Jesús
Está Vivo
Imprimatur
+ Nicolás
de Jesús López
Arzobispo
de Santo Domingo
30 de mayo
de 1984
CONTENIDO
PRESENTACIÓN
6
1.- TUBERCULOSIS
PULMONAR 7
2.- NAGUA
Y PIMENTEL 10
A. NAGUA
10
B. PIMENTEL
12
a. Primera
reunión 12
b. Segunda
reunión 13
c. Tercera
reunión 13
d. Cuarta
reunión 14
e. Quinta
reunión 14
f. Domingo
de Ramos 16
g. La Semana
Santa 17
3.- ¡JESÚS
ESTÁ VIVO! 22
4.- LA
PALABRA DE CONOCIMIENTO 28
5.- LA
CURACIÓN 32
A. ENFERMEDAD
DEL CUERPO Y CURACIÓN FÍSICA 32
a. Jesús
33
b. La Iglesia
33
c. Los
signos 34
d. Milagros
y Curaciones 35
Oración
por curación Física 39
B. ENFERMEDAD
DEL CORAZÓN Y CURACIÓN INTERIOR 40
a. Raíz
del Problema 41
Oración
de curación interior 43
b. La oración
44
-En el
Nombre de Jesús 44
-Por la
Sangre del Cordero 45
-Por las
llagas de Jesús 45
-Orar en
Lenguas 45
-Intercesión
de María 45
C. ENFERMEDAD
DEL ESPÍRITU Y RECONCILIACIÓN 45
D. CONVALESCENCIA
48
a. La vida
sacramental 48
b. La Oración
48
c. Lectura
de la Palabra 49
d. La Comunidad
49
e. El Servicio
49
6.- LA
LIBERACION 50
A. LA OPRESIÓN
51
B. LA OBSESIÓN
52
a. La Oración
de Liberación 53
b. Auto
liberación 54
C. LA POSESIÓN
54
7.- AYUDAS
PARA LA SANACIÓN 55
A. EVANGELIZANDO
55
B. FE EXPECTANTE
56
C. ARREPENTIMIENTO
57
D. PERDONANDO
60
E. ORACIÓN
EN COMUNIDAD 61
F. ORACIÓN
DEL ENFERMO 62
G. INTERCESION
DE MARÍA 62
H. ABANDONO
64
l.
ORACIÓN EN LENGUAS 65
J. RENUNCIA
A SATANÁS 66
8.- CINCO
CARTAS 67
9.- EL
ÚLTIMO VIAJE 83
JESÚS
ESTÁ
VIVO
PRESENTACIÓN
Es imposible
dejar de hablar de lo que se ha visto y oído. Es justo, digno y
necesario,
levantar la voz a todo el mundo proclamando algunas de las maravillas que
el
Señor
ha hecho en estos últimos años.
Estas líneas
son una alabanza y una acción de gracias de todos los que de alguna
manera
hemos sido beneficiados por la gracia de Dios a lo largo de este ministerio
de
evangelización
acompañado de signos, milagros y curaciones.
Esto es
un testimonio. El Evangelio, antes de consignarse por escrito fue
proclamado
y aún antes vivido. Atrás de estas líneas late viva
la proclamación del
evangelizador;
casi podemos escuchar la voz del predicador; pero sobre todo, podemos
encontrarnos
con Aquel que es el evangelio mismo: Cristo Jesús que es el mismo
ayer,
hoy y por
siempre. El es el centro de estos renglones.
El padre
Emiliano Tardif es sólo como el burrito del Domingo de Ramos a quien
le
ha tocado
la suerte de llevarlo por los cinco continentes. Como al pollino de Betfagé
le
han tocado
a veces mantos de flores como en Tahití pero también cárceles
y
persecuciones
como en el Congo. Lo importante no es el vaso de barro sino el tesoro que
lleva dentro:
el mismo Jesucristo.
Este no
es algo técnico para aprender a orar por los enfermos, sino el testimonio
de
que nuestro
Dios sana hoy a sus hijos enfermos. Tampoco es de curación sino
de
evangelización.
Es un grito que se levanta dando esperanza a todos aquellos que se
atreven
a creer que el Jesús que murió en la cruz ha resucitado y
está vivo; y por tanto,
todo es
posible. ¿Qué de extraño tiene que nuestro Dios haga
maravillas si El es un Dios
maravilloso?
En fin,
lo que menos necesitan estas letras es una introducción o presentación.
1
TUBERCULOSIS
PULMONAR
En 1973,
yo era provincial de mi Congregación, Misioneros del Sagrado Corazón,
en la República
Dominicana. Había trabajado demasiado, abusando de mi salud en los
16
años
que tenía como misionero en el país. Pasé mucho tiempo
en actividades materiales,
construyendo
iglesias, edificando seminarios, centros de promoción humana, de
catequesis,
etc. Siempre estaba buscando dinero para edificar casas y para dar alimento
a
nuestros
seminaristas.
El Señor
me permitió vivir todo ese activismo y, por el exceso de trabajo,
caí
enfermo.
El 14 de junio de ese año en una asamblea del Movimiento Familiar
Cristiano
me sentí
mal, muy mal. Tuvieron que llevarme inmediatamente al Centro Médico
Nacional.
Estaba tan grave que pensaba que no podría pasar la noche. Creí
realmente que
me iba
a morir pronto. Muchas veces había meditado sobre la muerte y predicado
sobre
ella, pero
nunca había hecho el ensayo de morirme, y esto no me gustó
Los médicos
me hicieron análisis muy detenidos, detectándome tuberculosis
pulmonar
aguda. Al ver que estaba tan enfermo pensé volver a mi país,
Quebec, Canadá,
donde nací
y vive mi familia. Pero estaba tan delicado que no podía hacerlo
entonces.
Tuve que
esperar quince días bajo tratamientos con reconstituyentes, para
realizar el
viaje.
En Canadá
me internaron en un centro médico especializado donde los médicos
me
volvieron
a examinar, pues querían estar bien seguros de cuál era mi
enfermedad. El mes
de julio
se lo pasaron haciendo análisis, biopsia, radiografías, etc.
Después de todos estos
estudios,
confirmaron de manera científica que la tuberculosis pulmonar aguda
había
lesionado
gravemente los dos pulmones. Para animarme un poco me dijeron que tal vez
después
de un año de tratamiento y reposo podría volver a mi casa.
Un día
recibí dos visitas muy peculiares. Primero llegó el sacerdote
director de
RND -Revista
"Notre Dame"- quien me pidió permiso de tomarme una fotografía
para el
artículo:
"Cómo Vivir con su Enfermedad".
Aún
él no se despedía cuando entraron cinco seglares de un grupo
de oración de la
Renovación
Carismática. En República Dominicana me había burlado
mucho de la
Renovación
Carismática, afirmando que América latina no necesitaba don
de lenguas
sino promoción
humana, y ahora ellos venían a orar desinteresadamente por mí.
Estas visitas
tenían dos enfoques totalmente diferentes: el primero para aceptar
la
enfermedad.
El segundo para recobrar la salud.
Como sacerdote
misionero pensé que no era edificante rechazar la oración.
Pero,
sinceramente,
la acepté más por educación que por convicción.
No creía que una simple
oración
pudiera conseguirme la salud.
Ellos me
dijeron muy convencidos:
- Vamos
a hacer lo que dice el Evangelio: Impondrán las manos sobre los
enfermos
y éstos
quedarán sanos. Así que oraremos y el Señor te va
a sanar.
Acto seguido
se acercaron todos a la mecedora donde yo estaba sentado y me
impusieron
las manos. Yo nunca había visto algo semejante y no me gustó.
Me sentí
ridículo
debajo de sus manos y me daba pena con la gente que pasaba afuera y se
asomaba
por la puerta que se había quedado abierta.
Entonces
interrumpí la oración y les propuse: - Si quieren, vamos
a cerrar la
puerta...
- Sí, padre, cómo no, - respondieron.
Cerraron
la puerta, pero ya Jesús había entrado.
Durante
la oración yo sentí un fuerte calor en mis pulmones. Pensé
que era otro
ataque
de tuberculosis y que me iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús
que me
estaba
tocando y sanando mis pulmones enfermos. Durante la oración hubo
una profecía.
El Señor
me decía. "Yo haré de ti un testigo de mi amor". Jesús
vivo estaba dando vida,
no sólo
a mis pulmones sino a mi sacerdocio y a todo mi ser.
A los tres
o cuatro días me sentía perfectamente bien. Tenía
apetito, dormía bien y
no había
dolor alguno. Los médicos estaban preparados para comenzar inmediatamente
el
tratamiento.
Sin embargo, ningún medicamento les respondía de acuerdo
a mi supuesta
enfermedad.
Entonces mandaron traer unas inyecciones especiales para gentes cuyo
organismo
no es normal, pero tampoco hubo reacción alguna.
Yo me sentía
bien y quería regresar a casa, pero ellos me obligaron a pasar el
mes
de agosto
en el hospital buscando por todos lados la tuberculosis que se les había
escapado
y no podían encontrar.
Al final
del mes, después de muchos experimentos el médico responsable
me dijo:
- Padre,
vuelva a su casa. Usted está perfectamente, pero esto va en contra
de todas
nuestras
teorías médicas. No sabemos lo que ha pasado.
Luego,
encogiendo los hombros, añadió:
- Padre,
usted es un caso único en este hospital.
- En mi
Congregación también -le respondí riendo.
Salí
del hospital sin recetas, medicinas ni cuidados especiales. Me fui a casa
pesando
sólo 110 libras (50 kilos). El hospital que me iba a curar de tuberculosis
me
estaba
matando de hambre.
Quince
días después apareció el número 8 de la Revista
"Notre Dame". En la
página
cinco estaba mi fotografía del hospital: sentado en la célebre
mecedora, con
sondas,
cara triste y mirada pensativa. Abajo de la fotografía decía:
El enfermo debe
aprender
a vivir con su enfermedad, acostumbrarse a las alusiones veladas a las
preguntas
indiscretas...
y a los amigos que ya no volverán a mirarlo de la misma manera".
Pero mi
salud echó
a perder su número.
El Señor
me había sanado. Mi fe era muy pequeña, tal vez del tamaño
de un grano
de mostaza,
pero Dios era tan grande que no había dependido de mi pequeñez.
Así es
nuestro
Dios. Si estuviera condicionado a nosotros, no sería Dios.
De esa
manera yo recibí en carne propia la primera y fundamental enseñanza
para
el ministerio
de curación: El Señor nos sana con la fe que tenemos. No
nos pide más, sólo
eso.
El 15 de
septiembre asistí a la primera reunión de oración
carismática de mi vida.
Ni sabía
lo que era eso, pero fui, puesto que me había curado y las personas
que habían
orado por
mí me pidieron que diera el testimonio de mi sanación.
Comencé
a trabajar un poco ese mes de septiembre y le escribí a mi superior
para
que el
año que yo debía estar hospitalizado me permitiera pasarlo
estudiando la
Renovación
Carismática en Canadá y Estados Unidos. Me dio permiso y
fui a los centros
más
importantes de Quebec, Pittsburg, Notre Dame y Arizona.
Recuerdo
que estaba en los Angeles celebrando misa con mi sobrina y un amigo.
Después
de leer el Evangelio en francés quise comentarlo, pero pasó
algo muy curioso:
sentí
como que la mejilla se me adormecía y comencé a hablar algo
que no entendía. No
era ni
francés, ni inglés, ni español. Cuando terminé
de hablar, exclamé sorprendido:
- No me
digan que voy a recibir el don de lenguas...
- Eso es
lo que tú ya recibiste, tío -respondió mi sobrina-.
Tú estabas hablando en
lenguas.
Tanto que
yo me había burlado del don de lenguas y el Señor me lo regaló
en el
momento
en que iba a predicar. Así descubrí ese don tan hermoso del
Señor.
2
NAGUA Y
PEMENTEL
A.- NAGUA
Después
del año que supuestamente debía pasar en el hospital regresé
a la
República
Dominicana. Mi superior me destinó a una parroquia en la ciudad
de Nagua.
Al llegar
convoqué unas cuarenta personas para darles el testimonio de mi
curación.
Recuerdo que invité a los enfermos a pasar el frente para orar por
ellos. Para mi
sorpresa,
había más gente en el grupo de enfermos que entre los sanos.
Esa noche al
Señor
se le ocurrió sanar a dos de ellos. La asamblea estalló en
gran alegría y los sanados
daban testimonio
por todas partes. Así, humildemente, comenzó una historia
que no nos
Imaginábamos
sería tan maravillosa.
A partir
de las curaciones que el Señor realizaba, nuestro grupo se asemejaba
al
Banquete
del Reino de los Cielos: los invitados eran los cojos, los sordos, los
mudos y los
pobres.
Cada semana
el Señor sanaba enfermos. En agosto sanó a doña Sara
que tenía
cáncer
en la matriz. Ella estaba desahuciada y la habían regresado del
hospital para que
muriera
en su casa. La llevaron a la reunión y durante la oración
por los enfermos sintió
un profundo
calor en el vientre y comenzó a llorar. Poco a poco se dio cuenta
que la
enfermedad
desaparecía A los quince días estaba completamente sana y
volvió al grupo
de oración
para dar su testimonio, llevando en sus manos su mortaja; los vestidos
que sus
hijos le
habían comprado para el día de la sepultura.
La gente
venía en gran número. Todos cantaban con alegría y
alababan a Dios
espontáneamente.
Ante las curaciones y prodigios estallaban de gozo y contaban a todo
mundo lo
que pasaba en la parroquia. A raíz de estas reuniones tan festivas
y hermosas
algunos
sacerdotes comenzaron a decir sarcásticamente:
- El padre
Emiliano se sanó de tuberculosis pero se enfermo de la cabeza.
Porque
oraba en lenguas y creía en el poder sanador de Cristo, afirmaban
que me
había
vuelto loco.
El Señor
nos dijo mediante profecía:
"Yo trabajo
en la paz. Les doy mi paz. Sean mensajeros de paz. Comienzo a
derramar
mi Espíritu en ustedes. Es un fuego devorador que va a invadir a
la ciudad
entera.
Abran los ojos porque verán señales y prodigios que muchos
desearon ver y no
vieron.
Yo lo digo y yo lo hago".
Estábamos
delante de la obra del Señor. De eso estábamos seguros. Los
milagros
continuaron
tan numerosos que no los podría contar: parejas que vivían
en concubinato
se casaron,
jóvenes fueron liberados de las drogas y el alcoholismo. Era la
pesca
milagrosa:
después de haber pasado mucho tiempo lanzando el anzuelo, ahora
el Señor
llenaba
tanto las redes que hasta se me imaginaba que la barca se hundiría
(Lc 5, 7).
Jesús
estaba liberando a su pueblo de las cadenas de esclavitud. Los jóvenes
que ya
no se interesaban
por la Iglesia y la fe, comenzaron a encontrar y proclamar que Jesús
era
su libertador.
En un retiro
parroquial proclamamos a Jesús y luego oramos por la salud de los
enfermos
durante la Eucaristía. La primera palabra de conocimiento que tuve
fue: "aquí
hay una
mujer que está siendo curada de cáncer. Ella siente un fuerte
calor en su vientre".
Seguí
orando y hubo otras palabras de conocimiento que fueron confirmadas por
los
testimonios.
Sin embargo, nadie reportó la primera.
Al día
siguiente una señora delante del micrófono dijo a todos:
- Tal vez
se sorprendan por verme aquí. Soy pecadora pública que he
pasado
muchos
años en la prostitución. Ayer quise venir a misa de sanación,
mas por la vida que
he llevado,
me dio vergüenza entrar y me quedé un poco lejos, atrás
de la empalizada.
Estaba
enferma de cáncer. Incluso llevo dos operaciones que no han detenido
la
enfermedad,
pero cuando el sacerdote dijo que una persona estaba siendo curada de
cáncer
sentí que era yo.
El Señor
la sanó no sólo de cáncer de su cuerpo, sino también
del cáncer de su
alma. Se
arrepintió y comulgó al día siguiente. Cuando la vi
comulgar con tanta alegría y
lágrimas
de felicidad en su rostro, recordé el regreso del hijo pródigo
que come el becerro
cebado
que su padre le había hecho matar. Ella estaba recibiendo al mismo
Cordero de
Dios que
quita el pecado del mundo, purificando su alma y cambiando su vida. Ella
regresó
al prostíbulo para testificar a sus compañeras con lágrimas
en los ojos:
- No vengo
a decirles que dejen esta vida. Sólo quiero hablarles de mi amigo
Jesús
que me
rescató y cambió mi vida.
Les contó
su curación y conversión. Luego pidió permiso para
hacer un grupo de
oración
en el mismo prostíbulo y todos los lunes se cerraban las puertas
al pecado y se
abría
el corazón a Jesús. Había oración, lectura
de la Palabra y cantos.
El Señor
no terminó allí su obra. Después de un año
se organizó un retiro para 47
prostitutas
de la ciudad. Es el retiro donde he visto actuar con más poder la
misericordia
de Dios.
Hubo arrepentimiento,
conversión y confesiones. 27 dejaron su antigua vida, y
según
informes recientes, 21 han perseverado en el camino del Señor. Algunas
hasta se
han vuelto
catequistas; otras animan grupos de oración testificando poderosamente
cómo
el amor
misericordioso de Dios las ha transformado
De las
21 casas de prostitución que había en la calle Mariano Pérez
no quedaron
más
que cuatro. Personas del mismo grupo de oración visitaron todas
estas casas y el
Señor
las transformó.
Aquí
conviene mencionar otro caso de una de estas mujeres, de las cuales Jesús
dice que
aventajarán a los escribas y fariseos en el Reino de los Cielos:
Diana fue
tocada por el amor de Dios y ella se entregó al Señor Sin
embargo, su
restablecimiento
fue lento y doloroso. Incluso tuvo una recaída en su antigua vida
a causa
de problemas
económicos. Cuando se hallaba lejos, el Señor le habló
y le dijo:
- Diana,
quien me sigue, camina en la luz y no le falta nada.
Ella se
arrepintió y volvió al Señor. Hasta que se hizo catequista
y hoy día testifica
con gran
poder en los retiros la misericordia del Señor, formando parte de
un equipo de
evangelización
y ya quisieran muchos sacerdotes el poder que ella tiene para proclamar
la vida
nueva en Cristo Jesús.
Según
estadísticas en Nagua había unas 500 casas de prostitución.
Más de un 80%
cerró
sus puertas. No todas se convirtieron pero sí todas fueron alcanzadas
por el mensaje
de Jesús
vivo. Incluso varias de estas casas que estaban al servicio del pecado
y el
egoísmo,
se convirtieron en casas para grupos de oración. Fue tan notorio
el cambio que
llegaron
a decir: "Nagua era la ciudad de la prostitución, pero ahora es
la ciudad de la
oración"
Hoy día
no hay calle en Nagua sin grupo de oración. Estos son grupos
evangelizadores
que anuncian y llevan a las personas a un encuentro personal con Jesús
vivo.
El caso
de Nagua nos da una idea ahora de lo que son los carismas en la
evangelización.
No son adornos accidentales, sino vehículos de evangelización.
Hay muchos
que niegan los carismas, diciendo que no tienen importancia.
Simplemente
les recuerdo que Nagua fue sacudida por el Evangelio y cambió su
fama de
"la ciudad
de la prostitución" gracias a un retiro de prostitutas. Este retiro
se llevó a cabo
por una
mujer que, como María Magdalena, siguió a Jesús y
luego lo testificó. ¿Por qué?
Porque
fue sanada de cáncer.
Una humilde
curación física desencadenó una transformación
social. Así se
instaura
el Reino de Dios, a través de acontecimientos tan pequeños
y sencillos que,
como granos
de mostaza, al germinar dan fruto abundante.
¿Quiénes
somos los hombres para desechar los caminos de Dios?
B.- PIMENTEL
Yo estaba
muy feliz en Nagua trabajando con los grupos de oración, mas el
Espíritu
Santo me
tenía preparada una gran sorpresa. En verdad que los caminos de
Dios son
diferentes
a los nuestros (Is 55, 8), pero incomparablemente mejores de lo que podemos
pedir o
pensar (Ef 3, 20). El Padre provincial me pidió suplir temporalmente
a un párroco
que se
iba de vacaciones.
Sinceramente
me costaba mucho trabajo dejar Nagua. Siempre queremos
asegurarnos
con lo que tenemos y éste es el gran enemigo para abrirse a las
sorpresas del
Espíritu.
La vida en el Espíritu es una vida de despojo, de no hacer nuestras
las cosas de
Dios, ni
siquiera lo que llamamos "nuestro ministerio". Estamos llamados a ser eternos
peregrinos
que viven en tiendas provisionales, dispuestos siempre para el viaje, sin
boleto
de regreso.
Sólo cuando nada poseemos es cuando somos capaces de tenerlo todo.
El 10 de
junio de 1974 llegué a mi nuevo destino: Pimentel, que es un pueblo
simpático,
situado en el centro del país y enmarcado por una fértil
llanura, generosa en
arroz,
papa, cacao y naranja, gracias a las aguas de Río Cuaba. El pueblo
es apenas
cruzado
por una calle sin pavimentar donde transitan burros y uno que otro automóvil
o
tractor.
La Bandera Nacional que ondea en la municipalidad es saludada por la esbelta
palmera,
la acacia y el samán del parque público que está enfrente.
Del otro lado se
levanta
la parroquia de San Juan Bautista, cuyo nombre me hizo pensar que mi misión,
como la
de todo evangelizador, es de ser un precursor que anuncia la venida del
Salvador.
El Espíritu Santo me había traído aquí para
ser testigo de la luz de Cristo
resucitado.
Al llegar
me entrevisté con el párroco que ya tenía sus maletas
hechas. Sólo le pedí
que me
diera permiso de organizar un grupito de Renovación, porque sin
oración no
podía
trabajar. A él no le gustaba, tenía miedo. No me lo negó
porque yo lo iba a suplir
para que
se fuera de vacaciones, pero me dijo:
- Está
bien, haz el grupo, pero sin carismas.
- Bueno
-le contesté-, los carismas no los doy yo. Eso viene del Espíritu
Santo. Si él
quiere
dar carismas a tu gente ¿qué puedo hacer yo?
- Haz lo
que quieras -me contestó y se despidió.
El verano
de ese año fue muy caluroso, como presagio del fuego del Espíritu
que
nos invadiría.
El que no crea que tenemos un Jesús vivo que hoy hace maravillas,
no le
conviene
leer lo siguiente, pues le parecería increíble.
a.- Primera
reunión
Durante
las misas del primer domingo invité a la gente para una conferencia
sobre
la Renovación
Carismática, prometiéndoles contar el testimonio de mi curación.
Asistieron
unas 200 personas. Pero esa gente tenía tanta fe que en la noche
llevaron un
tullido
en una camilla. Se le había roto la columna vertebral y no había
vuelto a caminar
desde hacía
cinco años y medio.
Cuando
los vi llegar con él en la camilla pensé que eran demasiado
atrevidos, pero
me recordaron
a aquellos cuatro que llevaron a su amigo paralítico a Jesús
(Mc 2, 1-12).
Oramos
por él y le pedimos al Señor que por el poder de sus santas
llagas sanara a este
tullido.
El hombre comenzó a sudar abundantemente y a temblar. Entonces recordé
que
cuando
el Señor me sanó, yo también sentí mucho calor.
Así que le ordené:
- El Señor
te está sanando. ¡Levántate en el nombre de Jesús!
Le di la
mano y él me miró muy sorprendido. Con mucho esfuerzo se
levantó y
comenzó
a andar lentamente.
-
¡Sigue caminando en el nombre de Jesús! -le grité-
¡El Señor te está sanando!
El daba
un paso y otro paso. Llegó hasta el Sagrario y, llorando, daba gracias
a
Dios. Todo
el mundo alababa al Señor mientras el curado salía llevando
su camilla
debajo
del brazo. Ese día otras diez personas también fueron curadas
por el amor de
Jesucristo.
¡Qué
sed tiene la gente de oración! Se acercan a nosotros para pedirnos
que les
enseñemos
a orar. Como Jesús, debemos enseñarles orando con ellos.
No podemos
desaprovechar
esa maravillosa oportunidad. Si nosotros habláramos menos del Señor
y
habláramos
más con El, ¡qué pronto se transformaría nuestro
mundo! Es cierto que al
Señor
le agrada que hablemos de El, pero más le gusta que hablemos con
El.
b.- Segunda
reunión
El siguiente
miércoles llegaron más de 3,000 personas.
Entonces
realizamos la reunión en la calle porque no cabíamos en la
iglesia. Como
no se podía
hacer asamblea de oración con tanta gente, prediqué media
hora antes de
celebrar
la Eucaristía por los enfermos.
Había
allí una mujer llamada Mercedes Domínguez. Tenía 10
años completamente
ciega y
durante la oración por los enfermos sintió un intenso frío
en los ojos. Regresó a
su casa
muy emocionada, diciendo a todo mundo que podía ver un poco. ¡Al
día siguiente
amaneció
completamente sana!
El Señor
le abrió los ojos y ella abrió la boca para testificar por
todas partes su
maravillosa
curación. Esta sanación impresionó mucho a todo el
pueblo.
c.- Tercera
reunión
Imagínense
lo que sucedió la tercera semana. Nos fuimos al parque, al aire
libre,
para celebrar
la gloria del Señor. Era como cuando Jesús llegaba a Cafarnaúm
o Betsaida.
