimos de todo. Era vivir a todo color, en vivo y 

directo, lo que cuenta el Evangelio; era Jesús resucitado caminando entre nosotros y 

salvando a su pueblo. Esa noche hubo más de cien curaciones, según los testimonios 

recibidos. 

 

e.- Quinta reunión 

 

Para la quinta reunión nuestro equipo de sonido resultó insuficiente. La policía 

calculó en base a los metros cuadrados aquella multitud ¡eran 42,000 personas! Vino 

gente desde Puerto Rico, Haití y de todas las parroquias del país. Las calles estaban 

llenas, los tejados abarrotados y la pequeña carretera congestionada con autobuses, 

automóviles y camionetas. 

 

La gente aumentó tanto, por la simple razón de que el Señor Jesús no ha cambiado 

todavía su manera de trabajo. Mientras nosotros buscamos métodos pastorales más 

eficaces y acordes con nuestro tiempo, el Señor continúa con el suyo: él recorría la 

Galilea sanando a los enfermos; entonces las multitudes le seguían, y él les predicaba la 

Palabra de salvación (Lc 6,17-23). 

 

 

Hoy sigue haciendo lo mismo: sana a los enfermos, la gente se reúne por miles y 

nosotros proclamamos el Reino de Dios. Es sencillamente el Evangelio que se repite. 

 

Comencé a asustarme un poco, pues esa pobre gente quería tocarme y que orara por 

cada uno de ellos. Esa noche me arrancaron todos los botones de mi saco y por poco me 

aplastan. Otro problema era que las personas que habían viajado todo el día no 

encontraban alimento en el pueblo y regresaban hambrientos, pero llenos del amor de 

Dios. 

 

Entonces oramos y le pedimos al Señor su luz para saber qué debíamos hacer con 

tanta gente. El nos había metido en aquellos problemas, él tenía que sacarnos. Durante la 

oración nos dio un mensaje en lenguas a través de Evaristo Guzmán. Para que no me 

quedara duda, a mí mismo me dio la interpretación: 

 

"Evangelicen a mi pueblo, yo quiero un pueblo de alabanza". 

 

No debemos temer las grandes multitudes. El Señor nos las manda para que les 

proclamemos su Palabra de salvación. Los que temen a los prodigios del Señor le están 

teniendo miedo al Señor de los prodigios. 

 

Algunos se admiran de que el Señor responda tan pronto a las oraciones. Yo les 

digo que lo asombroso sería que él, siendo tan bueno, no respondiera: 

 

Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé. 

Is 65,25. 

 

Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá. 

 

Porque todo el que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá. 

 

¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le de una piedra, o, si 

pide pescado, en vez de pescado le da una culebra, o, si pide un huevo, le da un 

escorpión? 

 

 Si pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más 

el Padre del cielo dará al Espíritu Santo a los que se lo pidan!: Lc 11,9-13. 

 

- ¿Qué pensaba Mons. Antonio Flores, Obispo de la Vega, de todo esto? El estaba 

abierto, pero inquieto ante tanta publicidad de la prensa, la radio y la televisión. Fui a 

visitarlo y lo encontré en la capilla. Oramos juntos y estuvimos de acuerdo en dividir la 

inmensa asamblea en pequeños grupos como lo habíamos hecho antes en Nagua. Yo 

regresé feliz porque el Espíritu Santo, el Obispo y yo estábamos en completo acuerdo 

para dividir aquel grupo. 

 

Inmediatamente hicimos un comunicado que se difundió por radio y televisión, 

suspendiendo la gran asamblea y recomendando a la gente que se reuniera en su propia 

parroquia para orar. 

 

El Señor tenía un plan con los acontecimientos de Pimentel: despertar a su pueblo, 

sacudir a su Iglesia y mostrar con signos y prodigios que él está vivo y da su vida en 

abundancia a los que creen en su nombre. 

 

Comenzaba entonces otro tipo de trabajo; más a fondo y más delicado: formar a los 

responsables de los pequeños grupos de oración. Tuvimos un retiro el fin de semana con 

los más comprometidos. Les explicamos lo que es la reunión de oración, la Renovación 

Carismática, el Bautismo en el Espíritu Santo y los carismas... y los encomendamos a la 

gracia de Dios. (Hech 20,32) Tres días después ellos estaban coordinando más de 45 

grupos en distintos lugares de la parroquia. Había grupos abajo de los árboles, en la 

iglesia, en las casas y por todos lados. Toda la ciudad se había convertido en Casa de 

oración. 

 

 

Para que la gente tuviera fija la vista en Jesús y no en hombre alguno, esa noche yo 

me iba lejos de la parroquia. El Señor, sin embargo, se quedaba y seguía curando a los 

enfermos. 

 

En una visita que hicimos en 1984 en vistas a la publicación de este libro, nos 

regalaron un cuaderno donde están anotados 224 testimonios de curaciones realizadas en 

el grupo que se reunía en la casa de Guara Rosario en la calle Colón. Simplemente en la 

reunión del 13 de noviembre de 1975 dan 22 testimonios de curaciones. Poco después 

dejaron de consignarlos por escrito porque "ya eran demasiados". 

 

Les preguntamos también si el Señor seguía manifestándose ahora tanto como 

entonces, a lo cual nos respondieron con maravillosa sencillez: 

 

- No, no tanto, pero es que ahora ya no hay tantos enfermos. 

 

 

f.- Domingo de Ramos 

 

El Señor entró triunfalmente no sólo en el pequeño pueblo de Pimentel, sino en el 

país entero y más allá de sus fronteras. Todo fue tan maravilloso que me parecía un 

sueño. Nunca había encontrado mi vocación misionera tan fascinante y hermosa. 

 

El Señor entró en los medios de comunicación curando a la madre de un locutor de 

televisión. Este locutor se encargó de testificar el milagro delante de las cámaras. 

 

También el Señor llegó hasta la Cámara de Diputados curando del cuello a una 

diputada en la Asamblea Nacional. 

 

Más tarde me di cuenta de que los editores de la revista francesa "Il est vivant" le 

escribieron al Obispo preguntándole sobre la autenticidad de lo acaecido en Pimentel: El 

Señor Obispo respondió a su carta el 15 de octubre de 1975 diciendo textualmente: "El 

testimonio del Padre Emiliano Tardif M.S.C. es auténtico". Esta carta fue publicada en 

dicha revista en el número 6-7. 

 

Esos días era como estar en la cumbre del Tabor contemplando la gloria del Señor. 

Era compartir con Jesús aquello que le dijo su Padre: Tú eres mi hijo muy amado en 

quien yo tengo mis complacencias. 

 

El 16 de julio el Señor nos previno en profecía, anunciándonos que seríamos 

atacados, y ridiculizados, pero que no deberíamos temer, pues él ya había vencido al 

mundo. 

 

Pasaron tres meses y el párroco que estaba de vacaciones regresó. Se sorprendió 

con todo lo que encontró y lo que la gente contaba. Todo era tan extraordinario que no 

podía creerlo. 

 

El Señor había visitado su pueblo suscitando una fuerza salvadora en su parroquia, 

haciendo misericordia con los suyos, encendiendo una luz en medio de las tinieblas para 

que, libres de temor, pudiéramos servirle en santidad y justicia todos los días de nuestra 

vida. 

 

El Señor había sanado a hombres y mujeres, un policía y una niña, gentes que 

venían de lejos y enfermos incurables. El había evangelizado a su pueblo anunciándole la 

Buena Nueva del Reino, sirviéndose incluso de los medios de comunicación como la 

prensa y la televisión. Era el Domingo de Ramos en el que el Señor entraba triunfal a su 

pueblo. 

 

Al dejar la parroquia para regresar de nuevo a Nagua, la calle estaba vacía. El 

viento soplaba suavemente meciendo las palmeras y acariciando la Bandera Nacional que 

habían sido testigos de las maravillas del Señor. Sentí nostalgia de aquellas multitudes. 

En eso pasó trotando alegremente un borriquito que se me quedó mirando con sus 

grandes ojos. Rebuznó, me mostró una amplia sonrisa con su abundante dentadura, como 

 

 

queriéndome decir: tú eres simplemente el burro que trajo a Jesús a este pueblo y ahora 

debes regresar otra vez a Betfagé. La gloria, las palmas y los reconocimientos son para el 

que tú cargabas; no para ti. Tú, como Juan Bautista, debes disminuir para que Cristo 

crezca. Emiliano debe morir para que Cristo viva en él. Tu gloria es que Cristo sea 

glorificado; tu privilegio, anunciar el Evangelio. 

 

El burro movió la cola diciéndome "adiós" y se alejó. Yo regresé a Nagua 

brincando de alegría. 

 

g.- La Semana Santa 

 

Todo había sido como un crepúsculo con mil colores. El Señor se había mostrado 

espléndido; mucho más de lo que nosotros nos hubiéramos podido imaginar. Todavía no 

despertábamos del vino embriagador de su amor cuando unas negras nubes surcaron los 

cielos. De pronto todo se oscureció y se ocultó el sol. Aunque yo sabía que el Señor 

estaba conmigo, los vientos de tempestad comenzaron a soplar furibundos. 

 

El secretario de Salud me acusó por la televisión de abusar de la ignorancia del 

pueblo, haciéndolo creer que sanaba. Dijo que yo era un charlatán y que engañaba al 

pueblo; que por qué no me iba a hacer lo mismo a un país desarrollado, como Canadá. 

 

Otros me atacaron diciendo que, como extranjero, yo no conocía al pueblo y que 

todas esas curaciones y milagros llevarían al pueblo a la brujería y al espiritismo. Yo les 

contesté que en verdad yo no conocía tanto al pueblo pero sí conocía bien a Jesús y él 

jamás nos lleva al espiritismo o a la brujería. Al contrario. Cuando él actúa hace las cosas 

bien y no debemos tener miedo. 

 

Por radio, prensa y televisión hubo muchos ataques. En pocos días yo era un brujo 

y un mentiroso. Porque creía y proclamaba que Jesús estaba vivo, salvaba y curaba a su 

pueblo, decían que estaba loco, que era un fanático y otras cosas más. En menos de 24 

horas la prensa que antes me admiraba ahora luchaba en contra mía. Entonces comprendí 

qué frágil es la fama que el mundo ofrece y qué locura es buscar la opinión de los demás. 

En unas cuantas horas se viene abajo la espuma de la gloria. Pero mi confianza estaba en 

Jesús, que es el mismo, ayer, hoy y siempre. Como yo no había dependido de ellos 

cuando hablaban bien de mí, tampoco me afectó cuando opinaban mal. Yo estaba con 

una paz profunda en mi corazón. 

 

Unos que se decían psicólogos vinieron a decirme que era natural y que no había 

nada de milagroso en que sucedieran tales curaciones; que todo era debido al contagio de 

masas y a histeria colectiva. Simplemente les contesté que entonces me parecía una gran 

injusticia que, sabiendo tanto de esto, ellos no organizaran reuniones cada tarde para 

curar a todos los enfermos del país. 

 

Otros nos acusaban de emocionalistas. Yo les respondía que el emocionalismo es 

buscar la emoción por la emoción, y nosotros buscábamos al Señor, lo cual era siempre 

emocionante. Encontrar el Tesoro Escondido es emocionante y vibrante. El signo de que 

alguien encontró el Tesoro es la alegría que le da. 

 

Otros atacaban la inmadurez de la gente diciendo: 

 

- Toda esa multitud sólo viene por curiosidad y por los milagros de curación. 

 

Yo les contestaba: 

 

- ¿Qué importa la razón por la que ellos vienen? Lo importante es que estén aquí 

para que los evangelicemos. Seguramente Zaqueo no se subió al sicómoro para rezar el 

santo rosario sino por pura curiosidad, pues "quería ver a Jesús". 

 

Tanto me preguntaron si no me estaba volviendo loco que un día les contesté: 

 

 

- Yo también estoy preguntándomelo, pues ahora ya no sé hablar sino de mi Señor 

Jesucristo. 

 

Los párrocos vecinos se pusieron celosos. Un grupo del clero pidió que mi 

Provincial me sacara del país porque con esas tonterías yo iba a destruir la estructura de 

la Pastoral. Yo les contesté que Jesús no había sido enviado a salvar las estructuras 

pastorales sino a salvar a su pueblo y que eso era lo único que él estaba haciendo en 

medio de nosotros. 

 

Me acusaban que yo estaba vaciando las parroquias, pero yo no invitaba a nadie. 

Yo solamente proclamaba el Evangelio. 

 

Un sacerdote le decía al P. Emiliano que estaba exagerando y que era necesario ir 

más despacio. Su argumento era así: 

 

- Si tú me hablaras de dos o tres curaciones tal vez yo podría comenzar a creer. 

Pero ustedes los carismáticos están locos, hablan de tantos milagros... 

 

- Es que tú no conoces realmente a Jesús -le dije. 

 

- Sí -me contestó- pero en el santuario de Lourdes tienen un Centro Médico donde 

estudian las curaciones y dicen que hay muy pocas curaciones milagrosas. En cambio, 

ustedes... 

 

- Pero -yo le contesté- el criterio de nuestra fe no es el Centro Médico de Lourdes, 

sino el Evangelio y éste habla de tantos milagros... 

 

San Marcos, que es el más antiguo de los cuatro evangelios, nos relata 18 milagros 

y curaciones de Jesús en 16 capítulos. Si quitáramos los signos de poder del Evangelio de 

Marcos nos quedaría una o dos páginas. Hay muchos que por haber eliminado este 

aspecto tienen un Evangelio mutilado, pobre, reducido a doctrina y teorías. El Evangelio 

es vida para vivirse, experimentarse y testificarse. La primera vez que el libro de los 

Hechos de los Apóstoles se refiere al cristianismo lo define como "vida" (Hech 5, 20). 

 

Me atacaron tanto de todos los frentes, hasta de los que se suponía estaban del lado 

de Jesús, que tuve que sacar un artículo en la revista "Amigo del Hogar" en agosto de 

1975. Se titulaba: "LA CULPA ES DE CRISTO". Entre otras cosas, decía lo siguiente: 

 

"Ante los riesgos reales de caer en el fanatismo por lo milagroso, incurrimos en el 

extremo contrario, a veces más grave que el primero: olvidar que Dios es el maestro de lo 

imposible. 

 

La curación es realmente la respuesta a una oración de fe, como lo vemos tantas 

veces en el Evangelio. Esta oración puede ser del enfermo o de los que lo acompañan, de 

la comunidad o de una persona. 

 

Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. El es el Señor de la historia y actúa como 

bien le place sin preguntarnos ni pedirnos nuestro parecer o permiso para realizar sus 

prodigios ¿Quiénes somos entonces para oponernos o tratar de limitar la obra de nuestro 

Dios? 

 

Estamos convencidos de que El no se opone a la medicina. 

 

Lo que sucede muchas veces es que existen miles de personas que no tienen dinero 

para pagar al médico, la clínica ni los medicamentos. ¿Qué de extraño tiene que nuestro 

Dios se ocupe de los pobres y que El personalmente los atienda? ¿Por qué cerrar la puerta 

a los que han creído en la Palabra de Jesús que dijo: Vengan a mi todos los que están 

cansados y agobiados que yo los aliviaré? ¿No será que estábamos muy cómodos en un 

cristianismo hecho a nuestra medida? Viene el Señor con estos signos a demostrarnos 

que está vivo y a interpelarnos, ya que si está vivo, también están vigentes todas sus 

exigencias. 

 

 

El problema de Pimentel es que "Jesús está vivo y no muerto". 

 

Al poco tiempo me di cuenta de un doble error que había cometido en ese artículo: 

 

Cometí la torpeza de demostrar las sanaciones, dándoles nombres y direcciones de 

las personas que habían sido curadas, pensando que era la evidencia de los hechos y no la 

gracia de la fe la que trasformaría sus corazones. Les di la señal del cielo que pedían y no 

se convirtieron porque las señales son sólo señales; la fe es lo que nos hace reconocer lo 

que ellas significan: que Dios ama a los hombres, que Cristo está vivo y que la Iglesia 

tiene el poder del Espíritu Santo para resucitar a los muertos. 

 

El Señor me hizo recapacitar y darme cuenta que no debía defenderme de los 

ataques como él tampoco se defendió de quienes lo acusaban. Si yo me defendía con mis 

medios y argumentos no le permitía que él fuera mi defensor con sus medios y 

argumentos. 

 

Por otro lado, defenderme incluía renunciar a la purificación que el Señor quería 

hacer en mi vida. A través de tanto ataque e incomprensión, el Señor quería moldearnos a 

la imagen de su Hijo, pasando por la noche del Calvario para llegar a la gloria de la 

resurrección. 

 

El tiempo me ha convencido de que son más peligrosas las adulaciones que las 

críticas; porque estas últimas pueden ser el fuego que queme las impurezas de nuestro 

corazón; mientras que sobre las adulaciones pende una de las palabras más duras de 

Jesús: Ay de ustedes cuando todos hablen bien de sus personas, porque de ese modo 

trataron a los falsos profetas. Lc 6,26. 

 

Inconscientemente nos podemos olvidar que somos simples vasos de barro, pero el 

Señor se encarga de recordárnoslo mediante la cruz de la incomprensión. El Señor en su 

misericordia nos purifica y nos humilla para no robarle la gloria que sólo a El pertenece. 

 

La cruz es el desierto donde se manifiesta el Dios vivo. Pero hay que quitarse las 

sandalias para acercarse a la zarza ardiente. La crítica es como el atrio del Templo que 

nos prepara para entrar limpios al santuario del Dios vivo; libres de todo apego y los 

apegos más peligrosos son lo que llamamos nuestros méritos o nuestra actividad 

apostólica. 

 

Los ataques fueron tan violentos y continuos que a veces yo pensaba que ya no 

resistía. Por todas partes me acorralaban. Yo mismo me sentía solo en un camino nuevo. 

Entonces pedí a una hermana muy llena de Dios que rezara por mí. Ella lo hizo y me dio 

una profecía que me reconfortó. El Señor me dijo a través de ella: 

 

"Después de haber saboreado la alegría del Domingo de Ramos ¿no te parece 

normal probar algo de Semana Santa?" 

 

Esta palabra me sanó interiormente. Desde entonces veo los problemas de manera 

distinta y en completa paz. Cuando las cosas van bien, digo: "estamos en Domingo de 

Ramos". Si hay dificultades, simplemente afirmo: "estamos en la Semana Santa". De 

todos modos, la Pascua no está lejos. Gloria a Dios. 

 

El Señor antes de llevarme al Calvario, me hizo probar la gloria del Tabor. Pero no 

me dejó hacer allá mi tienda, sino que me bajó y me participó de su cruz. 

 

El Señor, antes del dolor, nos da su amor y cuando nos ama nos regala su cruz. La 

cruz es el regalo de Dios para quienes ama. La cruz antes de experimentar el amor de 

Dios no se entiende ni se puede aceptar. 

 

En el plan de Dios antes del Calvario debe estar el Tabor. Después de la gloria la 

cruz que salva y que nos lleva a la Resurrección. Nuestra vida se desarrolla como los 

 

 

misterios del Rosario: hay gozosos, dolorosos y gloriosos, pero todos y cada uno 

terminan con "gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo". 

 

La obra de sanación no es humana es producto del inmenso amor que nos tiene 

Jesús. 

 

Cada día vivimos un misterio. Toda la vida no puede ser ni gozosa ni dolorosa, sino 

entremezclándose, para la gloria de Dios. La cruz y la resurrección son como las pinturas 

de Rembrandt donde luces y sombras se combinan para expresar la belleza. 

 

Nuestro pueblo estaba dormido en un letargo de pasividad. Vino el Señor y sacudió 

todo. La gente iba a consultar a los sacerdotes para preguntarles por estas cosas. Entonces 

ellos tenían que leer e informarse para dar respuestas adecuadas. 

 

Hasta la Comisión Episcopal se reunió para dar una declaración. Esto era muy 

importante para mí. Yo estaba cierto que la obra era de Dios, pero necesitaba el 

discernimiento de los Obispos. Para mí ellos eran la voz de Dios. Publicaron una 

declaración titulada: "El Papa aprueba y estimula las reuniones de oración carismática". 

Luego, como subtítulo, decía: Monseñor Pepén (Secretario Nacional del Episcopado) 

aprueba la obra del padre Tardif. 

 

Cuando yo lo leí me dio gusto, pero también me dio risa, y dije: "la obra no es 

mía..." Como san José, yo estaba seguro que esa vida que había germinado en el seno de 

la Iglesia no era mía. 

 

Sin saber cómo ni por qué, recibí una invitación de Mons. Carlos Talavera para 

predicar un retiro sacerdotal en Guadalajara, México. De allí han venido surgiendo otras 

invitaciones para proclamar las maravillas del Señor en otros países de América Latina. 

 

Comienzo a vislumbrar que se avecina una era gloriosa para la Iglesia. Creo que ha 

llegado el tiempo de predicar en los terrados, es decir, fuera de los recintos sagrados, 

porque la gente ya no cabe en nuestros templos. El Señor nos lleva hasta los confines de 

la tierra para dar testimonio de que él esta vivo. 

 

Después de un viaje a Panamá volví a mis tareas parroquiales. Al día siguiente me 

preparé para visitar una comunidad perdida en la montaña. El viaje lo tenía que hacer en 

burro. Mientras caminaba lentamente mi asno, iba pensando: ¡Qué maravillosos son los 

caminos de Dios! En avión o en borrico siempre somos sus mensajeros. Diez mil o 

sesenta personas, todos son hijos suyos; y estos pequeñitos de la montaña son los 

verdaderos pobres de Yahvéh. El Señor es tan maravilloso que si volamos en avión, 

luego nos monta en burro para cuidar nuestra humildad. 

 

En mi burro he aprendido una gran lección: estamos llamados a ser como el pollino 

que llevó a Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos. Nuestra vocación es ser portadores 

de Cristo Jesús. Somos vasos de barro que llevamos un precioso Tesoro en nuestro 

corazón. 

 

En todos los lugares a donde llevamos a Jesús, sucede lo mismo: 

 

Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los 

muertos resucitan y se anuncia la Buena Nueva a los pobres. Lc 7,22. 

 

Antes nos afanábamos en darle alimento a un pueblo que no tenía hambre de Dios. 

Lo peor era que nosotros mismos no habíamos saboreado el Pan de vida eterna. Ahora no 

nos damos abasto. La mies es mucha, demasiada, pero el Señor es aún más grande y 

poderoso. 

 

El Señor prendió la mecha y ahora es un fuego que nadie puede extinguir. Es 

también un río de Agua Viva que está inundando la Iglesia, purificándola, renovándola y 

santificándola. 

 

 

Numerosas parejas que vivían en concubinato tomaron conciencia de que no podían 

seguir viviendo así. Descubriendo la importancia del sacramento se han preparado 

seriamente para recibirlo y vivirlo. En un año celebramos 306 matrimonios, cifra 

inusitada en otros tiempos. 

 

El mayor milagro de todos los que he podido presenciar en estos años es que el 

Señor ha provisto de obreros en su viña. Ya son muchos los catequistas. Ahora tenemos 

tantos que nuestra responsabilidad es formarlos y capacitarlos para que transmitan la 

Buena Nueva. 

 

En Pentecostés de 1976 éramos 120 catequistas pidiendo una nueva efusión del 

Espíritu sobre todos nosotros. El Espíritu ya no era sólo un don para gozarlo en lo 

profundo del corazón sino especialmente una fuerza para anunciar al mundo que Cristo 

vive y da vida a los que creen en su nombre. 

 

He comenzado a recibir cartas de Francia, Sudamérica y Filipinas. Otros me 

escriben desde países que desconozco dónde quedan en el mapa; a veces recibo 

correspondencia en idiomas y signos que no entiendo. Como no comprendo lo que dicen, 

simplemente pongo en manos del Señor estas cartas y le pido que como El sí las entiende, 

las conteste por favor. 

 

No recuerdo haber tenido nunca tan buena salud como ahora. Como de todo, 

duermo bien, trabajo mucho y me siento perfectamente. El Señor me ha devuelto la salud 

completa y yo se la entrego al servicio de la evangelización de su pueblo. 

 

Sin embargo, creo que el don más grande que El me ha dado es el de la alegría. Soy 

feliz tiempo completo. Nunca había vivido mi sacerdocio tan plenamente como ahora. 

 

 

 

 

 

 

 

¡JESUS ESTÁ VIVO! 

 

 

 

Durante el mes de junio de 1981, después de una jornada de evangelización por 

Argelia y Marruecos, Dios me concedió la gracia de visitar Tierra Santa. 

 

Al día siguiente de mi llegada me levanté muy temprano, antes de que saliera el sol, 

y me interné por esas viejas y torcidas calles de la siempre nueva ciudad de Jerusalén; 

recorriendo el mismo camino de María Magdalena el Domingo de Resurrección. 

 

Al llegar al santo Sepulcro me encontré con un amigo mexicano que había ido a 

casarse a Caná con una linda puertorriqueña. Al entrar en el monumento, él nos hizo 

notar una inscripción escrita en griego que decía: 

 

¿POR QUE BUSCAN ENTRE LOS MUERTOS AL QUE ESTA VIVO? 

 

¡NO ESTA AQUI! ¡RESUCITO! 

 

Todavía no salgo del asombro de esa madrugada que es como el eco del Domingo 

de Pascua. El que murió en la cruz, abandonó el sepulcro y está vivo. De la oscuridad de 

esa tumba ha brotado una luz que ilumina a todos los hombres iniciando una nueva 

creación. 

 

Si Jesús no está en la tumba vacía de Jerusalén se encuentra en todas partes del 

mundo. El único lugar de esta tierra donde Jesús no se encuentra es en aquella tumba 

labrada en la piedra que un día le prestara su amigo José de Arimatea. 

 

Jesús envió a sus apóstoles no a enseñar teorías ni ideas abstractas sino a testificar 

lo que habían visto y oído. Pero, desgraciadamente, parece que estamos más preocupados 

de enseñar doctrina que en comunicar vida. Para crecer en la vida de Dios antes se debe 

haber nacido por el poder del Espíritu Santo. 

 

Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la 

muerte y resurrección de Cristo Jesús, y que presenta, más que una doctrina, a una 

persona viva que comunica vida y vida en abundancia. Después, sólo después y siempre 

después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados en 

que la gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de los 

mandamientos. No debemos olvidar que los mandamientos fueron dados después de la 

teofanía del Sinaí. 

 

Nadie puede ser auténtico transmisor del Evangelio si él mismo no ha 

experimentado la nueva vida traída por Cristo Jesús. Cuando comunicamos lo que el 

Señor ha hecho a partir de su resurrección entonces todo cambia. La predicación va 

acompañada de las señales y prodigios que Jesús prometió. 

 

En Jánico, el párroco invitó al P. Emiliano a dar un retiro, advirtiéndoles que allí la 

gente era muy dura y no le gustaba ir a la iglesia. Cuando llegó la primera noche no había 

mucha gente. Pero había allí, postrado en el suelo, un hombre que parecía un muñeco de 

trapo que no podía mantenerse en pie. Además, estaba tullido también de las dos manos y 

no podía comer ni caminar por sí mismo. En verdad daba lástima ver aquel hombre. 

 

En su interior el P. Emiliano pensaba: ¿para qué traen a este hombre aquí...? Como 

lo distraía mucho con su aspecto tan lastimoso dijo: 

 

- Vamos a orar por este hombre para que luego se lo lleven. 

 

Al iniciarse la oración, él comenzó a sudar y a temblar. Al verlo me acordé que 

también yo había sentido un profundo calor cuando el Señor me curó. Entonces le 

ordené: 

 

- ¡Levántate! ¡El Señor te está sanando! 

 

 

Luego lo tomé de la mano y le ordené: ¡camina!, hasta que llegó al sagrario. Allí 

dio su testimonio, de pie, diciendo que tenía 10 años sin poder dar un paso. 

 

Yo simplemente estaba asustado y pensé en mi corazón: qué bueno que no sabía 

que tenía tanto tiempo inmóvil; si no, no me atrevo a decirle que se levante... 

 

Esa tarde salimos todos juntos de la iglesia, cruzamos la calle y nos sentamos en el 

atrio. Al sentarse añadió: 

 

- Pero es que el Señor también me sanó la mano. La puedo mover. 

 

Ese tullido nos llenó el local para el día siguiente. La gente ya no cabía y estaban 

atrás de las persianas y de la puerta de la iglesia 

 

El día que comprendamos el poder que tiene el testimonio, cambiará nuestra 

predicación. 

 

Antes yo preparaba mucho mis homilías. Estudiaba autores clásicos y leía teólogos 

modernos Eran tan buenas y profundas mis lecturas que no quería que se perdiera nada 

de lo que les iba a decir. Entonces apuntaba todo en un papel y lo leía a la hora de 

predicar para aprovechar la riqueza de lo que quería transmitir. 

 

Sin embargo también en eso el Señor me ha transformado. Un domingo, delante de 

los apuntes bien hechos de mi homilía, el Señor me dijo: 

 

- Si tú que tienes tantos estudios y has leído tanto no eres capaz de grabártelo en la 

memoria sólo para repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente sencilla que no tiene la misma 

preparación que tú, lo grabe en su corazón para vivirlo? 

 

Desde entonces cambié mi predicación. Ahora ya no hago otra cosa sino testificar 

el poder de Dios y lo que El está haciendo, y cuento las historias del amor de Dios. 