El mismo
Jesús, vivo, llegaba a nuestro pueblo. El parque parecía
la Piscina de Bezatá:
llena de
enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, esperando su curación.
Cf. Jn 5, 1-3.
"Bezatá"
significa "Casa de la Misericordia". Pimentel, el más pequeño
de los
pueblos,
se había convertido en el lugar escogido por Dios para mostrar su
misericordia.
El ministerio
de curación es el ministerio de la misericordia de Dios.
Esa noche
había más de 7000 personas. Hicimos lo mismo: predicar el
amor de
Jesús;
que él está vivo en su Iglesia y sigue actuando con signos
y prodigios. Celebramos
la misa
y de nuevo el Señor comenzó a sanar enfermos. Era algo casi
exagerado. Sucedía
como en
las bodas de Caná, que el Señor se le pasó la mano
con el vino: le sobró tanto
que se
podía organizar otra boda. Cuando le pedimos algo, él nos
da todo porque él no
tiene límite
en su poder ni en su amor. El no sana sólo a dos ni a tres; son
cantidades
enormes.
La policía
estaba muy molesta porque tenía que trabajar horas extras tratando
de
controlar
el excesivo tráfico en un pueblo tan pequeño. Entonces los
oficiales fueron ante
el jefe
de policía a pedirle que prohibiera esas reuniones. El jefe abrió
las manos y les
respondió
con una sonrisa:
-Yo también
hubiera querido suspenderlas, pero mi esposa se curó en una reunión
de éstas...
Ella tenía
doce años enferma y fue tocada por el amor de Dios. Después
de algunos
días
ambos recibieron el sacramento del matrimonio. ¡Qué maravilloso
es el Señor!
El Señor
había previsto todo; en vez de suspender la reunión tuvimos
18 policías
extras
para dirigir el tráfico durante el siguiente miércoles.
d.- Cuarta
reunión
Era el
9 de julio, aniversario de mi regreso a la República Dominicana.
Desde las 9
de la mañana
llegaban autobuses y camionetas con gente de todo el país. Hasta
los
taxistas
nos hacían propaganda, pues les convenía también a
ellos. Esa tarde había unas
20,000
personas en oración. Por tanta gente, nos tuvimos que subir al techo,
donde
colocamos
el altar y las bocinas.
¿Saben
ustedes cómo se "vengó" Dios de la policía que quería
acabar con las
reuniones?
Esa noche curó a un policía que sufría un derrame
cerebral que lo tenía
semiparalizado.
A partir de esto teníamos a todos los policías completamente
de nuestra
parte.
En verdad que la forma de terminar Dios con los problemas es mejor que
la
nuestra.
Una señora,
conocida por todo el pueblo, que tenía 16 años sorda, se
curó
completamente.
Sintió primero un zumbido y luego se dio cuenta que oía perfectamente
la predicación.
Al día siguiente fue al mercado y un empleado le dijo a otro compañero:
- Allí
viene la sorda, vamos a hacerle una broma moviendo nuestra boca, pero sin
pronunciar
ninguna palabra.
Pero ella
alcanzó a oír lo que decían y les contestó
muy contenta:
- No, señores,
ya no estoy sorda porque Cristo me sanó anoche.
Aparte
de estar curada daba testimonio del poder de Dios con buen humor.
Un hombre
que no podía caminar sino que gateaba, también se curó
en esa ocasión.
Hubo derroche
de milagros y prodigios. Vimos de todo. Era vivir a todo color, en vivo
y
directo,
lo que cuenta el Evangelio; era Jesús resucitado caminando entre
nosotros y
salvando
a su pueblo. Esa noche hubo más de cien curaciones, según
los testimonios
recibidos.
e.- Quinta
reunión
Para la
quinta reunión nuestro equipo de sonido resultó insuficiente.
La policía
calculó
en base a los metros cuadrados aquella multitud ¡eran 42,000 personas!
Vino
gente desde
Puerto Rico, Haití y de todas las parroquias del país. Las
calles estaban
llenas,
los tejados abarrotados y la pequeña carretera congestionada con
autobuses,
automóviles
y camionetas.
La gente
aumentó tanto, por la simple razón de que el Señor
Jesús no ha cambiado
todavía
su manera de trabajo. Mientras nosotros buscamos métodos pastorales
más
eficaces
y acordes con nuestro tiempo, el Señor continúa con el suyo:
él recorría la
Galilea
sanando a los enfermos; entonces las multitudes le seguían, y él
les predicaba la
Palabra
de salvación (Lc 6,17-23).
Hoy sigue
haciendo lo mismo: sana a los enfermos, la gente se reúne por miles
y
nosotros
proclamamos el Reino de Dios. Es sencillamente el Evangelio que se repite.
Comencé
a asustarme un poco, pues esa pobre gente quería tocarme y que orara
por
cada uno
de ellos. Esa noche me arrancaron todos los botones de mi saco y por poco
me
aplastan.
Otro problema era que las personas que habían viajado todo el día
no
encontraban
alimento en el pueblo y regresaban hambrientos, pero llenos del amor de
Dios.
Entonces
oramos y le pedimos al Señor su luz para saber qué debíamos
hacer con
tanta gente.
El nos había metido en aquellos problemas, él tenía
que sacarnos. Durante la
oración
nos dio un mensaje en lenguas a través de Evaristo Guzmán.
Para que no me
quedara
duda, a mí mismo me dio la interpretación:
"Evangelicen
a mi pueblo, yo quiero un pueblo de alabanza".
No debemos
temer las grandes multitudes. El Señor nos las manda para que les
proclamemos
su Palabra de salvación. Los que temen a los prodigios del Señor
le están
teniendo
miedo al Señor de los prodigios.
Algunos
se admiran de que el Señor responda tan pronto a las oraciones.
Yo les
digo que
lo asombroso sería que él, siendo tan bueno, no respondiera:
Antes que
me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y
yo les escucharé.
Is 65,25.
Pidan y
se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá.
Porque
todo el que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le
abrirá.
¿Qué
padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le de una piedra,
o, si
pide pescado,
en vez de pescado le da una culebra, o, si pide un huevo, le da un
escorpión?
Si
pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto
más
el Padre
del cielo dará al Espíritu Santo a los que se lo pidan!:
Lc 11,9-13.
- ¿Qué
pensaba Mons. Antonio Flores, Obispo de la Vega, de todo esto? El estaba
abierto,
pero inquieto ante tanta publicidad de la prensa, la radio y la televisión.
Fui a
visitarlo
y lo encontré en la capilla. Oramos juntos y estuvimos de acuerdo
en dividir la
inmensa
asamblea en pequeños grupos como lo habíamos hecho antes
en Nagua. Yo
regresé
feliz porque el Espíritu Santo, el Obispo y yo estábamos
en completo acuerdo
para dividir
aquel grupo.
Inmediatamente
hicimos un comunicado que se difundió por radio y televisión,
suspendiendo
la gran asamblea y recomendando a la gente que se reuniera en su propia
parroquia
para orar.
El Señor
tenía un plan con los acontecimientos de Pimentel: despertar a su
pueblo,
sacudir
a su Iglesia y mostrar con signos y prodigios que él está
vivo y da su vida en
abundancia
a los que creen en su nombre.
Comenzaba
entonces otro tipo de trabajo; más a fondo y más delicado:
formar a los
responsables
de los pequeños grupos de oración. Tuvimos un retiro el fin
de semana con
los más
comprometidos. Les explicamos lo que es la reunión de oración,
la Renovación
Carismática,
el Bautismo en el Espíritu Santo y los carismas... y los encomendamos
a la
gracia
de Dios. (Hech 20,32) Tres días después ellos estaban coordinando
más de 45
grupos
en distintos lugares de la parroquia. Había grupos abajo de los
árboles, en la
iglesia,
en las casas y por todos lados. Toda la ciudad se había convertido
en Casa de
oración.
Para que
la gente tuviera fija la vista en Jesús y no en hombre alguno, esa
noche yo
me iba
lejos de la parroquia. El Señor, sin embargo, se quedaba y seguía
curando a los
enfermos.
En una
visita que hicimos en 1984 en vistas a la publicación de este libro,
nos
regalaron
un cuaderno donde están anotados 224 testimonios de curaciones realizadas
en
el grupo
que se reunía en la casa de Guara Rosario en la calle Colón.
Simplemente en la
reunión
del 13 de noviembre de 1975 dan 22 testimonios de curaciones. Poco después
dejaron
de consignarlos por escrito porque "ya eran demasiados".
Les preguntamos
también si el Señor seguía manifestándose ahora
tanto como
entonces,
a lo cual nos respondieron con maravillosa sencillez:
- No, no
tanto, pero es que ahora ya no hay tantos enfermos.
f.- Domingo
de Ramos
El Señor
entró triunfalmente no sólo en el pequeño pueblo de
Pimentel, sino en el
país
entero y más allá de sus fronteras. Todo fue tan maravilloso
que me parecía un
sueño.
Nunca había encontrado mi vocación misionera tan fascinante
y hermosa.
El Señor
entró en los medios de comunicación curando a la madre de
un locutor de
televisión.
Este locutor se encargó de testificar el milagro delante de las
cámaras.
También
el Señor llegó hasta la Cámara de Diputados curando
del cuello a una
diputada
en la Asamblea Nacional.
Más
tarde me di cuenta de que los editores de la revista francesa "Il est vivant"
le
escribieron
al Obispo preguntándole sobre la autenticidad de lo acaecido en
Pimentel: El
Señor
Obispo respondió a su carta el 15 de octubre de 1975 diciendo textualmente:
"El
testimonio
del Padre Emiliano Tardif M.S.C. es auténtico". Esta carta fue publicada
en
dicha revista
en el número 6-7.
Esos días
era como estar en la cumbre del Tabor contemplando la gloria del Señor.
Era compartir
con Jesús aquello que le dijo su Padre: Tú eres mi hijo muy
amado en
quien yo
tengo mis complacencias.
El 16 de
julio el Señor nos previno en profecía, anunciándonos
que seríamos
atacados,
y ridiculizados, pero que no deberíamos temer, pues él ya
había vencido al
mundo.
Pasaron
tres meses y el párroco que estaba de vacaciones regresó.
Se sorprendió
con todo
lo que encontró y lo que la gente contaba. Todo era tan extraordinario
que no
podía
creerlo.
El Señor
había visitado su pueblo suscitando una fuerza salvadora en su parroquia,
haciendo
misericordia con los suyos, encendiendo una luz en medio de las tinieblas
para
que, libres
de temor, pudiéramos servirle en santidad y justicia todos los días
de nuestra
vida.
El Señor
había sanado a hombres y mujeres, un policía y una niña,
gentes que
venían
de lejos y enfermos incurables. El había evangelizado a su pueblo
anunciándole la
Buena Nueva
del Reino, sirviéndose incluso de los medios de comunicación
como la
prensa
y la televisión. Era el Domingo de Ramos en el que el Señor
entraba triunfal a su
pueblo.
Al dejar
la parroquia para regresar de nuevo a Nagua, la calle estaba vacía.
El
viento
soplaba suavemente meciendo las palmeras y acariciando la Bandera Nacional
que
habían
sido testigos de las maravillas del Señor. Sentí nostalgia
de aquellas multitudes.
En eso
pasó trotando alegremente un borriquito que se me quedó mirando
con sus
grandes
ojos. Rebuznó, me mostró una amplia sonrisa con su abundante
dentadura, como
queriéndome
decir: tú eres simplemente el burro que trajo a Jesús a este
pueblo y ahora
debes regresar
otra vez a Betfagé. La gloria, las palmas y los reconocimientos
son para el
que tú
cargabas; no para ti. Tú, como Juan Bautista, debes disminuir para
que Cristo
crezca.
Emiliano debe morir para que Cristo viva en él. Tu gloria es que
Cristo sea
glorificado;
tu privilegio, anunciar el Evangelio.
El burro
movió la cola diciéndome "adiós" y se alejó.
Yo regresé a Nagua
brincando
de alegría.
g.- La
Semana Santa
Todo había
sido como un crepúsculo con mil colores. El Señor se había
mostrado
espléndido;
mucho más de lo que nosotros nos hubiéramos podido imaginar.
Todavía no
despertábamos
del vino embriagador de su amor cuando unas negras nubes surcaron los
cielos.
De pronto todo se oscureció y se ocultó el sol. Aunque yo
sabía que el Señor
estaba
conmigo, los vientos de tempestad comenzaron a soplar furibundos.
El secretario
de Salud me acusó por la televisión de abusar de la ignorancia
del
pueblo,
haciéndolo creer que sanaba. Dijo que yo era un charlatán
y que engañaba al
pueblo;
que por qué no me iba a hacer lo mismo a un país desarrollado,
como Canadá.
Otros me
atacaron diciendo que, como extranjero, yo no conocía al pueblo
y que
todas esas
curaciones y milagros llevarían al pueblo a la brujería y
al espiritismo. Yo les
contesté
que en verdad yo no conocía tanto al pueblo pero sí conocía
bien a Jesús y él
jamás
nos lleva al espiritismo o a la brujería. Al contrario. Cuando él
actúa hace las cosas
bien y
no debemos tener miedo.
Por radio,
prensa y televisión hubo muchos ataques. En pocos días yo
era un brujo
y un mentiroso.
Porque creía y proclamaba que Jesús estaba vivo, salvaba
y curaba a su
pueblo,
decían que estaba loco, que era un fanático y otras cosas
más. En menos de 24
horas la
prensa que antes me admiraba ahora luchaba en contra mía. Entonces
comprendí
qué
frágil es la fama que el mundo ofrece y qué locura es buscar
la opinión de los demás.
En unas
cuantas horas se viene abajo la espuma de la gloria. Pero mi confianza
estaba en
Jesús,
que es el mismo, ayer, hoy y siempre. Como yo no había dependido
de ellos
cuando
hablaban bien de mí, tampoco me afectó cuando opinaban mal.
Yo estaba con
una paz
profunda en mi corazón.
Unos que
se decían psicólogos vinieron a decirme que era natural y
que no había
nada de
milagroso en que sucedieran tales curaciones; que todo era debido al contagio
de
masas y
a histeria colectiva. Simplemente les contesté que entonces me parecía
una gran
injusticia
que, sabiendo tanto de esto, ellos no organizaran reuniones cada tarde
para
curar a
todos los enfermos del país.
Otros nos
acusaban de emocionalistas. Yo les respondía que el emocionalismo
es
buscar
la emoción por la emoción, y nosotros buscábamos al
Señor, lo cual era siempre
emocionante.
Encontrar el Tesoro Escondido es emocionante y vibrante. El signo de que
alguien
encontró el Tesoro es la alegría que le da.
Otros atacaban
la inmadurez de la gente diciendo:
- Toda
esa multitud sólo viene por curiosidad y por los milagros de curación.
Yo les
contestaba:
- ¿Qué
importa la razón por la que ellos vienen? Lo importante es que estén
aquí
para que
los evangelicemos. Seguramente Zaqueo no se subió al sicómoro
para rezar el
santo rosario
sino por pura curiosidad, pues "quería ver a Jesús".
Tanto me
preguntaron si no me estaba volviendo loco que un día les contesté:
- Yo también
estoy preguntándomelo, pues ahora ya no sé hablar sino de
mi Señor
Jesucristo.
Los párrocos
vecinos se pusieron celosos. Un grupo del clero pidió que mi
Provincial
me sacara del país porque con esas tonterías yo iba a destruir
la estructura de
la Pastoral.
Yo les contesté que Jesús no había sido enviado a
salvar las estructuras
pastorales
sino a salvar a su pueblo y que eso era lo único que él estaba
haciendo en
medio de
nosotros.
Me acusaban
que yo estaba vaciando las parroquias, pero yo no invitaba a nadie.
Yo solamente
proclamaba el Evangelio.
Un sacerdote
le decía al P. Emiliano que estaba exagerando y que era necesario
ir
más
despacio. Su argumento era así:
- Si tú
me hablaras de dos o tres curaciones tal vez yo podría comenzar
a creer.
Pero ustedes
los carismáticos están locos, hablan de tantos milagros...
- Es que
tú no conoces realmente a Jesús -le dije.
- Sí
-me contestó- pero en el santuario de Lourdes tienen un Centro Médico
donde
estudian
las curaciones y dicen que hay muy pocas curaciones milagrosas. En cambio,
ustedes...
- Pero
-yo le contesté- el criterio de nuestra fe no es el Centro Médico
de Lourdes,
sino el
Evangelio y éste habla de tantos milagros...
San Marcos,
que es el más antiguo de los cuatro evangelios, nos relata 18 milagros
y curaciones
de Jesús en 16 capítulos. Si quitáramos los signos
de poder del Evangelio de
Marcos
nos quedaría una o dos páginas. Hay muchos que por haber
eliminado este
aspecto
tienen un Evangelio mutilado, pobre, reducido a doctrina y teorías.
El Evangelio
es vida
para vivirse, experimentarse y testificarse. La primera vez que el libro
de los
Hechos
de los Apóstoles se refiere al cristianismo lo define como "vida"
(Hech 5, 20).
Me atacaron
tanto de todos los frentes, hasta de los que se suponía estaban
del lado
de Jesús,
que tuve que sacar un artículo en la revista "Amigo del Hogar" en
agosto de
1975. Se
titulaba: "LA CULPA ES DE CRISTO". Entre otras cosas, decía lo siguiente:
"Ante los
riesgos reales de caer en el fanatismo por lo milagroso, incurrimos en
el
extremo
contrario, a veces más grave que el primero: olvidar que Dios es
el maestro de lo
imposible.
La curación
es realmente la respuesta a una oración de fe, como lo vemos tantas
veces en
el Evangelio. Esta oración puede ser del enfermo o de los que lo
acompañan, de
la comunidad
o de una persona.
Jesús
es el mismo ayer, hoy y siempre. El es el Señor de la historia y
actúa como
bien le
place sin preguntarnos ni pedirnos nuestro parecer o permiso para realizar
sus
prodigios
¿Quiénes somos entonces para oponernos o tratar de limitar
la obra de nuestro
Dios?
Estamos
convencidos de que El no se opone a la medicina.
Lo que
sucede muchas veces es que existen miles de personas que no tienen dinero
para pagar
al médico, la clínica ni los medicamentos. ¿Qué
de extraño tiene que nuestro
Dios se
ocupe de los pobres y que El personalmente los atienda? ¿Por qué
cerrar la puerta
a los que
han creído en la Palabra de Jesús que dijo: Vengan a mi todos
los que están
cansados
y agobiados que yo los aliviaré? ¿No será que estábamos
muy cómodos en un
cristianismo
hecho a nuestra medida? Viene el Señor con estos signos a demostrarnos
que está
vivo y a interpelarnos, ya que si está vivo, también están
vigentes todas sus
exigencias.
El problema
de Pimentel es que "Jesús está vivo y no muerto".
Al poco
tiempo me di cuenta de un doble error que había cometido en ese
artículo:
Cometí
la torpeza de demostrar las sanaciones, dándoles nombres y direcciones
de
las personas
que habían sido curadas, pensando que era la evidencia de los hechos
y no la
gracia
de la fe la que trasformaría sus corazones. Les di la señal
del cielo que pedían y no
se convirtieron
porque las señales son sólo señales; la fe es lo que
nos hace reconocer lo
que ellas
significan: que Dios ama a los hombres, que Cristo está vivo y que
la Iglesia
tiene el
poder del Espíritu Santo para resucitar a los muertos.
El Señor
me hizo recapacitar y darme cuenta que no debía defenderme de los
ataques
como él tampoco se defendió de quienes lo acusaban. Si yo
me defendía con mis
medios
y argumentos no le permitía que él fuera mi defensor con
sus medios y
argumentos.
Por otro
lado, defenderme incluía renunciar a la purificación que
el Señor quería
hacer en
mi vida. A través de tanto ataque e incomprensión, el Señor
quería moldearnos a
la imagen
de su Hijo, pasando por la noche del Calvario para llegar a la gloria de
la
resurrección.
El tiempo
me ha convencido de que son más peligrosas las adulaciones que las
críticas;
porque estas últimas pueden ser el fuego que queme las impurezas
de nuestro
corazón;
mientras que sobre las adulaciones pende una de las palabras más
duras de
Jesús:
Ay de ustedes cuando todos hablen bien de sus personas, porque de ese modo
trataron
a los falsos profetas. Lc 6,26.
Inconscientemente
nos podemos olvidar que somos simples vasos de barro, pero el
Señor
se encarga de recordárnoslo mediante la cruz de la incomprensión.
El Señor en su
misericordia
nos purifica y nos humilla para no robarle la gloria que sólo a
El pertenece.
La cruz
es el desierto donde se manifiesta el Dios vivo. Pero hay que quitarse
las
sandalias
para acercarse a la zarza ardiente. La crítica es como el atrio
del Templo que
nos prepara
para entrar limpios al santuario del Dios vivo; libres de todo apego y
los
apegos
más peligrosos son lo que llamamos nuestros méritos o nuestra
actividad
apostólica.
Los ataques
fueron tan violentos y continuos que a veces yo pensaba que ya no
resistía.
Por todas partes me acorralaban. Yo mismo me sentía solo en un camino
nuevo.
Entonces
pedí a una hermana muy llena de Dios que rezara por mí. Ella
lo hizo y me dio
una profecía
que me reconfortó. El Señor me dijo a través de ella:
"Después
de haber saboreado la alegría del Domingo de Ramos ¿no te
parece
normal
probar algo de Semana Santa?"
Esta palabra
me sanó interiormente. Desde entonces veo los problemas de manera
distinta
y en completa paz. Cuando las cosas van bien, digo: "estamos en Domingo
de
Ramos".
Si hay dificultades, simplemente afirmo: "estamos en la Semana Santa".
De
todos modos,
la Pascua no está lejos. Gloria a Dios.
El Señor
antes de llevarme al Calvario, me hizo probar la gloria del Tabor. Pero
no
me dejó
hacer allá mi tienda, sino que me bajó y me participó
de su cruz.
El Señor,
antes del dolor, nos da su amor y cuando nos ama nos regala su cruz. La
cruz es
el regalo de Dios para quienes ama. La cruz antes de experimentar el amor
de
Dios no
se entiende ni se puede aceptar.
En el plan
de Dios antes del Calvario debe estar el Tabor. Después de la gloria
la
cruz que
salva y que nos lleva a la Resurrección. Nuestra vida se desarrolla
como los
misterios
del Rosario: hay gozosos, dolorosos y gloriosos, pero todos y cada uno
terminan
con "gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo".
La obra
de sanación no es humana es producto del inmenso amor que nos tiene
Jesús.
Cada día
vivimos un misterio. Toda la vida no puede ser ni gozosa ni dolorosa, sino
entremezclándose,
para la gloria de Dios. La cruz y la resurrección son como las pinturas
de Rembrandt
donde luces y sombras se combinan para expresar la belleza.
Nuestro
pueblo estaba dormido en un letargo de pasividad. Vino el Señor
y sacudió
todo. La
gente iba a consultar a los sacerdotes para preguntarles por estas cosas.
Entonces
ellos tenían
que leer e informarse para dar respuestas adecuadas.
Hasta la
Comisión Episcopal se reunió para dar una declaración.
Esto era muy
importante
para mí. Yo estaba cierto que la obra era de Dios, pero necesitaba
el
discernimiento
de los Obispos. Para mí ellos eran la voz de Dios. Publicaron una
declaración
titulada: "El Papa aprueba y estimula las reuniones de oración carismática".
Luego,
como subtítulo, decía: Monseñor Pepén (Secretario
Nacional del Episcopado)
aprueba
la obra del padre Tardif.
Cuando
yo lo leí me dio gusto, pero también me dio risa, y dije:
"la obra no es
mía..."
Como san José, yo estaba seguro que esa vida que había germinado
en el seno de
la Iglesia
no era mía.
Sin saber
cómo ni por qué, recibí una invitación de Mons.
Carlos Talavera para
predicar
un retiro sacerdotal en Guadalajara, México. De allí han
venido surgiendo otras
invitaciones
para proclamar las maravillas del Señor en otros países de
América Latina.
Comienzo
a vislumbrar que se avecina una era gloriosa para la Iglesia. Creo que
ha
llegado
el tiempo de predicar en los terrados, es decir, fuera de los recintos
sagrados,
porque
la gente ya no cabe en nuestros templos. El Señor nos lleva hasta
los confines de
la tierra
para dar testimonio de que él esta vivo.
Después
de un viaje a Panamá volví a mis tareas parroquiales. Al
día siguiente me
preparé
para visitar una comunidad perdida en la montaña. El viaje lo tenía
que hacer en
burro.
Mientras caminaba lentamente mi asno, iba pensando: ¡Qué maravillosos
son los
caminos
de Dios! En avión o en borrico siempre somos sus mensajeros. Diez
mil o
sesenta
personas, todos son hijos suyos; y estos pequeñitos de la montaña
son los
verdaderos
pobres de Yahvéh. El Señor es tan maravilloso que si volamos
en avión,
luego nos
monta en burro para cuidar nuestra humildad.
En mi burro
he aprendido una gran lección: estamos llamados a ser como el pollino
que llevó
a Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos. Nuestra vocación
es ser portadores
de Cristo
Jesús. Somos vasos de barro que llevamos un precioso Tesoro en nuestro
corazón.
En todos
los lugares a donde llevamos a Jesús, sucede lo mismo:
Los ciegos
ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los
muertos
resucitan y se anuncia la Buena Nueva a los pobres. Lc 7,22.
Antes nos
afanábamos en darle alimento a un pueblo que no tenía hambre
de Dios.
Lo peor
era que nosotros mismos no habíamos saboreado el Pan de vida eterna.
Ahora no
nos damos
abasto. La mies es mucha, demasiada, pero el Señor es aún
más grande y
poderoso.
El Señor
prendió la mecha y ahora es un fuego que nadie puede extinguir.
Es
también
un río de Agua Viva que está inundando la Iglesia, purificándola,
renovándola y
santificándola.
Numerosas
parejas que vivían en concubinato tomaron conciencia de que no podían
seguir
viviendo así. Descubriendo la importancia del sacramento se han
preparado
seriamente
para recibirlo y vivirlo. En un año celebramos 306 matrimonios,
cifra
inusitada
en otros tiempos.
El mayor
milagro de todos los que he podido presenciar en estos años es que
el
Señor
ha provisto de obreros en su viña. Ya son muchos los catequistas.
Ahora tenemos
tantos
que nuestra responsabilidad es formarlos y capacitarlos para que transmitan
la
Buena Nueva.
En Pentecostés
de 1976 éramos 120 catequistas pidiendo una nueva efusión
del
Espíritu
sobre todos nosotros. El Espíritu ya no era sólo un don para
gozarlo en lo
profundo
del corazón sino especialmente una fuerza para anunciar al mundo
que Cristo
vive y
da vida a los que creen en su nombre.
He comenzado
a recibir cartas de Francia, Sudamérica y Filipinas. Otros me
escriben
desde países que desconozco dónde quedan en el mapa; a veces
recibo
correspondencia
en idiomas y signos que no entiendo. Como no comprendo lo que dicen,
simplemente
pongo en manos del Señor estas cartas y le pido que como El sí
las entiende,
las conteste
por favor.
No recuerdo
haber tenido nunca tan buena salud como ahora. Como de todo,
duermo
bien, trabajo mucho y me siento perfectamente. El Señor me ha devuelto
la salud
completa
y yo se la entrego al servicio de la evangelización de su pueblo.
Sin embargo,
creo que el don más grande que El me ha dado es el de la alegría.
Soy
feliz tiempo
completo. Nunca había vivido mi sacerdocio tan plenamente como ahora.
3
¡JESUS
ESTÁ VIVO!
Durante
el mes de junio de 1981, después de una jornada de evangelización
por
Argelia
y Marruecos, Dios me concedió la gracia de visitar Tierra Santa.
Al día
siguiente de mi llegada me levanté muy temprano, antes de que saliera
el sol,
y me interné
por esas viejas y torcidas calles de la siempre nueva ciudad de Jerusalén;
recorriendo
el mismo camino de María Magdalena el Domingo de Resurrección.
Al llegar
al santo Sepulcro me encontré con un amigo mexicano que había
ido a
casarse
a Caná con una linda puertorriqueña. Al entrar en el monumento,
él nos hizo
notar una
inscripción escrita en griego que decía:
¿POR
QUE BUSCAN ENTRE LOS MUERTOS AL QUE ESTA VIVO?
¡NO
ESTA AQUI! ¡RESUCITO!
Todavía
no salgo del asombro de esa madrugada que es como el eco del Domingo
de Pascua.
El que murió en la cruz, abandonó el sepulcro y está
vivo. De la oscuridad de
esa tumba
ha brotado una luz que ilumina a todos los hombres iniciando una nueva
creación.
Si Jesús
no está en la tumba vacía de Jerusalén se encuentra
en todas partes del
mundo.
El único lugar de esta tierra donde Jesús no se encuentra
es en aquella tumba
labrada
en la piedra que un día le prestara su amigo José de Arimatea.
Jesús
envió a sus apóstoles no a enseñar teorías
ni ideas abstractas sino a testificar
lo que
habían visto y oído. Pero, desgraciadamente, parece que estamos
más preocupados
de enseñar
doctrina que en comunicar vida. Para crecer en la vida de Dios antes se
debe
haber nacido
por el poder del Espíritu Santo.
Un evangelizador
es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la
muerte
y resurrección de Cristo Jesús, y que presenta, más
que una doctrina, a una
persona
viva que comunica vida y vida en abundancia. Después, sólo
después y siempre
después,
se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados
en
que la
gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de
los
mandamientos.
No debemos olvidar que los mandamientos fueron dados después de
la
teofanía
del Sinaí.
Nadie puede
ser auténtico transmisor del Evangelio si él mismo no ha
experimentado
la nueva vida traída por Cristo Jesús. Cuando comunicamos
lo que el
Señor
ha hecho a partir de su resurrección entonces todo cambia. La predicación
va
acompañada
de las señales y prodigios que Jesús prometió.
En Jánico,
el párroco invitó al P. Emiliano a dar un retiro, advirtiéndoles
que allí la
gente era
muy dura y no le gustaba ir a la iglesia. Cuando llegó la primera
noche no había
mucha gente.
Pero había allí, postrado en el suelo, un hombre que parecía
un muñeco de
trapo que
no podía mantenerse en pie. Además, estaba tullido también
de las dos manos y
no podía
comer ni caminar por sí mismo. En verdad daba lástima ver
aquel hombre.
En su interior
el P. Emiliano pensaba: ¿para qué traen a este hombre aquí...?
Como
lo distraía
mucho con su aspecto tan lastimoso dijo:
- Vamos
a orar por este hombre para que luego se lo lleven.
Al iniciarse
la oración, él comenzó a sudar y a temblar. Al verlo
me acordé que
también
yo había sentido un profundo calor cuando el Señor me curó.
Entonces le
ordené:
- ¡Levántate!
¡El Señor te está sanando!
Luego lo
tomé de la mano y le ordené: ¡camina!, hasta que llegó
al sagrario. Allí
dio su
testimonio, de pie, diciendo que tenía 10 años sin poder
dar un paso.
Yo simplemente
estaba asustado y pensé en mi corazón: qué bueno que
no sabía
que tenía
tanto tiempo inmóvil; si no, no me atrevo a decirle que se levante...
Esa tarde
salimos todos juntos de la iglesia, cruzamos la calle y nos sentamos en
el
atrio.
Al sentarse añadió:
- Pero
es que el Señor también me sanó la mano. La puedo
mover.
Ese tullido
nos llenó el local para el día siguiente. La gente ya no
cabía y estaban
atrás
de las persianas y de la puerta de la iglesia
El día
que comprendamos el poder que tiene el testimonio, cambiará nuestra
predicación.
Antes yo
preparaba mucho mis homilías. Estudiaba autores clásicos
y leía teólogos
modernos
Eran tan buenas y profundas mis lecturas que no quería que se perdiera
nada
de lo que
les iba a decir. Entonces apuntaba todo en un papel y lo leía a
la hora de
predicar
para aprovechar la riqueza de lo que quería transmitir.
Sin embargo
también en eso el Señor me ha transformado. Un domingo, delante
de
los apuntes
bien hechos de mi homilía, el Señor me dijo:
- Si tú
que tienes tantos estudios y has leído tanto no eres capaz de grabártelo
en la
memoria
sólo para repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente
sencilla que no tiene la misma
preparación
que tú, lo grabe en su corazón para vivirlo?
Desde entonces
cambié mi predicación. Ahora ya no hago otra cosa sino testificar
el poder
de Dios y lo que El está haciendo, y cuento las historias del amor
de Dios.
He aprendido
otra cosa más importante: lo esencial no es hablar bien de Jesús
sino
dejarlo
actuar con todo el poder de su Espíritu. ¿Para qué
queremos hablar
maravillosamente
de Jesús si podemos dejarlo actuar a través de nosotros?
El Evangelio
no es palabras.
El Reino de Dios es poder y fuerza que vienen de lo Alto y se manifiesta
entre nosotros.
En una
ocasión prediqué muy largo; más de una hora. Al final
se acercó un
sacerdote
un poco enfadado y dijo señalando su reloj:
- No me
gustó la conferencia del padre Tardif, pues en 67 minutos que habló
de
milagros
y milagros no hizo alusión a ninguno de los del Evangelio...
Otra persona
que lo oyó respondió:
- ¿Para
qué hablar de los milagros de hace dos mil años si puede
hablar de los que
Jesús
hizo en la semana pasada?
Lo que
me pasa es que son tantas e innumerables las maravillas del Señor,
que ni
todo el
resto de mi vida me alcanzaría para contar lo que Dios ha hecho
en estos veinte
años.
Por eso, cuando sólo tengo una hora, debo contar lo más reciente.
He predicado
ya en los cinco continentes diciendo siempre lo mismo, porque no
tengo otra
cosa que comunicar...
Por otro
lado, ¿qué es lo que he visto en todas partes? El amor misericordioso
de
Dios. Yo
soy testigo de que Dios ama a todos los hombres de todos los pueblos y
lenguas.
El poder del Espíritu Santo me ha convertido en un testigo de que
Cristo vive.
A veces
no queda tiempo ni para comer. Después de muchas horas de viaje
y
cansados
entramos directamente a trabajar. Pero el Señor manifiesta su fuerza
a través de
nuestra
debilidad.
En el retiro
de Lourdes, Francia, había sacerdotes de diferentes países
europeos.
Era muy
cansado después de las conferencias sentarse a confesar para luego
seguir con
otra conferencia
o la liturgia.
Después
de una charla se acercaron algunos sacerdotes para confesarse. El primero
fue un
sacerdote holandés que no hablaba bien el francés. Al terminar
de confesarse me
pidió:
- Padre
¿puede orar por mi sanación? Estoy "mudo del oído
izquierdo".
Fue tan
original que por poco suelto la risa a causa de su "oído mudo".
Simplemente
dije:
- Señor,
si tú curas a éste, va a ser la sanación más
grande del mundo.
...ya sólo
esperaba que él saliera para poder reírme a gusto. Pero inmediatamente
entró
otro que me encontró risueño. A mí no se me olvidaba
lo del "mudo del oído
izquierdo"
y me sonreía todo el tiempo que duré confesando.
Después,
los sacerdotes comentaban:
- Qué
feliz es el padre Emiliano. A pesar de tanto trabajo está siempre
contento.
Otros afirmaban:
- Qué
gusto da confesarse con un sacerdote que te recibe con una sonrisa...
El Señor
se sirvió del "mudo del oído izquierdo" para mostrar que
El es un Dios de
alegría
que nos recibe contento cuando nos acercamos a El. No cabe duda que nuestro
Dios tiene
buen humor.
Un día
que prediqué delante de una multitud muy grande en un estadio, una
persona
me preguntó:
- Padre,
¿no siente miedo o timidez de hablar delante de tanta gente?
Con una
sonrisa le contesté:
- Cuando
se tiene la seguridad de transmitir una Buena Noticia se puede subir uno
a
los terrados,
testificar en las cárceles y predicar en los estadios. Yo simplemente
doy
testimonio
de lo que he visto; si no, le aseguro que hasta me daría pena estar
hablando
con usted.
Pero cuando
uno no tiene la experiencia de que Cristo vive entonces tiene que
hablar
de mil cosas, menos de Jesús.
Hoy día
no necesitamos un nuevo Evangelio sino una nueva evangelización;
es
decir,
proclamar con poder y eficacia que Cristo vive; no repitiendo teorías
que oímos y
leímos
sino con el testimonio de la propia experiencia. Hoy día debemos
evangelizar con
el poder
del Espíritu, acompañando nuestra predicación con
los signos y prodigios que
deben ser
normales en la presentación del Evangelio.
En el Congreso
de Montreal de junio de 1977 había más de 65,000 personas
que
llenaban
el Estadio Olímpico en la misa de clausura. Estaba el Cardenal Roy,
seis obispos
y 920 sacerdotes.
Por otro lado estaba el Alcalde de la ciudad y junto al altar había
más
de 100
enfermos en sillas de ruedas.
Hicimos
la oración por los enfermos. Todo el estadio alababa a Dios cuando
de
pronto
una mujer, Rose Aimée, que tenia 11 años sufriendo esclerosis,
se levantó de su
silla de
ruedas y comenzó a caminar a la vista de todos. De otro lado se
puso de pie un
hombre
y otro más allá y uno más. ¡Doce tullidos se
levantaron de su silla de ruedas y
comenzaron
a caminar!
La gente
aplaudía y llenos de emoción lloraban. El mismo Alcalde de
la ciudad
sollozaba
como un niño porque cuando Dios se manifiesta no hay hombre grande;
todos
son pequeños.
El lloraba de felicidad y de emoción.
Otro día
el periódico principal de la ciudad decía: "ESTUPEFACCION
EN EL
ESTADIO
OLIMPICO: los cojos andan y los paralíticos caminan". Le Journal
de
Montreal
titulaba: "los postrados en sus camas se levantan y andan".
Lo sorprendente
no es que se hayan sanado los enfermos. Lo extraño sería
que no
se hubieran
curado; lo raro sería que Jesús no cumpliera su promesa.
Recuerdo
que al día siguiente me entrevistaron por televisión y me
preguntaban:
- ¿Usted
no cree que todas esas curaciones se deben al contagio de masas, la
emoción
y los aplausos de la gente?
Yo les
contesté:
- Bueno,
entonces usted me tendría que explicar a mi porqué en ningún
partido de
béisbol
o de fútbol se ha levantado ningún paralítico ni los
cancerosos se sanan cuando
gana su
equipo favorito...
¡La
única respuesta es que Jesús resucitó y está
vivo hoy en medio de nosotros! No
busquemos
otras explicaciones porque siempre nos perderemos...
Un día
estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente:
- Padre,
¿usted está seguro que tiene el don de curación?
Yo no podía
contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando,
esperando
mi respuesta. Entonces dije:
-
Bueno... estoy seguro que tengo la misión de evangelizar... los
signos y
curaciones
acompañan siempre la predicación del Evangelio. Yo simplemente
predico y
oro mientras
que Jesús sana a los enfermos. Así hemos hecho el equipo
de trabajo y nos
acoplamos
bien...
Los planes
del Señor a veces me causan risa pues me parece que tiene buen humor
cuando
pone a un simple cura de pueblo a predicar ante grandes teólogos
y en diferentes
países.
Yo no les enseño nada. Sólo les doy testimonio de la misericordia
del corazón de
Jesús.
En 1981
prediqué un retiro para 320 sacerdotes en Lisieux, Francia, junto
con el
padre Albert
de Montleon. Allí había muchos sacerdotes muy inteligentes,
otros muy
críticos
y no faltaban los escépticos Después de una maravillosa exposición
del padre de
Montleon
me tocaba hablar a mí. Me sentía muy pequeño delante
de aquellos hombres
tan sabios,
con tantos títulos académicos. Me sentía pobre delante
de los cardenales
Suenens
y Renard, allí presentes. Entonces oré al Señor y
le dije:
- Señor,
¿qué hace aquí un cura de un pueblito insignificante
de una isla tan
pequeña
que estos hombres tan sabios no saben ni dónde queda? No me dejes
solo aquí,
por favor,
Señor. ..
Afortunadamente
aquella primera noche el Señor curó a un sacerdote que sufría
de
flebitis
y con eso se acabaron las discusiones. Recuerdo como él se levantaba
el pantalón
y enseñaba
sus dos piernas completamente sanas. Este testimonio sirvió más
para
manifestar
la gloria de Dios que mis pobres conferencias.
El Cardenal
Renard, sorprendido por las curaciones y maravillas del Señor, se
puso
en pie
y dijo:
"Es difícil
para nosotros aceptar la misteriosa acción del Espíritu Santo
porque
somos tan
racionales y a menudo tan racionalistas. Todos nosotros somos, quien más
quien menos,
pequeños hijos de Descartes, e incluso hay un pequeño Voltaire
en cada
uno de
nosotros.
...por
eso se nos hace tan difícil asimilar la acción del Espíritu
que sopla como
quiere,
sin limitarse a los moldes racionales de nuestra lógica. Le ponemos
unos rieles
para que
camine por ellos y él vuela al margen de los mismos. Le ofrecemos
unos
conductos
por donde él inspire, pero él sopla de lado. El Espíritu
Santo no sigue nuestros
programas
pastorales.
Obviamente
necesitamos una metodología pastoral. Pero la base de toda pedagogía
de fe consiste
precisamente en aceptar que nosotros no somos quienes dirigimos su
acción,
sino él la nuestra. Toda metodología debe ser lo suficientemente
permeable para
que el
Espíritu pueda usarla y hasta transformarla.
Los dones
del Espíritu Santo son diferentes y actuales. Tal vez a causa de
nuestro
racionalismo,
o por falta de fe, pensamos que esos dones son asunto del pasado.
El mundo
actual está buscando a los hombres del Espíritu, a los profetas
cristianos
inspirados
por el Espíritu, pero si no los encuentra se encaminará entonces
tras los
iluminados,
lo cual es demasiado peligroso. La Iglesia es un Pentecostés permanente
y no
una racionalización
permanente".
Estas últimas
palabras del Cardenal me hacen recordar una anécdota:
Un día
estaba Jesús con sus discípulos y les pregunto:
- ¿Y
ustedes quién dicen que soy yo?
Simón
Pedro se levantó y contestó:
- Tú
eres la teofanía escatológica que sustenta ontológicamente
la intencionalidad
de nuestras
relaciones subconscientes e interpersonales.
Jesús
abrió los ojos llenos de sorpresa y preguntó:
-
¿Qué, queeeé...?
Y Pedro
no pudo repetir porque se le había olvidado. No era algo que tenía
en el
corazón
sino sólo en la mente.
El mundo
está cansado de escuchar teorías y florilegios literarios.
Tiene hambre de
las palabras
vivas y eficientes que realizan aquello que contienen. "La Iglesia de hoy
necesita
más de testigos que de maestros" decía el Papa Pablo VI.
Testigos que han
experimentado
la nueva vida traída por Cristo Jesús.
Cuenta
el evangelio de san Lucas que el domingo por la tarde regresaban de
Jerusalén
a Emaús dos discípulos de Jesús. Iban tristes y abatidos
porque con la muerte
del Maestro
habían quedado sepultadas todas sus esperanzas de restauración.
El mismo
Jesús se les unió en el camino y, uno de ellos, llamado Cleofás,
comenzó
a dar una
cátedra de Cristología al mismo Jesús a quien no era
capaz de reconocer.
Recordó
vivamente cada uno de sus hechos milagrosos y palabras. Narró su
cruenta
muerte
en la cruz de la que había sido testigo todo el pueblo, pero cuando
llegó al tema
de la resurrección,
ya no pudo dar su propia experiencia y se limitó a repetir lo que
unas
mujeres
decían que unos ángeles habían dicho.
Así
hay predicadores en la Iglesia que sólo repiten lo que los teólogos
han escrito o
sus maestros
les enseñaron en las aulas pero ellos no tienen experiencia personal
de la
resurrección
de Cristo Jesús.
Mientras
no se haya tenido ese encuentro personal con Jesús resucitado se
estarán
repitiendo
teorías y enseñanzas que unos dijeron que otros habían
dicho. Estamos
llamados
a ser testigos de lo que predicamos. Mas, para ser auténtico testigo
se necesita
tener experiencia
personal de lo que se proclama; haberlo vivido en carne propia.
Un día
llevaron al P. Emiliano a conocer el majestuoso conjunto hidroeléctrico
de
Italpú
en el Paraguay. Fue impresionante. Los hombres y hasta los camiones parecían
insignificantes
hormigas delante de aquellas gigantescas cortinas de concreto de la presa.
Se produce
tanta energía eléctrica allí que alcanza para todo
el país y parte del Brasil y
Argentina.
Al anochecer
que regresaron le llamó mucho la atención darse cuenta que
algunas
casitas
de los trabajadores de la planta carecían de corriente eléctrica
y eran apenas
iluminadas
por unas tenues velas de cera. ¡A unos cuantos metros de las turbinas
y
generadores
más grandes del mundo no había luz eléctrica, sino
velas!
...es que
les hacía falta la conexión que les trajera la energía
a sus casas.
Eso mismo
nos sucede a veces a nosotros. Nuestra vida, en vez de ser iluminada
con energía
eléctrica, la alumbramos con velas porque no estamos conectados
con Jesús
que es
la Luz del mundo. Incluso, hay quienes trabajan en las oficinas de la Iglesia
pero
les hace
falta la Luz en sus corazones.
Nos pasa
como a esos turistas que frente a un hermoso paisaje sacan su cámara
fotográfica
Polaroid, toman su foto y luego, en vez de admirar el paisaje en vivo y
ser
cautivados
por él, se quedan viendo la fotografía de papel.
Hay muchos
cristianos que se han quedado con la fotografía estática
de Jesús y no
le conocen
"cara a cara" porque nunca han tenido un encuentro personal con él.
Sólo
repiten
lo que han oído o leído, pero no tienen la experiencia de
su Vida Nueva.
La vida
eterna consiste precisamente en "conocer", es decir, experimentar a Dios
y
a su enviado
Jesucristo.
Un verdadero
evangelizador es el que presenta su testimonio personal, su
experiencia
propia de salvación y puede dar fe de que Jesús está
vivo porque ha tenido un
encuentro
personal con él, como los apóstoles que afirman:
No podemos
dejar de hablar de lo que hemos visto y oído. Hech 4, 20.
Un verdadero
evangelizador no es el que habla de Jesús, sino el que es capaz
de
presentar
a Jesús vivo delante de los evangelizados para que ellos digan,
como los
samaritanos:
- Ahora
ya no creemos por tus palabras sino porque nosotros mismos hemos visto
y
experimentado
que Jesús es el Salvador del mundo.
Más,
nadie podrá transmitir la vida de Cristo resucitado si antes él
mismo no ha
experimentado
que Jesús está vivo el día de hoy.
4
PALABRA
DE CONOCIMIENTO
Mucho se
ha discutido en estos últimos tiempos sobre la palabra de ciencia
y que
algunos,
con una traducción más exacta, llaman "palabra de conocimiento".
El P.
Emiliano
nos explica este concepto.
Es un don
carismático muy hermoso a través del cual Dios revela y comunica
lo
que ha
pasado o está sucediendo en la historia de la salvación de
las personas. Gracias a
esta revelación
se puede llegar hasta la raíz de una sanación.
Un día
llegó una señora muy afligida con su hija que a causa de
una extraña
enfermedad
había dejado los estudios. Me contaron que la jovencita sufría
unos ataques
muy raros.
Frecuentemente se desmayaba y se contorsionaba como si tuviera epilepsia.
Habían
visitado varios médicos sin resultado alguno. Fueron con psicólogos
y no hubo
mejoría.
Incluso cometieron la torpeza de ir con brujos. Entonces llegaron a la
fácil
conclusión
de que necesitaba un exorcismo.
La mamá
hablaba, pero la joven guardaba silencio. Ni siquiera contestaba a mis
preguntas.
No teniendo datos ni sabiendo qué pedir para ella oré en
lenguas. En eso me
vino a
la mente una palabra que me martillaba continuamente: aborto. Abrí
los ojos y le
pregunté
si ella había tenido algo que ver con un aborto. Ella se sorprendió
y me
preguntó:
¿Quién se lo dijo?
Con lágrimas
en los ojos me contó que había tenido relaciones con su novio,
quedando
embarazada. Siendo de una familia muy reconocida tuvo mucho miedo y
decidió
abortar. Pero entonces, teniendo que cargar con el doble peso de su pecado,
al
sólo
pensar en ello, se desmayaba.
Se arrepintió,
se confesó y oramos por su curación interior. El Señor
la perdonó y la
sanó,
no volvió más a sufrir esos desmayos. El Señor nos
dio el "conocimiento" de la raíz
del problema.
No estaba poseída ni se trataba de una enfermedad cualquiera.
También
por el don del conocimiento, Dios revela las curaciones que El está
realizando
en medio de la comunidad. Entonces se comunica a toda la asamblea lo que
el
Señor
está haciendo.
En 1975
fui nombrado delegado de República Dominicana para la II Conferencia
Internacional
de Líderes de la Renovación Carismática en Roma. Cuando
lo comuniqué a
mis superiores
ellos me respondieron:
- Deja
tu lugar a otro, pues es mejor que el país sea representado por
un sacerdote
nativo.
Me costó
mucho trabajo aceptar, pues pensaba que desaprovechaba una
oportunidad
maravillosa para conocer y aprender más sobre esta Renovación;
aunque por
la fe yo
descubrí en la decisión de mis superiores la voluntad de
Dios.
El día
que supuestamente debía salir a Roma en avión, fui en caballo
a visitar una
comunidad
perdida en la montaña. Celebré la misa y oré por los
enfermos. Mientras
oraba en
lenguas me vino a la mente una palabra con mucha fuerza: epilepsia. Continué
la oración,
luego guardé silencio y por fin me tomé el riesgo de la fe,
preguntando:
- ¿Hay
aquí alguna persona enferma de epilepsia? El Señor la está
curando ahora.
Hubo algunos
momentos de tenso silencio que me parecieron eternos, hasta que la
directora
de la escuela levanto su mano y dijo:
- Padre
es mi hija. Mire cómo está.
Junto a
ella estaba una joven de unos quince años, sudando y temblando.
Estaba
enferma desde su nacimiento. Pero el Señor la sanó completamente
y no ha
vuelto
a sufrir esos ataques.