 

He aprendido otra cosa más importante: lo esencial no es hablar bien de Jesús sino 

dejarlo actuar con todo el poder de su Espíritu. ¿Para qué queremos hablar 

maravillosamente de Jesús si podemos dejarlo actuar a través de nosotros? El Evangelio 

no es palabras. El Reino de Dios es poder y fuerza que vienen de lo Alto y se manifiesta 

entre nosotros. 

 

En una ocasión prediqué muy largo; más de una hora. Al final se acercó un 

sacerdote un poco enfadado y dijo señalando su reloj: 

 

- No me gustó la conferencia del padre Tardif, pues en 67 minutos que habló de 

milagros y milagros no hizo alusión a ninguno de los del Evangelio... 

 

Otra persona que lo oyó respondió: 

 

- ¿Para qué hablar de los milagros de hace dos mil años si puede hablar de los que 

Jesús hizo en la semana pasada? 

 

Lo que me pasa es que son tantas e innumerables las maravillas del Señor, que ni 

todo el resto de mi vida me alcanzaría para contar lo que Dios ha hecho en estos veinte 

años. Por eso, cuando sólo tengo una hora, debo contar lo más reciente. 

 

He predicado ya en los cinco continentes diciendo siempre lo mismo, porque no 

tengo otra cosa que comunicar... 

 

Por otro lado, ¿qué es lo que he visto en todas partes? El amor misericordioso de 

Dios. Yo soy testigo de que Dios ama a todos los hombres de todos los pueblos y 

lenguas. El poder del Espíritu Santo me ha convertido en un testigo de que Cristo vive. 

 

A veces no queda tiempo ni para comer. Después de muchas horas de viaje y 

cansados entramos directamente a trabajar. Pero el Señor manifiesta su fuerza a través de 

nuestra debilidad. 

 

 

En el retiro de Lourdes, Francia, había sacerdotes de diferentes países europeos. 

Era muy cansado después de las conferencias sentarse a confesar para luego seguir con 

otra conferencia o la liturgia. 

 

Después de una charla se acercaron algunos sacerdotes para confesarse. El primero 

fue un sacerdote holandés que no hablaba bien el francés. Al terminar de confesarse me 

pidió: 

 

- Padre ¿puede orar por mi sanación? Estoy "mudo del oído izquierdo". 

 

Fue tan original que por poco suelto la risa a causa de su "oído mudo". 

Simplemente dije: 

 

- Señor, si tú curas a éste, va a ser la sanación más grande del mundo. 

 

...ya sólo esperaba que él saliera para poder reírme a gusto. Pero inmediatamente 

entró otro que me encontró risueño. A mí no se me olvidaba lo del "mudo del oído 

izquierdo" y me sonreía todo el tiempo que duré confesando. 

 

Después, los sacerdotes comentaban: 

 

- Qué feliz es el padre Emiliano. A pesar de tanto trabajo está siempre contento. 

 

Otros afirmaban: 

 

- Qué gusto da confesarse con un sacerdote que te recibe con una sonrisa... 

 

El Señor se sirvió del "mudo del oído izquierdo" para mostrar que El es un Dios de 

alegría que nos recibe contento cuando nos acercamos a El. No cabe duda que nuestro 

Dios tiene buen humor. 

 

Un día que prediqué delante de una multitud muy grande en un estadio, una 

persona me preguntó: 

 

- Padre, ¿no siente miedo o timidez de hablar delante de tanta gente? 

 

Con una sonrisa le contesté: 

 

- Cuando se tiene la seguridad de transmitir una Buena Noticia se puede subir uno a 

los terrados, testificar en las cárceles y predicar en los estadios. Yo simplemente doy 

testimonio de lo que he visto; si no, le aseguro que hasta me daría pena estar hablando 

con usted. 

 

Pero cuando uno no tiene la experiencia de que Cristo vive entonces tiene que 

hablar de mil cosas, menos de Jesús. 

 

Hoy día no necesitamos un nuevo Evangelio sino una nueva evangelización; es 

decir, proclamar con poder y eficacia que Cristo vive; no repitiendo teorías que oímos y 

leímos sino con el testimonio de la propia experiencia. Hoy día debemos evangelizar con 

el poder del Espíritu, acompañando nuestra predicación con los signos y prodigios que 

deben ser normales en la presentación del Evangelio. 

 

En el Congreso de Montreal de junio de 1977 había más de 65,000 personas que 

llenaban el Estadio Olímpico en la misa de clausura. Estaba el Cardenal Roy, seis obispos 

y 920 sacerdotes. Por otro lado estaba el Alcalde de la ciudad y junto al altar había más 

de 100 enfermos en sillas de ruedas. 

 

Hicimos la oración por los enfermos. Todo el estadio alababa a Dios cuando de 

pronto una mujer, Rose Aimée, que tenia 11 años sufriendo esclerosis, se levantó de su 

silla de ruedas y comenzó a caminar a la vista de todos. De otro lado se puso de pie un 

hombre y otro más allá y uno más. ¡Doce tullidos se levantaron de su silla de ruedas y 

comenzaron a caminar! 

 

La gente aplaudía y llenos de emoción lloraban. El mismo Alcalde de la ciudad 

sollozaba como un niño porque cuando Dios se manifiesta no hay hombre grande; todos 

son pequeños. El lloraba de felicidad y de emoción. 

 

 

Otro día el periódico principal de la ciudad decía: "ESTUPEFACCION EN EL 

ESTADIO OLIMPICO: los cojos andan y los paralíticos caminan". Le Journal de 

Montreal titulaba: "los postrados en sus camas se levantan y andan". 

 

Lo sorprendente no es que se hayan sanado los enfermos. Lo extraño sería que no 

se hubieran curado; lo raro sería que Jesús no cumpliera su promesa. 

 

Recuerdo que al día siguiente me entrevistaron por televisión y me preguntaban: 

 

- ¿Usted no cree que todas esas curaciones se deben al contagio de masas, la 

emoción y los aplausos de la gente? 

 

Yo les contesté: 

 

- Bueno, entonces usted me tendría que explicar a mi porqué en ningún partido de 

béisbol o de fútbol se ha levantado ningún paralítico ni los cancerosos se sanan cuando 

gana su equipo favorito... 

 

¡La única respuesta es que Jesús resucitó y está vivo hoy en medio de nosotros! No 

busquemos otras explicaciones porque siempre nos perderemos... 

 

Un día estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente: 

 

- Padre, ¿usted está seguro que tiene el don de curación? 

 

Yo no podía contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando, 

esperando mi respuesta. Entonces dije: 

 

 - Bueno... estoy seguro que tengo la misión de evangelizar... los signos y 

curaciones acompañan siempre la predicación del Evangelio. Yo simplemente predico y 

oro mientras que Jesús sana a los enfermos. Así hemos hecho el equipo de trabajo y nos 

acoplamos bien... 

 

Los planes del Señor a veces me causan risa pues me parece que tiene buen humor 

cuando pone a un simple cura de pueblo a predicar ante grandes teólogos y en diferentes 

países. Yo no les enseño nada. Sólo les doy testimonio de la misericordia del corazón de 

Jesús. 

 

En 1981 prediqué un retiro para 320 sacerdotes en Lisieux, Francia, junto con el 

padre Albert de Montleon. Allí había muchos sacerdotes muy inteligentes, otros muy 

críticos y no faltaban los escépticos Después de una maravillosa exposición del padre de 

Montleon me tocaba hablar a mí. Me sentía muy pequeño delante de aquellos hombres 

tan sabios, con tantos títulos académicos. Me sentía pobre delante de los cardenales 

Suenens y Renard, allí presentes. Entonces oré al Señor y le dije: 

 

- Señor, ¿qué hace aquí un cura de un pueblito insignificante de una isla tan 

pequeña que estos hombres tan sabios no saben ni dónde queda? No me dejes solo aquí, 

por favor, Señor. .. 

 

Afortunadamente aquella primera noche el Señor curó a un sacerdote que sufría de 

flebitis y con eso se acabaron las discusiones. Recuerdo como él se levantaba el pantalón 

y enseñaba sus dos piernas completamente sanas. Este testimonio sirvió más para 

manifestar la gloria de Dios que mis pobres conferencias. 

 

El Cardenal Renard, sorprendido por las curaciones y maravillas del Señor, se puso 

en pie y dijo: 

 

"Es difícil para nosotros aceptar la misteriosa acción del Espíritu Santo porque 

somos tan racionales y a menudo tan racionalistas. Todos nosotros somos, quien más 

quien menos, pequeños hijos de Descartes, e incluso hay un pequeño Voltaire en cada 

uno de nosotros. 

 

...por eso se nos hace tan difícil asimilar la acción del Espíritu que sopla como 

quiere, sin limitarse a los moldes racionales de nuestra lógica. Le ponemos unos rieles 

 

 

para que camine por ellos y él vuela al margen de los mismos. Le ofrecemos unos 

conductos por donde él inspire, pero él sopla de lado. El Espíritu Santo no sigue nuestros 

programas pastorales. 

 

Obviamente necesitamos una metodología pastoral. Pero la base de toda pedagogía 

de fe consiste precisamente en aceptar que nosotros no somos quienes dirigimos su 

acción, sino él la nuestra. Toda metodología debe ser lo suficientemente permeable para 

que el Espíritu pueda usarla y hasta transformarla. 

 

Los dones del Espíritu Santo son diferentes y actuales. Tal vez a causa de nuestro 

racionalismo, o por falta de fe, pensamos que esos dones son asunto del pasado. 

 

El mundo actual está buscando a los hombres del Espíritu, a los profetas cristianos 

inspirados por el Espíritu, pero si no los encuentra se encaminará entonces tras los 

iluminados, lo cual es demasiado peligroso. La Iglesia es un Pentecostés permanente y no 

una racionalización permanente". 

 

Estas últimas palabras del Cardenal me hacen recordar una anécdota: 

 

Un día estaba Jesús con sus discípulos y les pregunto: 

 

- ¿Y ustedes quién dicen que soy yo? 

 

Simón Pedro se levantó y contestó: 

 

- Tú eres la teofanía escatológica que sustenta ontológicamente la intencionalidad 

de nuestras relaciones subconscientes e interpersonales. 

 

Jesús abrió los ojos llenos de sorpresa y preguntó: 

 

 - ¿Qué, queeeé...? 

 

Y Pedro no pudo repetir porque se le había olvidado. No era algo que tenía en el 

corazón sino sólo en la mente. 

 

El mundo está cansado de escuchar teorías y florilegios literarios. Tiene hambre de 

las palabras vivas y eficientes que realizan aquello que contienen. "La Iglesia de hoy 

necesita más de testigos que de maestros" decía el Papa Pablo VI. Testigos que han 

experimentado la nueva vida traída por Cristo Jesús. 

 

Cuenta el evangelio de san Lucas que el domingo por la tarde regresaban de 

Jerusalén a Emaús dos discípulos de Jesús. Iban tristes y abatidos porque con la muerte 

del Maestro habían quedado sepultadas todas sus esperanzas de restauración. 

 

El mismo Jesús se les unió en el camino y, uno de ellos, llamado Cleofás, comenzó 

a dar una cátedra de Cristología al mismo Jesús a quien no era capaz de reconocer. 

Recordó vivamente cada uno de sus hechos milagrosos y palabras. Narró su cruenta 

muerte en la cruz de la que había sido testigo todo el pueblo, pero cuando llegó al tema 

de la resurrección, ya no pudo dar su propia experiencia y se limitó a repetir lo que unas 

mujeres decían que unos ángeles habían dicho. 

 

Así hay predicadores en la Iglesia que sólo repiten lo que los teólogos han escrito o 

sus maestros les enseñaron en las aulas pero ellos no tienen experiencia personal de la 

resurrección de Cristo Jesús. 

 

Mientras no se haya tenido ese encuentro personal con Jesús resucitado se estarán 

repitiendo teorías y enseñanzas que unos dijeron que otros habían dicho. Estamos 

llamados a ser testigos de lo que predicamos. Mas, para ser auténtico testigo se necesita 

tener experiencia personal de lo que se proclama; haberlo vivido en carne propia. 

 

Un día llevaron al P. Emiliano a conocer el majestuoso conjunto hidroeléctrico de 

Italpú en el Paraguay. Fue impresionante. Los hombres y hasta los camiones parecían 

insignificantes hormigas delante de aquellas gigantescas cortinas de concreto de la presa. 

 

 

Se produce tanta energía eléctrica allí que alcanza para todo el país y parte del Brasil y 

Argentina. 

 

Al anochecer que regresaron le llamó mucho la atención darse cuenta que algunas 

casitas de los trabajadores de la planta carecían de corriente eléctrica y eran apenas 

iluminadas por unas tenues velas de cera. ¡A unos cuantos metros de las turbinas y 

generadores más grandes del mundo no había luz eléctrica, sino velas! 

 

...es que les hacía falta la conexión que les trajera la energía a sus casas. 

 

Eso mismo nos sucede a veces a nosotros. Nuestra vida, en vez de ser iluminada 

con energía eléctrica, la alumbramos con velas porque no estamos conectados con Jesús 

que es la Luz del mundo. Incluso, hay quienes trabajan en las oficinas de la Iglesia pero 

les hace falta la Luz en sus corazones. 

 

Nos pasa como a esos turistas que frente a un hermoso paisaje sacan su cámara 

fotográfica Polaroid, toman su foto y luego, en vez de admirar el paisaje en vivo y ser 

cautivados por él, se quedan viendo la fotografía de papel. 

 

Hay muchos cristianos que se han quedado con la fotografía estática de Jesús y no 

le conocen "cara a cara" porque nunca han tenido un encuentro personal con él. Sólo 

repiten lo que han oído o leído, pero no tienen la experiencia de su Vida Nueva. 

 

La vida eterna consiste precisamente en "conocer", es decir, experimentar a Dios y 

a su enviado Jesucristo. 

 

Un verdadero evangelizador es el que presenta su testimonio personal, su 

experiencia propia de salvación y puede dar fe de que Jesús está vivo porque ha tenido un 

encuentro personal con él, como los apóstoles que afirman: 

 

No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído. Hech 4, 20. 

 

Un verdadero evangelizador no es el que habla de Jesús, sino el que es capaz de 

presentar a Jesús vivo delante de los evangelizados para que ellos digan, como los 

samaritanos: 

 

- Ahora ya no creemos por tus palabras sino porque nosotros mismos hemos visto y 

experimentado que Jesús es el Salvador del mundo. 

 

Más, nadie podrá transmitir la vida de Cristo resucitado si antes él mismo no ha 

experimentado que Jesús está vivo el día de hoy. 

 

 

 

 

 

 

 

PALABRA DE CONOCIMIENTO 

 

 

 

Mucho se ha discutido en estos últimos tiempos sobre la palabra de ciencia y que 

algunos, con una traducción más exacta, llaman "palabra de conocimiento". El P. 

Emiliano nos explica este concepto. 

 

Es un don carismático muy hermoso a través del cual Dios revela y comunica lo 

que ha pasado o está sucediendo en la historia de la salvación de las personas. Gracias a 

esta revelación se puede llegar hasta la raíz de una sanación. 

 

Un día llegó una señora muy afligida con su hija que a causa de una extraña 

enfermedad había dejado los estudios. Me contaron que la jovencita sufría unos ataques 

muy raros. Frecuentemente se desmayaba y se contorsionaba como si tuviera epilepsia. 

Habían visitado varios médicos sin resultado alguno. Fueron con psicólogos y no hubo 

mejoría. Incluso cometieron la torpeza de ir con brujos. Entonces llegaron a la fácil 

conclusión de que necesitaba un exorcismo. 

 

La mamá hablaba, pero la joven guardaba silencio. Ni siquiera contestaba a mis 

preguntas. No teniendo datos ni sabiendo qué pedir para ella oré en lenguas. En eso me 

vino a la mente una palabra que me martillaba continuamente: aborto. Abrí los ojos y le 

pregunté si ella había tenido algo que ver con un aborto. Ella se sorprendió y me 

preguntó: ¿Quién se lo dijo? 

 

Con lágrimas en los ojos me contó que había tenido relaciones con su novio, 

quedando embarazada. Siendo de una familia muy reconocida tuvo mucho miedo y 

decidió abortar. Pero entonces, teniendo que cargar con el doble peso de su pecado, al 

sólo pensar en ello, se desmayaba. 

 

Se arrepintió, se confesó y oramos por su curación interior. El Señor la perdonó y la 

sanó, no volvió más a sufrir esos desmayos. El Señor nos dio el "conocimiento" de la raíz 

del problema. No estaba poseída ni se trataba de una enfermedad cualquiera. 

 

También por el don del conocimiento, Dios revela las curaciones que El está 

realizando en medio de la comunidad. Entonces se comunica a toda la asamblea lo que el 

Señor está haciendo. 

 

En 1975 fui nombrado delegado de República Dominicana para la II Conferencia 

Internacional de Líderes de la Renovación Carismática en Roma. Cuando lo comuniqué a 

mis superiores ellos me respondieron: 

 

- Deja tu lugar a otro, pues es mejor que el país sea representado por un sacerdote 

nativo. 

 

Me costó mucho trabajo aceptar, pues pensaba que desaprovechaba una 

oportunidad maravillosa para conocer y aprender más sobre esta Renovación; aunque por 

la fe yo descubrí en la decisión de mis superiores la voluntad de Dios. 

 

El día que supuestamente debía salir a Roma en avión, fui en caballo a visitar una 

comunidad perdida en la montaña. Celebré la misa y oré por los enfermos. Mientras 

oraba en lenguas me vino a la mente una palabra con mucha fuerza: epilepsia. Continué 

la oración, luego guardé silencio y por fin me tomé el riesgo de la fe, preguntando: 

 

- ¿Hay aquí alguna persona enferma de epilepsia? El Señor la está curando ahora. 

 

Hubo algunos momentos de tenso silencio que me parecieron eternos, hasta que la 

directora de la escuela levanto su mano y dijo: 

 

- Padre es mi hija. Mire cómo está. 

 

Junto a ella estaba una joven de unos quince años, sudando y temblando. 

 

 

Estaba enferma desde su nacimiento. Pero el Señor la sanó completamente y no ha 

vuelto a sufrir esos ataques. 

 

Esta fue la primera vez que el Señor me dio palabra de conocimiento. El día que 

obedecí a mis superiores el Señor me regaló un don que me ha servido en mi ministerio 

más que todas las conferencias que yo hubiera escuchado en Roma. 

 

La palabra de conocimiento es un carisma del Espíritu que sorprende mucho a los 

que viven esta experiencia. Es la comunicación de una seguridad interior, una certeza que 

no se adquiere por reflexión ni deducción. Es como una idea que invade nuestra mente 

con intensidad. Esta nos acapara como una palabra sin sonido, una palabra que viene del 

interior de nuestro ser y permanece presente en nuestro espíritu durante mucho tiempo. Y 

resulta que, con este pensamiento en nuestra mente, estamos seguros de algo que 

sabemos no viene de nosotros pero sí a través de nosotros. 

 

Lo cierto es que existe. Creo que Natán tuvo palabra de conocimiento cuando 

develó el corazón de David. (2Sam 12,1-15) Pedro tuvo igualmente palabra de 

conocimiento en el caso de Ananías y Safira. (Hech 5,1-11) 

 

La palabra de conocimiento va en la misma línea que la profecía. 

 

Un día estaba predicando un retiro en Samaná, República Dominicana. A la mitad 

de la charla me vino una palabra de conocimiento que me daba vueltas insistentemente. 

Para concentrarme en la conferencia me detuve y dije: 

 

- Aquí hay un hombre que ha venido al retiro desafiando a su mujer. Ella lo invitó 

garantizándole que si venía, cambiaría de vida. Pero él le respondió: iré al retiro, pero no 

cambiaré. Este hombre está aquí y el Señor te dice que El respeta tu libertad, pero 

acuérdate de lo que dice san Agustín: temo al Dios que pasa y no vuelve. 

 

En la parte posterior de la capilla, un hombre alto y fuerte cayó de rodillas al suelo 

y comenzó a llorar. Después de la misa se acercó al sacerdote y le confirmó todos los 

detalles de la palabra de conocimiento. Se confesó, entregó su vida a Dios y añadió: 

padre, si usted me necesita para cualquier cosa estoy disponible. 

 

Llega una idea clara a la mente. En la medida que la comunicamos van apareciendo 

los detalles adicionales. Compararía esta experiencia como leer un mensaje escrito en 

unas servilletas de una caja de kleenex: en la primera servilleta están unas palabras que 

debo leer; luego retiro esa servilleta y leo lo que dice la segunda. No se puede leer ni 

entender lo escrito en la tercera si no se han leído y retirado las otras dos. De igual 

manera, se comienza a comunicar el primer mensaje e inmediatamente se va completando 

éste en la medida que lo vamos transmitiendo. 

 

¿Cómo reconocer la autenticidad de una palabra de conocimiento? Solamente por 

los resultados. Los testimonios son el termómetro que determina si la palabra venía del 

Señor o no. 

 

Ciertos ministerios no producirán frutos si no van acompañados del testimonio. 

Así, por ejemplo, si se anuncian curaciones con palabra de conocimiento pero no se 

certifican con testimonios, resultaría algo muy dudoso y hasta daría origen a críticas en 

vez de alabanzas al Señor. 

 

En el mes de noviembre de 1982 prediqué una serie de retiros en la Polinesia 

Francesa. Se preparó una misa por los enfermos en los terrenos del Arzobispado de 

Tahití. Esa noche había más de 5,000 personas en la explanada, cobijadas por un cielo 

lleno de estrellas que me hacía recordar la promesa de Dios a Abraham. 

 

Después de la comunión dirigí la oración por los enfermos. Toda aquella multitud 

oraba en lenguas. Era un momento lleno de fervor y de fe. 

 

 

Mientras cantábamos en el Espíritu comenzaron a venirnos palabras de 

conocimiento. Durante la oración en lenguas se facilitan mucho estos mensajes ya que el 

canal de nuestra mente está vacío y más disponible para recibir la palabra del Señor. 

 

Entre las palabras de conocimiento había una que me sorprendió por su precisión. 

La transmití tal como me llegó: 

 

- Aquí hay una persona que viene a misa por primera vez, y desde muy lejos. Sufre 

de la columna vertebral a la altura de la cuarta vértebra. Su dolor le ha sido causado por 

la caída de un coco de agua. En este momento te invade un calor muy grande en la 

espalda. El Señor te está sanando. Pronto tú darás testimonio de la sanación completa. 

 

Al día siguiente teníamos otra celebración eucarística. La multitud ya había crecido 

más. Vivimos una experiencia inolvidable del poder y de la misericordia de Dios. Antes 

de terminar aprovechamos para pedir testimonios de personas sanadas el día anterior. 

Escuchamos cosas preciosas. Entre los muchos, había el de una señora que dijo: 

 

- Yo soy protestante de nacimiento. Nunca había asistido a una misa católica hasta 

el día de ayer. He sufrido mucho de mi columna vertebral y sabiendo que el Señor había 

sanado a muchos enfermos el día de anteayer, me dejé convencer por una amiga y vine 

anoche para pedir a Dios mi sanación, a pesar de que vivo muy lejos de aquí. 

 

Cuando el sacerdote anunciaba que una persona enferma de la columna vertebral se 

estaba sanando, yo sentía un calor muy intenso que invadía mi espalda. Luego agregó que 

el dolor se localizaba a la altura de la cuarta vértebra. ¡Era exactamente mi caso! Pero lo 

que más me sorprendió fue cuando afirmó que el mal se debía al golpe de un coco en la 

espalda. 

 

Hace un año y medio yo estaba vendiendo cocos a los turistas. Mientras los tiraba 

de la palma con un palo, uno de ellos me golpeó la espalda, lastimándome la cuarta 

vértebra. Como yo estaba embarazada en aquel momento no pude ser operada. El médico 

prefirió esperar que naciera la criatura antes de operarme. Pero después de nacer el bebé 

ya era demasiado tarde. El médico me dijo que no sabía bien cómo hacer esa operación, 

pues la vértebra se había como soldado. Yo tenía mucho malestar, en particular de noche, 

para poder encontrar una postura cómoda para dormir en mi cama. 

 

Anoche, cuando sentí ese calor y ese temblor lloré mucho. Sentía una gran 

presencia del Señor en mí. Llegando a mi casa me di cuenta que estaba perfectamente 

sana. No tengo ningún dolor en la columna vertebral y le quiero dar gracias al Señor 

públicamente. 

 

Cuando esta señora dio su testimonio, todos alababan al Señor y la fe en la 

presencia de Jesús resucitado creció más en la comunidad cristiana. 

 

Yo también le di gracias al Señor porque los detalles eran todos exactos, lo cual me 

ayuda a creer más yo mismo en la palabra de conocimiento como palabra que nos viene 

del Espíritu, y no de alguna sensación física o por conocimiento psicológico, pues los 

detalles son demasiado exactos para ser fruto de la imaginación. En este caso pude 

verificar en el cassette grabado cómo todos los detalles coincidían. 

 

Lo mismo le había pasado a la Samaritana en el pozo de Jacob cuando Jesús le 

reveló a través de una palabra de conocimiento: 

 

Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes 

no es marido tuyo, en eso has dicho la verdad... 

 

La Samaritana, después de su coloquio con Cristo, salió corriendo a la ciudad y dijo 

a la gente: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el 

Mesías?". Jn 4, 17ss. 

 

 

Así como a través de una palabra de conocimiento se convirtió el pueblo de 

Samaría, así también a través de estas palabras de conocimiento se edifican las 

comunidades, crece la fe y se alaba a Dios. 

 

Un día el cardenal Suenens le pidió al P. Emiliano hacer un artículo para explicar 

cómo le llega a la mente la palabra de conocimiento. Le contestó: 

 

- Eminencia, yo no sé bien cómo explicar este carisma. Sería tan difícil como si 

usted me pidiera hacerle un artículo sobre cómo nos llega una distracción a la mente. 

 

En el verano de 1982 me pidieron hacer nueve programas de televisión sobre la 

Renovación Carismática en la emisora de CHOT, en Ottawa. Todos esos programas de 

media hora cada uno se grabaron en video tape para ser transmitidos al final del otoño 

siguiente. 

 

Durante la oración por los enfermos en el último programa me vinieron ciertas 

palabras de conocimiento. Anunciando las curaciones que el Señor estaba realizando, 

dije: 

 

- En este momento hay un hombre que está solo en un hospital. Está enfermo de la 

espalda, pero el Señor lo está sanando. El está sintiendo un calor que invade su espalda. 

Puede levantarse y caminar. 

 

Al regresar a casa caí en cuenta que el programa no estaba pasando directamente al 

aire sino que sería transmitido varios meses después. Yo estaba un poco perplejo y hasta 

pensé: "tal vez este hombre todavía ni siquiera entra al hospital y yo ya lo di de alta en el 

nombre del Señor Jesús". Sólo me reí del buen humor de nuestro Dios... 

 

A fines de enero recibí una carta de B.G. quien había tenido un delicado problema 

moral. La carta decía así: 

 

"A causa de una enfermedad dejé de trabajar, teniendo dos vértebras de la espalda 

desplazadas. El tiempo, los ejercicios y la terapia no sirvieron para nada. 

 

En diciembre me sometí a una intervención quirúrgica que duró cuatro horas para 

volver a tener movimiento en mi pierna derecha. 

 

El día de mi operación, 9 de diciembre, se rasgó mi corazón por una prueba terrible 

sobre mí y mi familia... 

 

…el 18 de diciembre estaba en el hospital, débil, física y moralmente. Mi fe parecía 

muerta. A las 6:25 p.m. prendí la televisión. Terminaba el programa "Amor sin fronteras" 

donde usted decía: 

 

"En estos momentos hay un hombre solo en su cuarto de hospital. Sufre de la 

espalda y en este momento Jesús lo comienza a curar. El siente a Jesús en su cuerpo y 

más tarde él testificará su curación". 

 

Allí se acabó el programa. No hubo tiempo ni para el canto final. Yo estaba hecho 

un mar de lágrimas, profundamente impresionado, cómo Jesús podía unirse a un corazón 

herido, frustrado y tan cerrado. Más ¿no es por estos corazones que él murió? 

 

Hoy, un mes más tarde, le cuento: mi curación progresa maravillosamente. Por 

primera vez en mí conozco "LA PAZ DEL PERDON SIN CONDICIONES". 

 

De la misma forma que en Tahití, se verificaban todos los detalles. Lo único 

especial es que el Señor me había dado en junio el anuncio de una curación que iba a 

efectuarse el 18 de diciembre siguiente y yo había dicho "en estos momentos". 

 

A través de este testimonio he aprendido algo muy importante: el Señor no está 

limitado por el tiempo. El podía dar una palabra que anunciaba lo que sucedería después, 

diciendo "en este momento". De allí concluyo que Dios no tiene ni reloj ni calendario. 

¡El es el eterno Presente! 

 

 

 

LA CURACIÓN 

 

 

 

Existen tres tipos de enfermedades y cada una requiere de una oración particular 

para su curación: 

 

A. La enfermedad corporal originada por múltiples causas y que requiere de una 

simple oración de curación física. 

 

B. La enfermedad del corazón ocasionada por una herida emocional y que precisa 

de una oración de curación interior. 

 

C. La enfermedad del espíritu debida al pecado y que Jesús sana mediante la fe y la 

conversión. 

 

Solamente queremos subrayar dos puntos esenciales en esta división. 

 

La unidad del ser humano: 

 

Aunque compuesto de cuerpo, alma y espíritu, (1Tes 5,23) el ser humano es uno e 

indivisible. Nosotros le hemos dividido sólo por razones pedagógicas. 

 

Interdependencia: 

 

El cuerpo, el alma y el espíritu se interrelacionan a niveles que es imposible 

precisar. Lo cierto es que dependen unos de los otros siempre. 

 

 

 

A.- ENFERMEDAD DEL CUERPO Y CURACIÓN FÍSICA 

 

En el primer momento no pensábamos ahondar en este tema de la curación física de 

una forma especial ya que todo el libro es un testimonio VIVO de la acción sanadora del 

Señor. Además, ya se han escrito muchos y muy buenos libros y artículos sobre este tema 

tan apasionante de la Renovación Carismática. Nosotros solamente queremos testificar 

que el Evangelio es verdad en el siglo XX, haciendo ciertas consideraciones que nos 

parecen pertinentes. 

 

Toda la actividad salvífica de Dios se ha manifestado de dos formas: por hechos y 

por palabras. San Lucas sintetiza de igual forma la vida de Jesús cuando dice: 

 

En el primer libro, oh Teófilo, te escribí todo lo que Jesús hizo y enseñó: Hech 1,1 

 

El Concilio Vaticano II nos muestra las dos caras de la misma moneda cuando 

afirma: "La revelación se muestra por obras y palabras intrínsecamente conexas entre sí. 

Así como las obras manifiestan y confirman la doctrina, a su vez las palabras proclaman 

las obras y las explican": Dei Verbum No. 2. Al final concluye que Cristo Jesús 

(Acontecimiento y Palabra de Dios) es la plenitud de la revelación. 

 

Hay quienes afirman que lo importante es la sanación espiritual y no la física. Otros 

piensan que las curaciones son accidentales; que el carisma de sanación no es esencial y 

que por encima de todo debe estar la caridad. 

 

Yo creo que la distinción entre "esencial y accidental" no aparece en el Nuevo 

Testamento. Más que hacer separaciones debemos preguntarnos ¿Dios quiere sanar a sus 

hijos? Con respecto a que la caridad es el carisma por excelencia, estoy completamente 

de acuerdo, pero ¿quién puede negar que la curación es un maravilloso vehículo por el 

cual se muestra la caridad para los que sufren? La caridad no es etérea o abstracta sino 

tan concreta como una persona curada. El don de sanación es básicamente un don de 

caridad. 

 

En los evangelios aparece 40 veces el verbo "zerapeuo" que significa "curar". Sin 

embargo, en más de una docena de ocasiones, el verbo "sodso" que generalmente se 

traduce como "salvar", se refiere a "curar". Es decir, salvar incluye la acción de curar. 

 

 

- Animo, hija, tu fe te ha salvado = sanado. Y quedó sana = salva la mujer desde 

aquel momento. Mt 9, 22. 

 

 - Y cuantos tocaron (el manto de Jesús) se salvaron = sanaron. Mt 14,36. 

 

- No temas, ten fe y se salvará = curará (tu hija) Lc 8,50. 

 

- Véase además: Mc 3,4; 5,23; 28; 6,56; 10,52; Jn 11,12; Hech 14,9. 

 

La salvación traída por Jesús abarca al hombre completo. Jesús vino a salvar almas. 

Le interesa el hombre que es cuerpo y que es alma. 

 

 

 

a.- Jesús 

 

Sería superfluo y agotador ofrecer citas bíblicas sobre el ministerio sanador de 

Jesús. Todo el Evangelio no es sino una interminable cadena de actos misericordiosos de 

Jesús que sana a todos los enfermos. 

 

Solamente queremos presentar algunos textos que tienen una especial significación: 

en primer lugar, la carta de presentación del ministerio de Jesús: 

 

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres 

la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los 

ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Lc 

4,18-19. 

 

Aquí encontramos que la misión de Jesús era sanar tanto física como interiormente 

y liberar de toda atadura que esclaviza al hombre; especialmente del pecado. Cf. Mt 4,23-

24. 

 

Jesús dice en otra ocasión que el médico ha venido a buscar no a los sanos sino a 

los enfermos, no a los justos sino a los pecadores. Su misión no se discute, el problema es 

que nosotros nos reconozcamos necesitados de su salud. Por eso nos hace la siguiente 

recomendación que es una palabra llena de misericordia y de confianza: 

 

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré. Mt 

11,28. 

 

Su nombre, Y'shúa, significa "Dios salva". Salvación integra, de todo el hombre y 

de todos los hombres. 

 

b.- La Iglesia 

 

Como el Padre me envió así también yo los envió. Jn 20, 21. 

 

Los Doce Apóstoles continúan en el tiempo y el espacio la obra salvífica de Jesús. 

Ellos son los responsables de hacer llegar hasta los confines de la tierra y por todos los 

siglos, los frutos de la obra redentora de Cristo Jesús. Son enviados a predicar y sanar de 

manera inseparable. No son sólo transmisores de una palabra sino portadores de la 

salvación de Jesús. La Iglesia no es principalmente la que anuncia la Buena Noticia de 

que fuimos salvados, sino la portadora de esa salvación (sacramento de salvación). 

Textos: Mt 10,5-8; Lc 9,16. 

 

Esta misión no se reduce a los Doce sino que se amplía a los setenta y dos 

discípulos 

 

Curen a los enfermos que encuentren y díganles: el Reino de Dios está cerca. Lc 

10,9. 

 

Y al final del Evangelio de Marcos encontramos cómo esta misión se extiende no 

sólo a los Doce Apóstoles y a los setenta y dos discípulos, sino "a todos los que crean". 

 

Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. Estas son 

las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, 

hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno 

 

 

no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y éstos se pondrán bien. Mc 

16,15-18. 

 

c.- Los signos 

 

La última frase del Evangelio de Marcos no es su fin sino el principio de la 

expansión de la Buena Nueva que llega hasta nosotros: 

 

Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y 

confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban. Mc 16,20. 

 

Una de las características que distinguen al auténtico apóstol son las señales, los 

prodigios y los milagros: 2Cor 12,12. Cf. Rm 15,19. 

 

Claramente encontramos en el cuarto evangelio que Juan no habla de milagros o 

curaciones sino de "signos". 

 

Un signo nos lleva siempre al significado. Así como el humo nos muestra la 

existencia del fuego, así también, un milagro o curación nos debe expresar que Dios está 

allí actuando y salvando. Los milagros, pues; son signos sensibles de la acción invisible 

de Dios. 

 

Las curaciones son "semáforos" (semeion-fero) que nos indican: 

 

- Que Jesús está vivo hoy y tiene el mismo poder que en Samaría y Galilea para 

curar a los enfermos. 

 

- Que Dios nos ama y quiere la salvación íntegra del hombre; de su cuerpo y de su 

alma. 

 

- Que Jesús es el Mesías. Cuando los discípulos del Bautista fueron donde Jesús 

para preguntarle si era el Mesías, él no contestó sino que comenzó a sanar a los enfermos. 

 

Muchas veces no se admiten los milagros y curaciones porque esto implica aceptar 

también a Jesús y sus exigencias. Como aceptar los signos implica reconocer el 

significado, por eso hay quienes los niegan. 

 

Después de un retiro regresé a casa contando las maravillas del Señor. Había un 

sacerdote francés que me escuchaba atento, pero incrédulo. Le conté cómo en la misa de 

sanación, el Señor le devolvió el habla a la esposa del animador del grupo de oración. Esa 

misma tarde ella había dado públicamente su testimonio delante de la multitud; siendo 

que no podía pronunciar palabra alguna desde hacía cuatro años y medio. Pero el 

sacerdote me dijo muy seguro: 

 

- Pero, yo no veo ningún milagro. Al contrario, tu echaste a perder el milagro. 

 

- ¿Cómo? ¿Qué dices? -le pregunté. El contestó: 

 

- El milagro no consistió en que ella hablara sino en que una mujer hubiera podido 

pasar cuatro años y medio sin hablar... 

 

La curación no tiene un fin apologético para probar la veracidad de una doctrina. Es 

Dios salvando. Jesús no cura para probar que es Dios sino porque es Dios. 

 

Todo signo sirve para manifestar algo. Esta es la finalidad de las curaciones que el Señor 

realiza nos viene a recordar en esta época regida por la eficacia y el pragmatismo, que 

nuestro Dios está presente en medio de nosotros y es capaz de hacer maravillas. 

Demuestran el poder de Dios para que nos abandonemos plenamente a El en todos los 

 

Que los milagros son signos, nos lo muestra en el siguiente testimonio: 

 

Una tarde visité a un policía, el capitán Muñoz. Estaba agonizando en la cama. 

Tenía 50 días en los cuales no comía. Sólo bebía alcohol cada tres horas. Oramos por él y 

el Señor lo liberó de su adicción al alcohol de la forma más extraordinaria. 

 

Inmediatamente dejó de beber. Ni siquiera necesitó pasar por un hospital para 

desintoxicarse. Yo recordé aquella Palabra del libro de la Sabiduría 16, 12: Ni lo sanó 

 

 

hierba ni emplasto alguno, sino tu Palabra, Señor, que todo lo sana. Al día siguiente 

reemplazó la botella de ron por la Biblia que leía constantemente. Llorando decía: ¡Qué 

bueno es el Señor! 

 

Sin embargo esto me trajo muchos problemas, pues a la mañana siguiente había 

gritos y palabronas afuera de la iglesia. Las señoras, cuyos esposos eran borrachos, 

estaban haciendo fila y tratando de controlar a sus maridos para que oráramos por ellos. 

Era curioso ver más borrachos en la iglesia que en las cantinas y barras. 

 

El Señor quiso liberar al policía de esa manera excepcional para despertar la fe en 

su nombre; pero no en todos los casos sucedía lo mismo. Los enfermos, confiando en 

Jesús, tenían que hacer también su parte. 

 

Así como no todos los policías son borrachos como el capitán Muñoz, así no todos 

los borrachos reciben la salud de la misma forma. Pero lo importante es que mediante un 

caso como éste crece la fe en el poder salvador de Dios que es capaz de cambiar nuestra 

vida del modo que mejor le place. 

 

d.- Milagros y Curaciones 

 

No todas las sanaciones son milagros del Señor. Hay sanaciones que se consiguen 

en la oración y que no se deben catalogar como milagros. Hablamos de milagro cuando 

se trata de una sanación que ninguna ciencia médica podría conseguir, y que Dios la 

realiza. 

 

En los casos que el Señor acelera el proceso de la curación que se hubiera podido 

conseguir de otra manera, sea a través de la medicina, sea a través de una operación o del 

reposo, decimos simplemente "curación". Por eso no toda curación recibida en la oración 

puede ser llamada milagrosa. 

 

En Lourdes, entre tantas curaciones que se han conseguido en un siglo, muy pocas 

han sido catalogadas como milagrosas, como lo muestra la siguiente estadística: 

 

"Desde Catalina Latapie, sanada en marzo de 1858 hasta Sergio Perrín sanado en 

1978, se han confirmado 64 sanaciones milagrosas, oficialmente reconocidas como tales 

por la Iglesia Sin embargo, no se debe olvidar que en el año 1972, se encuentran anotados 

en los archivos 5,432 casos de sanaciones". 

 

Una curación milagrosa fue la de Anita Siu de Sheffer. Aquí el Señor hizo lo que la 

ciencia médica no podía realizar. 

 

Ella tuvo un accidente automovilístico diez años antes en Santiago de Chile. Una 

lesión cerebral le hizo perder por completo los sentidos del gusto y del olfato. Siendo de 

posición acomodada fue a los mejores hospitales de Estados Unidos con la esperanza de 

recuperar su salud. Después de exámenes y terapias, los médicos le informaron que las 

fibras transmisoras de esas funciones eran más delgadas que un cabello y era imposible 

hacer operación alguna para volverlas a unir. Textualmente le habían dicho que "sólo un 

milagro" podría hacerla recuperar esos sentidos. Ella perdió la esperanza de volver a 

gustar los sabores y oler los perfumes de las flores. 

 

En la misa de sanación por los enfermos en Panamá, el Señor nos dio varias 

palabras de conocimiento de lo que estaba haciendo en la asamblea. Una de ellas decía 

así: 

 

"Aquí hay una señora que padece una enfermedad muy seria. Ella va a ser curada 

en el transcurso de la noche y mañana mismo nos dará testimonio de su curación total." 

 

Al día siguiente, Anita se dio cuenta de que había recuperado el sentido del olfato. 

Se despertó con el suave olor del rosal que estaba junto a su ventana y el aroma del café 

en la cocina. Se levantó de un salto y contó a su esposo la maravilla. Con lágrimas en los 

 

 

ojos desayunó y allí mismo se dio cuenta de que podía saborear los alimentos por primera 

vez desde su accidente. ¡Lo que no podía hacer ningún médico de este mundo lo había 

hecho el Señor Jesús, amo de lo imposible! 

 

Luego, llorando de alegría, dijo a toda la asamblea: 

 

- Tengo dos niños pero nunca había podido olerlos. Ustedes las mamás saben lo 

que es apreciar el olor de sus hijos. Pues bien, esta mañana yo me acerqué a ellos, los 

abracé y comencé a olerlos suavemente. 

 

Un testimonio muy bello de curación milagrosa es el siguiente que fue escrito por 

una persona en su carta del 25 de agosto de 1981 al P. Emiliano Tardif. 

 

Yo sufría de artritis reumatoide que comenzó en octubre pasado con unos fuertes 

dolores en los tobillos las rodillas y las muñecas; además de un cansancio general. Esta es 

una enfermedad que no debe confundirse con la artritis o reumatismo que son 

enfermedades propias de personas de cierta edad, sin consecuencias graves. 

 

La artritis reumatoide no se sabe de qué proviene ni cómo se cura. Ataca las 

articulaciones, produciendo un terrible dolor y el organismo va rechazando las 

articulaciones, la persona se va endureciendo, se deforma y, por lo general, termina en 

silla de ruedas. 

 

Pensando que no era nada grave, recurrí al médico quien me ordenó hacer unos 

análisis, los cuales dieron como resultado "artritis positivo" artristest, que era lo que 

determinaba mi enfermedad. La profesional química que realizó estos trabajos de 

laboratorio, me recomendó que fuera a los Estados Unidos en busca de mi recuperación. 

 

 En el centro artrítico donde fui atendida me impresionó ver a las personas en las 

distintas fases de la enfermedad. El doctor Alonso Portuondo, especialista, confirmó el 

diagnóstico y me dijo que esta enfermedad no se curaba. 

 

Lo único que se podía hacer era estacionarla, recetándome sales de oro. Este 

remedio tiene sus aspectos negativos que no tardaron en aparecer: me salían erupciones 

por el cuerpo, se me caía el cabello y las uñas de los pies. Me disminuyeron las plaquetas 

y los glóbulos blancos. En ese momento, cuando ya el medicamento me estaba haciendo 

daño, vino al Paraguay el padre Emiliano Tardif. La primera vez que lo escuché fue en la 

iglesia de san Alfonso. En el momento de la sanación sentí que el corazón me iba a 

explotar, latía tan fuertemente que escuchaba sus palpitaciones. La segunda vez fue en la 

iglesia de Coronel Oviedo. De nuevo en el momento de la plegaria por los enfermos sentí 

un temblor en todo el cuerpo. El padre dijo que en ese momento se estaban curando dos 

señoras que tenían artritis y que se arrodillaran. La verdad es que no me animé porque no 

me convencí de que fuera yo la curada ni creía en ese tipo de curaciones quizás por falta 

de fe. 

 

Escuché una tercera misa. Para entonces mis dolores ya habían desaparecido y ya 

no tomaba los medicamentos. Mi madre averiguó con la Hermana Margarita Prince el día 

de la partida del padre Emiliano, y de nuevo en el aeropuerto, el padre Emiliano con el 

padre Andrés Car me hicieron una oración de sanación. Al terminar me dijo el primero: 

"No digas más 'tengo artritis', di que tenías, porque estás curada". 

 

Me han desaparecido los dolores; dejé de tomar los remedios. (Llegué a tomar 

hasta 12 ascriptin al día, aparte de las sales de oro que me inyectaban semanalmente) 

 

Me hice los análisis de laboratorio y realmente estoy curada. El doctor Nicolás 

Breuer, hombre muy creyente que es el médico que me atiende en Asunción me dijo: 

 

"Hay que admitir que más allá de la ciencia hay Alguien superior para quien nada 

es imposible" 

 

 

Según me han explicado los médicos, la persona que padece esta enfermedad y que 

hipotéticamente se pudiera curar, jamás le desaparece el artristest, en razón de que es una 

marca que le queda para toda la vida. Es como aquel enfermo que ha tenido un infarto: le 

queda la cicatriz en el corazón. 

 

Sin embargo, en la comparación de los análisis que me han hecho puede verse que 

me he curado y que han desaparecido las cruces del artristest. La única explicación que 

puedo definir todo esto es un milagro de Dios. 

 

Ma. Teresa Galeano de Báez. 

 

Quienes piensan que las curaciones son algo superficial o accidental en el 

ministerio de Jesús están completamente equivocados. Quienes creen que las curaciones 

salen sobrando hoy en día y que lo esencial es anunciar el Evangelio están olvidando el 

método de la pastoral de Jesús. 

 

Nosotros planeamos y buscamos mil formas para atraer a la gente que cada vez 

viene menos a la iglesia. Organizamos fiestas, conciertos, convivencias, etcétera, y los 

resultados son muy pobres. Jesús sanaba a los enfermos y la gente venían en tropel. Eran 

tantos que hasta tenían que meter a los paralíticos por el techo de la casa de Pedro porque 

no había sitio alguno por donde pasar. 

 

Hoy día sucede lo mismo. Cuando Jesús sana a los enfermos se reúnen multitudes 

que ni en los estadios caben y allí les anunciamos el Reino de Dios. Las consecuencias 

son mucho más grandes que las simples curaciones físicas. 

 

Que los signos de poder no son sólo espectáculo sino que ayudan eficazmente a la 

renovación de la vida de fe lo expresa el Arzobispo de Tahití en una carta a mi Superior 

provincial cuya primera parte transcribimos íntegramente: 

 

Papeete, 30 de noviembre de 1982. 

 

Reverendo Padre: 

 

Estuve ausente mientras el padre Tardif predicaba entre nosotros del 21 de octubre 

al 14 de noviembre. Sin embargo, a mi regreso he podido constatar un cambio debido a 

su evangelización: 

 

- El número de participantes el domingo ha aumentado considerablemente. . 

 

- Un cierto clima ecuménico se ha instaurado. 

 

- Por todas partes la vida espiritual nace o renace. 

 

- Ha habido fuertes conversiones y las confesiones han sido muy frecuentes. 

 

- El clero, los religiosos y las religiosas han apreciado grandemente la predicación 

del padre Tardif. 

 

- Se preparan para el matrimonio gran número de uniones ilegítimas, y se ha 

renovado la vida familiar. 

 

Jamás la diócesis había experimentado tal empuje de fe. 

 

Hemos celebrado dos Sínodos, una Revisión apostólica. Retiros impartidos por 

excelentes predicadores durante los últimos quince años; hemos tenido grandes 

manifestaciones religiosas, pero nunca con resultados tan amplios y profundos 

comparables a esto. 

 

† Michel Coopenrath 

 

Arzobispo de Pappete 

 

Durante la misa por los enfermos, un ciego comenzó a llorar y al secarse las 

lágrimas comenzó a ver. Al encontrarse con Jesús, luz del mundo, recobró la luz en sus 

ojos. Esto impresionó mucho a Gabilou, famoso cantante del Pacífico que obtuvo el 

segundo premio en Eurovisión, quien se inscribió para el siguiente retiro donde se 

 

 

arrepintió, confesó y comulgó... En la misa de clausura dio su testimonio a toda la 

multitud diciendo: 

 

- Aquí hubo muchas sanaciones, pero la más grande la recibí yo, porque a mí el 

Señor me sanó espiritualmente. Yo tenía 16 años alejado de la vida cristiana y de los 

sacramentos, pero durante este retiro Jesús me ha encontrado y ya no quiero vivir ni 

cantar sino para él. 

 

Repitió su testimonio por televisión y luego en el estadio delante de 20,000 

personas. Hoy día él evangeliza con cantos carismáticos, interpelando a los jóvenes. 

Jesús también es el Señor de los cantantes y artistas. 

 

Las curaciones tienen un objetivo muy claro que debemos siempre tener en cuenta. 

El Arzobispo de Brazzaville lo ha escrito de forma muy bella en su carta a todas las 

comunidades de su diócesis: 

 

Brazzaville, 7 de octubre de 1983. 

 

Hemos estado muy contentos con la predicación del padre Tardif que ha retomado 

prácticamente el tema del Centenario de la Evangelización del Congo: la renovación de 

la fe. 

 

Estas predicaciones fueron a menudo acompañadas de curaciones espirituales, 

morales y físicas. El espectáculo más extraordinario era ver durante la oración a los 

enfermos sanarse, los paralíticos caminar, los mudos hablar... era revivir la era de la 

Iglesia primitiva con Jesús. 

 

Pero que nadie olvide el objetivo de estos signos milagrosos de Jesús: son un 

testimonio para despertar la fe de los que no creen y para fortificar la fe de los creyentes. 

 

¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Yo os aseguro 

que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis pero no lo vieron, y oír lo que 

vosotros oís, pero no lo oyeron: Mt 13,16-17. 

 

El padre Tardif nos ha predicado un Evangelio de verdad y no de mentira. Haber 

visto estos signos y resistirse a creer es lo que Jesús llama "pecado contra el Espíritu 

Santo" porque se rehúsa a reconocer la verdad... lo cual es muy grave. 

 

La predicación con poder que hemos vivido dejará una profunda huella que 

generaciones congolesas recordarán por mucho tiempo; como se habla todavía de las 

obras y palabras de Jesucristo. 

 

† Mons Bartélemy Batantu 

 

Arzobispo de Brazzaville 

 

 

 

Creo que son tantos los textos bíblicos e incluso los testimonios de tantos santos en 

la vida de la Iglesia que resulta fuera de lugar justificar o atacar las curaciones. Más bien 

la cuestión de fondo debiera ser: ¿Creo que Dios me puede curar? ¿Tengo fe que el poder 

sanador de Jesús puede pasar a través de mi para sanar a otros? 

 

A veces tememos las maravillas de Dios por la simple razón de que no las 

entendemos. 

 

El Obispo de Sangmelino en Camerún había invitado al P. Tardif a dar un retiro 

sacerdotal. Convocó a todos sus sacerdotes pero uno de ellos le replicó: 

 

- Yo no quiero ir porque allí sólo nos va hablar de milagros y más milagros. 

 

El Obispo le contestó: 

 

- Ve, no tengas miedo. El tema del retiro no es la curación sino la oración. 

 

Aquel Sacerdote aceptó ir, más por la sugerencia del Obispo que por convicción. 

Así comenzó el retiro. Pero al tercer día se puso de pie delante de todos y dijo: 

 

 

- Yo sufría avanzada artritis deformante en mis manos que hasta me impedía 

amarrarme las correas de mis zapatos. Además quiero aclararles que no quería venir a 

este retiro, temiendo que sólo nos hablara de milagros. Pero, durante la misa de ayer sentí 

un gran calor en mis manos. Quiero darle gloria a Dios porque estoy perfectamente sano. 

Ya puedo mover mis manos... 

 

Entonces EL P. Emiliano añadió riendo: 

 

- Tú no querías oír hablar de milagros y ahora eres tú mismo quien no deja de 

proclamar las maravillas del Señor... 

 

Todo mundo reía y alababa a Dios mientras el movía sus manos y las mostraba. 

 

Nuestra actitud debe ser de abandono completo en las manos del Padre amoroso. El 

tiene un plan maravilloso sobre nosotros, en especial para ti que estás leyendo " El Sol", 

pues Jesús te quiere sanar hoy mismo. 

 

 

 

Oración por sanación física 

 

Lee con el corazón estas líneas y siente como Jesús te manda ese fuego que viene a 

destruir tus enfermedades, miedos, temores, angustias y todo lo que se le parezca. 

 

Únete con fe a esta oración depositando tu vida entera en las manos de Jesús. 

 

Señor Jesús, creo que estás vivo y resucitado. 

 

Creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar y en cada 

uno de los que en ti creemos. 

 

Te alabo y te adoro. Te doy gracias, Señor, por venir hasta mí como pan vivo 

bajado del cielo. 

 

Tú eres la plenitud de la vida. 

 

Tú eres la resurrección y la vida. 

 

Tú eres, Señor, la salud de los enfermos. 

 

Hoy quiero presentarte todas mis enfermedades porque tú eres el mismo ayer, hoy y 

siempre y tú mismo me alcanzas hasta donde estoy. 

 

Tú eres el eterno presente y tú me conoces... ahora, Señor, te pido que tengas 

compasión de mí. 

 

Visítame a través de tu Evangelio para que todos reconozcan que tú estás vivo en tu 

Iglesia hoy; y que se renueve mi fe y mi confianza en ti; te lo suplico, Jesús. 

 

Ten compasión de mis sufrimientos físicos, de mis heridas emocionales y de 

cualquier enfermedad de mi alma. 

 

Ten compasión de mí, Señor. 

 

Bendíceme y haz que vuelva a encontrar la salud. 

 

Que mi fe crezca y me abra a las maravillas de tu amor, para que también sea 

testigo de tu poder y de tu compasión. 

 

Te lo pido, Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y por tu 

preciosa sangre. 

 

Sáname, Señor. Sana mi cuerpo, sana mi corazón, sana mi alma. 

 

Dame vida y vida en abundancia. 

 

Te lo pido por intercesión de María Santísima, tu madre, la Virgen de los Dolores, 

la que estaba presente, de pie, cerca de la cruz. 

 

La que fue la primera en contemplar tus santas llagas y que nos diste por madre. 

 

Tú nos has revelado que ya has tomado sobre ti todas nuestras dolencias y por tus 

santas llagas hemos sido curados. 

 

 

Hoy, Señor, te presento en la fe todas mis enfermedades y te pido que me sanes 

completamente. 

 

Te pido por la gloria del Padre del cielo, que también sanes a los enfermos de mi 

familia y mis amigos. 

 

Haz que crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para gloria de tu 

nombre. 

 

Para que tu Reino siga extendiéndose más y más en los corazones, a través de los 

signos y prodigios de tu amor. 

 

Todo esto te lo pido, Jesús, porque tú eres Jesús, tú eres el buen pastor y todos 

somos ovejas de tu rebaño. 

 

Estoy tan seguro de tu amor, que aún antes de conocer el resultado de mi oración, 

en fe, te digo: gracias Jesús, por lo que tú vas a hacer en mí y en cada uno de ellos. 

 

Gracias por las enfermedades que tú estás sanando ahora, gracias por los que tú 

estás visitando con tu misericordia. 

 

 

 

B-. ENFERMEDADES DEL CORAZÓN Y CURACIÓN INTERIOR 

 

Todos somos conscientes de las graves repercusiones de nuestro pasado en el 

presente. Ahora nos vamos a referir especialmente a las actitudes enfermizas de nuestra 

personalidad y a las relaciones conflictivas con los demás que hunden sus raíces en 

dolorosas experiencias de nuestra historia. ¡Cuántos traumas han sido causados por 

heridas en nuestro pasado! Consecuencias negativas invaden el plano fisiológico (por 

ejemplo, algunas enfermedades físicas son causadas por heridas emocionales), 

psicológico (los complejos son causados siempre por heridas) y que hasta el, espiritual 

(muchas debilidades en nuestra vida de fe tienen dolorosas causas en nuestra historia). 

Estas enfermedades emocionales de nuestro corazón el Señor puede sanarlas mediante la 

oración de curación interior. 

 

En un centro psiquiátrico de Montreal había un hombre ciego que presentaba un 

cuadro médico muy extraño: había perdido la vista aparentemente sin ninguna causa. El 

nervio óptico, la pupila y la córnea estaban en perfectas condiciones. No había razón para 

ser invidente. 

 

Mediante un tratamiento hipnótico se descubrió que la causa se remontaba a 

cuando era muy pequeño y dormía en la misma recámara que sus padres. Una noche, 

ellos tuvieron relaciones sexuales muy intensas que el pequeño interpretó como una 

agresión de su padre contra su madre. Esto le causó un trauma tan hondo que cerró sus 

ojos a esta agresión y a toda realidad, volviéndose ciego. Al encontrarse el origen del 

problema se le dio la terapia adecuada y después de algunos meses recobró la vista. 

 

Esto es lo mismo que hace el Señor Jesús mediante la oración de curación interior, 

yendo a la raíz de nuestros conflictos para ser sanados; con la ventaja que él no cobra y lo 

hace mucho más rápido que los psicólogos y psiquiatras de este mundo. El sana los 

corazones destrozados y venda sus heridas. Sal 147,3 

 

Tenemos un Dios maravilloso que es capaz de ir hasta el fondo de nuestros 

problemas para sanarnos y liberarnos. Antiguamente existía una bellísima oración en la 

liturgia que decía: "Libéranos, Señor, de nuestros males pasados, presentes y futuros...". 