Esta fue
la primera vez que el Señor me dio palabra de conocimiento. El día
que
obedecí
a mis superiores el Señor me regaló un don que me ha servido
en mi ministerio
más
que todas las conferencias que yo hubiera escuchado en Roma.
La palabra
de conocimiento es un carisma del Espíritu que sorprende mucho a
los
que viven
esta experiencia. Es la comunicación de una seguridad interior,
una certeza que
no se adquiere
por reflexión ni deducción. Es como una idea que invade nuestra
mente
con intensidad.
Esta nos acapara como una palabra sin sonido, una palabra que viene del
interior
de nuestro ser y permanece presente en nuestro espíritu durante
mucho tiempo. Y
resulta
que, con este pensamiento en nuestra mente, estamos seguros de algo que
sabemos
no viene de nosotros pero sí a través de nosotros.
Lo cierto
es que existe. Creo que Natán tuvo palabra de conocimiento cuando
develó
el corazón de David. (2Sam 12,1-15) Pedro tuvo igualmente palabra
de
conocimiento
en el caso de Ananías y Safira. (Hech 5,1-11)
La palabra
de conocimiento va en la misma línea que la profecía.
Un día
estaba predicando un retiro en Samaná, República Dominicana.
A la mitad
de la charla
me vino una palabra de conocimiento que me daba vueltas insistentemente.
Para concentrarme
en la conferencia me detuve y dije:
- Aquí
hay un hombre que ha venido al retiro desafiando a su mujer. Ella lo invitó
garantizándole
que si venía, cambiaría de vida. Pero él le respondió:
iré al retiro, pero no
cambiaré.
Este hombre está aquí y el Señor te dice que El respeta
tu libertad, pero
acuérdate
de lo que dice san Agustín: temo al Dios que pasa y no vuelve.
En la parte
posterior de la capilla, un hombre alto y fuerte cayó de rodillas
al suelo
y comenzó
a llorar. Después de la misa se acercó al sacerdote y le
confirmó todos los
detalles
de la palabra de conocimiento. Se confesó, entregó su vida
a Dios y añadió:
padre,
si usted me necesita para cualquier cosa estoy disponible.
Llega una
idea clara a la mente. En la medida que la comunicamos van apareciendo
los detalles
adicionales. Compararía esta experiencia como leer un mensaje escrito
en
unas servilletas
de una caja de kleenex: en la primera servilleta están unas palabras
que
debo leer;
luego retiro esa servilleta y leo lo que dice la segunda. No se puede leer
ni
entender
lo escrito en la tercera si no se han leído y retirado las otras
dos. De igual
manera,
se comienza a comunicar el primer mensaje e inmediatamente se va completando
éste
en la medida que lo vamos transmitiendo.
¿Cómo
reconocer la autenticidad de una palabra de conocimiento? Solamente por
los resultados.
Los testimonios son el termómetro que determina si la palabra venía
del
Señor
o no.
Ciertos
ministerios no producirán frutos si no van acompañados del
testimonio.
Así,
por ejemplo, si se anuncian curaciones con palabra de conocimiento pero
no se
certifican
con testimonios, resultaría algo muy dudoso y hasta daría
origen a críticas en
vez de
alabanzas al Señor.
En el mes
de noviembre de 1982 prediqué una serie de retiros en la Polinesia
Francesa.
Se preparó una misa por los enfermos en los terrenos del Arzobispado
de
Tahití.
Esa noche había más de 5,000 personas en la explanada, cobijadas
por un cielo
lleno de
estrellas que me hacía recordar la promesa de Dios a Abraham.
Después
de la comunión dirigí la oración por los enfermos.
Toda aquella multitud
oraba en
lenguas. Era un momento lleno de fervor y de fe.
Mientras
cantábamos en el Espíritu comenzaron a venirnos palabras
de
conocimiento.
Durante la oración en lenguas se facilitan mucho estos mensajes
ya que el
canal de
nuestra mente está vacío y más disponible para recibir
la palabra del Señor.
Entre las
palabras de conocimiento había una que me sorprendió por
su precisión.
La transmití
tal como me llegó:
- Aquí
hay una persona que viene a misa por primera vez, y desde muy lejos. Sufre
de la columna
vertebral a la altura de la cuarta vértebra. Su dolor le ha sido
causado por
la caída
de un coco de agua. En este momento te invade un calor muy grande en la
espalda.
El Señor te está sanando. Pronto tú darás testimonio
de la sanación completa.
Al día
siguiente teníamos otra celebración eucarística. La
multitud ya había crecido
más.
Vivimos una experiencia inolvidable del poder y de la misericordia de Dios.
Antes
de terminar
aprovechamos para pedir testimonios de personas sanadas el día anterior.
Escuchamos
cosas preciosas. Entre los muchos, había el de una señora
que dijo:
- Yo soy
protestante de nacimiento. Nunca había asistido a una misa católica
hasta
el día
de ayer. He sufrido mucho de mi columna vertebral y sabiendo que el Señor
había
sanado
a muchos enfermos el día de anteayer, me dejé convencer por
una amiga y vine
anoche
para pedir a Dios mi sanación, a pesar de que vivo muy lejos de
aquí.
Cuando
el sacerdote anunciaba que una persona enferma de la columna vertebral
se
estaba
sanando, yo sentía un calor muy intenso que invadía mi espalda.
Luego agregó que
el dolor
se localizaba a la altura de la cuarta vértebra. ¡Era exactamente
mi caso! Pero lo
que más
me sorprendió fue cuando afirmó que el mal se debía
al golpe de un coco en la
espalda.
Hace un
año y medio yo estaba vendiendo cocos a los turistas. Mientras los
tiraba
de la palma
con un palo, uno de ellos me golpeó la espalda, lastimándome
la cuarta
vértebra.
Como yo estaba embarazada en aquel momento no pude ser operada. El médico
prefirió
esperar que naciera la criatura antes de operarme. Pero después
de nacer el bebé
ya era
demasiado tarde. El médico me dijo que no sabía bien cómo
hacer esa operación,
pues la
vértebra se había como soldado. Yo tenía mucho malestar,
en particular de noche,
para poder
encontrar una postura cómoda para dormir en mi cama.
Anoche,
cuando sentí ese calor y ese temblor lloré mucho. Sentía
una gran
presencia
del Señor en mí. Llegando a mi casa me di cuenta que estaba
perfectamente
sana. No
tengo ningún dolor en la columna vertebral y le quiero dar gracias
al Señor
públicamente.
Cuando
esta señora dio su testimonio, todos alababan al Señor y
la fe en la
presencia
de Jesús resucitado creció más en la comunidad cristiana.
Yo también
le di gracias al Señor porque los detalles eran todos exactos, lo
cual me
ayuda a
creer más yo mismo en la palabra de conocimiento como palabra que
nos viene
del Espíritu,
y no de alguna sensación física o por conocimiento psicológico,
pues los
detalles
son demasiado exactos para ser fruto de la imaginación. En este
caso pude
verificar
en el cassette grabado cómo todos los detalles coincidían.
Lo mismo
le había pasado a la Samaritana en el pozo de Jacob cuando Jesús
le
reveló
a través de una palabra de conocimiento:
Bien has
dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes
no es marido
tuyo, en eso has dicho la verdad...
La Samaritana,
después de su coloquio con Cristo, salió corriendo a la ciudad
y dijo
a la gente:
Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No
será el
Mesías?".
Jn 4, 17ss.
Así
como a través de una palabra de conocimiento se convirtió
el pueblo de
Samaría,
así también a través de estas palabras de conocimiento
se edifican las
comunidades,
crece la fe y se alaba a Dios.
Un día
el cardenal Suenens le pidió al P. Emiliano hacer un artículo
para explicar
cómo
le llega a la mente la palabra de conocimiento. Le contestó:
- Eminencia,
yo no sé bien cómo explicar este carisma. Sería tan
difícil como si
usted me
pidiera hacerle un artículo sobre cómo nos llega una distracción
a la mente.
En el verano
de 1982 me pidieron hacer nueve programas de televisión sobre la
Renovación
Carismática en la emisora de CHOT, en Ottawa. Todos esos programas
de
media hora
cada uno se grabaron en video tape para ser transmitidos al final del otoño
siguiente.
Durante
la oración por los enfermos en el último programa me vinieron
ciertas
palabras
de conocimiento. Anunciando las curaciones que el Señor estaba realizando,
dije:
- En este
momento hay un hombre que está solo en un hospital. Está
enfermo de la
espalda,
pero el Señor lo está sanando. El está sintiendo un
calor que invade su espalda.
Puede levantarse
y caminar.
Al regresar
a casa caí en cuenta que el programa no estaba pasando directamente
al
aire sino
que sería transmitido varios meses después. Yo estaba un
poco perplejo y hasta
pensé:
"tal vez este hombre todavía ni siquiera entra al hospital y yo
ya lo di de alta en el
nombre
del Señor Jesús". Sólo me reí del buen humor
de nuestro Dios...
A fines
de enero recibí una carta de B.G. quien había tenido un delicado
problema
moral.
La carta decía así:
"A causa
de una enfermedad dejé de trabajar, teniendo dos vértebras
de la espalda
desplazadas.
El tiempo, los ejercicios y la terapia no sirvieron para nada.
En diciembre
me sometí a una intervención quirúrgica que duró
cuatro horas para
volver
a tener movimiento en mi pierna derecha.
El día
de mi operación, 9 de diciembre, se rasgó mi corazón
por una prueba terrible
sobre mí
y mi familia...
…el 18
de diciembre estaba en el hospital, débil, física y moralmente.
Mi fe parecía
muerta.
A las 6:25 p.m. prendí la televisión. Terminaba el programa
"Amor sin fronteras"
donde usted
decía:
"En estos
momentos hay un hombre solo en su cuarto de hospital. Sufre de la
espalda
y en este momento Jesús lo comienza a curar. El siente a Jesús
en su cuerpo y
más
tarde él testificará su curación".
Allí
se acabó el programa. No hubo tiempo ni para el canto final. Yo
estaba hecho
un mar
de lágrimas, profundamente impresionado, cómo Jesús
podía unirse a un corazón
herido,
frustrado y tan cerrado. Más ¿no es por estos corazones que
él murió?
Hoy, un
mes más tarde, le cuento: mi curación progresa maravillosamente.
Por
primera
vez en mí conozco "LA PAZ DEL PERDON SIN CONDICIONES".
De la misma
forma que en Tahití, se verificaban todos los detalles. Lo único
especial
es que el Señor me había dado en junio el anuncio de una
curación que iba a
efectuarse
el 18 de diciembre siguiente y yo había dicho "en estos momentos".
A través
de este testimonio he aprendido algo muy importante: el Señor no
está
limitado
por el tiempo. El podía dar una palabra que anunciaba lo que sucedería
después,
diciendo
"en este momento". De allí concluyo que Dios no tiene ni reloj ni
calendario.
¡El
es el eterno Presente!
5
LA CURACIÓN
Existen
tres tipos de enfermedades y cada una requiere de una oración particular
para su
curación:
A. La enfermedad
corporal originada por múltiples causas y que requiere de una
simple
oración de curación física.
B. La enfermedad
del corazón ocasionada por una herida emocional y que precisa
de una
oración de curación interior.
C. La enfermedad
del espíritu debida al pecado y que Jesús sana mediante la
fe y la
conversión.
Solamente
queremos subrayar dos puntos esenciales en esta división.
La unidad
del ser humano:
Aunque
compuesto de cuerpo, alma y espíritu, (1Tes 5,23) el ser humano
es uno e
indivisible.
Nosotros le hemos dividido sólo por razones pedagógicas.
Interdependencia:
El cuerpo,
el alma y el espíritu se interrelacionan a niveles que es imposible
precisar.
Lo cierto es que dependen unos de los otros siempre.
A.- ENFERMEDAD
DEL CUERPO Y CURACIÓN FÍSICA
En el primer
momento no pensábamos ahondar en este tema de la curación
física de
una forma
especial ya que todo el libro es un testimonio VIVO de la acción
sanadora del
Señor.
Además, ya se han escrito muchos y muy buenos libros y artículos
sobre este tema
tan apasionante
de la Renovación Carismática. Nosotros solamente queremos
testificar
que el
Evangelio es verdad en el siglo XX, haciendo ciertas consideraciones que
nos
parecen
pertinentes.
Toda la
actividad salvífica de Dios se ha manifestado de dos formas: por
hechos y
por palabras.
San Lucas sintetiza de igual forma la vida de Jesús cuando dice:
En el primer
libro, oh Teófilo, te escribí todo lo que Jesús hizo
y enseñó: Hech 1,1
El Concilio
Vaticano II nos muestra las dos caras de la misma moneda cuando
afirma:
"La revelación se muestra por obras y palabras intrínsecamente
conexas entre sí.
Así
como las obras manifiestan y confirman la doctrina, a su vez las palabras
proclaman
las obras
y las explican": Dei Verbum No. 2. Al final concluye que Cristo Jesús
(Acontecimiento
y Palabra de Dios) es la plenitud de la revelación.
Hay quienes
afirman que lo importante es la sanación espiritual y no la física.
Otros
piensan
que las curaciones son accidentales; que el carisma de sanación
no es esencial y
que por
encima de todo debe estar la caridad.
Yo creo
que la distinción entre "esencial y accidental" no aparece en el
Nuevo
Testamento.
Más que hacer separaciones debemos preguntarnos ¿Dios quiere
sanar a sus
hijos?
Con respecto a que la caridad es el carisma por excelencia, estoy completamente
de acuerdo,
pero ¿quién puede negar que la curación es un maravilloso
vehículo por el
cual se
muestra la caridad para los que sufren? La caridad no es etérea
o abstracta sino
tan concreta
como una persona curada. El don de sanación es básicamente
un don de
caridad.
En los
evangelios aparece 40 veces el verbo "zerapeuo" que significa "curar".
Sin
embargo,
en más de una docena de ocasiones, el verbo "sodso" que generalmente
se
traduce
como "salvar", se refiere a "curar". Es decir, salvar incluye la acción
de curar.
- Animo,
hija, tu fe te ha salvado = sanado. Y quedó sana = salva la mujer
desde
aquel momento.
Mt 9, 22.
-
Y cuantos tocaron (el manto de Jesús) se salvaron = sanaron. Mt
14,36.
- No temas,
ten fe y se salvará = curará (tu hija) Lc 8,50.
- Véase
además: Mc 3,4; 5,23; 28; 6,56; 10,52; Jn 11,12; Hech 14,9.
La salvación
traída por Jesús abarca al hombre completo. Jesús
vino a salvar almas.
Le interesa
el hombre que es cuerpo y que es alma.
a.- Jesús
Sería
superfluo y agotador ofrecer citas bíblicas sobre el ministerio
sanador de
Jesús.
Todo el Evangelio no es sino una interminable cadena de actos misericordiosos
de
Jesús
que sana a todos los enfermos.
Solamente
queremos presentar algunos textos que tienen una especial significación:
en primer
lugar, la carta de presentación del ministerio de Jesús:
El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para
anunciar a los pobres
la Buena
Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y
la vista a los
ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia
del Señor. Lc
4,18-19.
Aquí
encontramos que la misión de Jesús era sanar tanto física
como interiormente
y liberar
de toda atadura que esclaviza al hombre; especialmente del pecado. Cf.
Mt 4,23-
24.
Jesús
dice en otra ocasión que el médico ha venido a buscar no
a los sanos sino a
los enfermos,
no a los justos sino a los pecadores. Su misión no se discute, el
problema es
que nosotros
nos reconozcamos necesitados de su salud. Por eso nos hace la siguiente
recomendación
que es una palabra llena de misericordia y de confianza:
Vengan
a mí todos los que están cansados y agobiados que yo les
aliviaré. Mt
11,28.
Su nombre,
Y'shúa, significa "Dios salva". Salvación integra, de todo
el hombre y
de todos
los hombres.
b.- La
Iglesia
Como el
Padre me envió así también yo los envió. Jn
20, 21.
Los Doce
Apóstoles continúan en el tiempo y el espacio la obra salvífica
de Jesús.
Ellos son
los responsables de hacer llegar hasta los confines de la tierra y por
todos los
siglos,
los frutos de la obra redentora de Cristo Jesús. Son enviados a
predicar y sanar de
manera
inseparable. No son sólo transmisores de una palabra sino portadores
de la
salvación
de Jesús. La Iglesia no es principalmente la que anuncia la Buena
Noticia de
que fuimos
salvados, sino la portadora de esa salvación (sacramento de salvación).
Textos:
Mt 10,5-8; Lc 9,16.
Esta misión
no se reduce a los Doce sino que se amplía a los setenta y dos
discípulos
Curen a
los enfermos que encuentren y díganles: el Reino de Dios está
cerca. Lc
10,9.
Y al final
del Evangelio de Marcos encontramos cómo esta misión se extiende
no
sólo
a los Doce Apóstoles y a los setenta y dos discípulos, sino
"a todos los que crean".
Vayan por
todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. Estas
son
las señales
que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán
demonios,
hablarán
en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban
veneno
no les
hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos
y éstos se pondrán bien. Mc
16,15-18.
c.- Los
signos
La última
frase del Evangelio de Marcos no es su fin sino el principio de la
expansión
de la Buena Nueva que llega hasta nosotros:
Ellos salieron
a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y
confirmando
la Palabra con las señales que la acompañaban. Mc 16,20.
Una de
las características que distinguen al auténtico apóstol
son las señales, los
prodigios
y los milagros: 2Cor 12,12. Cf. Rm 15,19.
Claramente
encontramos en el cuarto evangelio que Juan no habla de milagros o
curaciones
sino de "signos".
Un signo
nos lleva siempre al significado. Así como el humo nos muestra la
existencia
del fuego, así también, un milagro o curación nos
debe expresar que Dios está
allí
actuando y salvando. Los milagros, pues; son signos sensibles de la acción
invisible
de Dios.
Las curaciones
son "semáforos" (semeion-fero) que nos indican:
- Que Jesús
está vivo hoy y tiene el mismo poder que en Samaría y Galilea
para
curar a
los enfermos.
- Que Dios
nos ama y quiere la salvación íntegra del hombre; de su cuerpo
y de su
alma.
- Que Jesús
es el Mesías. Cuando los discípulos del Bautista fueron donde
Jesús
para preguntarle
si era el Mesías, él no contestó sino que comenzó
a sanar a los enfermos.
Muchas
veces no se admiten los milagros y curaciones porque esto implica aceptar
también
a Jesús y sus exigencias. Como aceptar los signos implica reconocer
el
significado,
por eso hay quienes los niegan.
Después
de un retiro regresé a casa contando las maravillas del Señor.
Había un
sacerdote
francés que me escuchaba atento, pero incrédulo. Le conté
cómo en la misa de
sanación,
el Señor le devolvió el habla a la esposa del animador del
grupo de oración. Esa
misma tarde
ella había dado públicamente su testimonio delante de la
multitud; siendo
que no
podía pronunciar palabra alguna desde hacía cuatro años
y medio. Pero el
sacerdote
me dijo muy seguro:
- Pero,
yo no veo ningún milagro. Al contrario, tu echaste a perder el milagro.
- ¿Cómo?
¿Qué dices? -le pregunté. El contestó:
- El milagro
no consistió en que ella hablara sino en que una mujer hubiera podido
pasar cuatro
años y medio sin hablar...
La curación
no tiene un fin apologético para probar la veracidad de una doctrina.
Es
Dios salvando.
Jesús no cura para probar que es Dios sino porque es Dios.
Todo signo
sirve para manifestar algo. Esta es la finalidad de las curaciones que
el Señor
realiza
nos viene a recordar en esta época regida por la eficacia y el pragmatismo,
que
nuestro
Dios está presente en medio de nosotros y es capaz de hacer maravillas.
Demuestran
el poder de Dios para que nos abandonemos plenamente a El en todos los
Que los
milagros son signos, nos lo muestra en el siguiente testimonio:
Una tarde
visité a un policía, el capitán Muñoz. Estaba
agonizando en la cama.
Tenía
50 días en los cuales no comía. Sólo bebía
alcohol cada tres horas. Oramos por él y
el Señor
lo liberó de su adicción al alcohol de la forma más
extraordinaria.
Inmediatamente
dejó de beber. Ni siquiera necesitó pasar por un hospital
para
desintoxicarse.
Yo recordé aquella Palabra del libro de la Sabiduría 16,
12: Ni lo sanó
hierba
ni emplasto alguno, sino tu Palabra, Señor, que todo lo sana. Al
día siguiente
reemplazó
la botella de ron por la Biblia que leía constantemente. Llorando
decía: ¡Qué
bueno es
el Señor!
Sin embargo
esto me trajo muchos problemas, pues a la mañana siguiente había
gritos
y palabronas afuera de la iglesia. Las señoras, cuyos esposos eran
borrachos,
estaban
haciendo fila y tratando de controlar a sus maridos para que oráramos
por ellos.
Era curioso
ver más borrachos en la iglesia que en las cantinas y barras.
El Señor
quiso liberar al policía de esa manera excepcional para despertar
la fe en
su nombre;
pero no en todos los casos sucedía lo mismo. Los enfermos, confiando
en
Jesús,
tenían que hacer también su parte.
Así
como no todos los policías son borrachos como el capitán
Muñoz, así no todos
los borrachos
reciben la salud de la misma forma. Pero lo importante es que mediante
un
caso como
éste crece la fe en el poder salvador de Dios que es capaz de cambiar
nuestra
vida del
modo que mejor le place.
d.- Milagros
y Curaciones
No todas
las sanaciones son milagros del Señor. Hay sanaciones que se consiguen
en la oración
y que no se deben catalogar como milagros. Hablamos de milagro cuando
se trata
de una sanación que ninguna ciencia médica podría
conseguir, y que Dios la
realiza.
En los
casos que el Señor acelera el proceso de la curación que
se hubiera podido
conseguir
de otra manera, sea a través de la medicina, sea a través
de una operación o del
reposo,
decimos simplemente "curación". Por eso no toda curación
recibida en la oración
puede ser
llamada milagrosa.
En Lourdes,
entre tantas curaciones que se han conseguido en un siglo, muy pocas
han sido
catalogadas como milagrosas, como lo muestra la siguiente estadística:
"Desde
Catalina Latapie, sanada en marzo de 1858 hasta Sergio Perrín sanado
en
1978, se
han confirmado 64 sanaciones milagrosas, oficialmente reconocidas como
tales
por la
Iglesia Sin embargo, no se debe olvidar que en el año 1972, se encuentran
anotados
en los
archivos 5,432 casos de sanaciones".
Una curación
milagrosa fue la de Anita Siu de Sheffer. Aquí el Señor hizo
lo que la
ciencia
médica no podía realizar.
Ella tuvo
un accidente automovilístico diez años antes en Santiago
de Chile. Una
lesión
cerebral le hizo perder por completo los sentidos del gusto y del olfato.
Siendo de
posición
acomodada fue a los mejores hospitales de Estados Unidos con la esperanza
de
recuperar
su salud. Después de exámenes y terapias, los médicos
le informaron que las
fibras
transmisoras de esas funciones eran más delgadas que un cabello
y era imposible
hacer operación
alguna para volverlas a unir. Textualmente le habían dicho que "sólo
un
milagro"
podría hacerla recuperar esos sentidos. Ella perdió la esperanza
de volver a
gustar
los sabores y oler los perfumes de las flores.
En la misa
de sanación por los enfermos en Panamá, el Señor nos
dio varias
palabras
de conocimiento de lo que estaba haciendo en la asamblea. Una de ellas
decía
así:
"Aquí
hay una señora que padece una enfermedad muy seria. Ella va a ser
curada
en el transcurso
de la noche y mañana mismo nos dará testimonio de su curación
total."
Al día
siguiente, Anita se dio cuenta de que había recuperado el sentido
del olfato.
Se despertó
con el suave olor del rosal que estaba junto a su ventana y el aroma del
café
en la cocina.
Se levantó de un salto y contó a su esposo la maravilla.
Con lágrimas en los
ojos desayunó
y allí mismo se dio cuenta de que podía saborear los alimentos
por primera
vez desde
su accidente. ¡Lo que no podía hacer ningún médico
de este mundo lo había
hecho el
Señor Jesús, amo de lo imposible!
Luego,
llorando de alegría, dijo a toda la asamblea:
- Tengo
dos niños pero nunca había podido olerlos. Ustedes las mamás
saben lo
que es
apreciar el olor de sus hijos. Pues bien, esta mañana yo me acerqué
a ellos, los
abracé
y comencé a olerlos suavemente.
Un testimonio
muy bello de curación milagrosa es el siguiente que fue escrito
por
una persona
en su carta del 25 de agosto de 1981 al P. Emiliano Tardif.
Yo sufría
de artritis reumatoide que comenzó en octubre pasado con unos fuertes
dolores
en los tobillos las rodillas y las muñecas; además de un
cansancio general. Esta es
una enfermedad
que no debe confundirse con la artritis o reumatismo que son
enfermedades
propias de personas de cierta edad, sin consecuencias graves.
La artritis
reumatoide no se sabe de qué proviene ni cómo se cura. Ataca
las
articulaciones,
produciendo un terrible dolor y el organismo va rechazando las
articulaciones,
la persona se va endureciendo, se deforma y, por lo general, termina en
silla de
ruedas.
Pensando
que no era nada grave, recurrí al médico quien me ordenó
hacer unos
análisis,
los cuales dieron como resultado "artritis positivo" artristest, que era
lo que
determinaba
mi enfermedad. La profesional química que realizó estos trabajos
de
laboratorio,
me recomendó que fuera a los Estados Unidos en busca de mi recuperación.