 

Nuestro Dios es capaz de sanarnos de los males del pasado porque El no está en el 

tiempo. Mejor dicho, El está en todos los tiempos porque es el mismo ayer, hoy y 

siempre. 

 

 

Para esto es necesario primeramente sacar a la luz lo que nos ha herido. Esto 

significa no sólo hacerlo consciente sino exponerlo a la luz del amor de Dios en un 

abandono total, pidiéndole que El cure con su misericordia infinita nuestras heridas La 

mitad de la curación de un problema emocional radica en la capacidad de escuchar al 

paciente con amor y sin juzgarlo. 

 

Existen algunas enfermedades y heridas físicas que se curan con baños de sol. La 

persona se expone a los rayos del sol que lo van penetrando y así va sanando. De la 

misma manera, Jesús, sol de justicia, sana las heridas del corazón. Si exponemos todo 

nuestro ser, especialmente las áreas más enfermas ante los rayos de misericordia de su 

corazón, su calor nos va a penetrar y a sanar. 

 

Para ustedes que buscan a Dios, brillará el sol de justicia con la salvación en sus 

rayos Mal 3,20. 

 

La incubación de recuerdos dolorosos en nuestra memoria produce traumas y 

complejos en las relaciones con los demás, con nosotros mismos y hasta en nuestra 

relación con Dios. Por eso, el ministerio de curación interior comienza primordialmente 

en el campo de nuestros recuerdos, pues lo que guardamos archivado en al memoria, 

consciente o inconscientemente, produce reacciones somáticas, orgánicas y nerviosas. 

 

En un clima de oración y fe tratamos de regresar a la persona al pasado buscando el 

origen de sus sufrimientos (rechazo familiar, abandono, violencia, fracaso, accidente, 

etcétera). Entonces se toma cada incidente doloroso y lo ponemos a la luz del Señor, 

tomando autoridad en nombre de Jesús sobre está situación. Y Jesús, que es el mismo 

ayer, hoy y siempre, sana las heridas de la memoria como el sol sana las heridas de 

nuestro cuerpo cuando las exponemos a sus rayos. 

 

Mandamos en el nombre de Jesús, por el poder de sus santas llagas (sus heridas que 

curaron nuestras heridas) que sean curadas nuestras enfermedades: "Yo te libero en el 

nombre de Jesús de los temores, angustias, complejos, etcétera, causados por estos 

acontecimientos". 

 

 

 

A.- Raíz del problema 

 

No debemos confundir la curación con la supresión de síntomas. No debemos 

dejarnos engañar por los síntomas porque éstos brincan y se transforman, mientras que el 

problema permanece. 

 

Por ejemplo, sucede que algunas personas renuncian al cigarrillo por algún método 

pero luego comen más de la cuenta. Un alcohólico puede dejar de beber pero si no sana la 

raíz puede caer en otros vicios. En estos casos el problema no se soluciona sino que se 

traslada. Parece un globo inflado que si le apretamos de un lado, el aire se recorre para el 

otro. 

 

Generalmente existe una herida de falta de amor o deformación del amor en todas 

nuestras enfermedades. Por eso su curación se llama "del corazón". 

 

Una experiencia negativa de falta o deformación del amor se cura con experiencias 

positivas verdaderas de él. Por eso, no basta descubrir el problema o la raíz de los 

conflictos, sino más importante es llenar este vacío con el amor misericordioso del 

corazón de Jesús. 

 

Lo esencial es apropiarnos los méritos de la muerte de Cristo para gozar de los 

frutos de su resurrección con la certeza de la fe que, hace dos mil años, él ya cargó con el 

castigo que nos trae la paz. 

 

 

En la curación no se trata de suprimir síntomas (dolor) sino de ir a la raíz que está 

ocasionando los problemas. Por tanto, no debemos centrar nuestra atención en los 

síntomas, que son la superficie del problema sino que debemos empeñarnos primero en 

encontrar la causa de los problemas. 

 

La curación de Jesús actúa a fondo: desata el nudo principal que origina todas las 

demás complicaciones. Esta raíz se descubre principalmente de dos formas: 

 

- Dialogando con la persona; tratando de descubrir cuándo y cómo se originó 

el problema. 

 

Había una persona que sufría de un asma tan fuerte que casi se ahogaba. Hablando 

con ella Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, y buscando cómo y cuándo comenzó su 

enfermedad se dio cuenta que fue poco después de nacer su segundo hijo ya que esta 

señora tenía una vecina que de mala fe la atacaba afirmando que ese niño recién nacido 

no era hijo de su esposo. Esto la hirió tanto que comenzó con el asma. El asma no era la 

enfermedad sino el síntoma de una herida emocional que al descubrirse y sanarse 

desapareció automáticamente. 

 

- Mediante el discernimiento carismático. 

 

En algunas ocasiones el Señor concede una luz especial para penetrar hasta la raíz 

del problema. El Señor viene en ayuda de nuestra impotencia para que, descubriendo lo 

que humanamente es imposible o duraría muchas sesiones con métodos psicológicos, se 

cure la enfermedad emocional. 

 

El discernimiento carismático no es fruto de una técnica psicológica sino una gracia 

especial del Señor para ayudar a un caso particular. 

 

Una niña de trece años despertó un domingo a media noche muy asustada con 

gritos y sobresaltos porque un hombre se había metido en su cuarto. Al día siguiente 

amaneció ciega. A pesar de que abría los ojos nada podía ver. Como la familia era pobre 

buscaron remedios caseros. Luego recurrieron al doctor y no hubo resultados positivos. 

 

Entonces la trajeron a la iglesia. Como el P. Emiliano no sabe de medicina lo que 

hizo fue comenzar a orar. Lo hizo pero sin resultado. Oró en lenguas y en ese momento 

comprendió con mucha claridad que esta niña no estaba ciega sino que tenía una herida 

emocional por la impresión recibida a través de sus ojos del hombre que había entrado a 

su habitación. 

 

Se le pidió al Señor que la sanara de su herida emocional y a los diez minutos 

comenzó a ver. Cinco minutos más tarde había recuperado completamente la visibilidad. 

Su herida emocional era la raíz del mal físico. Curada la causa sanó también la 

consecuencia. 

 

La oración se debe centrar en que el Señor rompa los lazos del pasado que está 

repercutiendo en el presente. Luego se pide al Señor que llene de amor, comprensión, 

paz, etcétera, aquel momento o circunstancia dolorosa. 

 

En un retiro en Caracas, Venezuela, una religiosa canadiense le contó al P. 

Emiliano que a pesar de sentirse satisfecha en su vocación y en su apostolado misionero, 

continuamente cargaba con una tristeza que no sabía explicarnos. 

 

Oramos por su curación interior y durante la oración en lenguas una hermana tuvo 

una imagen mental de una niña de unos cinco años que lloraba perdida en un bosque, 

rodeada de pinos y de nieve. Se le preguntó a la religiosa si esa imagen le decía algo, a lo 

cual ella contestó con lágrimas en los ojos: 

 

 

- Cuando yo era pequeña, un invierno, salí de casa. Mis huellas se perdieron en la 

nieve y no podía regresar, ni mis padres sabían dónde buscarme Duré perdida varias 

horas, sufriendo mucho, pensando que lamas podría volver a ver a mis padres. 

 

Entonces oramos a Jesús, buen pastor, pidiéndole que sanara la herida emocional, 

ya que él estaba con ella en aquellos momentos y cómo nunca la ha dejado sola ni ha 

permitido que se pierda en el camino de la vida. Ella fue curada y volvió la alegría a su 

vida y a su trabajo. Para nuestro Dios todo es presente y nos cura de nuestros males, 

aunque ya estén sepultados en el pasado. 

 

La curación de los recuerdos radica en que Jesucristo es el mismo ayer hoy y 

siempre (Heb 13,8) y los méritos redentores de su muerte y resurrección son siempre 

presentes y eficaces. 

 

En el ministerio de sanación apropiamos los méritos de la muerte de Cristo para 

vivir los frutos de la redención en alguna área o momento determinado de nuestra vida. 

El punto de partida es la certeza de que hace dos mil años, Jesús ya cargó con nuestras 

dolencias y enfermedades, por la fe nos apoderamos de la victoria de Cristo haciéndola 

nuestra. 

 

Con la curación interior nace una esperanza para quienes ya se habían resignado a 

vivir con ciertos hábitos y traumas; se abre una puerta de recuperación para quienes no 

pueden cambiar por más esfuerzos humanos que hacen y gracias a ellos se rompen las 

amarras que nos esclavizan al pasado. 

 

Jesús vino a traer vida y vida en abundancia. Nos quiere y nos capacita para ser 

libres de toda atadura que nos encadene a un triste pasado o una experiencia negativa. 

 

Hay personas que se acercan al sacramento de la Reconciliación para confesar 

siempre las mismas faltas y pecados. De esta manera el sacramento parece que sólo nos 

otorga el perdón de Dios, más no la fuerza para salir victoriosos en la lucha contra el 

pecado. La sanación interior ha venido a liberarnos de esas dependencias que nos 

esclavizan y no nos dejan volar a la altura de la unión con Dios y la santificación. 

 

¿Esto significa entonces que la curación interior es más eficaz que el sacramento? 

De ninguna manera, porque es especialmente en el sacramento de la Reconciliación 

donde la curación interior puede ir más a fondo. 

 

Si los sacerdotes fueran conscientes del poder sanador del sacramento de la 

Reconciliación no dejarían de usarlo en cada caso. El sacerdote que reduce el sacramento 

a dar sólo la absolución y no ora por la sanación interior, está reduciendo 

lamentablemente el poder del sacramento. 

 

 

 

Oración Por curación interior 

 

 

 

Como todos estamos enfermos por heridas en nuestro pasado, a continuación 

hacemos una oración de curación interior para que el Señor sane el corazón de los que 

reconozcan necesitarlo: 

 

Padre de bondad, Padre de amor, te bendigo, te alabo y te doy gracias porque por 

tu amor nos diste a Jesús. 

 

Gracias Padre porque a la luz del Espíritu comprendemos que él es la luz, la 

verdad y el buen pastor que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en 

abundancia. 

 

Hoy, Padre, me quiero presentar delante de ti, como tu hijo. 

 

Tú me conoces por mi nombre. 

 

 

Pon tus ojos de Padre amoroso en mi vida. 

 

Tú conoces mi corazón y conoces las heridas de mi historia. 

 

Tú conoces todo lo que he querido hacer y no he hecho. 

 

Conoces también lo que hice o me hicieron lastimándome. 

 

Tú conoces mis limitaciones, errores y mi pecado. 

 

Conoces los traumas y complejos de mi vida. 

 

Hoy, Padre, te pido que por el amor que le tienes a tu Hijo Jesucristo, derrames tu 

Santo Espíritu sobre mí, para que el calor de tu amor sanador, penetre en lo más íntimo 

de mi corazón. 

 

Tú que sanas los corazones destrozados y vendas las heridas sáname aquí y ahora 

de mi alma, mi mente, mi memoria y todo mi interior. 

 

Entra en mí, Señor Jesús, como entraste en aquella casa donde estaban tus 

discípulos llenos de miedo. 

 

Tú te apareciste en medio de ellos y les dijiste: "paz a vosotros". Entra en mi 

corazón y dame tu paz. 

 

Lléname de amor. 

 

Sabemos que el amor echa fuera el temor. 

 

Pasa por mi vida y sana mi corazón. 

 

Sabemos, Señor Jesús, que tú lo haces siempre que te lo pedimos, y te lo estoy 

pidiendo con María, mi madre, la que estaba en las bodas de Caná cuando no había vino 

y tú respondiste a su deseo, transformando el agua en vino. 

 

Cambia mi corazón y dame un corazón generoso, un corazón afable, un corazón 

bondadoso, dame un corazón nuevo. 

 

Haz brotar en mí los frutos de tu presencia. 

 

Dame el fruto de tu Espíritu que es amor, paz, alegría. 

 

Haz que venga sobre mí el Espíritu de las bienaventuranzas, para que pueda 

saborear y buscar a Dios cada día, viviendo sin complejos ni traumas junto a los demás, 

junto a mi familia, junto a mis hermanos. 

 

Te doy gracias, Padre, por lo que estas haciendo hoy en mi vida. 

 

Te doy gracias de todo corazón porque tú me sanas, porque tú me liberas, porque tú 

rompes las cadenas y me das la libertad. 

 

Gracias, Señor Jesús, porque soy templo de tú Espíritu y ese templo no se puede 

destruir porque es la Casa de Dios. 

 

Te doy gracias, Espíritu Santo, por la fe. 

 

Gracias por el amor que has puesto en mi corazón. 

 

¡Qué grande eres, Señor Dios Trino y Uno! 

 

Bendito y alabado seas, Señor. 

 

 

 

b.- La oración 

 

Creo que lo que más ayuda a orar por la sanación interior de otros es antes haber 

recibido esa misma sanación interior. Todo aquel que trabaje en el ministerio de sanación 

debe haber tenido la experiencia de su sanación interior otorgada por el Señor. 

 

Lo primero que debemos pedir en el ministerio de la sanación es la compasión por 

los enfermos. La compasión es una característica esencial del corazón misericordioso de 

Cristo Jesús. El tenía compasión de la gente y por eso la sanaba o le daba alimento. 

 

Sin compasión (sufir-con) nuestra oración es sólo vocal y exterior, no del corazón. 

 

 

Para la oración de curación interior no existe un modelo que siempre se deba 

seguir; más bien se debe seguir a Jesús que enseñó y curó al impulso del Espíritu. No 

conozco método. Jesús no lo tenía. 

 

Sin afán de presentar sino una experiencia de cómo Dios nos ha enseñado a orar 

por los enfermos, queremos presentar varias pistas que puedan servir a otros; teniendo 

claro que Dios les puede enseñar otras cosas más. 

 

- En el Nombre de Jesús 

 

Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres y por eso no hay otro 

nombre dado a los hombres para ser salvados. (1Tim 2,5; Hech 4,12) Sólo Jesús sana, 

libera y salva. Cualquier cosa que pedimos en su nombre, el Padre nos escucha. (Jn 

16,23) 

 

La oración en el nombre de Jesús no se limita sólo a pronunciar el nombre de Jesús 

sino ante todo tener la confianza en que orando él en nosotros y nosotros en él, el Padre 

siempre nos escucha. 

 

Algunos, durante la oración de sanación y especialmente en la de liberación, están 

repitiendo o cantando el santo nombre de Jesús muchas veces. En verdad que hay salud y 

poder en ese nombre ya que significa "Dios salva" y ya sabemos que la Palabra de Dios 

realiza lo que contiene. 

 

En el nombre de Jesús se sanan los enfermos. (Mt 7,22; Hech 4,30) 

 

- Por la Sangre de el Cordero 

 

Se implora el valor de la sangre preciosa de Jesús, Cordero de Dios que quita el 

pecado del mundo y todas sus consecuencias para que nos libere del poder de las 

tinieblas. 

 

San Pablo afirma que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos (Ef 1, 7). 

 

Invocamos la sangre de Cristo Jesús porque a veces atrás de una herida emocional, 

una opresión, obsesión y hasta enfermedad física se anida un elemento de pecado. 

Entonces, oramos: 

 

"Por la sangre preciosa de Cristo Jesús te declaro libre de toda atadura y mal que te 

esté impidiendo vivir en plenitud la vida de Cristo Jesús". 

 

En la asamblea de oración por los enfermos "me tocó sentarme a su espalda, en un 

nivel más bajo, por lo que no podía verlo. Únicamente escuchaba. Conforme usted 

hablaba yo me iba metiendo en ese mundo maravilloso de Dios, sin darme cuenta. 

 

De repente comencé a percatarme de que algo especial estaba pasando. Me sentí 

como flotar en el aire, me comencé a bañar en sudor y sentí necesidad de glorificar a 

Dios en voz alta. Mis lágrimas salían copiosamente. Luego vino la oración por los 

enfermos. Usted nos hizo meditar en la cruz de Nuestro Señor. 

 

Yo me lo imaginaba con toda claridad. En ese mismo momento me sentí sumergida 

en esa sangre preciosa. Entonces mi llanto era de tristeza por mis pecados. El me dijo 

entonces: "Te amo. En todos aquellos momentos de falta de comprensión y consuelo allí 

estaba yo amándote" (hoy que lo escribo vuelvo a llorar). 

 

En ese momento sentí que algo me hacía presión en mi estómago. El Señor curaba 

entonces mi vejiga y mi uretra que me había quedado cerrada y en mala posición por los 

partos. Pasé toda la noche alabando al Señor sin poder dormir. De esto hace exactamente 

un año y no he vuelto a tener molestia alguna. Pero lo más importante es que a partir de 

haberme sentido inundada por la sangre de Cristo han sucedido cosas maravillosas en mi 

vida espiritual". 

 

Virginia Díaz de Enríquez. 

 

 

-Por las llagas de Jesús 

 

Por las llagas de Jesús fuimos curados de nuestras heridas. Por sus heridas hemos 

sido sanados. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus azotes hemos sido 

curados. 

 

El siervo de Dios cargó con todas nuestras dolencias y enfermedades para que, 

libres del temor, pudiéramos servir en santidad y justicia todos los días de nuestra vida. 

 

Por esta razón acostumbramos orar así: 

 

"Por las cinco llagas de Cristo Jesús te declaro libre con la libertad de hijo de Dios, 

redimido por Cristo Jesús". 

 

"Señor Jesús, sana por el poder de tus llagas, sana las heridas de los recuerdos... 

Sana la raíz de este problema que está causando tristeza, odio, miedo, etc. 

 

- Orar en lenguas 

 

Ayuda bastante en la oración interior es la oración en lenguas. 

 

Sólo queremos decir que cuando oramos en lenguas nuestra mente está 

completamente rendida al Señor para que El nos use como canales de salud. 

 

La oración en lenguas es un instrumento maravilloso que tiene la capacidad de 

penetrar hasta donde el hombre y la ciencia no son capaces. 

 

El P. Emiliano nos dice que en un retiro sacerdotal en Lyon, Francia, había 

sacerdotes abiertos al don de lenguas pero había otros que se oponían y hasta se burlaban. 

El peor de éstos era un sacerdote misionero que trabajaba dando clases de árabe en una 

universidad de África. El segundo día este sacerdote se puso de pie delante de todos y 

escribió unos signos muy raros en el pizarrón. Luego, muy conmovido, nos explicó: 

 

- Durante la oración en lenguas de ayer ustedes estaban diciendo esto en árabe; lo 

cual significa: "Dios hace misericordia". 

 

En toda oración en lenguas "Dios hace misericordia" con nosotros ya que no 

sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad e 

intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26). 

 

- Intercesión de María 

 

También de ella hablaremos después, pero es bueno incluirla aquí para tener una 

visión de conjunto de estos elementos fundamentales de la oración de curación. Ella es la 

persona que tiene el carisma de curación de una manera más excelsa porque ella tiene a 

Jesús, nuestra salud, y ella estaba al pie de la cruz donde el Cordero de Dios fue herido 

por nuestras rebeldías. 

 

La intercesión de la oración de María se constata por todo el mundo en los 

santuarios marianos. 

 

 

 

C.- ENFERMEDAD DEL ESPÍRITU Y RECONCILIACIÓN 

 

Nuestra alma también se puede enfermar, esto es más grave que un cáncer o un 

trauma psicológico. 

 

Un sábado Jesús llegó a la piscina de Bezatá (que significa "Casa de misericordia"). 

Vio a un hombre que yacía sobre su lecho y le ordenó: 

 

 - Levántate. Toma tu camilla y anda. 

 

Aquel hombre que llevaba 38 años paralítico encontró gracia delante de los ojos de 

Dios, se levantó y comenzó a andar. Luego el Maestro se lo encontró y le advirtió: 

 

Mira que estás curado. Vete y no peques más para que no te suceda algo peor Jn 5, 

1-14. 

 

 

Jesús de ninguna manera afirmó que si pecaba se quedaría más de 38 años 

paralítico; sino que el pecar sería peor que 38 años de parálisis. Es más, el pecado no sólo 

es una enfermedad sino que necesariamente produce muerte. San Pablo afirma que: 

 

El salario del pecado es la muerte. Rm 6,23 

 

El pecado produce la muerte en cuanto que nos priva de la vida de Dios; o mejor 

dicho, de Dios que es la vida. 

 

Me dejaron a mí manantial de aguas vivas y se construyeron cisternas agrietadas 

que el agua no pueden contener. Jer 2,13 

 

El pecado básicamente consiste en una falta de fe en Dios; generalmente provocada 

por un exceso de confianza en nosotros mismos. Es creer más en nosotros mismos 

(nuestros valores, pensamientos, seguridades, etc.) que en Dios. El fruto prohibido del 

paraíso es el hombre que confía más en sus propios medios para lograr la realización de 

su ser que en el camino propuesto por Dios. 

 

El pecado perjudica más al hombre que a Dios mismo. (Prov 8,36; Jer 26,19) 

 

¿Es acaso a mí a quien hieren sus rebeldías? ¿No es más bien ustedes mismos para 

su propia confusión? Jer 7,19. 

 

Dios nos ama tanto que sabiendo la atadura que produce el pecado en nosotros, nos 

prohíbe pecar, nos prohíbe ser esclavos. 

 

La sanación completa consiste en que somos liberados de la ley del pecado que nos 

lleva a hacer el mal que no queremos y nos impide hacer el bien que nos proponemos. Es 

decir, Dios no sólo nos perdona el pecado sino que nos fortalece para no volver a pecar. 

 

Aún más, cambia nuestro corazón para "querer y hacer" lo que El manda; no 

porque está mandando exteriormente, sino como imperativo que brota como exigencia 

del propio ser que ha sido transformado por su Espíritu Santo. No hay hombre más 

hombre que aquel que ha sido liberado de la esclavitud del pecado. 

 

Dios es el Dios de los perdones, (Neh 9,17) quien siempre perdona y perdona para 

siempre. Por su parte El ya nos perdonó todos nuestros pecados. La sangre preciosa de 

Cristo en la cruz es la medicina sanadora de nuestros pecados. 

 

¿Qué Dios hay como tú que quite la iniquidad y pase por alto la rebeldía de su 

pueblo? Tú no mantienes tu enojo por siempre porque eres un Dios que te complaces en 

el amor. Tú te vuelves a compadecer siempre de nosotros y pisoteas nuestras iniquidades. 

¡Tú arrojas hasta el fondo del mar todos nuestros pecados! Miq 7,18-19. 

 

A nosotros corresponde tomar, hacer nuestra esa medicina, mediante la fe y la 

reconciliación. Por la fe nos apropiamos los méritos de Cristo Jesús en la cruz. Por la 

conversión ponemos en juego todo el potencial de los frutos de su redención. Basta 

confesarnos pecadores frente a su misericordia para ser perdonados. 

 

Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos y purificarnos 

de toda injusticia. 1Jn 1,9 

 

En este campo juega un papel imprescindible la Reconciliación que es el 

sacramento del encuentro de alegría; porque es el regreso del hijo amado a la casa de su 

Padre misericordioso que le pone zapatos nuevos (dignidad), vestido fino (vida nueva) y 

anillo (de heredero); organizando además una fiesta porque el hijo que estaba muerto ha 

vuelto a la vida. (Lc 15,11-24) 

 

Jesús envió a los apóstoles a "resucitar muertos"; (Mt 10,8) y no hay gente más 

muerta que aquella que ha perdido la vida de Dios por el pecado. 

 

 

Sin embargo, muchos no entienden todavía este bello sacramento y aún le tienen 

miedo y buscan mil excusas para no confesarse. El P. Emiliano Tardif nos cuenta unos 

bellos testimonios. 

 

Había un sacerdote que trabajaba en una pequeña aldea en el Polo Norte. Para ir al 

pueblo más cercano donde radicaba otro sacerdote para confesarse no había carretera y 

debía tomar una vieja avioneta. Por esta razón él explicaba: 

 

- Yo ya no me confieso porque, irme a confesar por un pecado venial, me sale 

demasiado caro el viaje en avioneta. Y si tengo pecado mortal, me da miedo subirme a 

ese viejo aparato.... 

 

En una ocasión yo regresaba a mi pueblo en mi auto. Sin darme cuenta rebasé el 

límite de velocidad hasta que me alcanzó un policía en su motocicleta. Me detuve y se 

me acercó aquel policía con su pistola; enojado porque tenía muchos minutos 

siguiéndome y yo no me detenía. Cuando le entregué mis papeles y los leyó, me 

preguntó: 

 

- ¿Es usted el famoso padre Tardif? - Sí -contesté- ¿desea usted confesarse? 

 

El se asustó tanto que me entregó inmediatamente mis documentos y me dijo que 

tenía demasiada prisa. ¡Con todo y pistola tenía miedo a confesarse...! ¡No hubo multa ni 

confesión por el miedo que él tenía! Le tememos a la confesión porque no entendemos 

que es el sacramento del amor de Dios. 

 

Siempre que le pedimos perdón al Señor, sea lo que sea, El nos perdona. El jamás 

se escandaliza de nuestros pecados. Sólo espera que los reconozcamos y que le pidamos 

perdón, sin excusarnos ni minimizar la falta. 

 

Solamente existe un pecado que Dios no puede perdonar: aquel del que no le 

pedimos perdón, el pecado que no reconocemos como tal, el que auto justificamos. 

 

El sacerdote es el ministro del perdón de Dios. No es juez, no es verdugo, sino el 

canal a través del cual pasa la misericordia divina. No existe labor más profunda y 

efectiva que acoger al pecador enlodado por el pecado y ponerle a la puerta del paraíso. 

 

El sacerdote es la única persona en toda la parroquia que tiene el poder de perdonar 

los pecados y de presidir la Eucaristía. Nadie lo puede reemplazar. 

 

Cada vez que el sacerdote confiesa es un profeta de Dios que en nombre del Señor 

nos dice: "Yo te absuelvo de tus pecados...". Habla en nombre de Dios. 

 

Además, así como la Eucaristía es el lugar privilegiado para recibir la sanación 

física, la Reconciliación es el mejor momento para orar por la sanación interior. 

 

Un sacerdote me objetaba muy convencido. 

 

- No puedo orar detenidamente por cada persona porque entonces no me alcanza el 

tiempo para el trabajo. 

 

Yo le contesté: 

 

- Pero, ¿cuál es tu trabajo sino liberar a los oprimidos y ser ministro de la 

reconciliación? 

 

El pensaba que pintar el salón parroquial era su trabajo y, sacrificando lo suyo 

propio, lo que nadie más que él podía hacer, realizaba lo de otros muchos. Hay otros que 

prefieren contar el dinero de la cooperativa que contar a la gente las maravillas de Dios y 

liberarlas de sus esclavitudes. 

 

D.- CONVALESCENCIA 

 

Para cualquier caso de enfermedad que hemos visto, la etapa de convalecencia es 

de capital importancia pues de ella depende la total recuperación. 

 

 

En el ministerio de curación, física, interior o de liberación, sucede lo mismo. 

Cuando el Señor ha intervenido de manera asombrosa o milagrosa la persona necesita 

una etapa de convalecencia para no recaer otra vez. He aquí unas ideas de lo que 

entendemos como convalecencia: 

 

a.- La vida sacramental 

 

La persona que ha recibido una curación de parte del Señor necesita un alimento 

especialmente tonificante que Dios nos ofrece a través de los sacramentos. Incluso 

hablamos de la vida sacramental porque es vida y vida divina la que se comunica a través 

de ellos. No es posible prescindir de los sacramentos si se quiere una recuperación total. 

 

La oración es el contacto directo con la fuente de la salud. El contacto con el Señor 

es más importante que el suero o el oxígeno para un enfermo. Si rompemos este conducto 

nos exponemos a perder algo más valioso que la salud física o interior. 

 

b.- La oración 

 

La oración es una comunión de amor. La Palabra de Dios purifica (Jn 15,3) y sana: 

Ni los sanó hierba ni emplasto alguno sino tu Palabra que todo lo sana: Sab 16,12. La 

Escritura leída y orada con fe es la más eficaz medicina porque es palabra de Vida eterna 

(Jn 6,68). 

 

Algunas veces se pierde el fruto de una sanación integral porque la persona se aísla 

y no se integra a la comunidad. Es más, podemos afirmar que Dios quiere que esté sano 

en su totalidad el Cuerpo de su Hijo, y no sólo algunos de sus miembros. 

 

La sanación completa se da en la medida que vivimos el misterio de ser el Cuerpo 

de Cristo; comunidad de fe y amor con la esperanza de la patria definitiva. 

 

Todos buscamos la felicidad, por eso queremos la sanación. Sin embargo la 

sanación completa la encontramos en las bienaventuranzas de Cristo Jesús. 

 

Jesús nos ha dado una regla de oro para ser felices: "hay más alegría en dar que en 

recibir". Hech 20,31. En la medida que salgamos de nosotros mismos para darnos a los 

demás alcanzaremos la perfecta sanación. 

 

Cuando Jesús liberó a María Magdalena de siete demonios siguió una larga etapa 

de convalecencia hasta su recuperación total. Si nos damos cuenta, María Magdalena 

tuvo estos puntos antes enunciados. 

 

 

 

 

 

LA LIBERACIÓN 

 

Existe un campo tan misterioso y delicado como real que es la acción del Demonio 

en el mundo y las personas. 

 

Jesús habla a menudo de este tema y frecuentemente lo encontramos enfrascado en 

una lucha contra Satán y sus poderes que dominan el mundo Es más, una de las pruebas 

que Jesús mismo ofrece de su mesianismo es la expulsión de demonios. Si por el dedo de 

Dios yo expulso los demonios es porque el Reino de Dios ha llegado. Lc 11, 20. Cf. Mt 8, 

16; Lc 7,21. Jesús venció con su muerte al Príncipe de las tinieblas y por su resurrección 

fuimos trasladados al Reino de su amor. 

 

Pedro (Hech 10,38) resume la obra mesiánica de Jesús en cuatro puntos: 

 

- Ungido con el Espíritu Santo y con poder. 

 

- Pasó haciendo el bien. 

 

- Curando. 

 

- Liberando a todos los oprimidos por el Diablo. 

 

En esta síntesis encontramos perfectamente integrado el ministerio de liberación. 

No es un ministerio aislado, sino que encaja en el contexto de evangelización. Lo realizan 

personas ungidas por Dios con el Espíritu Santo y en el nombre de Jesús. Además no es 

cuestión sólo de echar fuera a los demonios sino de hacer el bien, el máximo bien: dejar 

la salvación actuante en la persona y en la comunidad. 

 

Los apóstoles fueron enviados a evangelizar y también a expulsar demonios (Mt 

10,7-8) y volvieron gozosos porque éstos se les sometían. (Lc 10,7) 

 

Sin embargo hay personas que piensan que sacar de estos textos la conclusión de la 

existencia y la acción del Demonio sería fundamentalismo bíblico o retroceder a ideas 

medievales. 

 

No es que me interese proclamar y dar a conocer a Satanás. Lo que intento es que el 

mundo conozca y ame a Jesús. Pero, Satanás es el gran enemigo de Dios que obstaculiza 

nuestro encuentro con el Señor. Si estamos ignorantes y no conocemos la clase de 

mentiras que él siempre usa, no podremos estar prevenidos para sus ataques. 

 

El Papa Pablo VI en su célebre discurso del 15 de noviembre de 1972, decía: 

 

"Una de las principales necesidades de la Iglesia de hoy es la defensa del maligno 

que se llama Demonio. El mal no es mera ausencia de algo, sino un agente efectivo; un 

ser vivo y espiritual, pervertido, perverso (y pervertidor). Está en contra de las 

enseñanzas de la Biblia y de la Iglesia rehusarse a admitir tal realidad". 

 

Aquí conviene aclarar que el Padre Nuestro termina pidiendo: "Líbranos del Malo", 

no solamente "del mal" como generalmente se traduce Mt 6, 13. 

 

"La gran victoria de Satanás -comenta el padre Salvador Carrillo, doctor en 

Sagradas Escrituras- es que no creamos que él existe porque así le permitimos actuar con 

toda libertad. La Biblia habla poco del Demonio. En el Antiguo Testamento casi no 

aparece. Después de la venida de Jesús vuelve a disminuir su influjo no volviendo a 

aparecer sino en pocos textos. Es en los Evangelios, ante la presencia salvífica de Cristo 

Jesús, donde reactiva su acción y se revela su presencia. ¿Qué de extraño tiene pues que 

ahora que estamos viviendo esta manifestación poderosa de Cristo se desencadenen las 

fuerzas del Mal como sucedió durante el ministerio de Jesús? 

 

Insistimos que la acción diabólica no debe ser nuestro centro de atención. Es 

simplemente sintomática: signo de que Jesús está actuando poderosamente entre 

nosotros. Jesús vino a liberarnos del poder del Príncipe de este mundo y el ganó la batalla 

 

 

en su cruz. Satanás está derrotado, por esto a veces se pone bravo, por estar amarrado. 

Jesús ya aplastó la cabeza del Enemigo. (Cf. Gen 3,15) 

 

Hay quienes proclaman y hasta exageran el poder y la acción de Satanás, 

atribuyéndole todo lo malo, cualquier dificultad y toda enfermedad. Ven diablos por 

doquier y quieren exorcizar ante cualquier catarro. Este es el otro extremo, olvidando que 

los enemigos del alma son también el mundo y la carne. A Satanás le gustan dos cosas: o 

que lo ignoremos o que le demos el papel principal de la obra. 

 

Su acción se manifiesta de tres formas: la opresión y la obsesión que son las más 

generalizadas; y la posesión, la cual es poco frecuente. 

 

A.- La Opresión 

 

La opresión es la acción de Satanás sobre los cuerpos o las cosas. Por ejemplo, 

ruidos en la noche, cosas que se mueven, luces que se apagan, voces, ciertas 

enfermedades raras que no tienen explicación médica, etc. Se trata de acciones exteriores. 

 

El P. Emiliano nos dice que un día un Obispo del Caribe le envió a su prima que 

sufría cierta enfermedad muy extraña. Oraron y el Señor la liberó. Luego le pidieron que 

fuera a su casa porque sucedían cosas raras. Le respondió que no iría; para eso tenía a su 

primo Obispo; que le pidiera bendecir su casa. Al ir el Obispo y bendecir el hogar cesó el 

problema. Fue todo muy sencillo porque para Jesús todo es sencillo. 

 

Nosotros dividimos los problemas en fáciles y difíciles, pero para Jesús todos los 

problemas son fáciles; si no, no sería el Señor. 

 

Añade el P. Emiliano: recuerdo otro caso muy importante. Era un hombre llamado 

Julio Núñez que no podía caminar y gateaba como un animalito. El Señor lo curó en una 

asamblea de oración. 

 

Fue tan impactante su curación que daba testimonio por todas partes. En una 

ocasión una señora lo reconoció y le preguntó: 

 

- ¿No eres tú el tullido? 

 

- Sí, pero el Señor ya me enderezó... 

 

Incluso lo invitamos varias veces a acompañarnos, testificando en diferentes retiros 

la maravillosa curación que había recibido. 

 

Un año después, el párroco de San Francisco de Macoris nos pidió hacer un retiro 

carismático. Invité a Julio Núñez, pensando que su testimonio sería más fuerte, por ser él 

miembro de esta parroquia. 

 

Al llegar y preguntar por Julio se me acercó una señora muy triste: 

 

- Padre, a Julio le volvió la cosa esa... Sí, padre, no puede caminar y anda otra vez a 

gatas. 

 

- ¿Desde cuándo anda así? 

 

- Desde hace cinco días... 

 

Mandé que fueran a buscarlo y lo trajeron a caballo. Comenzamos a orar por él. Yo 

le decía al Señor: 

 

- Señor, no puedes quedar mal aquí que es la parroquia de Julio... 

 

Pero el Señor no lo sanaba. Entonces comenzamos a orar en lenguas y me vino a la 

mente como un flechazo: "espíritu de enfermedad". Entonces imperé y dije: 

 

- Espíritu de enfermedad, te ordeno en el nombre de Jesús que salgas y dejes libre a 

este hijo de Dios. Te mando en el nombre de Jesús que te vayas a los pies de Jesús para 

que disponga de ti y te prohíbo que vuelvas a molestarlo porque es hijo de Dios y nada en 

él te pertenece. 

 

Julio sintió un escalofrío, luego, con toda sencillez se levantó y comenzó a caminar. 

 

 

Satanás lo estaba oprimiendo para que no diera el testimonio de su curación. Pero 

Dios es más inteligente y, restablecido Julio, su testimonio fue doble: su curación y de 

cómo Dios lo había liberado de esa opresión. 

 

En la oración en lenguas el Señor vino en ayuda de nuestra debilidad y nos dio su 

discernimiento carismático para señalarnos lo que le pasaba a Julio; sufría de un espíritu 

de enfermedad. 

 

Esto puede parecer extraño a los que no han leído el Evangelio pero allí 

encontramos un caso muy parecido: Había una mujer a la que un espíritu tenía enferma 

por 18 años; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse. Lc 13, 11. Jesús 

hizo una liberación cuando le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. 

 

En los Hechos consta que la gente llevaba a los enfermos y atormentados por los 

espíritus con los apóstoles. 

 

B.- La Obsesión 

 

Llamamos obsesión a la influencia y acción del Enemigo sobre la mente de las 

personas. Si la opresión se manifiesta en lo exterior y material, la obsesión se manifiesta 

en el interior. 

 

Existen personas atormentadas con tremendas obsesiones sexuales, ideas de 

suicidio, espíritu de blasfemia, autodestrucción, desprecio, sentirse indigno del perdón de 

Dios, etc. En estos casos a veces la causa no sólo es física o psicológica, sino que están 

atormentadas por una obsesión que las esclaviza, no teniendo fuerza para salir 

victoriosas. 

 

Podría decir que la obsesión se parece a una tentación; pero en vez de ser pasajera 

es permanente, además de tener una fuerza e intensidad que va más allá de nuestras 

capacidades humanas para vencerla. 

 

Un día en México me llevaron a una mujer que tenía muchos años sufriendo cosas 

muy extrañas. Oramos por ella y le pedimos que nos acompañara en la recitación del 

Padre Nuestro. Pero, ella no podía decir "perdónanos como nosotros perdonamos a los 

que nos han ofendido". Tenía un gran rencor en su corazón porque un enemigo, para 

vengarse, le echó un maleficio. A raíz de eso comenzó a sufrir mucho y a odiar a ese 

hombre. No era simple resentimiento sino una verdadera esclavitud que la mantenía 

atada. 

 

Oramos por su liberación del odio pero no había resultado alguno me acordé de 

aquel joven al que los discípulos no habían podido liberar de las ataduras de Satanás y lo 

llevaron donde Jesús. Entonces nos acercamos al sagrario y le pedimos a Jesús que la 

liberara por su sangre preciosa. El Señor actuó inmediatamente liberándola del espíritu de 

brujería y de rencor. Por primera vez en mucho tiempo pudo recitar completo el "Padre 

Nuestro" 

 

En la República Dominicana había un hombre casado con una mujer joven. Tenían 

dos hijitos. A pesar de todo, él no podía dejar de tener relaciones sexuales con prostitutas. 

Era un deseo superior a sus fuerzas que no podía dominar. El se esforzaba pero no le 

daba resultado. Entonces hicimos oración de liberación por él y no hubo resultados, hasta 

que comprendimos que sólo estábamos ocupándonos de expulsar al espíritu impuro. Pero 

al evangelizarlo el Señor hizo su obra y fue liberado de esa obsesión. 

 

En Quebec había una religiosa que cuando iba a comulgar sucedía como si en su 

mente comenzara a correr una grabación llena de blasfemias. Ella lloraba y sufría mucho 

por eso. Habló con su confesor y éste le aconsejó que rezara mucho a la Virgen María. Ni 

penitencias ni ayunos le daban resultados pues todo aquello continuaba. 

 

 

Un día un sacerdote carismático de Quebec fue al convento, oró por ella para que 

fuera liberada de ese espíritu de blasfemia. Ella fue restablecida completamente gracias a 

esa oración. 

 

En el Nuevo Testamento encontramos diferentes clases de espíritus que vale la 

pena conocer: 

 

- Espíritu inmundo o impuro, que es el más frecuente (Mt 12,43; Mc 1,23.26.27; 

3,11; 5,2.8.13; 7,25; Lc 4,33.36; 6,18; 8, 29; 9,42; 11,24). 

 

- Espíritu mudo (Mc 9,17). 

 

- Espíritu sordo y mudo (Mc 9,25b). 

 

- Malos espíritus (Lc 7,21; Hech 19,12). 

 

- Espíritus malignos (Lc 8,2). 

 

- Espíritu adivino (Hech 16,16). 

 

- Espíritu del mal (Ef 6,12). 

 

- Espíritus engañadores (1Tm 4,1). 

 

 

 

a.- La Oración de Liberación 

 

El ministerio de liberación se realiza en el nombre y con el poder de Cristo Jesús. 

En su nombre oramos al Padre y resistimos las asechanzas del Enemigo. Con su poder lo 

liberamos de toda opresión y obsesión. 

 

La liberación de opresiones y obsesiones tiene dos aspectos: 

 

- Orar al Padre en el nombre de Jesús para que libere a la persona de todo lo que 

está esclavizado Es tan obvio este aspecto que no necesita aclaración. 

 

 - Imperar con el poder de Cristo que dijo: "en mi nombre expulsarán demonios". 

Mc 16,17. Aquí debemos subrayar que no se trata de una petición sino de una orden para 

que deje en paz y libertad a la persona. Esta autoridad se ejerce en el nombre de Cristo 

Jesús. 

 

La oración más sencilla y eficaz la encontramos en san Pablo: "En el nombre de 

Jesucristo te ordeno que salgas de esta mujer". Hech 16,18. 

 

Algunos sacan el espíritu pero no le prohíben regresar, olvidando aquella Palabra 

del Evangelio: El Espíritu anda vagando y puede regresar con otros siete peores. (Mt 

12,43-45) Es necesario darle la orden: "Te prohíbo regresar". (Mc 9,25) 

 

Para hacer la oración de liberación es necesario primeramente pedir la protección 

del Señor. Así como en la noche de Pascua los dinteles de los hebreos, protegidos por la 

sangre del cordero pascual, eran respetados por el ángel exterminador; así también la 

sangre del Cordero de Dios nos cubre, protege y libera de toda influencia del Malo. 

 

El P. Emiliano nos dice como hace esta oración. 

 

"Yo reclamo sobre mí y sobre los que aquí estamos la sangre del Cordero de Dios 

que quita el pecado del mundo para que nos purifique de todo pecado y nos proteja contra 

la influencia del Maligno". 

 

Recuerdo uno de los primeros casos de liberación en que por inexperiencia 

cometimos errores, pero que mucho nos enseñó: 

 

Sin pedir protección previa nos metimos a hacer una liberación a una persona en un 

grupo de oración donde había más de treinta personas. Oramos y ordenamos al espíritu 

que saliera. Aquella persona se levantó liberada pero en ese mismo momento otra 

comenzó a manifestar los mismos síntomas. Oramos también por ésta y el Señor la 

liberó, pero el problema se trasladó a una más. 

 

 

Aparte de que nos había faltado la protección del Señor aprendimos una cosa para 

toda la vida: 

 

- No basta sacar al espíritu sino que es necesario prohibirle que regrese (Mc 9,25) y 

enviarlo al pie de la cruz para que Cristo disponga de él. 

 

 - Esta oración es conveniente que se haga en comunidad pero no en grupo grande; 

en un lugar privado, sin curiosos ni niños. 

 

- El equipo debe estar integrado por personas maduras y prudentes, tanto para no 

estar viendo diablos por todos lados como para saber discernir su presencia y su influjo. 

 

- Por la sangre de Cristo y por sus preciosas llagas tomamos autoridad sobre toda 

atadura y la desatamos en el nombre de Jesús. 

 

Existe otro aspecto, mucho más importante: no basta sacar las tinieblas. Es 

necesario encender la luz de Cristo. Si evangelizamos auténticamente, llevando la 

persona de Cristo Jesús a los demás, nos evitaremos muchos de estos casos de liberación, 

ya que al entrar Cristo Jesús, que es el más fuerte, expulsa al más débil. (Lc 11,22) La luz 

hecha fuera las tinieblas (Jn 1, 5). 

 

La eficaz liberación sólo se puede llevar a cabo en un proceso de evangelización 

integral. Sacar espíritus por sacarlos no tiene ningún sentido. Jesús envió primeramente a 

sus apóstoles no a expulsar demonios sino a anunciar el Reino. La expulsión es 

consecuencia de la evangelización. (Cf. Mt 10,7-8) 

 

Generalmente me niego a hacer oración de liberación a personas que no están en un 

comprometido proceso de conversión. 

 

b.- Auto liberación 

 

En los casos de obsesión y opresión podemos hacer una oración de auto liberación, 

teniendo en cuenta lo antes expuesto. 

 

Por la fe de nuestro bautismo compartimos la victoria de Cristo y tomamos 

autoridad en su nombre para expulsar a los espíritus que nos inquietan, molestan o 

perturban. Por el poder de Cristo la persona se declara libre, gracias a la sangre de Jesús. 

 

Dependiendo del caso y el discernimiento carismático se puede hacer la siguiente 

oración: 

 

Espíritu de, (suicidio, desprecio, impureza, rencor, miedo, etc.) yo te ordeno en el 

nombre de Jesús que te alejes de mí y te vayas a los pies de Jesús para que disponga de ti. 

Te prohíbo, en el nombre de Jesús, que me vuelvas a molestar". 

 

C.- LA POSESIÓN 

 

La posesión es muy rara; es en lo último que debemos pensar, y sólo hasta después 

de haber agotado las demás posibilidades. 

 

La posesión se da en casos en que la persona ha entregado su voluntad 

conscientemente a Satanás, vendiendo su alma, firmando pactos satánicos con sangre, o 

perteneciendo a sectas diabólicas. También se podría dar en personas que fueron 

consagradas por sus padres al Diablo. 

 

Es tan fuerte esta esclavitud que la persona pierde su voluntad, quedando 

totalmente imposibilitada para liberarse de sus cadenas. Entonces necesita un poder 

superior de afuera a través de un exorcismo litúrgico. 

 

El exorcismo formal litúrgico es hecho por el Obispo o un sacerdote delegado por 

él para el caso; acompañándose de mucha oración y ayuno. 

 

 

 

AYUDAS PARA LA SANACIÓN 

 

Hay autores que, señalando ciertos obstáculos que impiden la sanación, hacen una 

lista de actos o actitudes que bloquean la acción sanadora del Señor. 

 

Esto parece discutible, ya que Jesús es amo de lo imposible y no hay cosa que 

pueda impedir su acción salvífica. El es libre y poderoso para actuar con nuestra 

colaboración o prescindir de ella. El actúa a veces de una forma y a veces de otra. Lo 

cierto es que nos sana gratuitamente. 

 

Por ejemplo, se afirma que la ausencia de fe es una causa por la cual el Señor no 

nos cura. Soy testigo de sanaciones entre los musulmanes y gente sin fe. 

 

Dios es más grande que nuestra falta de fe. Nosotros no podemos imponerle reglas 

de conducta. El hace las cosas por caminos diferentes y mejores a los nuestros (Is 55, 8). 

 

Por esta razón prefiero hablar de medios y ayudas que favorecen la acción de Dios. 

La gracia de Dios es eficaz, pero si encuentra un campo preparado puede dar fruto más 

abundante. 

 

A.- EVANGELIZANDO 

 

Lo que más puede distorsionar el ministerio de curación es, disociarlo del contexto 

de evangelización. La sanación aislada y separada del anuncio explícito de la salvación 

en Cristo Jesús carece de fundamento evangélico. 

 

La promesa de Jesús "en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas 

nuevas, impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán sanos", viene 

inmediatamente después de la orden: vayan por todo el mundo y proclaman la Buena 

Nueva a toda la creación. Mc 16,14.16. 

 

Evangelizar es instaurar la salvación íntegra del hombre en Cristo Jesús, salvación 

que se extiende al cuerpo, al alma y al espíritu. 

 

Curar sin anunciar la Buena Nueva de salvación es curanderismo. La curación 

realizada por Dios se presenta siempre en un contexto de evangelización. Jesús envió a 

sus apóstoles a evangelizar y evangelizando a curar a los enfermos. No sólo a curar ni 

sólo a proclamar un mensaje. Las dos cosas van siempre juntas. 

 

Un día estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente: 

 

- Padre, ¿usted está seguro de que tiene el don de curación? 

 

Yo no podía contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando, 

esperando mi respuesta. Entonces dije: 

 

-Bueno... estoy seguro que tengo la misión de evangelizar... los signos y curaciones 

acompañan siempre la predicación del Evangelio. Yo simplemente predico y oro 

mientras que Jesús sana a los enfermos. Así hemos hecho el equipo de trabajo y nos 

acoplamos bien... 

 

La última palabra del Evangelio de Marcos es muy elocuente: 

 

Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y 

confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban Mc 16,20. 

 

Por esta razón a mí no me gusta orar por los enfermos si no tengo oportunidad de 

proclamar que Jesús está vivo y dar algunos testimonios que muestren que el Evangelio 

es verdad y que se vive hoy. 

 

Yo soy testigo de que los milagros y curaciones se multiplican cuando anunciamos 

a Jesús. Yo no entiendo cómo todavía hay personas que se sorprenden y no aceptan los 

milagros. A mí me sorprendería más que Jesús no cumpliera sus promesas de sanar a los 

 

 

enfermos cuando anunciamos su nombre. Si Dios es maravilloso ¿por qué no habría de 

hacer maravillas? 

 

Durante el Congreso de Quebec en 1974 me pidieron un taller sobre los signos que 

acompañan la evangelización. La sala de las conferencias estaba llena con unas 2,000 

personas. Como había mucho ruido en el pasillo exterior, deje mi folder sobre el 

escritorio y yo mismo salí discretamente a cerrar la puerta para estar más recogidos. 

 

En el pasillo estaba una señora en silla de ruedas que tenía cinco años y medio sin 

poder caminar. La invité a entrar pero ella me respondió: 

 

- Yo quería entrar pero no me dejan, pues la sala está llena y no puedo caminar. 

 

- Venga -le dije- y empujé la silla. Cerré la puerta y comencé mi conferencia, 

insistiendo en la importancia de anunciar a Jesús resucitado que sana y salva a todo el 

hombre y a todos los hombres. 

 

Di el testimonio de mi curación y cómo el Señor nos cura con su amor. Subrayé la 

importancia de testificar las maravillas del Señor en nuestra vida. Una persona se puso de 

pie y argumentó: 

 

- Yo soy cristiano y creo en Dios. Pero también soy médico y creo que antes de 

afirmar que estamos curados deberíamos de tener un examen médico que certificara la 

curación; como lo hacen en Lourdes por ejemplo. 

 

- Usted, como médico, tiene derecho a hacerlo, pero cuando uno siente la sanación 

como fue mi caso, no se puede esperar lo que digan los médicos para dar gracias a Dios... 

 

El replicó diciendo que deberíamos ser prudentes y mil cosas más, argumentando 

con palabras que yo ni entendía. Sus razones eran como hielo que caía sobre la asamblea, 

pues yo no sabía qué contestarle. 

 

Cuando todo se estaba viniendo abajo por la prudencia y sabiduría de ese médico, 

la señora de silla de ruedas que yo había introducido en la sala sintió una fuerza, se 

levantó y comenzó a caminar sola por el pasillo de la sala. 

 

Por un accidente de automóvil cinco años y medio antes, había tenido una delicada 

operación y le habían quitado las rótulas. Por tanto, médicamente ella no podría volver a 

caminar. Pero el Señor la levantó ante los aplausos y admiración de todo mundo. Unos 

lloraban y otros la felicitaban. Su nombre era Elena Lacroix. 

 

Al llegar al micrófono nos dio su testimonio. Cuando terminó de hablar, y la gente 

aplaudía, me dirigí al médico y le pregunté si creía que deberíamos esperar un examen 

médico o si ya podíamos dar gracias a Dios. 

 

El médico se tiró de rodillas al suelo. Era el más conmovido de todos. Se sentía 

apenado y avergonzado de haber hecho el ridículo. Yo le dije: 

 

- No se preocupe. Dios quería hacer un gran milagro hoy y lo usó a usted para 

manifestar su gloria, diciendo: "Como el padre Emiliano no te puede contestar, Yo si lo 

haré". 

 

Esta fue la primera sanación física que vi con mis ojos, precisamente al 

evangelizar. 

 

¡Gloria a Dios! 

 

B.- FE EXPECTANTE 

 

La fe es un ancho canal que favorece que al agua viva de la salvación se manifieste 

en nuestra vida. La fe nos hace entrar en comunión con Dios mismo y participar su 

salvación integral, incluyendo la sanación, sea física, sea interior. 

 

La fe es confiar, depender y entregarse sin condiciones a Dios y su designo sobre 

nuestra vida, renunciando a nuestros planes y medios de salvación. Es decir, nos hace 

 

 

tener los ojos fijos en el Señor Jesús que murió por nosotros y ya resucitó. Hay personas 

que tienen los ojos en ellas mismas y no en el Señor. Están pensando más en su sanación 

que en el Sanador. 

 

Se trata de tener fe en Jesús; no fe en nuestra fe. Esto último no sirve de nada. El 

mejor acto de fe es cuando creemos que Dios es más grande que nuestra poca fe y que no 

puede depender de nosotros. 

 

Llamamos fe expectante a aquella que espera con certeza y confianza que Dios 

actúe de acuerdo a sus promesas, sabiendo que El quiere sanarnos. Cuando creemos de 

esta manera es como si en vez de tener unos cables delgados extendemos unos gruesos 

para que la acción de Dios sea de alto voltaje. 

 

Yo generalmente no acepto orar por los enfermos sin antes edificar su fe con 

algunos testimonios para que esperen y confíen en que el Señor quiere sanarlos. 

 

Un día concelebraba la Eucaristía con un Obispo. Su homilía fue una joya que 

mostraba elocuentemente el valor de la cruz y del sufrimiento. Después de la comunión 

me sorprendió al pedirme que orara por los enfermos. Yo le repliqué: 

 

- Monseñor, su homilía sobre la cruz fue tan bella que nadie quiere ya sanarse... 

pero si me permite hablar antes sobre el poder de la cruz y cómo la sanación es un signo 

del amor de Dios. .. 

 

Jesús nos ha prometido que obtendremos aquello que creemos que ya hemos 

recibido. (Mc 11,24) El Evangelio está lleno de personas que piden y reciben, buscan y 

encuentran, llaman y se les abre la puerta. Dios nos pide ser sencillos en nuestra fe. Sin 

embargo, hay gente que ora así: 

 

- Señor, si es tu voluntad, si me conviene, si va a servir para mi santificación y 

salvación eterna... entonces, cúrame. 

 

Ponen tantas condiciones que más bien parecen excusas a su falta de fe. Debemos 

ser pobres que dependen totalmente de su Padre. Un niño nunca dice a su mamá: 

 

- Mamá, si me conviene y no me hace daño el colesterol, dame un huevo. 

 

El niño simplemente pide y la mamá sabe si le conviene o no. A nosotros nos 

corresponde ser pobres y humildes y pedir con la confianza de recibir. 

 

Otros limitan el poder de Dios y dicen así: 

 

- Señor yo estoy enfermo del corazón, la garganta y mi rodilla. Pero con tal que me 

sanes el corazón, me consuelo. 

 

Estos también están orando mal. Hay que pedir el paquete completo, sin ponerle 

límites a la acción de Dios. El es magnánimo y da abundantemente. Si tiene y da el 

Espíritu Santo sin medida, de igual manera concede sus dones. 

 

Cuando el Papa León XIII cumplía 50 años de Obispo, un cardenal quiso halagarlo 

diciéndole: 

 

- Le pedimos a Dios que llegue a cumplir otros cincuenta años. 

 

El Papa replicó con sagacidad: 

 

- No le pongamos límites a la providencia de Dios... 

 

El 13 de junio de 1975 fui a un campo para celebrar la fiesta de San Antonio. 

Confesé, prediqué, celebré la Eucaristía y oré por los enfermos. Salí rápido de la sacristía 

pues todavía me faltaba hacer unos bautizos y otras muchas cosas. Una joven me salió al 

paso llevando de la mano a su mamá. Sin introducciones me dijo muy decidida: 

 

- Padre, ore por mi mamá para que se sane. 

 

Yo le contesté un poco enfadado: 

 

- Pero si acabamos de hacer la oración por todos los enfermos. . . 

 

 

Ella, con la fe de la mujer siro fenicia del Evangelio, argumentó: 

 

- Es que mi mamá está sorda y no se dio cuenta cuando usted oró. 

 

Sentí compasión de esa gente tan pobre y sencilla. Le hice la seña que se sentara 

rápido y toda mi oración fue ésta: 

 

- Señor, sánala; pero aprisa, porque tengo mucho trabajo. 

 

Inmediatamente me agaché y pregunté a la señora: 

 

- ¿Hace mucho que usted está sorda? 

 

- Desde hace ocho años. 

 

Me sorprendí que me respondiera, pues se suponía que no debería haber escuchado 

mi pregunta. Entonces le hablé en voz más baja y le dije: 

 

- Usted parece ser una buena mamá... 

 

Ella se sonrió. ¡Me había escuchado! Pero, más bien, fue el Señor quien nos 

escuchó en esa oración tan original. Ella sintió como un viento rápido que entro en sus 

oídos y los destapó. 

 

Yo puedo comprobar que es verdad aquella palabra del Señor: 

 

Antes de que me llamen yo responderé, aún estarán hablando y yo les escucharé. Is 

65, 24. 

 

Y la convicción del creyente que afirma: 

 

No está aún en mi lengua la palabra y ya tú, Yahvéh, la conoces entera. Sal 139, 4. 

 

Que la fe y la curación van íntimamente unidas lo expresa de una manera muy bella 

María Teresa G. de Báez a quien Dios sanó de artritis reumatoide a raíz de lo cual toda su 

familia se acercó al Señor: 

 

"Me faltan palabras, pues hoy no sólo le debo agradecer a Dios mi curación física 

sino algo mucho más grande y maravilloso que es la "FE", por la cual Dios es la letra de 

mis canciones, la imagen de mis ilusiones y la luz de mis ojos". 

 

Asunción, Paraguay 25 de agosto de 1981. 