En
el centro artrítico donde fui atendida me impresionó ver
a las personas en las
distintas
fases de la enfermedad. El doctor Alonso Portuondo, especialista, confirmó
el
diagnóstico
y me dijo que esta enfermedad no se curaba.
Lo único
que se podía hacer era estacionarla, recetándome sales de
oro. Este
remedio
tiene sus aspectos negativos que no tardaron en aparecer: me salían
erupciones
por el
cuerpo, se me caía el cabello y las uñas de los pies. Me
disminuyeron las plaquetas
y los glóbulos
blancos. En ese momento, cuando ya el medicamento me estaba haciendo
daño,
vino al Paraguay el padre Emiliano Tardif. La primera vez que lo escuché
fue en la
iglesia
de san Alfonso. En el momento de la sanación sentí que el
corazón me iba a
explotar,
latía tan fuertemente que escuchaba sus palpitaciones. La segunda
vez fue en la
iglesia
de Coronel Oviedo. De nuevo en el momento de la plegaria por los enfermos
sentí
un temblor
en todo el cuerpo. El padre dijo que en ese momento se estaban curando
dos
señoras
que tenían artritis y que se arrodillaran. La verdad es que no me
animé porque no
me convencí
de que fuera yo la curada ni creía en ese tipo de curaciones quizás
por falta
de fe.
Escuché
una tercera misa. Para entonces mis dolores ya habían desaparecido
y ya
no tomaba
los medicamentos. Mi madre averiguó con la Hermana Margarita Prince
el día
de la partida
del padre Emiliano, y de nuevo en el aeropuerto, el padre Emiliano con
el
padre Andrés
Car me hicieron una oración de sanación. Al terminar me dijo
el primero:
"No digas
más 'tengo artritis', di que tenías, porque estás
curada".
Me han
desaparecido los dolores; dejé de tomar los remedios. (Llegué
a tomar
hasta 12
ascriptin al día, aparte de las sales de oro que me inyectaban semanalmente)
Me hice
los análisis de laboratorio y realmente estoy curada. El doctor
Nicolás
Breuer,
hombre muy creyente que es el médico que me atiende en Asunción
me dijo:
"Hay que
admitir que más allá de la ciencia hay Alguien superior para
quien nada
es imposible"
Según
me han explicado los médicos, la persona que padece esta enfermedad
y que
hipotéticamente
se pudiera curar, jamás le desaparece el artristest, en razón
de que es una
marca que
le queda para toda la vida. Es como aquel enfermo que ha tenido un infarto:
le
queda la
cicatriz en el corazón.
Sin embargo,
en la comparación de los análisis que me han hecho puede
verse que
me he curado
y que han desaparecido las cruces del artristest. La única explicación
que
puedo definir
todo esto es un milagro de Dios.
Ma. Teresa
Galeano de Báez.
Quienes
piensan que las curaciones son algo superficial o accidental en el
ministerio
de Jesús están completamente equivocados. Quienes creen que
las curaciones
salen sobrando
hoy en día y que lo esencial es anunciar el Evangelio están
olvidando el
método
de la pastoral de Jesús.
Nosotros
planeamos y buscamos mil formas para atraer a la gente que cada vez
viene menos
a la iglesia. Organizamos fiestas, conciertos, convivencias, etcétera,
y los
resultados
son muy pobres. Jesús sanaba a los enfermos y la gente venían
en tropel. Eran
tantos
que hasta tenían que meter a los paralíticos por el techo
de la casa de Pedro porque
no había
sitio alguno por donde pasar.
Hoy día
sucede lo mismo. Cuando Jesús sana a los enfermos se reúnen
multitudes
que ni
en los estadios caben y allí les anunciamos el Reino de Dios. Las
consecuencias
son mucho
más grandes que las simples curaciones físicas.
Que los
signos de poder no son sólo espectáculo sino que ayudan eficazmente
a la
renovación
de la vida de fe lo expresa el Arzobispo de Tahití en una carta
a mi Superior
provincial
cuya primera parte transcribimos íntegramente:
Papeete,
30 de noviembre de 1982.
Reverendo
Padre:
Estuve
ausente mientras el padre Tardif predicaba entre nosotros del 21 de octubre
al 14 de
noviembre. Sin embargo, a mi regreso he podido constatar un cambio debido
a
su evangelización:
- El número
de participantes el domingo ha aumentado considerablemente. .
- Un cierto
clima ecuménico se ha instaurado.
- Por todas
partes la vida espiritual nace o renace.
- Ha habido
fuertes conversiones y las confesiones han sido muy frecuentes.
- El clero,
los religiosos y las religiosas han apreciado grandemente la predicación
del padre
Tardif.
- Se preparan
para el matrimonio gran número de uniones ilegítimas, y se
ha
renovado
la vida familiar.
Jamás
la diócesis había experimentado tal empuje de fe.
Hemos celebrado
dos Sínodos, una Revisión apostólica. Retiros impartidos
por
excelentes
predicadores durante los últimos quince años; hemos tenido
grandes
manifestaciones
religiosas, pero nunca con resultados tan amplios y profundos
comparables
a esto.
† Michel
Coopenrath
Arzobispo
de Pappete
Durante
la misa por los enfermos, un ciego comenzó a llorar y al secarse
las
lágrimas
comenzó a ver. Al encontrarse con Jesús, luz del mundo, recobró
la luz en sus
ojos. Esto
impresionó mucho a Gabilou, famoso cantante del Pacífico
que obtuvo el
segundo
premio en Eurovisión, quien se inscribió para el siguiente
retiro donde se
arrepintió,
confesó y comulgó... En la misa de clausura dio su testimonio
a toda la
multitud
diciendo:
- Aquí
hubo muchas sanaciones, pero la más grande la recibí yo,
porque a mí el
Señor
me sanó espiritualmente. Yo tenía 16 años alejado
de la vida cristiana y de los
sacramentos,
pero durante este retiro Jesús me ha encontrado y ya no quiero vivir
ni
cantar
sino para él.
Repitió
su testimonio por televisión y luego en el estadio delante de 20,000
personas.
Hoy día él evangeliza con cantos carismáticos, interpelando
a los jóvenes.
Jesús
también es el Señor de los cantantes y artistas.
Las curaciones
tienen un objetivo muy claro que debemos siempre tener en cuenta.
El Arzobispo
de Brazzaville lo ha escrito de forma muy bella en su carta a todas las
comunidades
de su diócesis:
Brazzaville,
7 de octubre de 1983.
Hemos estado
muy contentos con la predicación del padre Tardif que ha retomado
prácticamente
el tema del Centenario de la Evangelización del Congo: la renovación
de
la fe.
Estas predicaciones
fueron a menudo acompañadas de curaciones espirituales,
morales
y físicas. El espectáculo más extraordinario era ver
durante la oración a los
enfermos
sanarse, los paralíticos caminar, los mudos hablar... era revivir
la era de la
Iglesia
primitiva con Jesús.
Pero que
nadie olvide el objetivo de estos signos milagrosos de Jesús: son
un
testimonio
para despertar la fe de los que no creen y para fortificar la fe de los
creyentes.
¡Dichosos
vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Yo os aseguro
que muchos
profetas y justos desearon ver lo que veis pero no lo vieron, y oír
lo que
vosotros
oís, pero no lo oyeron: Mt 13,16-17.
El padre
Tardif nos ha predicado un Evangelio de verdad y no de mentira. Haber
visto estos
signos y resistirse a creer es lo que Jesús llama "pecado contra
el Espíritu
Santo"
porque se rehúsa a reconocer la verdad... lo cual es muy grave.
La predicación
con poder que hemos vivido dejará una profunda huella que
generaciones
congolesas recordarán por mucho tiempo; como se habla todavía
de las
obras y
palabras de Jesucristo.
† Mons
Bartélemy Batantu
Arzobispo
de Brazzaville
Creo que
son tantos los textos bíblicos e incluso los testimonios de tantos
santos en
la vida
de la Iglesia que resulta fuera de lugar justificar o atacar las curaciones.
Más bien
la cuestión
de fondo debiera ser: ¿Creo que Dios me puede curar? ¿Tengo
fe que el poder
sanador
de Jesús puede pasar a través de mi para sanar a otros?
A veces
tememos las maravillas de Dios por la simple razón de que no las
entendemos.
El Obispo
de Sangmelino en Camerún había invitado al P. Tardif a dar
un retiro
sacerdotal.
Convocó a todos sus sacerdotes pero uno de ellos le replicó:
- Yo no
quiero ir porque allí sólo nos va hablar de milagros y más
milagros.
El Obispo
le contestó:
- Ve, no
tengas miedo. El tema del retiro no es la curación sino la oración.
Aquel Sacerdote
aceptó ir, más por la sugerencia del Obispo que por convicción.
Así
comenzó el retiro. Pero al tercer día se puso de pie delante
de todos y dijo:
- Yo sufría
avanzada artritis deformante en mis manos que hasta me impedía
amarrarme
las correas de mis zapatos. Además quiero aclararles que no quería
venir a
este retiro,
temiendo que sólo nos hablara de milagros. Pero, durante la misa
de ayer sentí
un gran
calor en mis manos. Quiero darle gloria a Dios porque estoy perfectamente
sano.
Ya puedo
mover mis manos...
Entonces
EL P. Emiliano añadió riendo:
- Tú
no querías oír hablar de milagros y ahora eres tú
mismo quien no deja de
proclamar
las maravillas del Señor...
Todo mundo
reía y alababa a Dios mientras el movía sus manos y las mostraba.
Nuestra
actitud debe ser de abandono completo en las manos del Padre amoroso. El
tiene un
plan maravilloso sobre nosotros, en especial para ti que estás leyendo
" El Sol",
pues Jesús
te quiere sanar hoy mismo.
Oración
por sanación física
Lee con
el corazón estas líneas y siente como Jesús te manda
ese fuego que viene a
destruir
tus enfermedades, miedos, temores, angustias y todo lo que se le parezca.
Únete
con fe a esta oración depositando tu vida entera en las manos de
Jesús.
Señor
Jesús, creo que estás vivo y resucitado.
Creo que
estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar
y en cada
uno de
los que en ti creemos.
Te alabo
y te adoro. Te doy gracias, Señor, por venir hasta mí como
pan vivo
bajado
del cielo.
Tú
eres la plenitud de la vida.
Tú
eres la resurrección y la vida.
Tú
eres, Señor, la salud de los enfermos.
Hoy quiero
presentarte todas mis enfermedades porque tú eres el mismo ayer,
hoy y
siempre
y tú mismo me alcanzas hasta donde estoy.
Tú
eres el eterno presente y tú me conoces... ahora, Señor,
te pido que tengas
compasión
de mí.
Visítame
a través de tu Evangelio para que todos reconozcan que tú
estás vivo en tu
Iglesia
hoy; y que se renueve mi fe y mi confianza en ti; te lo suplico, Jesús.
Ten compasión
de mis sufrimientos físicos, de mis heridas emocionales y de
cualquier
enfermedad de mi alma.
Ten compasión
de mí, Señor.
Bendíceme
y haz que vuelva a encontrar la salud.
Que mi
fe crezca y me abra a las maravillas de tu amor, para que también
sea
testigo
de tu poder y de tu compasión.
Te lo pido,
Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y por
tu
preciosa
sangre.
Sáname,
Señor. Sana mi cuerpo, sana mi corazón, sana mi alma.
Dame vida
y vida en abundancia.
Te lo pido
por intercesión de María Santísima, tu madre, la Virgen
de los Dolores,
la que
estaba presente, de pie, cerca de la cruz.
La que
fue la primera en contemplar tus santas llagas y que nos diste por madre.
Tú
nos has revelado que ya has tomado sobre ti todas nuestras dolencias y
por tus
santas
llagas hemos sido curados.
Hoy, Señor,
te presento en la fe todas mis enfermedades y te pido que me sanes
completamente.
Te pido
por la gloria del Padre del cielo, que también sanes a los enfermos
de mi
familia
y mis amigos.
Haz que
crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para gloria de
tu
nombre.
Para que
tu Reino siga extendiéndose más y más en los corazones,
a través de los
signos
y prodigios de tu amor.
Todo esto
te lo pido, Jesús, porque tú eres Jesús, tú
eres el buen pastor y todos
somos ovejas
de tu rebaño.
Estoy tan
seguro de tu amor, que aún antes de conocer el resultado de mi oración,
en fe,
te digo: gracias Jesús, por lo que tú vas a hacer en mí
y en cada uno de ellos.
Gracias
por las enfermedades que tú estás sanando ahora, gracias
por los que tú
estás
visitando con tu misericordia.
B-. ENFERMEDADES
DEL CORAZÓN Y CURACIÓN INTERIOR
Todos somos
conscientes de las graves repercusiones de nuestro pasado en el
presente.
Ahora nos vamos a referir especialmente a las actitudes enfermizas de nuestra
personalidad
y a las relaciones conflictivas con los demás que hunden sus raíces
en
dolorosas
experiencias de nuestra historia. ¡Cuántos traumas han sido
causados por
heridas
en nuestro pasado! Consecuencias negativas invaden el plano fisiológico
(por
ejemplo,
algunas enfermedades físicas son causadas por heridas emocionales),
psicológico
(los complejos son causados siempre por heridas) y que hasta el, espiritual
(muchas
debilidades en nuestra vida de fe tienen dolorosas causas en nuestra historia).
Estas enfermedades
emocionales de nuestro corazón el Señor puede sanarlas mediante
la
oración
de curación interior.
En un centro
psiquiátrico de Montreal había un hombre ciego que presentaba
un
cuadro
médico muy extraño: había perdido la vista aparentemente
sin ninguna causa. El
nervio
óptico, la pupila y la córnea estaban en perfectas condiciones.
No había razón para
ser invidente.
Mediante
un tratamiento hipnótico se descubrió que la causa se remontaba
a
cuando
era muy pequeño y dormía en la misma recámara que
sus padres. Una noche,
ellos tuvieron
relaciones sexuales muy intensas que el pequeño interpretó
como una
agresión
de su padre contra su madre. Esto le causó un trauma tan hondo que
cerró sus
ojos a
esta agresión y a toda realidad, volviéndose ciego. Al encontrarse
el origen del
problema
se le dio la terapia adecuada y después de algunos meses recobró
la vista.
Esto es
lo mismo que hace el Señor Jesús mediante la oración
de curación interior,
yendo a
la raíz de nuestros conflictos para ser sanados; con la ventaja
que él no cobra y lo
hace mucho
más rápido que los psicólogos y psiquiatras de este
mundo. El sana los
corazones
destrozados y venda sus heridas. Sal 147,3
Tenemos
un Dios maravilloso que es capaz de ir hasta el fondo de nuestros
problemas
para sanarnos y liberarnos. Antiguamente existía una bellísima
oración en la
liturgia
que decía: "Libéranos, Señor, de nuestros males pasados,
presentes y futuros...".
Nuestro
Dios es capaz de sanarnos de los males del pasado porque El no está
en el
tiempo.
Mejor dicho, El está en todos los tiempos porque es el mismo ayer,
hoy y
siempre.
Para esto
es necesario primeramente sacar a la luz lo que nos ha herido. Esto
significa
no sólo hacerlo consciente sino exponerlo a la luz del amor de Dios
en un
abandono
total, pidiéndole que El cure con su misericordia infinita nuestras
heridas La
mitad de
la curación de un problema emocional radica en la capacidad de escuchar
al
paciente
con amor y sin juzgarlo.
Existen
algunas enfermedades y heridas físicas que se curan con baños
de sol. La
persona
se expone a los rayos del sol que lo van penetrando y así va sanando.
De la
misma manera,
Jesús, sol de justicia, sana las heridas del corazón. Si
exponemos todo
nuestro
ser, especialmente las áreas más enfermas ante los rayos
de misericordia de su
corazón,
su calor nos va a penetrar y a sanar.
Para ustedes
que buscan a Dios, brillará el sol de justicia con la salvación
en sus
rayos Mal
3,20.
La incubación
de recuerdos dolorosos en nuestra memoria produce traumas y
complejos
en las relaciones con los demás, con nosotros mismos y hasta en
nuestra
relación
con Dios. Por eso, el ministerio de curación interior comienza primordialmente
en el campo
de nuestros recuerdos, pues lo que guardamos archivado en al memoria,
consciente
o inconscientemente, produce reacciones somáticas, orgánicas
y nerviosas.
En un clima
de oración y fe tratamos de regresar a la persona al pasado buscando
el
origen
de sus sufrimientos (rechazo familiar, abandono, violencia, fracaso, accidente,
etcétera).
Entonces se toma cada incidente doloroso y lo ponemos a la luz del Señor,
tomando
autoridad en nombre de Jesús sobre está situación.
Y Jesús, que es el mismo
ayer, hoy
y siempre, sana las heridas de la memoria como el sol sana las heridas
de
nuestro
cuerpo cuando las exponemos a sus rayos.
Mandamos
en el nombre de Jesús, por el poder de sus santas llagas (sus heridas
que
curaron
nuestras heridas) que sean curadas nuestras enfermedades: "Yo te libero
en el
nombre
de Jesús de los temores, angustias, complejos, etcétera,
causados por estos
acontecimientos".
A.- Raíz
del problema
No debemos
confundir la curación con la supresión de síntomas.
No debemos
dejarnos
engañar por los síntomas porque éstos brincan y se
transforman, mientras que el
problema
permanece.
Por ejemplo,
sucede que algunas personas renuncian al cigarrillo por algún método
pero luego
comen más de la cuenta. Un alcohólico puede dejar de beber
pero si no sana la
raíz
puede caer en otros vicios. En estos casos el problema no se soluciona
sino que se
traslada.
Parece un globo inflado que si le apretamos de un lado, el aire se recorre
para el
otro.
Generalmente
existe una herida de falta de amor o deformación del amor en todas
nuestras
enfermedades. Por eso su curación se llama "del corazón".
Una experiencia
negativa de falta o deformación del amor se cura con experiencias
positivas
verdaderas de él. Por eso, no basta descubrir el problema o la raíz
de los
conflictos,
sino más importante es llenar este vacío con el amor misericordioso
del
corazón
de Jesús.
Lo esencial
es apropiarnos los méritos de la muerte de Cristo para gozar de
los
frutos
de su resurrección con la certeza de la fe que, hace dos mil años,
él ya cargó con el
castigo
que nos trae la paz.
En la curación
no se trata de suprimir síntomas (dolor) sino de ir a la raíz
que está
ocasionando
los problemas. Por tanto, no debemos centrar nuestra atención en
los
síntomas,
que son la superficie del problema sino que debemos empeñarnos primero
en
encontrar
la causa de los problemas.
La curación
de Jesús actúa a fondo: desata el nudo principal que origina
todas las
demás
complicaciones. Esta raíz se descubre principalmente de dos formas:
- Dialogando
con la persona; tratando de descubrir cuándo y cómo se originó
el problema.
Había
una persona que sufría de un asma tan fuerte que casi se ahogaba.
Hablando
con ella
Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, y buscando cómo y cuándo
comenzó su
enfermedad
se dio cuenta que fue poco después de nacer su segundo hijo ya que
esta
señora
tenía una vecina que de mala fe la atacaba afirmando que ese niño
recién nacido
no era
hijo de su esposo. Esto la hirió tanto que comenzó con el
asma. El asma no era la
enfermedad
sino el síntoma de una herida emocional que al descubrirse y sanarse
desapareció
automáticamente.
- Mediante
el discernimiento carismático.
En algunas
ocasiones el Señor concede una luz especial para penetrar hasta
la raíz
del problema.
El Señor viene en ayuda de nuestra impotencia para que, descubriendo
lo
que humanamente
es imposible o duraría muchas sesiones con métodos psicológicos,
se
cure la
enfermedad emocional.
El discernimiento
carismático no es fruto de una técnica psicológica
sino una gracia
especial
del Señor para ayudar a un caso particular.
Una niña
de trece años despertó un domingo a media noche muy asustada
con
gritos
y sobresaltos porque un hombre se había metido en su cuarto. Al
día siguiente
amaneció
ciega. A pesar de que abría los ojos nada podía ver. Como
la familia era pobre
buscaron
remedios caseros. Luego recurrieron al doctor y no hubo resultados positivos.
Entonces
la trajeron a la iglesia. Como el P. Emiliano no sabe de medicina lo que
hizo fue
comenzar a orar. Lo hizo pero sin resultado. Oró en lenguas y en
ese momento
comprendió
con mucha claridad que esta niña no estaba ciega sino que tenía
una herida
emocional
por la impresión recibida a través de sus ojos del hombre
que había entrado a
su habitación.
Se le pidió
al Señor que la sanara de su herida emocional y a los diez minutos
comenzó
a ver. Cinco minutos más tarde había recuperado completamente
la visibilidad.
Su herida
emocional era la raíz del mal físico. Curada la causa sanó
también la
consecuencia.
La oración
se debe centrar en que el Señor rompa los lazos del pasado que está
repercutiendo
en el presente. Luego se pide al Señor que llene de amor, comprensión,
paz, etcétera,
aquel momento o circunstancia dolorosa.
En un retiro
en Caracas, Venezuela, una religiosa canadiense le contó al P.
Emiliano
que a pesar de sentirse satisfecha en su vocación y en su apostolado
misionero,
continuamente
cargaba con una tristeza que no sabía explicarnos.
Oramos
por su curación interior y durante la oración en lenguas
una hermana tuvo
una imagen
mental de una niña de unos cinco años que lloraba perdida
en un bosque,
rodeada
de pinos y de nieve. Se le preguntó a la religiosa si esa imagen
le decía algo, a lo
cual ella
contestó con lágrimas en los ojos:
- Cuando
yo era pequeña, un invierno, salí de casa. Mis huellas se
perdieron en la
nieve y
no podía regresar, ni mis padres sabían dónde buscarme
Duré perdida varias
horas,
sufriendo mucho, pensando que lamas podría volver a ver a mis padres.
Entonces
oramos a Jesús, buen pastor, pidiéndole que sanara la herida
emocional,
ya que
él estaba con ella en aquellos momentos y cómo nunca la ha
dejado sola ni ha
permitido
que se pierda en el camino de la vida. Ella fue curada y volvió
la alegría a su
vida y
a su trabajo. Para nuestro Dios todo es presente y nos cura de nuestros
males,
aunque
ya estén sepultados en el pasado.
La curación
de los recuerdos radica en que Jesucristo es el mismo ayer hoy y
siempre
(Heb 13,8) y los méritos redentores de su muerte y resurrección
son siempre
presentes
y eficaces.
En el ministerio
de sanación apropiamos los méritos de la muerte de Cristo
para
vivir los
frutos de la redención en alguna área o momento determinado
de nuestra vida.
El punto
de partida es la certeza de que hace dos mil años, Jesús
ya cargó con nuestras
dolencias
y enfermedades, por la fe nos apoderamos de la victoria de Cristo haciéndola
nuestra.
Con la
curación interior nace una esperanza para quienes ya se habían
resignado a
vivir con
ciertos hábitos y traumas; se abre una puerta de recuperación
para quienes no
pueden
cambiar por más esfuerzos humanos que hacen y gracias a ellos se
rompen las
amarras
que nos esclavizan al pasado.
Jesús
vino a traer vida y vida en abundancia. Nos quiere y nos capacita para
ser
libres
de toda atadura que nos encadene a un triste pasado o una experiencia negativa.
Hay personas
que se acercan al sacramento de la Reconciliación para confesar
siempre
las mismas faltas y pecados. De esta manera el sacramento parece que sólo
nos
otorga
el perdón de Dios, más no la fuerza para salir victoriosos
en la lucha contra el
pecado.
La sanación interior ha venido a liberarnos de esas dependencias
que nos
esclavizan
y no nos dejan volar a la altura de la unión con Dios y la santificación.
¿Esto
significa entonces que la curación interior es más eficaz
que el sacramento?
De ninguna
manera, porque es especialmente en el sacramento de la Reconciliación
donde la
curación interior puede ir más a fondo.
Si los
sacerdotes fueran conscientes del poder sanador del sacramento de la
Reconciliación
no dejarían de usarlo en cada caso. El sacerdote que reduce el sacramento
a dar sólo
la absolución y no ora por la sanación interior, está
reduciendo
lamentablemente
el poder del sacramento.
Oración
Por curación interior
Como todos
estamos enfermos por heridas en nuestro pasado, a continuación
hacemos
una oración de curación interior para que el Señor
sane el corazón de los que
reconozcan
necesitarlo:
Padre de
bondad, Padre de amor, te bendigo, te alabo y te doy gracias porque por
tu amor
nos diste a Jesús.
Gracias
Padre porque a la luz del Espíritu comprendemos que él es
la luz, la
verdad
y el buen pastor que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en
abundancia.
Hoy, Padre,
me quiero presentar delante de ti, como tu hijo.
Tú
me conoces por mi nombre.
Pon tus
ojos de Padre amoroso en mi vida.
Tú
conoces mi corazón y conoces las heridas de mi historia.
Tú
conoces todo lo que he querido hacer y no he hecho.
Conoces
también lo que hice o me hicieron lastimándome.
Tú
conoces mis limitaciones, errores y mi pecado.
Conoces
los traumas y complejos de mi vida.
Hoy, Padre,
te pido que por el amor que le tienes a tu Hijo Jesucristo, derrames tu
Santo Espíritu
sobre mí, para que el calor de tu amor sanador, penetre en lo más
íntimo
de mi corazón.