 

C.- ARREPENTIMIENTO 

 

El arrepentimiento favorece la sanación física e interior. La enfermedad en sí (no 

ésta o aquella enfermedad) es producto del pecado. Si nos arrepentimos del pecado y nos 

convertimos a Dios, necesariamente van a cesar las consecuencias del pecado. Para esto 

conviene leer 1Cor 11,30. 

 

Confieso que hay personas que viven en pecado y que son sanadas por el Señor, 

pero también soy testigo que la mayor parte de las que reciben curación son llevadas a un 

arrepentimiento. Sin embargo el camino más normal es el que encontramos en el 

Evangelio. 

 

- Primero, la sanación del pecado: 

 

"tus pecados te son perdonados". 

 

- Después, la sanación física: 

 

"levántate, toma tu camilla y anda". Mc 2,5.11. 

 

Altagracia Rosario era una joven de 26 años que estaba sorda desde hacía dos años 

y que tenía varios meses ciega; además una anemia la mantenía en la cama esperando 

lentamente su muerte. 

 

Su mamá la llevó a la quinta reunión de Pimentel en 1975. Era tanta gente por todas 

partes que la acostó en el suelo. La pobre enferma, sorda y ciega, sufría mucho y no se 

daba cuenta de lo que pasaba. 

 

Al día siguiente estaba completamente sana: veía y oía perfectamente. Pero lo más 

maravilloso no fue que se le abrieran los ojos y los oídos sino que el Señor entró en su 

 

 

corazón apartándose inmediatamente de una situación de pecado en la que vivía desde 

hacía tiempo. Luego se hizo catequista y daba su bello testimonio en San Francisco de 

Marcorís de donde era originaria 

 

Meses después, viviendo las delicias de la nueva vida que Jesús le había dado, cayó 

enferma de fiebre. El 18 de noviembre le dijo alegremente a su mamá: 

 

- Mamá, oí la voz del Señor en mi corazón que me decía que dentro de dos días 

vendría a buscarme para llevarme con El. 

 

Su mamá le respondió: 

 

- Altagracia, no digas eso. Es tu fiebre la que te hace delirar y pensar que es la voz 

del Señor. No vuelvas a repetir eso porque se van a burlar de ti. 

 

Sin embargo, ella lo contaba a todas las catequistas que iban a visitarla. Y 

efectivamente, el 20 de noviembre murió feliz y cantando como un pajarito. Su entierro 

fue bello; en medio de cantos de alegría y de esperanza. Ella había recibido la sanación 

total: su muerte no fue luto ni hubo lágrimas sino felicidad y alegría porque se encontraba 

de manera definitiva total con Aquel que la amaba. 

 

Annette Giroux de 28 años, sufría de Parkinson y fue llevada por sus parientes a la 

misa de clausura del Congreso de Montreal en Pentecostés de 1979. A la hora de la 

comunión un sacerdote subió a las gradas del estadio y le ofreció la comunión, pero ella 

dijo: 

 

- No, no puedo comulgar porque vivo en pecado... 

 

Tenía dos años que vivía en concubinato. Allí mismo decidió cambiar su conducta. 

Se arrepintió, se confesó, comulgó y tomó el riesgo de la fe. Al regresar a su casa le dijo 

al hombre con quien vivía: 

 

- A partir de hoy no me consideres tu mujer, a no ser que te quieras casar conmigo 

por la Iglesia. En tres días regreso a la casa de mis papás. 

 

Tomó una habitación aparte y dos días después despertó sintiendo un gran calor en 

todo el cuerpo. Se levantó dándose cuenta que no tenía el dolor relacionado con su 

enfermedad. Estaba completamente sana. 

 

Así, sana de su alma y de su cuerpo, regresó con sus padres... Dos meses después se 

celebró el sacramento del matrimonio con asistencia del grupo de oración que había 

escuchado su testimonio. 

 

Ella primero se arrepintió y después fue sanada físicamente. En el siguiente caso 

sucedió al revés: 

 

Mariano tenía diez años sin entrar a una Iglesia, pero fue curado de su adicción 

alcohólica y de úlcera el día que su madre, doña Sara, dio testimonio de su maravillosa 

curación. 

 

Regresó feliz a su casa. El quería comulgar pero estaba impedido por su situación 

matrimonial, pues estaba viviendo en adulterio con una mujer con la cual ya tenía hijos. 

Como no era posible la separación, ni menos la unión con su primera esposa, pero él 

tenía verdadera hambre de Dios, tomó aposento aparte de su mujer. Así, viviendo como 

hermanos por unos meses, pudo comulgar el día de Pentecostés en que el Señor lo llenó 

de preciosos carismas para evangelizar. Me acompañaba en muchos retiros a lo largo del 

país hablando a las parejas para que perseveraran fieles al Señor en el matrimonio. 

 

Después de varios años de mantenerse en este difícil camino, el señor Arzobispo 

estudiando a fondo su primer matrimonio, se encontró una causa suficiente por la que 

aquel matrimonio no fue válido. De esta forma fue posible casarse por la Iglesia con la 

 

 

mujer con la que vivía. Fue una misa celebrada por el mismo Arzobispo. La Iglesia 

estaba llena de parejas a las que él les había predicado la fidelidad conyugal. 

 

Lo importante es que el Señor quiere sanarnos completamente: de cuerpo, alma y 

espíritu. A veces la sanación física ayuda a la conversión, a veces el arrepentimiento 

ayuda a la curación física. 

 

D.- PERDONANDO 

 

Innumerables veces hemos sido testigos de cómo el perdón a nuestros enemigos 

desencadena la acción salvífica de Dios. La oración que el Señor nos enseñó dice 

claramente: "perdónanos como nosotros perdonamos". Mt 6,12. Otros textos también así 

lo afirman. 

 

Por otro lado, casi todas las veces que Jesús promete la eficacia de la oración y la 

respuesta a nuestras peticiones la une y la hace depender del perdón. (Mt 18,21; Mc 

11,25) 

 

Muchos piensan que perdonar es perder y no se dan cuenta que es ganar, porque 

así, Dios nos libera de nuestros odios y resentimientos; nos asemeja a Jesús que amó y 

perdonó a sus enemigos y nos abre al perdón y a la gracia de Dios. El siguiente 

testimonio así lo muestra: 

 

Una vez sentí que el Señor me estaba pidiendo perdonar a una persona que me 

había hecho mal. Como yo no estaba dispuesto a renunciar a la venganza, me resistía y 

presenté la siguiente excusa: 

 

- Señor. ¿Para qué quieres que ore por ellas si de todos Tú eres tan bueno que la 

bendecirás aunque yo no te lo pida? 

 

Y una clara voz interior me contestó: 

 

- Necio, ¿no te das cuenta que al orar por ella el primer sanado eres tú? 

 

Perdonar es resucitar en nosotros la nueva vida traída por Jesús. Perdonar y pedir 

perdón es como un relámpago que anuncia una lluvia fecunda. 

 

 

 

El testimonio de Evaristo llegado al P. Emiliano Tardif muestra como perdonar es 

sanar: 

 

Desde muy pequeño, serios problemas con mi padre me obligaron a dejar la casa. 

Yo pensaba que el tiempo sanaría todos esos amargos recuerdos de mi infancia, pero no 

fue así. Viví siempre cargando mi historia dolorosa. Dios me concedió la gracia de 

conocer la Renovación Carismática por la cual El me liberó de muchas ataduras, 

dándome un fuerte impulso en mi vida de fe. Sin embargo, había algo que me faltaba: yo 

no tenía esa alegría espontánea y natural que veía en toda la gente de la Renovación. 

Vivía amargado y aburrido. 

 

 Así pasaron algunos años hasta febrero de 1977 cuando mi padre cayó gravemente 

enfermo. Yo sabía que estaba ante la última oportunidad de reconciliarme con él, pero no 

tenía fuerza ni valor para hacerlo. El día 13, mientras él agonizaba, yo luchaba en mi 

interior pues sentía que no tenía fuerza para perdonarlo. Me puse en oración y le dije al 

Señor. 

 

- Yo solo no puedo, Señor. 

 

 Una voz Interior me respondió muy claramente y me dijo: 

 

- Tú solo no puedes, pero en mi nombre si puedes. Todo es posible para el que cree. 

 

Con la fortaleza del Señor me acerqué a mi padre y lo abracé, perdonándolo de todo 

corazón. Y no sólo eso, sino que también le pedí perdón con lágrimas en los ojos. 

 

 

El rostro agonizante de mi padre se transfiguró; o tal vez lo que pasó es que yo lo 

veía con ojos diferentes porque el Señor me había transformado a mí. Lo amaba con el 

corazón de Cristo Jesús y lo abrazaba con sus brazos. 

 

Desde ese día comencé a entonar un canto nuevo a nuestro Dios, una alabanza de 

alegría que no se ha agotado en siete años. El Señor me ha hecho ver su gloria gracias a 

esta sanación interior a través del perdón. Ahora si soy feliz y proclamo alegremente que 

el Señor hizo en mí maravillas y doy testimonio de que todo lo puedo en Aquel que me 

conforta. 

 

Otro testimonio muy bello es contado por Olga G. de Cabrera, de Guatemala. 

 

Por diez años estuve sufriendo unos intensos dolores de mis piernas y brazos que se 

fueron deformando. Visité quince médicos en busca de mi sanación y uno de ellos me 

dijo que era necesario amputarme la pierna izquierda. El primero de mayo de 1976 quedé 

completamente inválida. Debía pasar el resto de mi vida en la cama y en mi silla de 

ruedas que yo tanto odiaba. 

 

Sabiendo que había una misa por los enfermos en el gimnasio tomé la 

determinación de asistir en mi silla de ruedas. Me colocaron hasta adelante. Cuando entró 

el Cardenal Casariego se detuvo frente a mí, tomo mis manos entre las suyas, y me dijo: 

"El Señor te ama y hoy te va a sanar". 

 

Cuando comenzó la oración de curación interior lloré mucho y perdoné de corazón 

a los que tanto daño me habían hecho. Luego cuando el padre Tardif oró por la sanación 

corporal yo sentía que algo me empujaba y me decía: "levántate y camina". Sentí primero 

un fuerte calor y luego un escalofrío. Con los ojos llenos de lágrimas me levanté y 

comencé a caminar frente al altar. 

 

El Señor es tan maravilloso que me sanó físicamente, moral e interiormente. 

Bendito y alabado sea por siempre su Santo nombre. Gloria a ti, Señor, Rey del Universo. 

 

E.- ORACION EN COMUNIDAD 

 

Jesús prometió: 

 

Yo les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir 

algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde 

están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Mt 18, 19-20. 

 

La oración comunitaria tiene un poder especial concedido por el mismo Dios. Esto 

lo hemos experimentado ampliamente en nuestro ministerio. Por esta razón siempre nos 

gusta orar en comunidad. En comunidad el discernimiento se enriquece ya que uno puede 

tener una visión, otro un mensaje, aquel una palabra de conocimiento y todos oramos en 

lenguas. 

 

Sobra decir que el momento comunitario por excelencia es durante la celebración 

Eucarística. Allí las sanaciones se multiplican. 

 

Desgraciadamente hay gente mal acostumbrada que después de una oración 

comunitaria le gusta que se ore en privado por ella. Nosotros generalmente nos negamos 

ya que eso significaría que la oración que acabamos de hacer no tuvo valor. 

 

Existe una tremenda diferencia entre la oración comunitaria y la oración personal 

por cada enfermo. En cada uno de los retiros que he tenido en estos diez años ha habido 

sanaciones físicas en todos y cada uno. Mientras que orando individualmente por 

sanación no he visto el mismo fruto. En cambio, en la oración de curación interior existen 

más frutos orando por cada caso en particular; pero siempre es una comunidad la que ora 

por esa persona. 

 

 

En conclusión, pienso que hay pocas personas con don de curación, pero existen 

muchas comunidades con ese carisma. 

 

De un campo vecino vinieron quince personas a una de las dos reuniones de 

oración de Pimentel. Venían cantando, alabando a Dios y rezando el rosario. Realmente 

era una peregrinación y su oración se prolongó todo el camino. 

 

Al regresar otra vez a su campo comenzaron a compartir lo que el Señor había 

hecho y se dieron cuenta que los quince habían sido curados de algo. Entonces daban 

testimonios juntos. 

 

Yo anhelo el día en que en una oración por los enfermos se pueda afirmar como en 

el Evangelio: todos fueron curados. 

 

F.- Oración del enfermo 

 

Conviene que el enfermo también ore. Es muy cómodo solamente pedir oración a 

otros como quien manda lavar su ropa sucia a otra parte y él no se ocupa de nada. Estas 

personas están buscando un alivio rápido y cómodo que no les exija ningún esfuerzo de 

su parte. La sanación profunda sólo se da en la medida que entramos en comunión 

permanente con el Dios que purifica y santifica. 

 

¡Qué maravillas vemos en las personas que oran! Si creyéramos en el poder de la 

oración estaríamos más dispuestos para hacerla y le daríamos prioridad sobre otras 

actividades. Muchos dicen que se pierde el tiempo orando porque no se hace nada, y no 

se dan cuenta que lo más importante no es lo que nosotros hacemos sino lo que Dios hace 

en nosotros durante la oración. 

 

Había una persona que siempre, en todo tiempo y lugar, nos asaltaba para que 

oráramos por ella. Cuando yo me la encontraba ya hasta le sacaba la vuelta, pues era muy 

insistente. Un día vino una persona de Estados Unidos a impartir un retiro. Al terminar la 

charla, como de costumbre, la señora se le acercó y le pidió que orara por ella. Esta 

persona primero se puso en la presencia de Dios y sintió una voz interior que le decía: 

"no ores por ella, pues sólo esta cansando a mis servidores". 

 

Qué diferente es este caso al que sucedió en el Congo: en la misa de clausura de 

Brazzaville el Señor realizó muchas curaciones maravillosas. Mientras el sol se ocultaba 

la gente salía feliz como si bajara del Monte Sinaí después de haber experimentado la 

gloria del Señor. 

 

Después de que todo mundo abandonó el estadio alabando a Dios, el guardián 

cerraba las puertas y apagaba las luces. Entre las gradas vacías se había quedado una 

mujer en oración; junto a ella su hijito de seis años sentado en medio de dos muletas. El 

guardián le dijo: 

 

- Señora ya váyase. Ya todo terminó y voy a cerrar las puertas. 

 

- No, no puedo irme porque mi hijo todavía no se cura, voy a seguir orando... 

 

El cuadro era tan conmovedor que el guardia le permitió permanecer allí más 

tiempo. Ella perseveró en oración más de dos horas. A las 8.15 p.m. el pequeño se 

levantó por su propio pie y comenzó a caminar sin muletas ante la luz de la luna que con 

su palidez plateada hacía más bella y tierna la escena. 

 

Era la perseverancia en la oración de la que nos habla el Evangelio (Lc 11,5-8). 

 

G.- INTERCESIÓN DE MARÍA 

 

En el ministerio de curación no podemos olvidar el poder de intercesión de María. 

Sabemos que ella no cura a nadie pero sí puede interceder para que tengamos el vino que 

está haciendo falta en nuestra vida, como en Caná. El siguiente testimonio fue narrado 

personalmente por un miembro de nuestra comunidad: 

 

 

Un día fui a ver al ginecólogo pues me sentía con ciertas molestias. El me dijo que 

necesitaba operarme. Como yo me resistía él me contesto: 

 

- Tu enfermedad es progresiva. Yo sé que tú tienes mucha fe; así que te voy a dar 

un año para que ores al Señor y le pidas que te sane como tú dices que sana. Si no te 

curas, entonces tendré que operarte. 

 

 Yo acepté el reto pues sé que mi Señor hace maravillas. Pocos días después el 

padre Emiliano nos invitó a mi esposo v a mi para dar un retiro en Chicago. Aunque yo 

me sentía mal no dije nada pues estaba segura que el poder de Dios me ayudaría para 

proclamar su Palabra 

 

Estando en Chicago me sentí mal. Mi esposo y el padre Emiliano oraron por mí 

pero la hemorragia continuaba. Entonces me llevaron con un reconocido ginecólogo de 

esa ciudad para que me atendiera. El confirmó la necesidad de la operación. Ante la 

imposibilidad de hacerla por estar lejos de casa, sólo me recetó una medicinas, que 

gracias a Dios no tomé, pues a sentir del siguiente doctor que visitamos, más me hubieran 

perjudicado que ayudado. 

 

Continuamos el viaje de evangelización por Canadá donde me agravé. Vi un 

segundo doctor y él no se explicaba cómo yo estando tan delicada estuviera tan contenta. 

Ese doctor recomendó que me internaran en el hospital pero yo tenía fe en mi Señor y nos 

fuimos al Congreso que ese día comenzaba. 

 

Terminamos el Congreso, la hemorragia se había complicado. Ese día fuimos al 

Santuario mariano de Nuestra Señora del Cabo y mientras mi esposo y el padre Emiliano 

oraban por mí, yo le dije a la Virgen María: 

 

- Madre Santísima, yo te amo y me abandono a tus cuidados maternales. Me siento 

avergonzada ante tu Hijo Jesús porque me ha faltado fe para darle las gracias porque ya 

me está sanando. Tú ruega por mí para que pueda crecer en la fe de que tu Hijo me está 

sanando. 

 

Abandoné completamente mi problema en las manos de María para que ella se 

encargara de él ante Jesús. Ya de regreso a República Dominicana el padre Emiliano me 

preguntó si me estaba tomando la medicina que me recetó el doctor canadiense. Yo le 

respondí que la había olvidado pero que le daba gracias a Dios porque así se manifestaría 

más claramente su gloria. 

 

Como me sentí admirablemente bien no vi a mi ginecólogo en mi país sino hasta 

seis meses después. El me recibió un poco agresivo diciendo: 

 

- Si tú crees que te vas a sanar predicando, estás muy equivocada. El predicar no 

sana. 

 

Yo me quedé en paz porque estaba segura a que el Señor ya había hecho su 

maravilla en mi vida. Luego me examinó y me dijo lleno de sorpresa: 

 

- Yolanda, es verdad. El Señor sana. Tú estás perfectamente. El Señor ha hecho la 

operación que yo te iba a hacer. Cuánto te ama el Señor... 

 

- Doctor, también te ama a ti. El también quiere hacer una operación en tu corazón 

para sanarte y que seas un hombre nuevo y puedas gritar y proclamar que Jesús está vivo 

y sana, para gloria del Padre. 

 

Así como aquella mujer hemorroísa tocó el mando de Jesús y quedó 

inmediatamente sanada de su hemorragia, Yolanda se acercó al vestido de Jesús que se 

llama María, lo tocó y sanó. Jesús se revistió de la carne de María. Ella es como el manto 

de Jesús que todo aquel que lo toca con fe queda curado de su enfermedad (Mc 6, 56). 

Ella es quien tiene de manera más excelsa el carisma de curación. 

 

 

En la oración de liberación hemos comprobado el poder de la intercesión de María 

para que Jesús rompa las cadenas que esclavizan a los oprimidos por el pecado o alguna 

opresión u obsesión del Enemigo. En muchos casos hemos ratificado cómo el rezo del 

Santo Rosario ha sido muy eficaz. El siguiente testimonio así lo muestra 

 

Un día llegaron a nuestro negocio llevando un pobre hombre que sufría opresión. 

Producía ruidos extraños, se había quedado sordo y mudo; además no comía desde hacía 

ocho días. Al darme cuenta de la gravedad del caso respondí que mi esposo no estaba y 

que regresaran después. De esa manera me escapaba de hacer esa oración tan difícil para 

la cual no me sentía capacitada. Sin embargo, en ese momento oí una voz interior que me 

preguntó: 

 

- Yolanda, ¿eres tú quien sana o soy Yo? 

 

Inmediatamente le pedí perdón al Señor y reconocí que El sólo era quien sanaba. 

Así, comenzamos la oración. Aquel hombre se arrodilló y en cuanto puse mis manos 

sobre él comenzó a gritar y agarró mis dos manos con las suyas con mucha fuerza. Yo 

estaba profundamente impresionada y no sabía ni qué hacer ni cómo orar. Lo único que 

brotó de mi corazón fue el rezo del Ave María. En cuanto comencé, perdió toda su fuerza 

y cuando llegué a "bendita eres entre todas las mujeres" él ya estaba orando junto 

conmigo. Al terminar estaba en paz y simplemente dijo: "denme comida". 

 

Que la virgen María puede interceder eficazmente ante su Hijo con la fuerza del 

amor lo hemos aprendido y comprobado más con la experiencia que con la teología. 

 

H.- ABANDONO 

 

Nosotros oramos pero no podemos forzar la mano de Dios, El puede tener un plan 

mucho más hermoso que el nuestro, (Ef 3,20) El puede curarnos o concedernos la 

sanación completa: el encuentro definitivo en la vida eterna donde no hay lágrimas, luto 

ni muerte. 

 

Por tanto es fundamental la actitud de abandono confiado en las manos amorosas 

del Padre. Este abandono en sí ya es una gracia inmensa. Quien se abandona a Dios 

recobra la paz profunda que el mundo no puede dar. Recomiendo mucho la oración del 

padre Carlos de Foucauld: 

 

"Padre, me pongo en tus manos. 

 

Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy gracias. 

 

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en 

todas tus criaturas. 

 

No deseo más, Padre. 

 

Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y 

necesito darme a ti, ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida, con una confianza 

infinita, porque tú eres mi Padre" 

 

 

 

Este abandono, acompañado de la oración de alabanza, alcanza curaciones físicas e 

interiores que ni nos imaginamos. La oración que más muestra el abandono y la fe no es 

la de petición sino la de alabanza. Alabar al Señor siempre y por todo. Hay miles de 

personas que dan testimonio en sus vidas de este poder de la alabanza. Lo que no se 

consigue cuando pedimos, siempre se obtiene cuando alabamos. 

 

Muchas personas que han pedido, orado y rogado por su sanación la obtienen 

cuando se abandonan incondicionalmente en las manos del Padre misericordioso. Pepe 

Prado nos cuenta su testimonio: 

 

 

Tenía yo unos cuatro años sufriendo de úlcera péptica, pero a fines de Junio de 

1981 tuve que ir de emergencia al hospital pues tenía una hemorragia severa. Tres días 

después salí de allí. El médico gastroenterólogo me dio un tratamiento que incluía 

medicinas, una dieta rigurosa y un horario fijo para tomar alimentos. Tomaba la medicina 

regularmente, pero como tenía que viajar muy a menudo a diferentes lugares predicando 

la Palabra de Dios no pude seguir la dieta. A causa de este descuido, un año después, se 

volvió a presentar el mismo problema. Fui internado y me hicieron una endoscopía el 26 

de mayo de 1982. El resultado fue: cuatro úlceras prepilóricas y una duodenal, gastritis 

severa, hernia hiatal y duodenitis no dudar. 

 

El doctor me dijo que necesitaba operación y que apartara una semana para la 

intervención quirúrgica ya que prefería hacerlo en calma y no de emergencia. Salí dado 

de alta, pero a media noche volvió la hemorragia. Al darme cuenta me sentí preocupado 

pensando que debía regresar al hospital y temí que tal vez había llegado urgente la hora 

de la operación. Sin embargo, mi problema era más profundo: de fe. Yo estaba muy triste 

y hasta un poco decepcionado del Señor. 

 

 Confieso que me sentí un tanto defraudado por El. Más que orar, comencé a 

reclamar, diciéndole: 

 

- Señor, verdaderamente no te entiendo. Tú sabes que por viajar por diferentes 

ciudades y países predicando tu Palabra no pude llevar la dieta adecuada. Tú sabes que en 

los retiros y cursos no hay siempre la misma hora para comer, tú sabes que no puedo 

cuidarme como el doctor lo ha indicado; y tú, que puedes sanarme para que siga 

predicando tu Palabra, mira cómo me tienes. 

 

En ese momento oí claramente la voz del Señor que me dijo 

 

- ¿Por qué temes a la noche que te lleva al nuevo día? 

 

Esa palabra fue espíritu y vida para mí. Creí en el Señor y me entregué sin 

condiciones a su plan sobre mi vida y hasta sobre mi muerte. Ya ni siquiera me importaba 

estar sano, sino que su voluntad se cumpliera en mí. Fuera lo que fuera yo estaba en sus 

manos y dependía de El. Le firmé el cheque en blanco para que El hiciera de mí lo que 

quisiera. Su camino era infinitamente mejor que el mío. Era de noche, pero sabía, con la 

certeza de la fe, que me aguardaba el amanecer que anuncia la nueva creación. Entonces 

me volví a acostar y dormí en completa paz. Yo sabía que en ese momento Dios había 

hecho algo para mi vida entera. Pocas semanas después me sentía tan bien que dejé la 

medicina y no me volví a preocupar de la dieta. Seis meses más tarde fui a dar un retiro a 

Houston. Recuerdo que en esa ocasión el Señor me pidió el paso en fe de viajar sin un 

solo centavo, dependiendo totalmente de El. Yo me resistía porque quería aprovechar la 

ocasión para que me hicieran un reconocimiento profundo de mi estómago. Sin embargo, 

El Señor fue más fuerte que yo y me abandoné confiadamente a sus promesas. 

 

De la forma más increíble, El proveyó para todos los gastos de mi estancia y 

análisis en el Centro de Gastroenterología Al final, el médico me dijo lo que yo ya sabía: 

 

- Usted no necesita operación. Las úlceras han cicatrizado. 

 

Yo regresé feliz a México comprobando una vez más que quien se abandona en las 

manos del Padre amoroso no le hace falta nada. Hace dos años de todo esto. Me siento 

perfectamente. 

 

No necesito de medicamentos y ningún alimento me hace daño. 

 

 

 

I.- ORACIÓN EN LENGUAS 

 

 

La oración en lenguas es maravillosa. Como nosotros no sabernos orar como 

conviene, El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad para interceder por 

nosotros con gemidos inefables. Rm 8,26 

 

No es el lugar, y ya pasó el tiempo de querer justificar el don de lenguas. Es una 

realidad en la Iglesia de hoy. Simplemente quiero confesar mi experiencia: he visto 

muchas más curaciones mientras oro en lenguas que con la oración normal, nos dice el P. 

Emiliano Tardif. 

 

Un día me invitaron a un programa de televisión en la ciudad de Bogotá, Colombia, 

pidiéndome que orara por los enfermos. Lo curioso es que el programa sólo duraba un 

minuto, por eso se llamaba "el minuto de Dios". A mí me parecía demasiado poco tiempo 

y reclamé diciéndoles: 

 

- Ustedes duran tres minutos anunciando las cervezas y al Señor le dan sólo un 

minuto.... 

 

Comencé la oración tan apremiado por el tiempo que oré muy rápido. Al terminar 

abrí los ojos y vi el reloj: ¡me quedaban todavía treinta segundos! Mi problema entonces 

era que no sabía que hacer con tanto tiempo. Oré en lenguas frente a las cámaras de 

televisión. 

 

Según testimonio reciente del padre Diego Jaramillo, gran predicador carismático, 

hubo varias personas que fueron curadas en esa ocasión. 

 

La oración en lenguas facilita que se den palabras de conocimiento o 

discernimiento carismático. Es cuando estamos más disponibles para que el Señor nos 

use porque estamos completamente rendidos a El. 

 

En el Segundo Encuentro Carismático de Montreal me pidieron hacer la oración 

por los enfermos. Había unas 65 mil personas en la Eucaristía, la cual era transmitida por 

televisión. Oré mucho en lenguas y vinieron algunas palabras de conocimiento que 

transmití tal y como me llegaban. Una de ellas era así: 

 

 - Hay una buena mamá de 74 años que está sentada frente al televisor de su casa. 

En estos momentos el Señor la está sanando de sus ojos que no pueden ver. 

 

Al terminar la misa se me acercó un sacerdote que me tenía cierta confianza y me 

dijo: 

 

- ¿Pero es que tú estás loco? ¿Cómo anunciar ante 65 mil personas que una mujer 

ciega está delante del televisor? 

 

Era tan lógica su objeción que no le pude responder. Pero al día siguiente salí a 

visitar a mi familia a 200 kilómetros de Montreal. Cuando llegué, alguien me dijo: 

 

- Padre, cerca de aquí vive la señora que se sanó de los ojos delante de la televisión. 

 

A mí me dio tanto gusto que fui a visitarla. Se llamaba Joseph Edmond Poulin y 

efectivamente tenía 74 años. Había enfermado de la retina. Después de un tratamiento 

especializado, los médicos afirmaron que su enfermedad era progresiva e incurable. 

 

Una amiga le sugirió estar delante del televisor siguiendo la misa de sanación del 

Congreso de Montreal. Cuando hice el anuncio, ella sintió mucho ardor en los ojos. 

 

Yo le pregunté si podía leer a lo cual contestó negativamente. Entonces añadí: 

 

- El Señor no hace las cosas a medias. Vamos a orar para que usted pueda leer la 

Palabra de Dios. 

 

Tres días después me llamó por teléfono para comunicarme la alegre noticia de que 

estaba leyendo la Biblia. 

 

El don de lenguas me dispuso para que el Señor comunicara lo que El estaba 

haciendo. 

 

 

J.- RENUNCIA A SATANÁS 

 

- Cuando se depende del poder de las tinieblas sí se está bloqueando la acción 

salvífica de Dios. Por tanto es necesario renunciar explícitamente a todo ocultismo y 

esoterismo, curanderismo y magia, horóscopo, cualquier tipo de adivinación y 

supersticiones. 

 

No se puede servir a dos señores ni tampoco ser propiedad de ambos. O con Cristo 

o contra él, o con él se junta o contra él se desparrama. 

 

Este es el único punto que sí considero esencial ya que por el poder de las tinieblas 

también se producen curaciones. Para evitar esta confusión es absolutamente necesario 

renunciar a todo contacto con ciencias ocultas, amuletos, espiritismo, hechicería y todo 

aquello que usurpe el lugar de Dios. 

 

 

 

 

 

CINCO CARTAS 

 

Entresacamos párrafos de las cartas circulares a familiares y amigos donde 

ofrecemos una idea general del ministerio del P. Emiliano Tardif de estos últimos años. 

 

Sánchez, 30 de diciembre de 1980 

 

Muy queridos familiares y amigos: 

 

Quiero contarles algo de mi viaje por África, tanto en Camerún, como en Senegal. 

 

El día 14 salí de Santo Domingo. Después de 18 horas de vuelo llegué muy cansado 

a Camerún a las siete de la noche. Lo único que deseaba era descansar en la cama, pero 

me esperaba una "agradable" sorpresa en el aeropuerto. Sucede que al presentar mi 

pasaporte me dijeron que faltaba la visa. Yo les contesté que en Santo Domingo me 

informaron que un canadiense no necesitaba visa para entrar a Camerún. Yo insistía, pero 

mis argumentos no contaban, ya que las leyes habían cambiado recientemente. Solo me 

respondieron: 

 

- Usted no puede ni siquiera salir hoy del aeropuerto. Aquí pasará la noche y 

mañana temprano deberá regresar a Suiza para conseguir su visa y entonces podrá 

regresar al país. 

 

Pero, Suiza estaba a siete horas en un avión... Una pareja de franceses estaba en 

similar situación. Ellos se sentían tranquilos y estaban seguros de entrar al país, pues, 

según dijeron, "pusimos ya nuestro asunto en manos de la Embajada Francesa". Yo por 

mi parte oré al Señor y le dije: 

 

- Yo no tengo nadie a quién recurrir sino a ti. Si tú has planeado estos retiros en 

Camerún, tú me vas a abrir las puertas. Pero si no fuera plan tuyo, no tiene caso que yo 

entre al país. Dejo todo en tus manos... 

 

Por un momento oré en lenguas. Luego me pusieron un policía alto y fuerte junto a 

mí. Como si yo tuviera a dónde escaparme. Pensé: si no puedo evangelizar en Camerún 

por lo menos voy a evangelizar a este policía musulmán, y comencé a hablarle de Jesús y 

sus maravillas. 

 

Después de la media noche el policía tenía más sueño que yo. En eso llegó un 

telefonema con la orden de dejarme entrar al país. Un hermano Lasallista se había 

movido por todos los medios y consiguió una visa por quince días. Me fui a descansar a 

mi cama. Al día siguiente regresé otra vez al aeropuerto para tomar otro avión. Allí 

estaban todavía los franceses, con caras tristes y muy fatigados por no haber dormido. No 

habían conseguido entrar al país y debían regresar a París. Entonces aproveché para 

decirles: 

 

Yo no puse mi asunto en manos de hombres sino de Dios y conseguí entrar. 

Nuestro Dios es más poderoso que la Embajada Francesa... 

 

Esta primera experiencia de evangelización en África ha sido muy hermosa. 

Simplemente tenía la impresión de estar en los campos de Samaná, en la República 

Dominicana al ver los rostros alegres y sencillos de la gente; personas simpáticas y 

abiertas. Era el mismo clima, el mismo paisaje y el mismo Dios actuando sus maravillas. 

 

El sábado por la tarde celebramos la misa por los enfermos y Dios comenzó a 

repetir los signos y milagros de Pimentel en 1975. Durante la oración por los enfermos 

vimos muchas curaciones sorprendentes. 

 

Entre otras la de una niña de cinco años que no caminaba y, gracias a Dios, lo pudo 

hacer a partir de ese momento. Al día siguiente, en la misa de la Catedral, invité a la 

mamá de esta niña a que diera testimonio delante de la gran asamblea. Luego le pedimos 

 

 

que hiciera caminar a la niña delante de todos, frente al altar La pequeña lo hizo a la vista 

de todos que lloraban y alababan a nuestro Dios. Hubo una tempestad de aplausos en la 

Catedral. 

 

¡Jesús está vivo… también en África! 

 

Durante el retiro de sacerdotes la bendición más grande que vi fue la de un 

misionero que había decidido dejar su ministerio para casarse. Algunos amigos lo 

invitaron al retiro antes de tomar su decisión final. El aceptó y el Señor lo pescó otra vez. 

Entregó de nuevo su corazón al Señor y reafirmó su voluntad de seguir sirviendo en el 

ministerio sacerdotal. 

 

El retiro terminó con la misa al aire libre donde asistieron más de tres mil personas. 

Había 38 sacerdotes celebrando la Eucaristía y el Señor acompañó otra vez la 

proclamación de la Palabra con signos y prodigios. A través de la palabra de 

conocimiento el Señor nos dijo: 

 

- Aquí hay un joven de 16 años, sordo del oído izquierdo que el Señor está 

sanando. 

 

Naturalmente él no escuchó este mensaje, pues estaba sordo, pero eso no impidió 

que el Señor actuara con poder. 

 

Al terminar la misa se acercó un joven al altar contando a toda la asamblea que 

estaba sordo y que tenía 16 años. El Señor lo acababa de sanar. ¡Todos alababan al 

Señor! 

 

Al día siguiente continuaron los prodigios en la Catedral de Yaunde. Una empleada 

del Banco de Yaunde que padecía miopía desde hacía trece años fue sanada por el Señor. 

Al día siguiente ella contaba a todos sus compañeros de trabajo el milagro del Señor. 

Como la conocían con sus gruesos lentes y ahora ya no los usaba, todos fueron a la misa 

de ese día. En esta ocasión había más de tres mil personas. Entonces tuvimos que sacar el 

altar fuera de la iglesia, pues la gente no cabía en la Catedral. Durante la Celebración de 

la Cena del Señor, una niñita fue sanada de su brazo izquierdo que tenía paralizado. Un 

policía cayó bajo el poder del Espíritu y fue sanado de la columna. La madre superiora de 

una comunidad africana también experimentó el descanso en el Espíritu y fue sanada de 

úlcera. Fueron tantas las curaciones que sería imposible enumerarlas todas 

 

En unos cuantos días habíamos vuelto a ver todos los signos que identifican a Jesús 

como Mesías: los ciegos veían, los cojos caminaban, los sordos oían y los pobres eran 

evangelizados. 

 

Luego salí para Senegal donde cientos de curaciones vinieron a recordar a este 

pueblo que Jesús está vivo. Un Misionero del Sagrado Corazón, al ver tantas maravillas y 

la respuesta tan entusiasta de la gente, nos dijo: 

 

- Esto es lo que precisamente estábamos necesitando aquí. Yo sabía que el Señor 

llegaría de esta manera a nosotros, pues cuando los musulmanes ven que Jesús realiza 

milagros llegan a creer que está vivo y que es más que un simple profeta. Esto es lo que 

estábamos necesitando hoy entre nosotros... 

 

Y no dejaba de repetir: "Esto es lo que estábamos necesitando aquí", refiriéndose a 

las curaciones que habían hecho germinar y crecer la fe de aquella gente. Pero, ¿en que 

parte del mundo no serían necesarios estos milagros? Todavía no encuentro un país en 

este planeta donde salgan sobrando. 

 

EI Prefecto de Sangmelina, que era protestante, vino personalmente a despedirse y 

a agradecer la curación de su esposa que había padecido del hígado, y de su hermana que 

fue curada de mala circulación. Estaba muy emocionado y me traía un "regalito" para que 

 

 

lo guardara como recuerdo de mi paso por Sangmelina: se trataba de un auténtico 

colmillo de elefante. 

 

Quise guardarlo en mi maleta pero no cabía. Entonces lo envolví y continué mi 

viaje. Sin embargo, tuve que pagar exceso de equipaje por culpa del dichoso colmillo que 

pesaba mucho. Al bajar del avión, por poco olvido el colmillo en la banda de equipajes. 

En una mano cargaba mi pequeña maleta y en la otra aquel envoltorio. El "regalito" 

empezaba a serme estorboso y costoso. 

 

Al llegar a mi nuevo destino, una persona conocedora en la materia, se quedó 

admirada de la pieza tan fina. Con los ojos bien abiertos me dijo: 

 

- Padre, este colmillo de elefante es muy valioso. Espero que no tenga problemas en 

el aeropuerto, pues son muy estrictos con el tráfico de marfil. 

 

A partir del momento que supe el precio del colmillo y los riesgos que corría con 

él, cambió mi vida. Inmediatamente le compré una maleta especial que cuidaba con más 

esmero que la mía. En los aeropuertos crecían los problemas: al salir pagaba exceso de 

equipaje y al llegar tenía que orar así: 

 

- Señor, yo soy testigo de que tú abres los ojos a los ciegos. Ahora ciérraselos a 

estos señores para que no vean el colmillo... tú sabes que es un "regalito". 

 

Cuando me hospedaba en una casa, lo primero que guardaba y escondía era el 

costoso colmillo. A veces hasta lo ponía debajo de la cama, y al regresar de predicar por 

la noche, lo primero que hacía era hincarme para buscar mi colmillo. A veces lo sacaba y 

lo contemplaba por algunos segundos. Después de acariciarlo lo volvía a guardar 

cuidadosamente. 

 

Un día estaba en oración cuando de pronto comencé a pensar en el valioso colmillo 

y las preocupaciones y ansiedades que me habían venido desde que viajaba conmigo. 

Además ¡todo lo que me faltaba del viaje! Entonces exclamé en voz alta: 

 

- Señor, qué razón tenías cuando dijiste "bienaventurados los pobres" porque 

cuando yo no cargaba este colmillo no tenía problemas como ahora. 

 

Me levanté de la oración y regalé el colmillo, regresando inmediatamente la paz a 

mi corazón. Desaparecieron las preocupaciones, los excesos de equipaje y hasta las 

distracciones en la oración. 

 

Con esto he aprendido que los colmillos de elefante: llámense poder, dinero, gloria, 

cosas materiales, son siempre fuente de esclavitud. Lo peor es que ante ellos nos 

postramos y nos distraen del verdadero Dios. ¡Qué incómodos son estos colmillos! 

¡Cuánto exceso de equipaje pagamos por ellos! ¡Qué pesados son, sobre todo cuando 

atrás del colmillo cargamos el elefante completo! 

 

Que no necesitamos de los bienes materiales los que confiamos en el Señor, me lo 

demostró hermosamente el Dueño de todas las cosas. El boleto a Camerún y Senegal 

costó 1,680.00 dólares. Como era demasiado dinero para esos países tan pobres les pedí 

que no me dieran nada por mi trabajo; sino que simplemente pagaran el costo del boleto. 

Así, entre los dos países me dieron 1,700 dólares. Un sacerdote que se enteró del asunto 

me dijo: 

 

- No es justo eso. Tú has trabajado intensamente por tres semanas y sólo te dan 20 

dólares. ¡Menos de un dólar por día! 

 

- No te preocupes -le contesté- El Señor nos da el ciento por uno. 

 

Al regresar a mi parroquia me esperaba un montón de cartas. Una de ellas decía así: 

"Hemos pensado enviarte un "regalito" para la evangelización". Al leer la palabra 

"regalito" me acordé del colmillo de elefante y solté la carta asustado. En eso cayó de la 

 

 

misma un cheque por 2,000 dólares. Exactamente cien veces más que los 20 dólares que 

me habían dado en África: Yo me reí y le dije a Jesús: 

 

- Se ve que eres un buen judío pues has hecho perfectamente las cuentas al darme el 

ciento por uno... 

 

Seguimos narrando el contenido de otra carta del P. Emiliano a sus amigos y 

conocidos. 

 

La Romana, 10 de diciembre de 1982 

 

Muy queridos familiares y amigos: 

 

Espero encontrarlos bien a todos, con buena salud y plenos de la alegría del Señor. 

Personalmente les diré que nunca había tenido tan buena salud y estoy feliz de poder 

ponerla al servicio de la evangelización, salud que el Señor me regresó hace diez años. 

Incluso he pensado escribir un pequeño libro de testimonios para contar lo que he visto 

durante estos diez años de apostolado en la Renovación. No sé si tendré tiempo para 

hacerlo, pero la idea me viene frecuentemente. Intentaré escribirlo y podría tener como 

título "El Espíritu Santo ha hecho de mí un Testigo" 

 

A fines de noviembre regresé de la Polinesia Francesa Este último viaje ha sido uno 

de los más bellos de mi vida. Nunca había encontrado un pueblo tan simpático y 

acogedor a la Palabra de Dios. Allá viví un período de evangelización lleno de alegría y 

bendiciones de todo tipo. 

 

Para darles una pequeña idea del recibimiento de esta gente, bastará decirles que 

llegué al aeropuerto de Tahití a las dos de la mañana, después de un viaje de 16 horas 

desde Santo Domingo es decir, el doble de distancia entre Santo Domingo y París . Para 

mi sorpresa, había por lo menos 500 carismáticos reunidos en el aeropuerto a esa hora 

para recibirme y lo hicieron con collares de flores, mientras cantaban "Alabaré" con todo 

el corazón. Me pusieron tantos collares de flores que casi me tapaban los ojos. Necesitaba 

un cuello de jirafa. 

 

Después de dos días comenzamos el primer retiro para los líderes de la Renovación, 

que habían venido de diferentes islas de la Polinesia Francesa. En el primer retiro en 

francés eran 220. Los que llegaron de las islas más lejanas tuvieron que hacer un trayecto 

de tres días en barco para venir a este retiro de cinco días. Allí pude comprobar su gran 

espíritu de sacrificio. No es de admirar que hayamos sido bendecidos tan 

abundantemente. De algún modo volví a vivir en Tahití los acontecimientos de 1975 en 

Pimentel. 

 

Los primeros misioneros católicos que llegaron a Polinesia Francesa, en Tahití, 

comenzaron su trabajo en 1834. Este año, con motivo del 150 aniversario de la misión, se 

preparan con retiros de evangelización por toda la diócesis. Nuestros retiros carismáticos 

formaban parte de este programa de conjunto. 

 

La generosidad de esta gente se manifiesta en mil formas, nunca había tenido tantos 

regalos con motivo de un viaje de evangelización. Me regalaron 18 camisas, dos pares de 

zapatos, un elegante hábito azul, etcétera. Cuando quise salir, todas estas cosas no cabían 

en mi maleta. Así que la comunidad de católicos chinos me regaló una bonita maleta 

grande, la más bella que he tenido, para meter mis regalos. Tenía sobrepeso de equipaje 

de 50 libras y en el avión no me hicieron pagar ni un centavo de más. No olvidaré 

fácilmente esta gente de Tahití y de las islas donde pasé cerca de un mes de 

evangelización entre corazones muy abiertos a la Palabra de Dios. 

 

Después de haber predicado en dos islas diferentes y visitado varias comunidades 

de religiosas, hice una visita a los leprosos con quienes celebré la misa; luego un 

 

 

encuentro con los padres misioneros. La última semana di una conferencia cada noche, 

más tarde celebraba la misa y oraba por los enfermos en una gran iglesia, donde la 

asistencia era entre 3,000 y 5,000 personas En lugar de homilía había testimonios de las 

personas que habían sido sanadas los días precedentes. 

 

El testimonio que más me impresionó fue el de un hombre que estaba 

completamente ciego de un ojo, con el otro veía muy poco y dentro de poco tiempo 

tendría que operarse. Durante la misa por los enfermos, precisamente en el momento de 

la elevación de la Hostia, vio una gran luz en la iglesia y sus ojos se abrieron. ¡Había 

sanado! 

 

Si al llegar me coronaron de flores, al despedirme me llenaron de collares de 

conchitas. Cuando caminaba en el avión con tanta conchita hacia tal ruido que la gente se 

reía. He compartido estos regalos con mi gente de la parroquia y es curioso encontrar en 

esta isla del Caribe a gente con collares o camisas de la Polinesia. 

 

El P. Emiliano Tardif sigue mandando cartas donde narra los testimonios de las 

personas que Jesús sana. 

 

La Romana, 1° de diciembre de 1981 

 

El domingo pasado, fiesta de Cristo Rey, celebramos en Santo Domingo nuestro 

Segundo Congreso Carismático Nacional... 42,000 personas representando 1,500 grupos 

de oración de la República Dominicana llenaron el Estadio Olímpico de la capital el 22 

de noviembre en una gran manifestación de fe en honor de Cristo Rey. 

 

El tema del Congreso era "JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO". Fue 

extraordinario. De las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, bajo un cielo azul, en una 

atmósfera de fiesta, cantamos, oramos, escuchamos las conferencias y saboreamos el 

amor de Dios nuestro Padre. 

 

A las once de la mañana me tocó el tema "JESÚS ESTÁ VIVO" y enseguida, con 

el equipo, dirigí una oración de curación para todos los enfermos que habían venido en 

gran número de todo el país. El Señor nos bendijo de una manera muy particular. A las 

dos y media de la tarde, hora de los testimonios, hubo muchos. 

 

Entre otros, el de un hombre que había venido al Congreso con gran dificultad y 

recibió una curación completa durante la oración por los enfermos Debido a un problema 

del corazón, estaba paralizado del lado izquierdo del cuerpo y no podía caminar sin 

muletas. A las dos y media de la tarde subió a la tribuna caminando solo, sin muletas y 

con la voz sollozante agradecía al Señor que acababa de sanarlo 

 

El día de nuestro Congreso Carismático Nacional, nuestro nuevo Arzobispo, 

Monseñor Nicolás de Jesús López, dio una soberbia conferencia sobre la Renovación 

Carismática en el mundo de hoy. Los pocos sacerdotes que luchaban todavía ferozmente 

contra la Renovación en la arquidiócesis parecen incomodarse con esta posición tan firme 

y tan franca de nuestro nuevo Arzobispo. ¡Gloria al Señor! 

 

Tengo ahora la gran alegría de anunciarles que ya no soy párroco de Sánchez. En 

verdad no alcanzaba a ser párroco y dar retiros por todas partes. Fui liberado del curato 

de Sánchez en abril pasado y ahora soy predicador de tiempo completo con residencia en 

nuestra parroquia de La Romana, donde el padre Andrés Dumas es el párroco. 

 

El padre Andrés estaba solo en esta gran parroquia de 30,000 habitantes. Al 

regresar de mis viajes le ayudo un poco y esto me beneficia, pues es conveniente mezclar 

el trabajo parroquial con los retiros. 

 

En este año he sido testigo de Cristo resucitado en los cinco continentes. 

 

 

Después de las conferencias ecuménicas en Suiza fui a Lisieux, Marsella y Para le 

Monial. Luego regresé otra vez a la República Dominicana para ir al retiro sacerdotal en 

La Ceja, Colombia. Finalmente, al retiro en Monterrey, México, donde me sucedió un 

curioso incidente. 

 

Vencido mi pasaporte, lo envié a la embajada Canadiense en Caracas, Venezuela, 

para refrendarlo. Se acercaba el día de mi salida a México y el pasaporte no regresaba. La 

víspera llamé telefónicamente a Caracas y me respondieron que ellos ya me lo habían 

enviado. Nada podíamos hacer, sino esperar pacientemente la cuenta regresiva. 

 

Por la tarde me llamaron por teléfono de Monterrey, preguntándome vuelo y hora 

de nuestra llegada. Yo les contesté que iría el equipo pero que yo me quedaría, por la 

simple razón de no tener pasaporte. 

 

Ellos se quedaron consternados pues ya tenían todo listo para recibir 14,000 

personas. Me prometieron pasar la noche en oración, confiando en el Señor. 

 

Al día siguiente salí del aeropuerto dominicano sin pasaporte. Hablé con el jefe de 

migración afirmándole que un canadiense podía entrar a Estados Unidos con la licencia 

de automovilista (el avión hacia escala en Miami antes de llegar a México). El me 

contestó: 

 

- Si la compañía Eastern corre el riesgo de transportarlo, yo lo dejo salir. 

 

Hablé con el empleado de Eastern Airlines y me dijo: 

 

- Si migración corre con los riesgos, nosotros lo transportamos. Yo entonces oré de 

esta forma: 

 

- Señor, Tú tendrás que correr con todos los riesgos... y tomé el avión a Miami. 

 

Al llegar a Miami todo mundo mostraba su pasaporte, visa y carta de turista. Yo, 

simplemente presenté mi licencia de manejar. El vista, extrañado, me preguntó: 

 

- ¿Y qué es eso? 

 

- Mi licencia... es todo lo que tengo. Un canadiense puede entrar a Estados Unidos 

con su licencia de manejar. 

 

El se apiadó de mí y me dejó pasar. 

 

Al conectar para México el oficial de migración sí sabía de leyes y me aclaró 

enojado: 

 

- Usted no puede ir a México ni a ninguna parte con eso... ni siquiera puede estar en 

Miami sin papeles. Eso no sirve para nada... Cualquier persona puede conseguir licencia 

en Canadá y eso no significa que es canadiense. Es con la "tarjeta de nacionalidad" con la 

que se entra a Estados Unidos, no con una simple licencia. En México jamás lo dejarán 

entrar... lo van a devolver. 

 

Yo me había equivocado: había confundido "tarjeta de nacionalidad" con licencia 

para manejar. Gracias a Dios pude salir, pero al llegar a México se presentaba otro 

problema no menos grave. Mi oración fue: 

 

- Señor tápale los ojos a este señor para que no vea lo que me falta. 

 

El vista estaba tomando café, distraído y hablando con su compañero... ni se fijó lo 

que le entregué. Solamente me selló y entré al país. 

 

El Señor que le tapó los ojos al empleado de migración, en el retiro de abrió los 

ojos a una señora ciega desde hacía cinco años. Jesús es el amo de lo imposible. 

 

Después del retiro en Monterrey, celebramos una misa por los enfermos en un 

santuario al aire libre, con el altar al centro y seis mil personas mojándose por una lluvia 

continua. Después de la comunión el Señor curó a un hombre que había perdido el uso de 

la palabra desde hacía algunos años 3 consecuencia de una congestión cerebral. El Señor 

 

 

soltó su lengua y él gritaba: "Gloria a Dios, gloria a Dios". Hubo gran admiración entre 

quienes lo conocían y lo llevaron al micrófono para testimoniar. En ese momento, dos 

cojos se levantaron y comenzaron a caminar. Uno de ellos vino a dar su testimonio ante 

toda la asamblea mientras su párroco lloraba. Muchos sacerdotes que concelebraban con 

nosotros se dejaron llevar por la emoción y lloraban... Yo reía y gritaba "¡Jesús está vivo, 

ustedes lo están viendo!" 

 

Este es un resumen de algunas de mis actividades del año. Van ustedes a decirme 

que sólo les hablo de retiros. Es que allí está mi corazón y mi vocación: predicar por 

doquier el amor y la misericordia del corazón de Jesús. 

 

También en Yugoslavia estuvo preso por predicar la Palabra de Dios el P. 

Emiliano, esto nos dijo: 

 

25 de octubre de 1983 

 

Queridos familiares y amigos: 

 

Acabo de llegar de Yugoslavia y tengo un gran deseo de saludarlos a todos, 

esperando que tengan la paz y la alegría del Señor. 

 

Creo que no tengo el derecho de callar después de haber visto lo que vi en este 

largo viaje de evangelización que comenzó el 18 de agosto y terminó el 15 de octubre, 

día de Santa Teresa de Ávila. 

 

El 18 de agosto salí a Francia, para participar en el encuentro de comunidades 

carismáticas francesas en Ars, donde se reunieron más de 4,000 personas durante una 

semana de oración, de reflexión y de estudio en la alegría del Señor. Un precioso 

encuentro, de gran belleza y lleno de bendiciones de todo tipo. 

 

De allí, salí para Yugoslavia. Mis compañeros de viaje eran Abad Pierre Rancourt 

de Quebec y el doctor Philippi Madre, diácono, que es el pastor de la comunidad 

carismática León de Judá, en Francia. 

 

Según testimonios y frutos que tienen todos los visos de autenticidad, la Virgen se 

está apareciendo en Medugorie, Yugoslavia, dejando un mensaje de paz, oración y 

penitencia. Lo cierto es que la parroquia del Padre Tomislav Vlasik se ha convertido en 

centro de fe y de peregrinación donde existen muchas conversiones. 

 

Nosotros llegamos a Medugori antes de la misa de siete del martes. El padre 

Tomislav nos invitó a concelebrar con él. 

 

Más de tres mil personas estaban reunidas para la Eucaristía. Unos doce sacerdotes, 

sentados en sillas afuera, confesaban largas filas de penitentes. Era una noche ordinaria. 

Se dice que los sábados y domingos por la noche la asistencia llega hasta siete y ocho mil 

personas, y así es desde hace dos años. 

 

Al finalizar la misa el padre Tomislav me dijo: 

 

- Aunque el retiro no comienza hoy, hay aquí numerosos peregrinos enfermos. 

¿Quisieras dirigir una oración por ellos después de la misa? 

 

Acepté gustoso y un sacerdote traducía mi oración al croata. El Señor comenzó 

desde esa primera noche a curar enfermos que dieron su testimonio al final. 

 

Al día siguiente había por lo menos unas 8,000 personas. La noticia de los curados 

la noche anterior corrió rápidamente. Esto comenzaba a intrigar a los guardias de 

Seguridad Nacional. Nosotros oramos, el Señor sanó y la gente daba su testimonio. La 

noche del jueves había ya 14,000 personas, mientras nosotros estábamos en la cárcel... 

 

He aquí lo que sucedió. Por la mañana, habíamos dado enseñanza al grupo de 

jóvenes y orado por la efusión del Espíritu antes de ir a comer. Todos fueron bendecidos 

por el Señor. 

 

 

 Algunos recibieron el don de lenguas y había mucha paz y alegría en la asamblea. 

Nosotros regresamos para comer. 

 

Al final de la comida llegaron tres agentes de la Seguridad Nacional, dándonos la 

orden de seguirlos con nuestros pasaportes para un interrogatorio Estábamos detenidos. 

 

Fuimos conducidos a Citluk, ciudad localizada a siete kilómetros de distancia. Nos 

llevaron ante un tribunal que nos acusaba de haber turbado la paz de Yugoslavia y de 

haber predicado sin autorización del gobierno. Nos encerraron a los tres en un pequeño 

salón, hasta nueva orden. Me sentí contento de no haber ido solo a Yugoslavia. La prisión 

se soporta mejor entre tres. Fue una tarde de expectativa. Las horas pasaban sin saber lo 

que nos esperaba A eso de las cinco, como hacía mucho calor, pedimos un vaso de agua. 

Nos respondieron que no había vasos. La víspera habíamos ayunado a pan y agua por la 

paz del mundo, tal y como lo hacen los padres, las religiosas y el grupo de oración de 

todos los miércoles Yo tenía prisa porque llegara el jueves, y llegó, pero nos trajo la 

prisión donde no había ni pan ni agua. 

 

A eso de las 6:15, hora del rosario en la iglesia, nos unimos a ellos rezando nuestro 

rosario en prisión y terminamos cantando el Salve Regina Un policía entró furioso 

dándonos la orden de callar. Yo no sabía que estaba prohibido cantar a los presos. Creo 

que les impresionó nuestra alegría y paz. 

 

En la pared había una fotografía del mariscal Tito. Entonces le dije a Pierre 

Rancourt: "Tomaré una foto porque quiero tener un recuerdo de mi prisión en 

Yugoslavia". Yo sonreía y con la mano señalaba a Tito diciendo: "él es el culpable". Al 

accionarse el flash vinieron inmediatamente los policías y se enojaron. Me pidieron la 

cámara y yo temblaba como un niño travieso. Abrí la tapa de tal modo que se veló el 

rollo, salvándome de una situación comprometedora. 

 

Luego de inspeccionar nuestras maletas nos dieron 24 horas para abandonar el país 

o nos volvían a poner presos. 

 

Al día siguiente por la mañana, después de haber saludado a los padres y religiosas 

que fueron muy amables con nosotros y estaban muy contritos por vernos expulsados de 

esa manera, salimos en un taxi a Zadar distante 350 kilómetros. 

 

Dos americanos que estaban allí como peregrinos, nos dieron 150 dólares para 

ayudarnos a pagar el taxi. En Zadar, ciudad turística al borde del mar Adriático, nos 

embarcamos a las nueve de la noche para llegar a Remini, Italia, a las seis de la mañana. 

Allí tomamos el tren a Milán y por la tarde el avión nos llevó a Paris a donde llegamos 

para comer. Dos días duramos para regresar a Yugoslavia, porque no había manera de ese 

mismo día tomar avión. El Evangelio tiene razón cuando nos promete el ciento por uno y 

además persecuciones por el nombre de Cristo Jesús. 

 

En una próxima carta les contaré mis aventuras en el Congo, donde celebramos el 

Centenario de la Evangelización. 

 

¡Los bendigo a todos! 

 

El pasado mes de mayo el Movimiento Testimonio y Esperanza, grupo juvenil 

apostólico que se reúne en Las Monjas los sábados, organizó la "Primera Peregrinación 

Juvenil Mariana". 