Tú
que sanas los corazones destrozados y vendas las heridas sáname
aquí y ahora
de mi alma,
mi mente, mi memoria y todo mi interior.
Entra en
mí, Señor Jesús, como entraste en aquella casa donde
estaban tus
discípulos
llenos de miedo.
Tú
te apareciste en medio de ellos y les dijiste: "paz a vosotros". Entra
en mi
corazón
y dame tu paz.
Lléname
de amor.
Sabemos
que el amor echa fuera el temor.
Pasa por
mi vida y sana mi corazón.
Sabemos,
Señor Jesús, que tú lo haces siempre que te lo pedimos,
y te lo estoy
pidiendo
con María, mi madre, la que estaba en las bodas de Caná cuando
no había vino
y tú
respondiste a su deseo, transformando el agua en vino.
Cambia
mi corazón y dame un corazón generoso, un corazón
afable, un corazón
bondadoso,
dame un corazón nuevo.
Haz brotar
en mí los frutos de tu presencia.
Dame el
fruto de tu Espíritu que es amor, paz, alegría.
Haz que
venga sobre mí el Espíritu de las bienaventuranzas, para
que pueda
saborear
y buscar a Dios cada día, viviendo sin complejos ni traumas junto
a los demás,
junto a
mi familia, junto a mis hermanos.
Te doy
gracias, Padre, por lo que estas haciendo hoy en mi vida.
Te doy
gracias de todo corazón porque tú me sanas, porque tú
me liberas, porque tú
rompes
las cadenas y me das la libertad.
Gracias,
Señor Jesús, porque soy templo de tú Espíritu
y ese templo no se puede
destruir
porque es la Casa de Dios.
Te doy
gracias, Espíritu Santo, por la fe.
Gracias
por el amor que has puesto en mi corazón.
¡Qué
grande eres, Señor Dios Trino y Uno!
Bendito
y alabado seas, Señor.
b.- La
oración
Creo que
lo que más ayuda a orar por la sanación interior de otros
es antes haber
recibido
esa misma sanación interior. Todo aquel que trabaje en el ministerio
de sanación
debe haber
tenido la experiencia de su sanación interior otorgada por el Señor.
Lo primero
que debemos pedir en el ministerio de la sanación es la compasión
por
los enfermos.
La compasión es una característica esencial del corazón
misericordioso de
Cristo
Jesús. El tenía compasión de la gente y por eso la
sanaba o le daba alimento.
Sin compasión
(sufir-con) nuestra oración es sólo vocal y exterior, no
del corazón.
Para la
oración de curación interior no existe un modelo que siempre
se deba
seguir;
más bien se debe seguir a Jesús que enseñó
y curó al impulso del Espíritu. No
conozco
método. Jesús no lo tenía.
Sin afán
de presentar sino una experiencia de cómo Dios nos ha enseñado
a orar
por los
enfermos, queremos presentar varias pistas que puedan servir a otros; teniendo
claro que
Dios les puede enseñar otras cosas más.
- En el
Nombre de Jesús
Jesucristo
es el único mediador entre Dios y los hombres y por eso no hay otro
nombre
dado a los hombres para ser salvados. (1Tim 2,5; Hech 4,12) Sólo
Jesús sana,
libera
y salva. Cualquier cosa que pedimos en su nombre, el Padre nos escucha.
(Jn
16,23)
La oración
en el nombre de Jesús no se limita sólo a pronunciar el nombre
de Jesús
sino ante
todo tener la confianza en que orando él en nosotros y nosotros
en él, el Padre
siempre
nos escucha.
Algunos,
durante la oración de sanación y especialmente en la de liberación,
están
repitiendo
o cantando el santo nombre de Jesús muchas veces. En verdad que
hay salud y
poder en
ese nombre ya que significa "Dios salva" y ya sabemos que la Palabra de
Dios
realiza
lo que contiene.
En el nombre
de Jesús se sanan los enfermos. (Mt 7,22; Hech 4,30)
- Por la
Sangre de el Cordero
Se implora
el valor de la sangre preciosa de Jesús, Cordero de Dios que quita
el
pecado
del mundo y todas sus consecuencias para que nos libere del poder de las
tinieblas.
San Pablo
afirma que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos (Ef 1, 7).
Invocamos
la sangre de Cristo Jesús porque a veces atrás de una herida
emocional,
una opresión,
obsesión y hasta enfermedad física se anida un elemento de
pecado.
Entonces,
oramos:
"Por la
sangre preciosa de Cristo Jesús te declaro libre de toda atadura
y mal que te
esté
impidiendo vivir en plenitud la vida de Cristo Jesús".
En la asamblea
de oración por los enfermos "me tocó sentarme a su espalda,
en un
nivel más
bajo, por lo que no podía verlo. Únicamente escuchaba. Conforme
usted
hablaba
yo me iba metiendo en ese mundo maravilloso de Dios, sin darme cuenta.
De repente
comencé a percatarme de que algo especial estaba pasando. Me sentí
como flotar
en el aire, me comencé a bañar en sudor y sentí necesidad
de glorificar a
Dios en
voz alta. Mis lágrimas salían copiosamente. Luego vino la
oración por los
enfermos.
Usted nos hizo meditar en la cruz de Nuestro Señor.
Yo me lo
imaginaba con toda claridad. En ese mismo momento me sentí sumergida
en esa
sangre preciosa. Entonces mi llanto era de tristeza por mis pecados. El
me dijo
entonces:
"Te amo. En todos aquellos momentos de falta de comprensión y consuelo
allí
estaba
yo amándote" (hoy que lo escribo vuelvo a llorar).
En ese
momento sentí que algo me hacía presión en mi estómago.
El Señor curaba
entonces
mi vejiga y mi uretra que me había quedado cerrada y en mala posición
por los
partos.
Pasé toda la noche alabando al Señor sin poder dormir. De
esto hace exactamente
un año
y no he vuelto a tener molestia alguna. Pero lo más importante es
que a partir de
haberme
sentido inundada por la sangre de Cristo han sucedido cosas maravillosas
en mi
vida espiritual".
Virginia
Díaz de Enríquez.
-Por las
llagas de Jesús
Por las
llagas de Jesús fuimos curados de nuestras heridas. Por sus heridas
hemos
sido sanados.
El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus azotes hemos
sido
curados.
El siervo
de Dios cargó con todas nuestras dolencias y enfermedades para que,
libres
del temor, pudiéramos servir en santidad y justicia todos los días
de nuestra vida.
Por esta
razón acostumbramos orar así:
"Por las
cinco llagas de Cristo Jesús te declaro libre con la libertad de
hijo de Dios,
redimido
por Cristo Jesús".
"Señor
Jesús, sana por el poder de tus llagas, sana las heridas de los
recuerdos...
Sana la
raíz de este problema que está causando tristeza, odio, miedo,
etc.
- Orar
en lenguas
Ayuda bastante
en la oración interior es la oración en lenguas.
Sólo
queremos decir que cuando oramos en lenguas nuestra mente está
completamente
rendida al Señor para que El nos use como canales de salud.
La oración
en lenguas es un instrumento maravilloso que tiene la capacidad de
penetrar
hasta donde el hombre y la ciencia no son capaces.
El P. Emiliano
nos dice que en un retiro sacerdotal en Lyon, Francia, había
sacerdotes
abiertos al don de lenguas pero había otros que se oponían
y hasta se burlaban.
El peor
de éstos era un sacerdote misionero que trabajaba dando clases de
árabe en una
universidad
de África. El segundo día este sacerdote se puso de pie delante
de todos y
escribió
unos signos muy raros en el pizarrón. Luego, muy conmovido, nos
explicó:
- Durante
la oración en lenguas de ayer ustedes estaban diciendo esto en árabe;
lo
cual significa:
"Dios hace misericordia".
En toda
oración en lenguas "Dios hace misericordia" con nosotros ya que
no
sabemos
pedir como conviene, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra
debilidad e
intercede
por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26).
- Intercesión
de María
También
de ella hablaremos después, pero es bueno incluirla aquí
para tener una
visión
de conjunto de estos elementos fundamentales de la oración de curación.
Ella es la
persona
que tiene el carisma de curación de una manera más excelsa
porque ella tiene a
Jesús,
nuestra salud, y ella estaba al pie de la cruz donde el Cordero de Dios
fue herido
por nuestras
rebeldías.
La intercesión
de la oración de María se constata por todo el mundo en los
santuarios
marianos.
C.- ENFERMEDAD
DEL ESPÍRITU Y RECONCILIACIÓN
Nuestra
alma también se puede enfermar, esto es más grave que un
cáncer o un
trauma
psicológico.
Un sábado
Jesús llegó a la piscina de Bezatá (que significa
"Casa de misericordia").
Vio a un
hombre que yacía sobre su lecho y le ordenó:
-
Levántate. Toma tu camilla y anda.
Aquel hombre
que llevaba 38 años paralítico encontró gracia delante
de los ojos de
Dios, se
levantó y comenzó a andar. Luego el Maestro se lo encontró
y le advirtió:
Mira que
estás curado. Vete y no peques más para que no te suceda
algo peor Jn 5,
1-14.
Jesús
de ninguna manera afirmó que si pecaba se quedaría más
de 38 años
paralítico;
sino que el pecar sería peor que 38 años de parálisis.
Es más, el pecado no sólo
es una
enfermedad sino que necesariamente produce muerte. San Pablo afirma que:
El salario
del pecado es la muerte. Rm 6,23
El pecado
produce la muerte en cuanto que nos priva de la vida de Dios; o mejor
dicho,
de Dios que es la vida.
Me dejaron
a mí manantial de aguas vivas y se construyeron cisternas agrietadas
que el
agua no pueden contener. Jer 2,13
El pecado
básicamente consiste en una falta de fe en Dios; generalmente provocada
por un
exceso de confianza en nosotros mismos. Es creer más en nosotros
mismos
(nuestros
valores, pensamientos, seguridades, etc.) que en Dios. El fruto prohibido
del
paraíso
es el hombre que confía más en sus propios medios para lograr
la realización de
su ser
que en el camino propuesto por Dios.
El pecado
perjudica más al hombre que a Dios mismo. (Prov 8,36; Jer 26,19)
¿Es
acaso a mí a quien hieren sus rebeldías? ¿No es más
bien ustedes mismos para
su propia
confusión? Jer 7,19.
Dios nos
ama tanto que sabiendo la atadura que produce el pecado en nosotros, nos
prohíbe
pecar, nos prohíbe ser esclavos.
La sanación
completa consiste en que somos liberados de la ley del pecado que nos
lleva a
hacer el mal que no queremos y nos impide hacer el bien que nos proponemos.
Es
decir,
Dios no sólo nos perdona el pecado sino que nos fortalece para no
volver a pecar.
Aún
más, cambia nuestro corazón para "querer y hacer" lo que
El manda; no
porque
está mandando exteriormente, sino como imperativo que brota como
exigencia
del propio
ser que ha sido transformado por su Espíritu Santo. No hay hombre
más
hombre
que aquel que ha sido liberado de la esclavitud del pecado.
Dios es
el Dios de los perdones, (Neh 9,17) quien siempre perdona y perdona para
siempre.
Por su parte El ya nos perdonó todos nuestros pecados. La sangre
preciosa de
Cristo
en la cruz es la medicina sanadora de nuestros pecados.
¿Qué
Dios hay como tú que quite la iniquidad y pase por alto la rebeldía
de su
pueblo?
Tú no mantienes tu enojo por siempre porque eres un Dios que te
complaces en
el amor.
Tú te vuelves a compadecer siempre de nosotros y pisoteas nuestras
iniquidades.
¡Tú
arrojas hasta el fondo del mar todos nuestros pecados! Miq 7,18-19.
A nosotros
corresponde tomar, hacer nuestra esa medicina, mediante la fe y la
reconciliación.
Por la fe nos apropiamos los méritos de Cristo Jesús en la
cruz. Por la
conversión
ponemos en juego todo el potencial de los frutos de su redención.
Basta
confesarnos
pecadores frente a su misericordia para ser perdonados.
Si reconocemos
nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos y purificarnos
de toda
injusticia. 1Jn 1,9
En este
campo juega un papel imprescindible la Reconciliación que es el
sacramento
del encuentro de alegría; porque es el regreso del hijo amado a
la casa de su
Padre misericordioso
que le pone zapatos nuevos (dignidad), vestido fino (vida nueva) y
anillo
(de heredero); organizando además una fiesta porque el hijo que
estaba muerto ha
vuelto
a la vida. (Lc 15,11-24)
Jesús
envió a los apóstoles a "resucitar muertos"; (Mt 10,8) y
no hay gente más
muerta
que aquella que ha perdido la vida de Dios por el pecado.
Sin embargo,
muchos no entienden todavía este bello sacramento y aún le
tienen
miedo y
buscan mil excusas para no confesarse. El P. Emiliano Tardif nos cuenta
unos
bellos
testimonios.
Había
un sacerdote que trabajaba en una pequeña aldea en el Polo Norte.
Para ir al
pueblo
más cercano donde radicaba otro sacerdote para confesarse no había
carretera y
debía
tomar una vieja avioneta. Por esta razón él explicaba:
- Yo ya
no me confieso porque, irme a confesar por un pecado venial, me sale
demasiado
caro el viaje en avioneta. Y si tengo pecado mortal, me da miedo subirme
a
ese viejo
aparato....
En una
ocasión yo regresaba a mi pueblo en mi auto. Sin darme cuenta rebasé
el
límite
de velocidad hasta que me alcanzó un policía en su motocicleta.
Me detuve y se
me acercó
aquel policía con su pistola; enojado porque tenía muchos
minutos
siguiéndome
y yo no me detenía. Cuando le entregué mis papeles y los
leyó, me
preguntó:
- ¿Es
usted el famoso padre Tardif? - Sí -contesté- ¿desea
usted confesarse?
El se asustó
tanto que me entregó inmediatamente mis documentos y me dijo que
tenía
demasiada prisa. ¡Con todo y pistola tenía miedo a confesarse...!
¡No hubo multa ni
confesión
por el miedo que él tenía! Le tememos a la confesión
porque no entendemos
que es
el sacramento del amor de Dios.
Siempre
que le pedimos perdón al Señor, sea lo que sea, El nos perdona.
El jamás
se escandaliza
de nuestros pecados. Sólo espera que los reconozcamos y que le pidamos
perdón,
sin excusarnos ni minimizar la falta.
Solamente
existe un pecado que Dios no puede perdonar: aquel del que no le
pedimos
perdón, el pecado que no reconocemos como tal, el que auto justificamos.
El sacerdote
es el ministro del perdón de Dios. No es juez, no es verdugo, sino
el
canal a
través del cual pasa la misericordia divina. No existe labor más
profunda y
efectiva
que acoger al pecador enlodado por el pecado y ponerle a la puerta del
paraíso.
El sacerdote
es la única persona en toda la parroquia que tiene el poder de perdonar
los pecados
y de presidir la Eucaristía. Nadie lo puede reemplazar.
Cada vez
que el sacerdote confiesa es un profeta de Dios que en nombre del Señor
nos dice:
"Yo te absuelvo de tus pecados...". Habla en nombre de Dios.
Además,
así como la Eucaristía es el lugar privilegiado para recibir
la sanación
física,
la Reconciliación es el mejor momento para orar por la sanación
interior.
Un sacerdote
me objetaba muy convencido.
- No puedo
orar detenidamente por cada persona porque entonces no me alcanza el
tiempo
para el trabajo.
Yo le contesté:
- Pero,
¿cuál es tu trabajo sino liberar a los oprimidos y ser ministro
de la
reconciliación?
El pensaba
que pintar el salón parroquial era su trabajo y, sacrificando lo
suyo
propio,
lo que nadie más que él podía hacer, realizaba lo
de otros muchos. Hay otros que
prefieren
contar el dinero de la cooperativa que contar a la gente las maravillas
de Dios y
liberarlas
de sus esclavitudes.
D.- CONVALESCENCIA
Para cualquier
caso de enfermedad que hemos visto, la etapa de convalecencia es
de capital
importancia pues de ella depende la total recuperación.
En el ministerio
de curación, física, interior o de liberación, sucede
lo mismo.
Cuando
el Señor ha intervenido de manera asombrosa o milagrosa la persona
necesita
una etapa
de convalecencia para no recaer otra vez. He aquí unas ideas de
lo que
entendemos
como convalecencia:
a.- La
vida sacramental
La persona
que ha recibido una curación de parte del Señor necesita
un alimento
especialmente
tonificante que Dios nos ofrece a través de los sacramentos. Incluso
hablamos
de la vida sacramental porque es vida y vida divina la que se comunica
a través
de ellos.
No es posible prescindir de los sacramentos si se quiere una recuperación
total.
La oración
es el contacto directo con la fuente de la salud. El contacto con el Señor
es más
importante que el suero o el oxígeno para un enfermo. Si rompemos
este conducto
nos exponemos
a perder algo más valioso que la salud física o interior.
b.- La
oración
La oración
es una comunión de amor. La Palabra de Dios purifica (Jn 15,3) y
sana:
Ni los
sanó hierba ni emplasto alguno sino tu Palabra que todo lo sana:
Sab 16,12. La
Escritura
leída y orada con fe es la más eficaz medicina porque es
palabra de Vida eterna
(Jn 6,68).
Algunas
veces se pierde el fruto de una sanación integral porque la persona
se aísla
y no se
integra a la comunidad. Es más, podemos afirmar que Dios quiere
que esté sano
en su totalidad
el Cuerpo de su Hijo, y no sólo algunos de sus miembros.
La sanación
completa se da en la medida que vivimos el misterio de ser el Cuerpo
de Cristo;
comunidad de fe y amor con la esperanza de la patria definitiva.
Todos buscamos
la felicidad, por eso queremos la sanación. Sin embargo la
sanación
completa la encontramos en las bienaventuranzas de Cristo Jesús.
Jesús
nos ha dado una regla de oro para ser felices: "hay más alegría
en dar que en
recibir".
Hech 20,31. En la medida que salgamos de nosotros mismos para darnos a
los
demás
alcanzaremos la perfecta sanación.
Cuando
Jesús liberó a María Magdalena de siete demonios siguió
una larga etapa
de convalecencia
hasta su recuperación total. Si nos damos cuenta, María Magdalena
tuvo estos
puntos antes enunciados.
6
LA LIBERACIÓN
Existe
un campo tan misterioso y delicado como real que es la acción del
Demonio
en el mundo
y las personas.
Jesús
habla a menudo de este tema y frecuentemente lo encontramos enfrascado
en
una lucha
contra Satán y sus poderes que dominan el mundo Es más, una
de las pruebas
que Jesús
mismo ofrece de su mesianismo es la expulsión de demonios. Si por
el dedo de
Dios yo
expulso los demonios es porque el Reino de Dios ha llegado. Lc 11, 20.
Cf. Mt 8,
16; Lc
7,21. Jesús venció con su muerte al Príncipe de las
tinieblas y por su resurrección
fuimos
trasladados al Reino de su amor.
Pedro (Hech
10,38) resume la obra mesiánica de Jesús en cuatro puntos:
- Ungido
con el Espíritu Santo y con poder.
- Pasó
haciendo el bien.
- Curando.
- Liberando
a todos los oprimidos por el Diablo.
En esta
síntesis encontramos perfectamente integrado el ministerio de liberación.
No es un
ministerio aislado, sino que encaja en el contexto de evangelización.
Lo realizan
personas
ungidas por Dios con el Espíritu Santo y en el nombre de Jesús.
Además no es
cuestión
sólo de echar fuera a los demonios sino de hacer el bien, el máximo
bien: dejar
la salvación
actuante en la persona y en la comunidad.
Los apóstoles
fueron enviados a evangelizar y también a expulsar demonios (Mt
10,7-8)
y volvieron gozosos porque éstos se les sometían. (Lc 10,7)
Sin embargo
hay personas que piensan que sacar de estos textos la conclusión
de la
existencia
y la acción del Demonio sería fundamentalismo bíblico
o retroceder a ideas
medievales.
No es que
me interese proclamar y dar a conocer a Satanás. Lo que intento
es que el
mundo conozca
y ame a Jesús. Pero, Satanás es el gran enemigo de Dios que
obstaculiza
nuestro
encuentro con el Señor. Si estamos ignorantes y no conocemos la
clase de
mentiras
que él siempre usa, no podremos estar prevenidos para sus ataques.
El Papa
Pablo VI en su célebre discurso del 15 de noviembre de 1972, decía:
"Una de
las principales necesidades de la Iglesia de hoy es la defensa del maligno
que se
llama Demonio. El mal no es mera ausencia de algo, sino un agente efectivo;
un
ser vivo
y espiritual, pervertido, perverso (y pervertidor). Está en contra
de las
enseñanzas
de la Biblia y de la Iglesia rehusarse a admitir tal realidad".
Aquí
conviene aclarar que el Padre Nuestro termina pidiendo: "Líbranos
del Malo",
no solamente
"del mal" como generalmente se traduce Mt 6, 13.
"La gran
victoria de Satanás -comenta el padre Salvador Carrillo, doctor
en
Sagradas
Escrituras- es que no creamos que él existe porque así le
permitimos actuar con
toda libertad.
La Biblia habla poco del Demonio. En el Antiguo Testamento casi no
aparece.
Después de la venida de Jesús vuelve a disminuir su influjo
no volviendo a
aparecer
sino en pocos textos. Es en los Evangelios, ante la presencia salvífica
de Cristo
Jesús,
donde reactiva su acción y se revela su presencia. ¿Qué
de extraño tiene pues que
ahora que
estamos viviendo esta manifestación poderosa de Cristo se desencadenen
las
fuerzas
del Mal como sucedió durante el ministerio de Jesús?
Insistimos
que la acción diabólica no debe ser nuestro centro de atención.
Es
simplemente
sintomática: signo de que Jesús está actuando poderosamente
entre
nosotros.
Jesús vino a liberarnos del poder del Príncipe de este mundo
y el ganó la batalla
en su cruz.
Satanás está derrotado, por esto a veces se pone bravo, por
estar amarrado.
Jesús
ya aplastó la cabeza del Enemigo. (Cf. Gen 3,15)
Hay quienes
proclaman y hasta exageran el poder y la acción de Satanás,
atribuyéndole
todo lo malo, cualquier dificultad y toda enfermedad. Ven diablos por
doquier
y quieren exorcizar ante cualquier catarro. Este es el otro extremo, olvidando
que
los enemigos
del alma son también el mundo y la carne. A Satanás le gustan
dos cosas: o
que lo
ignoremos o que le demos el papel principal de la obra.
Su acción
se manifiesta de tres formas: la opresión y la obsesión que
son las más
generalizadas;
y la posesión, la cual es poco frecuente.
A.- La
Opresión
La opresión
es la acción de Satanás sobre los cuerpos o las cosas. Por
ejemplo,
ruidos
en la noche, cosas que se mueven, luces que se apagan, voces, ciertas
enfermedades
raras que no tienen explicación médica, etc. Se trata de
acciones exteriores.
El P. Emiliano
nos dice que un día un Obispo del Caribe le envió a su prima
que
sufría
cierta enfermedad muy extraña. Oraron y el Señor la liberó.
Luego le pidieron que
fuera a
su casa porque sucedían cosas raras. Le respondió que no
iría; para eso tenía a su
primo Obispo;
que le pidiera bendecir su casa. Al ir el Obispo y bendecir el hogar cesó
el
problema.
Fue todo muy sencillo porque para Jesús todo es sencillo.
Nosotros
dividimos los problemas en fáciles y difíciles, pero para
Jesús todos los
problemas
son fáciles; si no, no sería el Señor.
Añade
el P. Emiliano: recuerdo otro caso muy importante. Era un hombre llamado
Julio Núñez
que no podía caminar y gateaba como un animalito. El Señor
lo curó en una
asamblea
de oración.
Fue tan
impactante su curación que daba testimonio por todas partes. En
una
ocasión
una señora lo reconoció y le preguntó:
- ¿No
eres tú el tullido?
- Sí,
pero el Señor ya me enderezó...
Incluso
lo invitamos varias veces a acompañarnos, testificando en diferentes
retiros
la maravillosa
curación que había recibido.
Un año
después, el párroco de San Francisco de Macoris nos pidió
hacer un retiro
carismático.
Invité a Julio Núñez, pensando que su testimonio sería
más fuerte, por ser él
miembro
de esta parroquia.
Al llegar
y preguntar por Julio se me acercó una señora muy triste:
- Padre,
a Julio le volvió la cosa esa... Sí, padre, no puede caminar
y anda otra vez a
gatas.
- ¿Desde
cuándo anda así?
- Desde
hace cinco días...
Mandé
que fueran a buscarlo y lo trajeron a caballo. Comenzamos a orar por él.
Yo
le decía
al Señor:
- Señor,
no puedes quedar mal aquí que es la parroquia de Julio...
Pero el
Señor no lo sanaba. Entonces comenzamos a orar en lenguas y me vino
a la
mente como
un flechazo: "espíritu de enfermedad". Entonces imperé y
dije:
- Espíritu
de enfermedad, te ordeno en el nombre de Jesús que salgas y dejes
libre a
este hijo
de Dios. Te mando en el nombre de Jesús que te vayas a los pies
de Jesús para
que disponga
de ti y te prohíbo que vuelvas a molestarlo porque es hijo de Dios
y nada en
él
te pertenece.