 

La cita fue a las 16:30 en el Santuario de Guadalupe y 15 minutos después la 

coordinadora dio la bienvenida y en un ambiente de oración dio inicio la peregrinación 

que fue juvenil; pero de jóvenes de corazón, pues también asistieron personas mayores y 

niños. 

 

 

Muchas veces se piensa que las personas que organizan estas actividades son 

viejitas calienta bancas y que asisten los niños que son acarreados por sus mamás, pero 

en esta peregrinación se vio el alegre espíritu juvenil cristiano; pues aunque la lluvia 

acompañó a los peregrinos todo el camino, no decayó el ánimo a pesar de que fue el 

último partido del Morelia. A este evento asistieron más de 400 personas. 

 

En el trayecto la peregrinación se detuvo por unos momentos varias veces para 

representar los misterios gozosos, los personajes fueron jóvenes y niños. 

 

Entre misterio y misterio todos los asistentes participaron con cantos; 

especialmente los coros de los grupos juveniles de San Diego, el Grupo Escoge, 

"Jornadas", "Shema" y "Baj". Potencia Juvenil Cristiana y Pastoral Scout no se quedaron 

atrás con sus porras a la Virgen y todos juntos oramos con el rezo del santo Rosario. 

 

La peregrinación terminó en Catedral con las últimas oraciones y la coronación de 

la Santísima Virgen María. 

 

La devoción y alegría mostradas en esta peregrinación de jóvenes católicos es 

digna de repetirse, por lo que la Virgen María y el Movimiento Testimonio y Esperanza 

te invitan a la II Peregrinación Juvenil Mariana en mayo del 98. 

 

El viernes pasado en la oración por los enfermos de las 12:00 en el Templo del 

Señor de la Misericordia en La Colina, aquí en Morelia, Jesús que está vivo transformó el 

dolor en salud, la tristeza en gozo. A una hermana que tenía serios dolores en su espalda 

y no podía hacer sus actividades normales es Señor le regresó su movilidad y sus dolores 

ya no los tiene. A otra hermana que perdió a su hija en forma muy dolorosa hace unas 

semanas, Jesús le regresó la paz a su corazón y salió de la iglesia con una profunda paz 

interior y daba gloria a Dios por haber tenido un encuentro vivo con Jesús. 

 

 

 

Proclamar la Palabra de Dios nos puede llevar hasta la cárcel, eso fue lo que le pasó 

de nueva cuenta al P. Emiliano Tardif en África. 

 

15 de noviembre de 1983 

 

Querida familia y amigos: 

 

Continuando mi carta anterior les comento ahora mi viaje al África y algunos de los 

prodigios que allí vieron mis ojos. 

 

El 19 de septiembre en la noche, salí de París al África, donde primeramente 

predicaría durante 15 días en el Congo y luego 5 días en Zaire. (ex Congo Belga) 

 

El día 20 por la mañana llegué a Kinshasa, capital de Zaire. Fui muy bien recibido 

por los padres jesuitas, en particular por el padre Guy Verhaegen S.J., quien es el asesor 

de la Renovación en Kinshasa y me había invitado a dar el retiro a los líderes de la 

Renovación. Descansé un poco del viaje de 8 horas en avión y en seguida me dirigí a la 

embajada del Congo en Kinshasa para solicitar mi visa para el Congo. Al día siguiente, 

con mi visa en la mano, crucé en barco de Kinshasa a Brazzaville, capital del Congo. Un 

viaje de apenas 10 minutos en barco. 

 

Llegué pues, al Congo, y de inmediato fui a Linzolo, lugar de peregrinación a la 

Virgen, a unos 20 kilómetros de Brazzaville. Allí se iba a celebrar el primer retiro. Una 

multitud de más de 3,000 personas esperaban al aire libre el retiro de cuatro días. 

Después de saludar al padre Ernesto Kombo, S.J., organizador del retiro, comenzamos de 

inmediato la primera conferencia sobre "La Fe en la Palabra de Dios". 

 

¡Qué espectáculo ver esos miles de retirantes sentados en el piso, sobre esteras o 

banquitos, atentos a la Palabra de Dios! Era en verdad una gran misión popular en este 

 

 

Centenario de la Evangelización y al mismo tiempo el Décimo aniversario de la 

Renovación Carismática en el Congo. 

 

Yo daba dos conferencias por la mañana, una por la tarde y en seguida celebraba la 

Eucaristía, con homilía y oración por los enfermos después de cada Eucaristía. Por la 

noche hacíamos una gran reunión de oración carismática con todas las manifestaciones 

del Espíritu que el Señor quería darnos. Un día tuvimos adoración del Santísimo 

Sacramento expuesto en el altar, al aire libre, frente a la gruta. Desde las nueve de la 

noche hasta media noche, oración espontánea, cantos y predicación. En el Congo 

encontré una fe intensa y profunda, una fe como raramente he encontrado en mis viajes 

de evangelización por el mundo. 

 

Imagínense la fe que se necesita para ser capaz de permanecer durante cuatro días 

de retiro, a mediados de semana, sin hotel para dormir; donde cada quien se organizaba 

como podía, durmiendo al aire libre, extendiéndose sobre esteras y comiendo lo que 

llevaban en su pequeño morral. Dios, que no se deja vencer en generosidad, hizo brillar 

su gloria en esta ocasión tan especial. 

 

El gobierno del Congo está en manos de marxistas desde hace años. Después de la 

independencia del país intentó instalarse una democracia, pero rápidamente cayó el 

gobierno y el comunismo tomó el poder. En 1977, el presidente Ngouabi, comunista, fue 

asesinado y sustituido por otro presidente comunista. Cuatro días más tarde unos policías 

se presentaron en la residencia del Cardenal Emile Blayenda de Brazzaville, ordenándole 

los siguiera para una entrevista con la autoridad. Nunca más el pueblo pudo volver a ver 

a su Cardenal que era un pastor de almas con cualidades extraordinarias, según decir del 

clero entero. 

 

Hace un par de años el Papa Juan Pablo II visitó el Zaire y en Brazzaville celebró la 

Eucaristía al aire libre, con la alegría delirante del pueblo. Se dice que desde entonces el 

gobierno, dirigido por el coronel Denis Sassou, parece haber mejorado las relaciones con 

la Iglesia, sobre todo en este año del Centenario de la Evangelización. 

 

Fue pues en estas circunstancias a donde llegué a predicar quince días de retiros 

populares, invitado por el actual Arzobispo de Brazzaville. 

 

En ningún país en el mundo he visto tantas curaciones como en el Congo durante 

estos retiros del Centenario. El único país con que podría comparar el Congo, desde el 

punto de vista de las señales que acompañaron la evangelización, sería la Polinesia 

Francesa donde prediqué tres semanas de retiro el año pasado. También era su 

aniversario de evangelización. Pero las señales fueron todavía más fuertes y más 

sorprendentes en el Congo. 

 

Leemos en Isaías: 

 

Los sordos escucharán las palabras del libro liberados a la sombra de la tiniebla, los 

ojos de los ciegos verán, los pobres se alegrarán en Yahvéh y los hombres más pobres .se 

regocijarán a causa del Santo de Israel. Is 29, 18-29. 

 

Más adelante afirma: 

 

Que el desierto y el sequedad se alegren regocíjense la estepa y florezca como flor. 

Se verá la gloria de Yahvéh, el esplendor de nuestro Dios. Fortalézcanse las manos 

débiles afiáncense las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón decaído. ¡Ánimo, no 

teman! Se despegarán los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos se abrirán. 

Entonces saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Is 35, 

1-6. 

 

 

En pocos días fuimos testigos de estas señales entre "los más pobres de los 

hombres". El Señor acompañó con toda clase de señales y prodigios su Palabra de 

salvación. El Evangelio es verdadero y eficaz el día de hoy, si le creemos al Señor. 

 

Desde la primera noche del retiro en Linzolo, después de la oración por los 

enfermos, una palabra del Señor me llegaba fuertemente al corazón: "Hay aquí un 

hombre que sufre mucho en su pierna derecha. El es cojo y tiene dificultad para 

mantenerse sobre su pierna En este momento siente un fuerte temblor y un gran calor en 

esa pierna. El Señor lo está sanando. Tú que sientes esta curación, ten confianza. En el 

nombre de Jesús, levántate y anda. 

 

Hubo un largo momento de silencio en la asamblea. Nadie se movía. Como no todo 

mundo entendía el francés, había que traducir en el dialecto de la región lo que hizo 

inmediatamente el Padre Ernesto Kombo, que me acompañaba a todas partes. En ese 

momento un hombre de 28 años se levantó y salto como un ciervo. El tenía el pie 

envuelto, era cojo, sufría desde hacía mucho tiempo un dolor en la pierna derecha que no 

le permitía trabajar. Para confirmar todo, apareció entre el público con el pie derecho 

envuelto en una venda y ya no cojeó jamás. 

 

La multitud aplaudía: y todos alababan al Señor... Todos "veían la gloria de 

Yahvéh" estallar ante sus ojos por la lluvia de bendiciones y curaciones que el Señor 

dejaba caer en esas tierras tan azotadas por la sequía. 

 

El día siguiente tuvimos numerosos testimonios. Un ciego recuperó la vista y daba 

testimonio público agradeciendo al Señor. Pero nuestra mayor admiración fue el segundo 

día, cuando una niña de diez años, sordomuda de nacimiento, fue sanada "Las orejas de 

los sordos se abrirán. . . La lengua de los mudos gritará su alegría". Esta niña, sorda de 

nacimiento, se espantó de tal manera que al escuchar los cantos al final de la misa que se 

puso a gritar de pánico, tapándose las orejas con los dedos y se retiró lejos. Poco a poco 

se calmó y al día siguiente en la mañana, radiante de alegría, fue al presbiterio con su 

mamá y nos probaba que estaba de verdad curada. Le decíamos una palabra en francés y 

la repetía con claridad. Ella se fascinaba por poder repetir lo que decíamos, como un niño 

que aprende a decir papá y mamá. Esta curación causó gran admiración y la noticia se 

corrió hasta la capital. 

 

Muchos otros testimonios nos llegaron después de la Eucaristía de cada tarde. La 

multitud crecía de tal manera que al finalizar el retiro había por lo menos cinco mil 

personas, en el piso, ante la gruta de la Inmaculada, escuchando la Palabra de Dios 

Recuerdo imborrable me ha dejado este primer retiro de Linzolo. 

 

Pero esto era sólo el principio. El domingo, era la misa por los enfermos en la 

Catedral. Tuvimos que celebrar al aire libre porque la asistencia rebasaba las dos mil 

personas. En esta misa el Señor quiso dar una señal muy clara de que su Palabra es 

verdad, como lo hizo cuando dijo al paralítico del Evangelio: Para que los hombres sepan 

que el Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados, levántate, toma tu camilla 

y anda: Lc 5,24. 

 

Después de la oración por los enfermos, un hombre que padecía hemiplejia desde 

hacía ocho años y no podía desplazarse solo, sintió que el Señor lo curaba. Una palabra 

de ciencia lo invitaba a levantarse. Con la admiración de la muchedumbre, se levantó y 

camino solo hasta el altar. Allí, al micrófono, agradecía al Señor con sollozos y algunas 

palabras. ¡Estaba curado! 

 

Los dos días siguientes sería el retiro para sacerdotes y religiosas en Brazzaville. Se 

habían programado dos Eucaristías en dos iglesias diferentes a las que estaban invitados 

 

 

todos los enfermos. La primera, se celebró afuera de la iglesia de San Pedro, con algunos 

miles de personas que llenaban el terreno. Yo prediqué sobre "La Eucaristía Sacramento 

de Curación" y el Señor vino a confirmar su presencia real en la Hostia consagrada 

curando a dos paralíticos: una mujer de unos 35 años que había sido llevada en una 

camilla. Ella yacía paralítica en la cama desde hacía dos años y medio. El Señor la 

levantó después de la comunión. Le ayudé dándole la mano y pudo llegar hasta el altar, 

subiendo con dificultad los tres escalones del podium. Allí, loca de alegría, se puso a 

bailar ante la multitud. Era el delirio de la asamblea. En ese momento, un hombre 

paralítico que había sido llevado en brazos por su familia, también se levantó y caminó 

solo, tranquilamente, avanzando hasta el altar. Las curaciones de todo tipo se 

multiplicaban, Jesús volvía a decir a su pueblo: Fortalézcanse las manos débiles y 

afiáncense las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón decaído. "No teman. He aquí a 

su Dios". 

 

El martes ya no podíamos celebrar la misa dentro de una iglesia. Tuvimos que ir al 

estadio de la parroquia Santa Ana donde cabían quince mil personas. A las tres de la 

tarde el estadio estaba lleno a reventar, y había más gente afuera que adentro, fue 

necesario cerrar las puertas. La Eucaristía fue concelebrada por el Arzobispo y varios 

sacerdotes. Prediqué sobre las señales que Jesús anunció a los discípulos de Juan Bautista 

cuando le preguntaron: 

 

¿Eres tú el Mesías o debemos esperar otro? Jesús les respondió. Vayan y digan a 

Juan lo que han visto y oído. Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son curados 

y los sordos oyen... y la Buena Nueva es anunciada a los pobres.... Lc 7, 18-23. 

 

Después de la oración por los enfermos, muchas personas fueron tocadas por el 

poder del Espíritu... Al día siguiente fueron numerosos los testimonios. El que más nos 

sorprendió fue el de un niño sordomudo de nacimiento que fue curado en el estadio. Su 

padre, profesor en el colegio de Brazzaville, organizó una fiesta con sus amigos esa 

noche para agradecer a Dios el milagro. Al día siguiente, él, inscrito en el partido 

comunista, fue a la Oficina Central a entregar su carnet del partido diciendo: "Ya no 

necesito esto. Dios existe. El curó a mi hijo". 

 

Fue en ese momento en que las reacciones comenzaron a manifestarse en las filas 

del Gobierno. Los agentes de la Seguridad nacional estaban en verdad intrigados por lo 

que pasaba. Una noche vino un miembro del gobierno, como Nicodemo, a advertirnos en 

secreto que había un gran malestar en el Gobierno comunista; los agentes de la Seguridad 

Nacional comenzaban a rezongar. Nos dijo: "Prepárense porque Lenin está en peligro". 

Nosotros reímos de buena gana. Al día siguiente regresó otra vez a decirnos: "Cada vez 

hay más murmuraciones entre los miembros del partido comunista... Marx se está 

muriendo..." 

 

En todas nuestras predicaciones teníamos espías del gobierno que nos pisaban los 

talones. 

 

Al día siguiente por la mañana, salimos en un pequeño avión a predicar a Punta 

Negra, a 700 kilómetros de Brazzaville y Louteté, que nos quedaba de camino. 

 

En los diez años que tengo trabajando en este ministerio de curación nunca había 

visto tantas bendiciones derramadas sobre una multitud durante la celebración de una 

Eucaristía, como en la primera misa de Punta Negra por los enfermos: los cojos 

caminaban, los sordos comenzaban a oír, los mudos gritaban y los ciegos recuperaban la 

vista. 

 

 

Quisimos consignar por escrito los testimonios para escuchar los mejores durante el 

retiro. ¡Las curaciones de la primera misa eran más de cien! ¡Era realmente el gran regalo 

del Centenario por parte de Dios rico en misericordia! Los pobres se regocijaban a causa 

del Santo de Israel. 

 

El testimonio que causó mayor impacto fue el de un pastor protestante que tenía 

parálisis desde hacía algunos años, después de haber sufrido hemiplejia. Precisamente 

antes de la misa lo habían sacado de un taxi y lo habían trasladado en un sillón. Dios, que 

es un Padre de verdad y quiere unir a sus hijos en el amor, sanó a este pastor protestante 

durante la celebración de la Eucaristía. ¡Eso es verdadero ecumenismo a la manera de 

Dios! 

 

Al día siguiente, a la hora de los testimonios, este hombre se levantó solo de su 

silla, se dirigió tranquilamente al micrófono sin ayuda de nadie y allí, con sollozos en la 

garganta y las manos levantadas al cielo, agradecía al Señor. ¡Ustedes comprenderán la 

alegría que teníamos en el corazón! "Fortalézcanse las manos débiles". 

 

El trabajo había sido extenuante pero lleno de alegría. Los signos y prodigios de 

Jesús habían echado por tierra la teoría marxista sobre la muerte de Dios. Ya sólo nos 

quedaba la misa de clausura en el estadio donde había cupo para 40,000 personas. 

 

Yo estaba cansado y dije al padre Kombo: 

 

- Mañana me levantaré tarde. 

 

Todavía no me acostaba cuando recibí la poca grata visita de tres agentes de 

Seguridad Nacional que venían a buscarme, pero no precisamente para que orara por 

ellos. 

 

Me ordenaron seguirlos para un interrogatorio. Yo me dije: "No me digan que voy 

a tener otra vez la misma historia que en Yugoslavia". Los padres jesuitas no permitieron 

que saliera solo con los policías esa noche, recordando que en 1977 el Cardenal había 

salido solo con ellos y había sido eliminado. Así me acompañaron a la oficina de policía. 

Allí con los padres Martín y Kombo, supe que estaba prisionero. Me acusaban de haber 

entrado ilegalmente al país. En mi visa, supuestamente, faltaba un sello. Como no lo 

tenía, concluyeron con su lógica comunista que había entrado al Congo de noche, en 

chalupa o nadando. 

 

Yo estaba cansado y dije al padre Kombo: 

 

- Mañana me levantaré tarde. 

 

Todavía no me acostaba cuando recibí la poca grata visita de tres agentes de 

Seguridad Nacional que venían a buscarme, pero no precisamente para que orara por 

ellos. 

 

Me ordenaron seguirlos para un interrogatorio. Yo me dije: "No me digan que voy 

a tener otra vez la misma historia que en Yugoslavia". Los padres jesuitas no permitieron 

que saliera solo con los policías esa noche, recordando que en 1977 el Cardenal había 

salido solo con ellos y había sido eliminado. Así me acompañaron a la oficina de policía. 

Allí con los padres Martín y Kombo, supe que estaba prisionero. Me acusaban de haber 

entrado ilegalmente al país. En mi visa, supuestamente, faltaba un sello. Como no lo 

tenía, concluyeron con su lógica comunista que había entrado al Congo de noche, en 

chalupa o nadando. 

 

Hubo largos interrogatorios donde intentaron que me contradijera. Yo vi 

claramente que el motivo de mi detención era el mismo que en Yugoslavia: lo que yo 

predicaba y las señales que el Señor nos daba para acompañar su Palabra, contradecían 

las enseñanzas del gobierno marxista, aunque yo nunca hablara de política en mis 

 

 

conferencias. Yo me reía pensando cómo Jesús al que ellos consideraban que estaba 

muerto, les causaba tanto miedo y desasosiego. Tomaban tantas precauciones que daban 

la idea de que creían en su resurrección. 

 

En el interrogatorio que me hicieron durante las dos horas y media, llegaron incluso 

a preguntarme si acostumbraba decir mentiras. También me preguntaron si el Vaticano 

estaba de acuerdo con mi ministerio. ¡Un gobierno marxista velando la integridad de 

nuestro ministerio! 

 

Luego vino el interrogatorio al padre Kombo y al padre Martín. Mientras 

interrogaban a los otros jesuitas yo estaba con el padre Kombo contándole ciertos chistes 

y aventuras de mi ministerio. El padre reía de buena gana y yo estaba feliz. Nuestros 

vigilantes se enojaron de vernos tan contentos y entonces nos separaron a cada uno en un 

rincón. Parecíamos niños de escuela castigados. Esto nos hacía reír aún más pues no 

sabíamos que estaba prohibido estar alegres en la cárcel. 

 

Pasada la media noche, siendo devorados por los mosquitos, hice algo que nunca 

había tenido la oportunidad de realizar con tanta sinceridad. El Evangelio nos pide orar 

por aquellos que nos persiguen y nos calumnian. Así, en prisión, recé cinco rosarios por 

los agentes de seguridad. A las cinco de la mañana volví a casa de los jesuitas, con 

residencia vigilada y sin pasaporte. Toda aparición pública me estaba prohibida. Me 

advirtieron que el lunes por la tarde me harían otro interrogatorio. 

 

Ya de regreso, en casa de los jesuitas, me acosté e intenté dormir. A eso de las tres 

de la tarde me levanté bien descansado. En ese preciso momento el Señor puso un 

mensaje en mi corazón que me iluminó. Esta palabra resonaba claramente en mí como 

una profecía: 

 

- ¿Después de haber saboreado la embriaguez del Domingo de Ramos, no crees que 

es normal probar un poco de la Semana Santa...? 

 

Yo respondí: 

 

- Muy bien, Señor... con tal que no hayamos llegado al Viernes Santo... 

 

Todo era sencillamente una treta para detener las manifestaciones de fe previstas 

para el lunes en la tarde y el martes en el estadio. Estaban cansados de las señales que 

volvían a probar al pueblo del Congo que el Evangelio es verdad, que Jesús es el Mesías 

y que no hay que esperar ningún otro salvador. Sólo Jesús salva. 

 

Durante esa noche de interrogatorios, ante un tribunal de cinco agentes de 

Seguridad, comprendí mucho mejor la malicia de Satanás y la estupidez de los hombres 

que se dejan engañar por falsas ideologías. 

 

Esa noche regresaron a buscarme para otro interrogatorio de tres horas. El martes 

en la tarde, el pueblo que creía poder celebrar la misa de acción de gracias y de curación 

en el estadio de la revolución, llegó por miles. Había incluso gente de Camerún y del 

Zaire. Cuando supieron que estaba prisionero, hubo muchas murmuraciones en el pueblo. 

 

Por fin, el martes por la tarde, fue el último interrogatorio que duró desde las siete y 

media hasta las once de la noche. Me dijeron que recibiría mi pasaporte al día siguiente 

por la mañana. El Arzobispo fue a visitarme varias veces. Se sentía muy humillado con 

esta historia. El miércoles 12 de octubre, a las diez, me daban mi libertad. Tomamos 

juntos la última comida y a la una de la tarde me embarqué para cruzar de nuevo al Zaire 

y llegar a país libre. ¡Viva la libertad! 

 

En el Zaire tenía un retiro de tres días con líderes de la Renovación. Antes del 

retiro, fui a saludar al Cardenal Malula de Kinshasa, en compañía del padre Guy. El 

Cardenal se mostró muy amable y atento. Brevemente le conté lo que el Señor había 

 

 

hecho en el Congo. Cuando le hablé de la curación de dos sordomudos, cinco paralíticos, 

dos ciegos y muchos otros enfermos, él me escuchaba con los ojos cuadrados. 

Admiradísimo, me pregunto: 

 

- Pero, padre, ¿cómo explica usted todo esto? 

 

Yo le contesté: 

 

- Es que el Evangelio es verdad. 

 

El me respondió inmediatamente: 

 

- Usted va a celebrar una Eucaristía pública por nuestros enfermos de Kinshasa. 

Voy a solicitar el Palacio del Pueblo para que haya espacio para todos. El domingo por la 

tarde, terminando el retiro para los líderes, celebraremos la Eucaristía para nuestros 

enfermos. Voy a hacer que se invite a todas las iglesias de la ciudad. 

 

Tal como se programó, el domingo por la tarde, en la explanada del Palacio del 

Pueblo -la misma donde el Papa había celebrado la Eucaristía- el Cardenal y otros 

sacerdotes celebramos la misa para el pueblo del Zaire ante diez mil personas. Este 

inmenso Palacio del Pueblo, de gran elegancia, con un estacionamiento para mil autos, 

fue construido por Mao Tse Tung para atraer al pueblo el marxismo. La gran explanada 

exterior, hasta la fecha, ha servido sólo en dos ocasiones: para la misa del Papa y la 

nuestra. Hasta los enemigos del Evangelio doblan la rodilla delante del Señor Jesús. 

 

En la homilía conté lo que he visto desde hace diez años en la Renovación por los 

cinco Continentes y sobre todo lo que acabo de vivir en el Congo. El Señor los bendijo 

mucho. De tal modo que nos pidieron otra Eucaristía para los enfermos el lunes por la 

tarde, en el mismo lugar. Esta vez la multitud rebasaba en mucho las treinta mil personas. 

Yo recordé la profecía que el Señor nos había dado en Pimentel, cuando le 

preguntábamos por qué nos enviaba tanta gente: "Evangelicen a mi pueblo. Quiero un 

pueblo de alabanza." 

 

En esta segunda misa hubo bellos testimonios de personas que habían sido curadas 

el domingo por la tarde y la gloria de Dios seguía brillando. Justamente al final, a eso de 

las siete de la noche, el Cardenal dio su bendición y la lluvia comenzó a caer. Desde 

hacía largos meses no llovía en el Zaire y las gentes fueron cantando, viendo en esta 

lluvia otra bendición. "El desierto y el sequedad se alegren, regocíjese la estepa y 

florezca como flor" 

 

Esta carta, un poco larga, les da una idea del librito que estoy preparando para 

contarles lo que he visto y oído desde el día de mi curación, hace diez años. Con mi 

curación recibí la gracia de descubrir como nunca el poder de la oración y la presencia 

del Espíritu Santo en la Iglesia de hoy. ¡Doy gracias al Señor por poder vivir con todos 

ustedes este nuevo Pentecostés! 

 

Los bendigo de todo corazón. ¡Unión de oración, siempre! 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO VIAJE 

 

 

 

Quiero terminar estas líneas con un curioso incidente: después de una serie de 

retiros en la Polinesia por quince días, me tiré en el asiento del avión para descansar. 

Mientras el avión se elevaba por encima de las nubes y tenía la impresión de casi tocar el 

cielo, comencé a escuchar un cassette de John Littleton que cantaba "no se han 

terminado; tus viajes no se han terminado" 

 

Estas palabras me llegaron al corazón como una profecía y dije en voz alta: 

"AMEN". La persona que estaba sentada junto a mí leyendo un periódico me miró por 

arriba de sus lentes pensando que yo era un loco que hablaba solo... 

 

Ciertamente mi viaje ha comenzado hace cincuenta y cinco años cuando vine a este 

mundo por un acto del infinito amor eterno de Dios. Ahora ya he emprendido el retorno a 

la Patria definitiva, la Jerusalén celestial, donde no hay luto ni llanto, enfermedad ni 

muerte. Cada día estoy más cerca de la Casa siempre abierta donde el buen Jesús fue a 

prepararme un lugar entre todos los santos. 

 

Sueño con el amanecer en que llegaré de las puertas de cuarzo y las murallas 

asentadas en jaspe. Ya me veo caminando por las calles de oro a la ribera del mar de 

cristal de la Nueva Jerusalén; adornada con rojos rubíes, verdes esmeraldas y topacios 

amarillos. Me bañaré en el agua de vida, brillante como la plata, que brota del trono del 

Cordero, al lado de los árboles que retoñan y dan frutos medicinales doce veces por año. 

 

El viaje se ha iniciado y no tiene regreso. Como la cierva anhela las corrientes de 

agua viva, así mi carne languidece y mi corazón grita de alegría a causa de Dios vivo. Un 

remolino centrípeto me atrae más aceleradamente a la Jerusalén de arriba. Sólo por una 

razón quisiera que se alargara mi viaje: por el embriagante vértigo que me hace esperar lo 

que espero. 

 

En un abrir y cerrar de ojos, al toque de la trompeta, le conoceré cara a cara; me 

poseerá y lo poseeré junto a las murallas de la Santa Sión. 

 

Grabada con la sangre de Cristo, me ha llegado una invitación personal para 

participar en las Bodas de el Cordero. La novia ha sido engalanada con dones y carismas, 

embellecida con una diadema de estrellas y sol. Su vestido está esmaltado de virtud y sus 

ojos brillan con el fulgor de su Amado. 

 

En estos últimos años he sido testigo de las obras, del amor y la misericordia de 

nuestro Dios. Si El es tan grande en sus obras ¿cómo será El mismo? Si tan luminoso son 

los rayos de su misericordia ¿cómo será en la visión que no engaña? 

 

Por eso, mientras vuelo en avión o monto en burro, siempre voy cantando: 

 

Que alegría cuando me dijeron. "Vamos a la Casa del Señor." 

 

Ya se posan mis pies en tus umbrales, Jerusalén. 

 

Mi Señor y mi Dios, quiero dirigirte a ti mis últimas palabras: 

 

Dios mío, tú que me escrutas y me conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me 

levanto; mis pensamientos calas desde lejos, observas si voy de viaje o si me acuesto, 

familiares te son todas mis sendas. 

 

No está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Dios mío, la conoces entera. Me 

aprietas por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano. 

 

 ¿A dónde iré lejos de tu Espíritu, a dónde de tu rostro podré huir? Si hasta los 

cielos subo, allí estás tú, si en el sheol me acuesto, allí te encuentro. 

 

 

Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu 

mano me conduce, tu diestra me aprehende. 

 

Aunque diga. "me cubra al menos la tiniebla, y noche sea la luz en torno a mí" la 

misma tiniebla no es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día. 

 

Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; te doy 

gracias por tan grandes maravillas; prodigio soy, prodigios son tus obras... 

 

Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando yo era 

hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. 

 

Mis acciones tus ojos las veían, todas ellas estaban en tu libro, escritos mis días, 

señalados, sin que ninguno de ellos existiera. 

 

¡Cuán insondables, oh Dios, tus pensamientos, que incontable su suma! ¡Son más, 

si los recuento, que la arena! y al terminar ¡todavía me quedas tú!