Julio sintió
un escalofrío, luego, con toda sencillez se levantó y comenzó
a caminar.
Satanás
lo estaba oprimiendo para que no diera el testimonio de su curación.
Pero
Dios es
más inteligente y, restablecido Julio, su testimonio fue doble:
su curación y de
cómo
Dios lo había liberado de esa opresión.
En la oración
en lenguas el Señor vino en ayuda de nuestra debilidad y nos dio
su
discernimiento
carismático para señalarnos lo que le pasaba a Julio; sufría
de un espíritu
de enfermedad.
Esto puede
parecer extraño a los que no han leído el Evangelio pero
allí
encontramos
un caso muy parecido: Había una mujer a la que un espíritu
tenía enferma
por 18
años; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse.
Lc 13, 11. Jesús
hizo una
liberación cuando le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad.
En los
Hechos consta que la gente llevaba a los enfermos y atormentados por los
espíritus
con los apóstoles.
B.- La
Obsesión
Llamamos
obsesión a la influencia y acción del Enemigo sobre la mente
de las
personas.
Si la opresión se manifiesta en lo exterior y material, la obsesión
se manifiesta
en el interior.
Existen
personas atormentadas con tremendas obsesiones sexuales, ideas de
suicidio,
espíritu de blasfemia, autodestrucción, desprecio, sentirse
indigno del perdón de
Dios, etc.
En estos casos a veces la causa no sólo es física o psicológica,
sino que están
atormentadas
por una obsesión que las esclaviza, no teniendo fuerza para salir
victoriosas.
Podría
decir que la obsesión se parece a una tentación; pero en
vez de ser pasajera
es permanente,
además de tener una fuerza e intensidad que va más allá
de nuestras
capacidades
humanas para vencerla.
Un día
en México me llevaron a una mujer que tenía muchos años
sufriendo cosas
muy extrañas.
Oramos por ella y le pedimos que nos acompañara en la recitación
del
Padre Nuestro.
Pero, ella no podía decir "perdónanos como nosotros perdonamos
a los
que nos
han ofendido". Tenía un gran rencor en su corazón porque
un enemigo, para
vengarse,
le echó un maleficio. A raíz de eso comenzó a sufrir
mucho y a odiar a ese
hombre.
No era simple resentimiento sino una verdadera esclavitud que la mantenía
atada.
Oramos
por su liberación del odio pero no había resultado alguno
me acordé de
aquel joven
al que los discípulos no habían podido liberar de las ataduras
de Satanás y lo
llevaron
donde Jesús. Entonces nos acercamos al sagrario y le pedimos a Jesús
que la
liberara
por su sangre preciosa. El Señor actuó inmediatamente liberándola
del espíritu de
brujería
y de rencor. Por primera vez en mucho tiempo pudo recitar completo el "Padre
Nuestro"
En la República
Dominicana había un hombre casado con una mujer joven. Tenían
dos hijitos.
A pesar de todo, él no podía dejar de tener relaciones sexuales
con prostitutas.
Era un
deseo superior a sus fuerzas que no podía dominar. El se esforzaba
pero no le
daba resultado.
Entonces hicimos oración de liberación por él y no
hubo resultados, hasta
que comprendimos
que sólo estábamos ocupándonos de expulsar al espíritu
impuro. Pero
al evangelizarlo
el Señor hizo su obra y fue liberado de esa obsesión.
En Quebec
había una religiosa que cuando iba a comulgar sucedía como
si en su
mente comenzara
a correr una grabación llena de blasfemias. Ella lloraba y sufría
mucho
por eso.
Habló con su confesor y éste le aconsejó que rezara
mucho a la Virgen María. Ni
penitencias
ni ayunos le daban resultados pues todo aquello continuaba.
Un día
un sacerdote carismático de Quebec fue al convento, oró por
ella para que
fuera liberada
de ese espíritu de blasfemia. Ella fue restablecida completamente
gracias a
esa oración.
En el Nuevo
Testamento encontramos diferentes clases de espíritus que vale la
pena conocer:
- Espíritu
inmundo o impuro, que es el más frecuente (Mt 12,43; Mc 1,23.26.27;
3,11; 5,2.8.13;
7,25; Lc 4,33.36; 6,18; 8, 29; 9,42; 11,24).
- Espíritu
mudo (Mc 9,17).
- Espíritu
sordo y mudo (Mc 9,25b).
- Malos
espíritus (Lc 7,21; Hech 19,12).
- Espíritus
malignos (Lc 8,2).
- Espíritu
adivino (Hech 16,16).
- Espíritu
del mal (Ef 6,12).
- Espíritus
engañadores (1Tm 4,1).
a.- La
Oración de Liberación
El ministerio
de liberación se realiza en el nombre y con el poder de Cristo Jesús.
En su nombre
oramos al Padre y resistimos las asechanzas del Enemigo. Con su poder lo
liberamos
de toda opresión y obsesión.
La liberación
de opresiones y obsesiones tiene dos aspectos:
- Orar
al Padre en el nombre de Jesús para que libere a la persona de todo
lo que
está
esclavizado Es tan obvio este aspecto que no necesita aclaración.
-
Imperar con el poder de Cristo que dijo: "en mi nombre expulsarán
demonios".
Mc 16,17.
Aquí debemos subrayar que no se trata de una petición sino
de una orden para
que deje
en paz y libertad a la persona. Esta autoridad se ejerce en el nombre de
Cristo
Jesús.
La oración
más sencilla y eficaz la encontramos en san Pablo: "En el nombre
de
Jesucristo
te ordeno que salgas de esta mujer". Hech 16,18.
Algunos
sacan el espíritu pero no le prohíben regresar, olvidando
aquella Palabra
del Evangelio:
El Espíritu anda vagando y puede regresar con otros siete peores.
(Mt
12,43-45)
Es necesario darle la orden: "Te prohíbo regresar". (Mc 9,25)
Para hacer
la oración de liberación es necesario primeramente pedir
la protección
del Señor.
Así como en la noche de Pascua los dinteles de los hebreos, protegidos
por la
sangre
del cordero pascual, eran respetados por el ángel exterminador;
así también la
sangre
del Cordero de Dios nos cubre, protege y libera de toda influencia del
Malo.
El P. Emiliano
nos dice como hace esta oración.
"Yo reclamo
sobre mí y sobre los que aquí estamos la sangre del Cordero
de Dios
que quita
el pecado del mundo para que nos purifique de todo pecado y nos proteja
contra
la influencia
del Maligno".
Recuerdo
uno de los primeros casos de liberación en que por inexperiencia
cometimos
errores, pero que mucho nos enseñó:
Sin pedir
protección previa nos metimos a hacer una liberación a una
persona en un
grupo de
oración donde había más de treinta personas. Oramos
y ordenamos al espíritu
que saliera.
Aquella persona se levantó liberada pero en ese mismo momento otra
comenzó
a manifestar los mismos síntomas. Oramos también por ésta
y el Señor la
liberó,
pero el problema se trasladó a una más.
Aparte
de que nos había faltado la protección del Señor aprendimos
una cosa para
toda la
vida:
- No basta
sacar al espíritu sino que es necesario prohibirle que regrese (Mc
9,25) y
enviarlo
al pie de la cruz para que Cristo disponga de él.
-
Esta oración es conveniente que se haga en comunidad pero no en
grupo grande;
en un lugar
privado, sin curiosos ni niños.
- El equipo
debe estar integrado por personas maduras y prudentes, tanto para no
estar viendo
diablos por todos lados como para saber discernir su presencia y su influjo.
- Por la
sangre de Cristo y por sus preciosas llagas tomamos autoridad sobre toda
atadura
y la desatamos en el nombre de Jesús.
Existe
otro aspecto, mucho más importante: no basta sacar las tinieblas.
Es
necesario
encender la luz de Cristo. Si evangelizamos auténticamente, llevando
la
persona
de Cristo Jesús a los demás, nos evitaremos muchos de estos
casos de liberación,
ya que
al entrar Cristo Jesús, que es el más fuerte, expulsa al
más débil. (Lc 11,22) La luz
hecha fuera
las tinieblas (Jn 1, 5).
La eficaz
liberación sólo se puede llevar a cabo en un proceso de evangelización
integral.
Sacar espíritus por sacarlos no tiene ningún sentido. Jesús
envió primeramente a
sus apóstoles
no a expulsar demonios sino a anunciar el Reino. La expulsión es
consecuencia
de la evangelización. (Cf. Mt 10,7-8)
Generalmente
me niego a hacer oración de liberación a personas que no
están en un
comprometido
proceso de conversión.
b.- Auto
liberación
En los
casos de obsesión y opresión podemos hacer una oración
de auto liberación,
teniendo
en cuenta lo antes expuesto.
Por la
fe de nuestro bautismo compartimos la victoria de Cristo y tomamos
autoridad
en su nombre para expulsar a los espíritus que nos inquietan, molestan
o
perturban.
Por el poder de Cristo la persona se declara libre, gracias a la sangre
de Jesús.
Dependiendo
del caso y el discernimiento carismático se puede hacer la siguiente
oración:
Espíritu
de, (suicidio, desprecio, impureza, rencor, miedo, etc.) yo te ordeno en
el
nombre
de Jesús que te alejes de mí y te vayas a los pies de Jesús
para que disponga de ti.
Te prohíbo,
en el nombre de Jesús, que me vuelvas a molestar".
C.- LA
POSESIÓN
La posesión
es muy rara; es en lo último que debemos pensar, y sólo hasta
después
de haber
agotado las demás posibilidades.
La posesión
se da en casos en que la persona ha entregado su voluntad
conscientemente
a Satanás, vendiendo su alma, firmando pactos satánicos con
sangre, o
perteneciendo
a sectas diabólicas. También se podría dar en personas
que fueron
consagradas
por sus padres al Diablo.
Es tan
fuerte esta esclavitud que la persona pierde su voluntad, quedando
totalmente
imposibilitada para liberarse de sus cadenas. Entonces necesita un poder
superior
de afuera a través de un exorcismo litúrgico.
El exorcismo
formal litúrgico es hecho por el Obispo o un sacerdote delegado
por
él
para el caso; acompañándose de mucha oración y ayuno.
7
AYUDAS
PARA LA SANACIÓN
Hay autores
que, señalando ciertos obstáculos que impiden la sanación,
hacen una
lista de
actos o actitudes que bloquean la acción sanadora del Señor.
Esto parece
discutible, ya que Jesús es amo de lo imposible y no hay cosa que
pueda impedir
su acción salvífica. El es libre y poderoso para actuar con
nuestra
colaboración
o prescindir de ella. El actúa a veces de una forma y a veces de
otra. Lo
cierto
es que nos sana gratuitamente.
Por ejemplo,
se afirma que la ausencia de fe es una causa por la cual el Señor
no
nos cura.
Soy testigo de sanaciones entre los musulmanes y gente sin fe.
Dios es
más grande que nuestra falta de fe. Nosotros no podemos imponerle
reglas
de conducta.
El hace las cosas por caminos diferentes y mejores a los nuestros (Is 55,
8).
Por esta
razón prefiero hablar de medios y ayudas que favorecen la acción
de Dios.
La gracia
de Dios es eficaz, pero si encuentra un campo preparado puede dar fruto
más
abundante.
A.- EVANGELIZANDO
Lo que
más puede distorsionar el ministerio de curación es, disociarlo
del contexto
de evangelización.
La sanación aislada y separada del anuncio explícito de la
salvación
en Cristo
Jesús carece de fundamento evangélico.
La promesa
de Jesús "en mi nombre expulsarán demonios, hablarán
lenguas
nuevas,
impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán sanos",
viene
inmediatamente
después de la orden: vayan por todo el mundo y proclaman la Buena
Nueva a
toda la creación. Mc 16,14.16.
Evangelizar
es instaurar la salvación íntegra del hombre en Cristo Jesús,
salvación
que se
extiende al cuerpo, al alma y al espíritu.
Curar sin
anunciar la Buena Nueva de salvación es curanderismo. La curación
realizada
por Dios se presenta siempre en un contexto de evangelización. Jesús
envió a
sus apóstoles
a evangelizar y evangelizando a curar a los enfermos. No sólo a
curar ni
sólo
a proclamar un mensaje. Las dos cosas van siempre juntas.
Un día
estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente:
- Padre,
¿usted está seguro de que tiene el don de curación?
Yo no podía
contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando,
esperando
mi respuesta. Entonces dije:
-Bueno...
estoy seguro que tengo la misión de evangelizar... los signos y
curaciones
acompañan
siempre la predicación del Evangelio. Yo simplemente predico y oro
mientras
que Jesús sana a los enfermos. Así hemos hecho el equipo
de trabajo y nos
acoplamos
bien...
La última
palabra del Evangelio de Marcos es muy elocuente:
Ellos salieron
a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y
confirmando
la Palabra con las señales que la acompañaban Mc 16,20.
Por esta
razón a mí no me gusta orar por los enfermos si no tengo
oportunidad de
proclamar
que Jesús está vivo y dar algunos testimonios que muestren
que el Evangelio
es verdad
y que se vive hoy.
Yo soy
testigo de que los milagros y curaciones se multiplican cuando anunciamos
a Jesús.
Yo no entiendo cómo todavía hay personas que se sorprenden
y no aceptan los
milagros.
A mí me sorprendería más que Jesús no cumpliera
sus promesas de sanar a los
enfermos
cuando anunciamos su nombre. Si Dios es maravilloso ¿por qué
no habría de
hacer maravillas?
Durante
el Congreso de Quebec en 1974 me pidieron un taller sobre los signos que
acompañan
la evangelización. La sala de las conferencias estaba llena con
unas 2,000
personas.
Como había mucho ruido en el pasillo exterior, deje mi folder sobre
el
escritorio
y yo mismo salí discretamente a cerrar la puerta para estar más
recogidos.
En el pasillo
estaba una señora en silla de ruedas que tenía cinco años
y medio sin
poder caminar.
La invité a entrar pero ella me respondió:
- Yo quería
entrar pero no me dejan, pues la sala está llena y no puedo caminar.
- Venga
-le dije- y empujé la silla. Cerré la puerta y comencé
mi conferencia,
insistiendo
en la importancia de anunciar a Jesús resucitado que sana y salva
a todo el
hombre
y a todos los hombres.
Di el testimonio
de mi curación y cómo el Señor nos cura con su amor.
Subrayé la
importancia
de testificar las maravillas del Señor en nuestra vida. Una persona
se puso de
pie y argumentó:
- Yo soy
cristiano y creo en Dios. Pero también soy médico y creo
que antes de
afirmar
que estamos curados deberíamos de tener un examen médico
que certificara la
curación;
como lo hacen en Lourdes por ejemplo.
- Usted,
como médico, tiene derecho a hacerlo, pero cuando uno siente la
sanación
como fue
mi caso, no se puede esperar lo que digan los médicos para dar gracias
a Dios...
El replicó
diciendo que deberíamos ser prudentes y mil cosas más, argumentando
con palabras
que yo ni entendía. Sus razones eran como hielo que caía
sobre la asamblea,
pues yo
no sabía qué contestarle.
Cuando
todo se estaba viniendo abajo por la prudencia y sabiduría de ese
médico,
la señora
de silla de ruedas que yo había introducido en la sala sintió
una fuerza, se
levantó
y comenzó a caminar sola por el pasillo de la sala.
Por un
accidente de automóvil cinco años y medio antes, había
tenido una delicada
operación
y le habían quitado las rótulas. Por tanto, médicamente
ella no podría volver a
caminar.
Pero el Señor la levantó ante los aplausos y admiración
de todo mundo. Unos
lloraban
y otros la felicitaban. Su nombre era Elena Lacroix.
Al llegar
al micrófono nos dio su testimonio. Cuando terminó de hablar,
y la gente
aplaudía,
me dirigí al médico y le pregunté si creía
que deberíamos esperar un examen
médico
o si ya podíamos dar gracias a Dios.
El médico
se tiró de rodillas al suelo. Era el más conmovido de todos.
Se sentía
apenado
y avergonzado de haber hecho el ridículo. Yo le dije:
- No se
preocupe. Dios quería hacer un gran milagro hoy y lo usó
a usted para
manifestar
su gloria, diciendo: "Como el padre Emiliano no te puede contestar, Yo
si lo
haré".
Esta fue
la primera sanación física que vi con mis ojos, precisamente
al
evangelizar.
¡Gloria
a Dios!
B.- FE
EXPECTANTE
La fe es
un ancho canal que favorece que al agua viva de la salvación se
manifieste
en nuestra
vida. La fe nos hace entrar en comunión con Dios mismo y participar
su
salvación
integral, incluyendo la sanación, sea física, sea interior.
La fe es
confiar, depender y entregarse sin condiciones a Dios y su designo sobre
nuestra
vida, renunciando a nuestros planes y medios de salvación. Es decir,
nos hace
tener los
ojos fijos en el Señor Jesús que murió por nosotros
y ya resucitó. Hay personas
que tienen
los ojos en ellas mismas y no en el Señor. Están pensando
más en su sanación
que en
el Sanador.
Se trata
de tener fe en Jesús; no fe en nuestra fe. Esto último no
sirve de nada. El
mejor acto
de fe es cuando creemos que Dios es más grande que nuestra poca
fe y que no
puede depender
de nosotros.
Llamamos
fe expectante a aquella que espera con certeza y confianza que Dios
actúe
de acuerdo a sus promesas, sabiendo que El quiere sanarnos. Cuando creemos
de
esta manera
es como si en vez de tener unos cables delgados extendemos unos gruesos
para que
la acción de Dios sea de alto voltaje.
Yo generalmente
no acepto orar por los enfermos sin antes edificar su fe con
algunos
testimonios para que esperen y confíen en que el Señor quiere
sanarlos.
Un día
concelebraba la Eucaristía con un Obispo. Su homilía fue
una joya que
mostraba
elocuentemente el valor de la cruz y del sufrimiento. Después de
la comunión
me sorprendió
al pedirme que orara por los enfermos. Yo le repliqué:
- Monseñor,
su homilía sobre la cruz fue tan bella que nadie quiere ya sanarse...
pero si
me permite hablar antes sobre el poder de la cruz y cómo la sanación
es un signo
del amor
de Dios. ..
Jesús
nos ha prometido que obtendremos aquello que creemos que ya hemos
recibido.
(Mc 11,24) El Evangelio está lleno de personas que piden y reciben,
buscan y
encuentran,
llaman y se les abre la puerta. Dios nos pide ser sencillos en nuestra
fe. Sin
embargo,
hay gente que ora así:
- Señor,
si es tu voluntad, si me conviene, si va a servir para mi santificación
y
salvación
eterna... entonces, cúrame.
Ponen tantas
condiciones que más bien parecen excusas a su falta de fe. Debemos
ser pobres
que dependen totalmente de su Padre. Un niño nunca dice a su mamá:
- Mamá,
si me conviene y no me hace daño el colesterol, dame un huevo.
El niño
simplemente pide y la mamá sabe si le conviene o no. A nosotros
nos
corresponde
ser pobres y humildes y pedir con la confianza de recibir.
Otros limitan
el poder de Dios y dicen así:
- Señor
yo estoy enfermo del corazón, la garganta y mi rodilla. Pero con
tal que me
sanes el
corazón, me consuelo.
Estos también
están orando mal. Hay que pedir el paquete completo, sin ponerle
límites
a la acción de Dios. El es magnánimo y da abundantemente.
Si tiene y da el
Espíritu
Santo sin medida, de igual manera concede sus dones.
Cuando
el Papa León XIII cumplía 50 años de Obispo, un cardenal
quiso halagarlo
diciéndole:
- Le pedimos
a Dios que llegue a cumplir otros cincuenta años.
El Papa
replicó con sagacidad:
- No le
pongamos límites a la providencia de Dios...
El 13 de
junio de 1975 fui a un campo para celebrar la fiesta de San Antonio.
Confesé,
prediqué, celebré la Eucaristía y oré por los
enfermos. Salí rápido de la sacristía
pues todavía
me faltaba hacer unos bautizos y otras muchas cosas. Una joven me salió
al
paso llevando
de la mano a su mamá. Sin introducciones me dijo muy decidida:
- Padre,
ore por mi mamá para que se sane.
Yo le contesté
un poco enfadado:
- Pero
si acabamos de hacer la oración por todos los enfermos. . .
Ella, con
la fe de la mujer siro fenicia del Evangelio, argumentó:
- Es que
mi mamá está sorda y no se dio cuenta cuando usted oró.
Sentí
compasión de esa gente tan pobre y sencilla. Le hice la seña
que se sentara
rápido
y toda mi oración fue ésta:
- Señor,
sánala; pero aprisa, porque tengo mucho trabajo.
Inmediatamente
me agaché y pregunté a la señora:
- ¿Hace
mucho que usted está sorda?
- Desde
hace ocho años.
Me sorprendí
que me respondiera, pues se suponía que no debería haber
escuchado
mi pregunta.
Entonces le hablé en voz más baja y le dije:
- Usted
parece ser una buena mamá...
Ella se
sonrió. ¡Me había escuchado! Pero, más bien,
fue el Señor quien nos
escuchó
en esa oración tan original. Ella sintió como un viento rápido
que entro en sus
oídos
y los destapó.
Yo puedo
comprobar que es verdad aquella palabra del Señor:
Antes de
que me llamen yo responderé, aún estarán hablando
y yo les escucharé. Is
65, 24.
Y la convicción
del creyente que afirma:
No está
aún en mi lengua la palabra y ya tú, Yahvéh, la conoces
entera. Sal 139, 4.
Que la
fe y la curación van íntimamente unidas lo expresa de una
manera muy bella
María
Teresa G. de Báez a quien Dios sanó de artritis reumatoide
a raíz de lo cual toda su
familia
se acercó al Señor:
"Me faltan
palabras, pues hoy no sólo le debo agradecer a Dios mi curación
física
sino algo
mucho más grande y maravilloso que es la "FE", por la cual Dios
es la letra de
mis canciones,
la imagen de mis ilusiones y la luz de mis ojos".
Asunción,
Paraguay 25 de agosto de 1981.
C.- ARREPENTIMIENTO
El arrepentimiento
favorece la sanación física e interior. La enfermedad en
sí (no
ésta
o aquella enfermedad) es producto del pecado. Si nos arrepentimos del pecado
y nos
convertimos
a Dios, necesariamente van a cesar las consecuencias del pecado. Para esto
conviene
leer 1Cor 11,30.
Confieso
que hay personas que viven en pecado y que son sanadas por el Señor,
pero también
soy testigo que la mayor parte de las que reciben curación son llevadas
a un
arrepentimiento.
Sin embargo el camino más normal es el que encontramos en el
Evangelio.
- Primero,
la sanación del pecado:
"tus pecados
te son perdonados".
- Después,
la sanación física:
"levántate,
toma tu camilla y anda". Mc 2,5.11.
Altagracia
Rosario era una joven de 26 años que estaba sorda desde hacía
dos años
y que tenía
varios meses ciega; además una anemia la mantenía en la cama
esperando
lentamente
su muerte.
Su mamá
la llevó a la quinta reunión de Pimentel en 1975. Era tanta
gente por todas
partes
que la acostó en el suelo. La pobre enferma, sorda y ciega, sufría
mucho y no se
daba cuenta
de lo que pasaba.
Al día
siguiente estaba completamente sana: veía y oía perfectamente.
Pero lo más
maravilloso
no fue que se le abrieran los ojos y los oídos sino que el Señor
entró en su
corazón
apartándose inmediatamente de una situación de pecado en
la que vivía desde
hacía
tiempo. Luego se hizo catequista y daba su bello testimonio en San Francisco
de
Marcorís
de donde era originaria
Meses después,
viviendo las delicias de la nueva vida que Jesús le había
dado, cayó
enferma
de fiebre. El 18 de noviembre le dijo alegremente a su mamá:
- Mamá,
oí la voz del Señor en mi corazón que me decía
que dentro de dos días
vendría
a buscarme para llevarme con El.
Su mamá
le respondió:
- Altagracia,
no digas eso. Es tu fiebre la que te hace delirar y pensar que es la voz
del Señor.
No vuelvas a repetir eso porque se van a burlar de ti.
Sin embargo,
ella lo contaba a todas las catequistas que iban a visitarla. Y
efectivamente,
el 20 de noviembre murió feliz y cantando como un pajarito. Su entierro
fue bello;
en medio de cantos de alegría y de esperanza. Ella había
recibido la sanación
total:
su muerte no fue luto ni hubo lágrimas sino felicidad y alegría
porque se encontraba
de manera
definitiva total con Aquel que la amaba.
Annette
Giroux de 28 años, sufría de Parkinson y fue llevada por
sus parientes a la
misa de
clausura del Congreso de Montreal en Pentecostés de 1979. A la hora
de la
comunión
un sacerdote subió a las gradas del estadio y le ofreció
la comunión, pero ella
dijo:
- No, no
puedo comulgar porque vivo en pecado...
Tenía
dos años que vivía en concubinato. Allí mismo decidió
cambiar su conducta.
Se arrepintió,
se confesó, comulgó y tomó el riesgo de la fe. Al
regresar a su casa le dijo
al hombre
con quien vivía:
- A partir
de hoy no me consideres tu mujer, a no ser que te quieras casar conmigo
por la
Iglesia. En tres días regreso a la casa de mis papás.
Tomó
una habitación aparte y dos días después despertó
sintiendo un gran calor en
todo el
cuerpo. Se levantó dándose cuenta que no tenía el
dolor relacionado con su
enfermedad.
Estaba completamente sana.
Así,
sana de su alma y de su cuerpo, regresó con sus padres... Dos meses
después se
celebró
el sacramento del matrimonio con asistencia del grupo de oración
que había
escuchado
su testimonio.
Ella primero
se arrepintió y después fue sanada físicamente. En
el siguiente caso
sucedió
al revés:
Mariano
tenía diez años sin entrar a una Iglesia, pero fue curado
de su adicción
alcohólica
y de úlcera el día que su madre, doña Sara, dio testimonio
de su maravillosa
curación.
Regresó
feliz a su casa. El quería comulgar pero estaba impedido por su
situación
matrimonial,
pues estaba viviendo en adulterio con una mujer con la cual ya tenía
hijos.
Como no
era posible la separación, ni menos la unión con su primera
esposa, pero él
tenía
verdadera hambre de Dios, tomó aposento aparte de su mujer. Así,
viviendo como
hermanos
por unos meses, pudo comulgar el día de Pentecostés en que
el Señor lo llenó
de preciosos
carismas para evangelizar. Me acompañaba en muchos retiros a lo
largo del
país
hablando a las parejas para que perseveraran fieles al Señor en
el matrimonio.
Después
de varios años de mantenerse en este difícil camino, el señor
Arzobispo
estudiando
a fondo su primer matrimonio, se encontró una causa suficiente por
la que
aquel matrimonio
no fue válido. De esta forma fue posible casarse por la Iglesia
con la
mujer con
la que vivía. Fue una misa celebrada por el mismo Arzobispo. La
Iglesia
estaba
llena de parejas a las que él les había predicado la fidelidad
conyugal.
Lo importante
es que el Señor quiere sanarnos completamente: de cuerpo, alma y
espíritu.
A veces la sanación física ayuda a la conversión,
a veces el arrepentimiento
ayuda a
la curación física.
D.- PERDONANDO
Innumerables
veces hemos sido testigos de cómo el perdón a nuestros enemigos
desencadena
la acción salvífica de Dios. La oración que el Señor
nos enseñó dice
claramente:
"perdónanos como nosotros perdonamos". Mt 6,12. Otros textos también
así
lo afirman.
Por otro
lado, casi todas las veces que Jesús promete la eficacia de la oración
y la
respuesta
a nuestras peticiones la une y la hace depender del perdón. (Mt
18,21; Mc
11,25)
Muchos
piensan que perdonar es perder y no se dan cuenta que es ganar, porque
así,
Dios nos libera de nuestros odios y resentimientos; nos asemeja a Jesús
que amó y
perdonó
a sus enemigos y nos abre al perdón y a la gracia de Dios. El siguiente
testimonio
así lo muestra:
Una vez
sentí que el Señor me estaba pidiendo perdonar a una persona
que me
había
hecho mal. Como yo no estaba dispuesto a renunciar a la venganza, me resistía
y
presenté
la siguiente excusa:
- Señor.
¿Para qué quieres que ore por ellas si de todos Tú
eres tan bueno que la
bendecirás
aunque yo no te lo pida?
Y una clara
voz interior me contestó:
- Necio,
¿no te das cuenta que al orar por ella el primer sanado eres tú?
Perdonar
es resucitar en nosotros la nueva vida traída por Jesús.
Perdonar y pedir
perdón
es como un relámpago que anuncia una lluvia fecunda.
El testimonio
de Evaristo llegado al P. Emiliano Tardif muestra como perdonar es
sanar:
Desde muy
pequeño, serios problemas con mi padre me obligaron a dejar la casa.
Yo pensaba
que el tiempo sanaría todos esos amargos recuerdos de mi infancia,
pero no
fue así.
Viví siempre cargando mi historia dolorosa. Dios me concedió
la gracia de
conocer
la Renovación Carismática por la cual El me liberó
de muchas ataduras,
dándome
un fuerte impulso en mi vida de fe. Sin embargo, había algo que
me faltaba: yo
no tenía
esa alegría espontánea y natural que veía en toda
la gente de la Renovación.
Vivía
amargado y aburrido.
Así
pasaron algunos años hasta febrero de 1977 cuando mi padre cayó
gravemente
enfermo.
Yo sabía que estaba ante la última oportunidad de reconciliarme
con él, pero no
tenía
fuerza ni valor para hacerlo. El día 13, mientras él agonizaba,
yo luchaba en mi
interior
pues sentía que no tenía fuerza para perdonarlo. Me puse
en oración y le dije al
Señor.
- Yo solo
no puedo, Señor.
Una
voz Interior me respondió muy claramente y me dijo:
- Tú
solo no puedes, pero en mi nombre si puedes. Todo es posible para el que
cree.
Con la
fortaleza del Señor me acerqué a mi padre y lo abracé,
perdonándolo de todo
corazón.
Y no sólo eso, sino que también le pedí perdón
con lágrimas en los ojos.
El rostro
agonizante de mi padre se transfiguró; o tal vez lo que pasó
es que yo lo
veía
con ojos diferentes porque el Señor me había transformado
a mí. Lo amaba con el
corazón
de Cristo Jesús y lo abrazaba con sus brazos.
Desde ese
día comencé a entonar un canto nuevo a nuestro Dios, una
alabanza de
alegría
que no se ha agotado en siete años. El Señor me ha hecho
ver su gloria gracias a
esta sanación
interior a través del perdón. Ahora si soy feliz y proclamo
alegremente que
el Señor
hizo en mí maravillas y doy testimonio de que todo lo puedo en Aquel
que me
conforta.
Otro testimonio
muy bello es contado por Olga G. de Cabrera, de Guatemala.
Por diez
años estuve sufriendo unos intensos dolores de mis piernas y brazos
que se
fueron
deformando. Visité quince médicos en busca de mi sanación
y uno de ellos me
dijo que
era necesario amputarme la pierna izquierda. El primero de mayo de 1976
quedé
completamente
inválida. Debía pasar el resto de mi vida en la cama y en
mi silla de
ruedas
que yo tanto odiaba.
Sabiendo
que había una misa por los enfermos en el gimnasio tomé la
determinación
de asistir en mi silla de ruedas. Me colocaron hasta adelante. Cuando entró
el Cardenal
Casariego se detuvo frente a mí, tomo mis manos entre las suyas,
y me dijo:
"El Señor
te ama y hoy te va a sanar".
Cuando
comenzó la oración de curación interior lloré
mucho y perdoné de corazón
a los que
tanto daño me habían hecho. Luego cuando el padre Tardif
oró por la sanación
corporal
yo sentía que algo me empujaba y me decía: "levántate
y camina". Sentí primero
un fuerte
calor y luego un escalofrío. Con los ojos llenos de lágrimas
me levanté y
comencé
a caminar frente al altar.
El Señor
es tan maravilloso que me sanó físicamente, moral e interiormente.
Bendito
y alabado sea por siempre su Santo nombre. Gloria a ti, Señor, Rey
del Universo.
E.- ORACION
EN COMUNIDAD
Jesús
prometió:
Yo les
aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir
algo, sea
lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los
cielos. Porque donde
están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Mt 18, 19-20.
La oración
comunitaria tiene un poder especial concedido por el mismo Dios. Esto
lo hemos
experimentado ampliamente en nuestro ministerio. Por esta razón
siempre nos
gusta orar
en comunidad. En comunidad el discernimiento se enriquece ya que uno puede
tener una
visión, otro un mensaje, aquel una palabra de conocimiento y todos
oramos en
lenguas.
Sobra decir
que el momento comunitario por excelencia es durante la celebración
Eucarística.
Allí las sanaciones se multiplican.
Desgraciadamente
hay gente mal acostumbrada que después de una oración
comunitaria
le gusta que se ore en privado por ella. Nosotros generalmente nos negamos
ya que
eso significaría que la oración que acabamos de hacer no
tuvo valor.
Existe
una tremenda diferencia entre la oración comunitaria y la oración
personal
por cada
enfermo. En cada uno de los retiros que he tenido en estos diez años
ha habido
sanaciones
físicas en todos y cada uno. Mientras que orando individualmente
por
sanación
no he visto el mismo fruto. En cambio, en la oración de curación
interior existen
más
frutos orando por cada caso en particular; pero siempre es una comunidad
la que ora
por esa
persona.
En conclusión,
pienso que hay pocas personas con don de curación, pero existen
muchas
comunidades con ese carisma.
De un campo
vecino vinieron quince personas a una de las dos reuniones de
oración
de Pimentel. Venían cantando, alabando a Dios y rezando el rosario.
Realmente
era una
peregrinación y su oración se prolongó todo el camino.
Al regresar
otra vez a su campo comenzaron a compartir lo que el Señor había
hecho y
se dieron cuenta que los quince habían sido curados de algo. Entonces
daban
testimonios
juntos.
Yo anhelo
el día en que en una oración por los enfermos se pueda afirmar
como en
el Evangelio:
todos fueron curados.
F.- Oración
del enfermo
Conviene
que el enfermo también ore. Es muy cómodo solamente pedir
oración a
otros como
quien manda lavar su ropa sucia a otra parte y él no se ocupa de
nada. Estas
personas
están buscando un alivio rápido y cómodo que no les
exija ningún esfuerzo de
su parte.
La sanación profunda sólo se da en la medida que entramos
en comunión
permanente
con el Dios que purifica y santifica.
¡Qué
maravillas vemos en las personas que oran! Si creyéramos en el poder
de la
oración
estaríamos más dispuestos para hacerla y le daríamos
prioridad sobre otras
actividades.
Muchos dicen que se pierde el tiempo orando porque no se hace nada, y no
se dan
cuenta que lo más importante no es lo que nosotros hacemos sino
lo que Dios hace
en nosotros
durante la oración.
Había
una persona que siempre, en todo tiempo y lugar, nos asaltaba para que
oráramos
por ella. Cuando yo me la encontraba ya hasta le sacaba la vuelta, pues
era muy
insistente.
Un día vino una persona de Estados Unidos a impartir un retiro.
Al terminar la
charla,
como de costumbre, la señora se le acercó y le pidió
que orara por ella. Esta
persona
primero se puso en la presencia de Dios y sintió una voz interior
que le decía:
"no ores
por ella, pues sólo esta cansando a mis servidores".
Qué
diferente es este caso al que sucedió en el Congo: en la misa de
clausura de
Brazzaville
el Señor realizó muchas curaciones maravillosas. Mientras
el sol se ocultaba
la gente
salía feliz como si bajara del Monte Sinaí después
de haber experimentado la
gloria
del Señor.
Después
de que todo mundo abandonó el estadio alabando a Dios, el guardián
cerraba
las puertas y apagaba las luces. Entre las gradas vacías se había
quedado una
mujer en
oración; junto a ella su hijito de seis años sentado en medio
de dos muletas. El
guardián
le dijo:
- Señora
ya váyase. Ya todo terminó y voy a cerrar las puertas.
- No, no
puedo irme porque mi hijo todavía no se cura, voy a seguir orando...
El cuadro
era tan conmovedor que el guardia le permitió permanecer allí
más
tiempo.
Ella perseveró en oración más de dos horas. A las
8.15 p.m. el pequeño se
levantó
por su propio pie y comenzó a caminar sin muletas ante la luz de
la luna que con
su palidez
plateada hacía más bella y tierna la escena.
Era la
perseverancia en la oración de la que nos habla el Evangelio (Lc
11,5-8).
G.- INTERCESIÓN
DE MARÍA
En el ministerio
de curación no podemos olvidar el poder de intercesión de
María.
Sabemos
que ella no cura a nadie pero sí puede interceder para que tengamos
el vino que
está
haciendo falta en nuestra vida, como en Caná. El siguiente testimonio
fue narrado
personalmente
por un miembro de nuestra comunidad:
Un día
fui a ver al ginecólogo pues me sentía con ciertas molestias.
El me dijo que
necesitaba
operarme. Como yo me resistía él me contesto:
- Tu enfermedad
es progresiva. Yo sé que tú tienes mucha fe; así que
te voy a dar
un año
para que ores al Señor y le pidas que te sane como tú dices
que sana. Si no te
curas,
entonces tendré que operarte.
Yo
acepté el reto pues sé que mi Señor hace maravillas.
Pocos días después el
padre Emiliano
nos invitó a mi esposo v a mi para dar un retiro en Chicago. Aunque
yo
me sentía
mal no dije nada pues estaba segura que el poder de Dios me ayudaría
para
proclamar
su Palabra
Estando
en Chicago me sentí mal. Mi esposo y el padre Emiliano oraron por
mí
pero la
hemorragia continuaba. Entonces me llevaron con un reconocido ginecólogo
de
esa ciudad
para que me atendiera. El confirmó la necesidad de la operación.
Ante la
imposibilidad
de hacerla por estar lejos de casa, sólo me recetó una medicinas,
que
gracias
a Dios no tomé, pues a sentir del siguiente doctor que visitamos,
más me hubieran
perjudicado
que ayudado.
Continuamos
el viaje de evangelización por Canadá donde me agravé.
Vi un
segundo
doctor y él no se explicaba cómo yo estando tan delicada
estuviera tan contenta.
Ese doctor
recomendó que me internaran en el hospital pero yo tenía
fe en mi Señor y nos
fuimos
al Congreso que ese día comenzaba.
Terminamos
el Congreso, la hemorragia se había complicado. Ese día fuimos
al
Santuario
mariano de Nuestra Señora del Cabo y mientras mi esposo y el padre
Emiliano
oraban
por mí, yo le dije a la Virgen María:
- Madre
Santísima, yo te amo y me abandono a tus cuidados maternales. Me
siento
avergonzada
ante tu Hijo Jesús porque me ha faltado fe para darle las gracias
porque ya
me está
sanando. Tú ruega por mí para que pueda crecer en la fe de
que tu Hijo me está
sanando.
Abandoné
completamente mi problema en las manos de María para que ella se
encargara
de él ante Jesús. Ya de regreso a República Dominicana
el padre Emiliano me
preguntó
si me estaba tomando la medicina que me recetó el doctor canadiense.
Yo le
respondí
que la había olvidado pero que le daba gracias a Dios porque así
se manifestaría
más
claramente su gloria.
Como me
sentí admirablemente bien no vi a mi ginecólogo en mi país
sino hasta
seis meses
después. El me recibió un poco agresivo diciendo:
- Si tú
crees que te vas a sanar predicando, estás muy equivocada. El predicar
no
sana.
Yo me quedé
en paz porque estaba segura a que el Señor ya había hecho
su
maravilla
en mi vida. Luego me examinó y me dijo lleno de sorpresa:
- Yolanda,
es verdad. El Señor sana. Tú estás perfectamente.
El Señor ha hecho la
operación
que yo te iba a hacer. Cuánto te ama el Señor...
- Doctor,
también te ama a ti. El también quiere hacer una operación
en tu corazón
para sanarte
y que seas un hombre nuevo y puedas gritar y proclamar que Jesús
está vivo
y sana,
para gloria del Padre.
Así
como aquella mujer hemorroísa tocó el mando de Jesús
y quedó
inmediatamente
sanada de su hemorragia, Yolanda se acercó al vestido de Jesús
que se
llama María,
lo tocó y sanó. Jesús se revistió de la carne
de María. Ella es como el manto
de Jesús
que todo aquel que lo toca con fe queda curado de su enfermedad (Mc 6,
56).
Ella es
quien tiene de manera más excelsa el carisma de curación.
En la oración
de liberación hemos comprobado el poder de la intercesión
de María
para que
Jesús rompa las cadenas que esclavizan a los oprimidos por el pecado
o alguna
opresión
u obsesión del Enemigo. En muchos casos hemos ratificado cómo
el rezo del
Santo Rosario
ha sido muy eficaz. El siguiente testimonio así lo muestra
Un día
llegaron a nuestro negocio llevando un pobre hombre que sufría opresión.
Producía
ruidos extraños, se había quedado sordo y mudo; además
no comía desde hacía
ocho días.
Al darme cuenta de la gravedad del caso respondí que mi esposo no
estaba y
que regresaran
después. De esa manera me escapaba de hacer esa oración tan
difícil para
la cual
no me sentía capacitada. Sin embargo, en ese momento oí una
voz interior que me
preguntó:
- Yolanda,
¿eres tú quien sana o soy Yo?
Inmediatamente
le pedí perdón al Señor y reconocí que El sólo
era quien sanaba.
Así,
comenzamos la oración. Aquel hombre se arrodilló y en cuanto
puse mis manos
sobre él
comenzó a gritar y agarró mis dos manos con las suyas con
mucha fuerza. Yo
estaba
profundamente impresionada y no sabía ni qué hacer ni cómo
orar. Lo único que
brotó
de mi corazón fue el rezo del Ave María. En cuanto comencé,
perdió toda su fuerza
y cuando
llegué a "bendita eres entre todas las mujeres" él ya estaba
orando junto
conmigo.
Al terminar estaba en paz y simplemente dijo: "denme comida".
Que la
virgen María puede interceder eficazmente ante su Hijo con la fuerza
del
amor lo
hemos aprendido y comprobado más con la experiencia que con la teología.
H.- ABANDONO
Nosotros
oramos pero no podemos forzar la mano de Dios, El puede tener un plan
mucho más
hermoso que el nuestro, (Ef 3,20) El puede curarnos o concedernos la
sanación
completa: el encuentro definitivo en la vida eterna donde no hay lágrimas,
luto
ni muerte.
Por tanto
es fundamental la actitud de abandono confiado en las manos amorosas
del Padre.
Este abandono en sí ya es una gracia inmensa. Quien se abandona
a Dios
recobra
la paz profunda que el mundo no puede dar. Recomiendo mucho la oración
del
padre Carlos
de Foucauld:
"Padre,
me pongo en tus manos.
Haz de
mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy gracias.
Estoy dispuesto
a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí
y en
todas tus
criaturas.
No deseo
más, Padre.
Te confío
mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y
necesito
darme a ti, ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida, con
una confianza
infinita,
porque tú eres mi Padre"
Este abandono,
acompañado de la oración de alabanza, alcanza curaciones
físicas e
interiores
que ni nos imaginamos. La oración que más muestra el abandono
y la fe no es
la de petición
sino la de alabanza. Alabar al Señor siempre y por todo. Hay miles
de
personas
que dan testimonio en sus vidas de este poder de la alabanza. Lo que no
se
consigue
cuando pedimos, siempre se obtiene cuando alabamos.
Muchas
personas que han pedido, orado y rogado por su sanación la obtienen
cuando
se abandonan incondicionalmente en las manos del Padre misericordioso.
Pepe
Prado nos
cuenta su testimonio:
Tenía
yo unos cuatro años sufriendo de úlcera péptica, pero
a fines de Junio de
1981 tuve
que ir de emergencia al hospital pues tenía una hemorragia severa.
Tres días
después
salí de allí. El médico gastroenterólogo me
dio un tratamiento que incluía
medicinas,
una dieta rigurosa y un horario fijo para tomar alimentos. Tomaba la medicina
regularmente,
pero como tenía que viajar muy a menudo a diferentes lugares predicando
la Palabra
de Dios no pude seguir la dieta. A causa de este descuido, un año
después, se
volvió
a presentar el mismo problema. Fui internado y me hicieron una endoscopía
el 26
de mayo
de 1982. El resultado fue: cuatro úlceras prepilóricas y
una duodenal, gastritis
severa,
hernia hiatal y duodenitis no dudar.
El doctor
me dijo que necesitaba operación y que apartara una semana para
la
intervención
quirúrgica ya que prefería hacerlo en calma y no de emergencia.
Salí dado
de alta,
pero a media noche volvió la hemorragia. Al darme cuenta me sentí
preocupado
pensando
que debía regresar al hospital y temí que tal vez había
llegado urgente la hora
de la operación.
Sin embargo, mi problema era más profundo: de fe. Yo estaba muy
triste
y hasta
un poco decepcionado del Señor.
Confieso
que me sentí un tanto defraudado por El. Más que orar, comencé
a
reclamar,
diciéndole:
- Señor,
verdaderamente no te entiendo. Tú sabes que por viajar por diferentes
ciudades
y países predicando tu Palabra no pude llevar la dieta adecuada.
Tú sabes que en
los retiros
y cursos no hay siempre la misma hora para comer, tú sabes que no
puedo
cuidarme
como el doctor lo ha indicado; y tú, que puedes sanarme para que
siga
predicando
tu Palabra, mira cómo me tienes.
En ese
momento oí claramente la voz del Señor que me dijo
- ¿Por
qué temes a la noche que te lleva al nuevo día?
Esa palabra
fue espíritu y vida para mí. Creí en el Señor
y me entregué sin
condiciones
a su plan sobre mi vida y hasta sobre mi muerte. Ya ni siquiera me importaba
estar sano,
sino que su voluntad se cumpliera en mí. Fuera lo que fuera yo estaba
en sus
manos y
dependía de El. Le firmé el cheque en blanco para que El
hiciera de mí lo que
quisiera.
Su camino era infinitamente mejor que el mío. Era de noche, pero
sabía, con la
certeza
de la fe, que me aguardaba el amanecer que anuncia la nueva creación.
Entonces
me volví
a acostar y dormí en completa paz. Yo sabía que en ese momento
Dios había
hecho algo
para mi vida entera. Pocas semanas después me sentía tan
bien que dejé la
medicina
y no me volví a preocupar de la dieta. Seis meses más tarde
fui a dar un retiro a
Houston.
Recuerdo que en esa ocasión el Señor me pidió el paso
en fe de viajar sin un
solo centavo,
dependiendo totalmente de El. Yo me resistía porque quería
aprovechar la
ocasión
para que me hicieran un reconocimiento profundo de mi estómago.
Sin embargo,
El Señor
fue más fuerte que yo y me abandoné confiadamente a sus promesas.
De la forma
más increíble, El proveyó para todos los gastos de
mi estancia y
análisis
en el Centro de Gastroenterología Al final, el médico me
dijo lo que yo ya sabía:
- Usted
no necesita operación. Las úlceras han cicatrizado.
Yo regresé
feliz a México comprobando una vez más que quien se abandona
en las
manos del
Padre amoroso no le hace falta nada. Hace dos años de todo esto.
Me siento
perfectamente.
No necesito
de medicamentos y ningún alimento me hace daño.
I.- ORACIÓN
EN LENGUAS
La oración
en lenguas es maravillosa. Como nosotros no sabernos orar como
conviene,
El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad para interceder
por
nosotros
con gemidos inefables. Rm 8,26
No es el
lugar, y ya pasó el tiempo de querer justificar el don de lenguas.
Es una
realidad
en la Iglesia de hoy. Simplemente quiero confesar mi experiencia: he visto
muchas
más curaciones mientras oro en lenguas que con la oración
normal, nos dice el P.
Emiliano
Tardif.
Un día
me invitaron a un programa de televisión en la ciudad de Bogotá,
Colombia,
pidiéndome
que orara por los enfermos. Lo curioso es que el programa sólo duraba
un
minuto,
por eso se llamaba "el minuto de Dios". A mí me parecía demasiado
poco tiempo
y reclamé
diciéndoles:
- Ustedes
duran tres minutos anunciando las cervezas y al Señor le dan sólo
un
minuto....
Comencé
la oración tan apremiado por el tiempo que oré muy rápido.
Al terminar
abrí
los ojos y vi el reloj: ¡me quedaban todavía treinta segundos!
Mi problema entonces
era que
no sabía que hacer con tanto tiempo. Oré en lenguas frente
a las cámaras de
televisión.
Según
testimonio reciente del padre Diego Jaramillo, gran predicador carismático,
hubo varias
personas que fueron curadas en esa ocasión.
La oración
en lenguas facilita que se den palabras de conocimiento o
discernimiento
carismático. Es cuando estamos más disponibles para que el
Señor nos
use porque
estamos completamente rendidos a El.
En el Segundo
Encuentro Carismático de Montreal me pidieron hacer la oración
por los
enfermos. Había unas 65 mil personas en la Eucaristía, la
cual era transmitida por
televisión.
Oré mucho en lenguas y vinieron algunas palabras de conocimiento
que
transmití
tal y como me llegaban. Una de ellas era así:
-
Hay una buena mamá de 74 años que está sentada frente
al televisor de su casa.
En estos
momentos el Señor la está sanando de sus ojos que no pueden
ver.
Al terminar
la misa se me acercó un sacerdote que me tenía cierta confianza
y me
dijo:
- ¿Pero
es que tú estás loco? ¿Cómo anunciar ante 65
mil personas que una mujer
ciega está
delante del televisor?
Era tan
lógica su objeción que no le pude responder. Pero al día
siguiente salí a
visitar
a mi familia a 200 kilómetros de Montreal. Cuando llegué,
alguien me dijo:
- Padre,
cerca de aquí vive la señora que se sanó de los ojos
delante de la televisión.
A mí
me dio tanto gusto que fui a visitarla. Se llamaba Joseph Edmond Poulin
y
efectivamente
tenía 74 años. Había enfermado de la retina. Después
de un tratamiento
especializado,
los médicos afirmaron que su enfermedad era progresiva e incurable.
Una amiga
le sugirió estar delante del televisor siguiendo la misa de sanación
del
Congreso
de Montreal. Cuando hice el anuncio, ella sintió mucho ardor en
los ojos.
Yo le pregunté
si podía leer a lo cual contestó negativamente. Entonces
añadí:
- El Señor
no hace las cosas a medias. Vamos a orar para que usted pueda leer la
Palabra
de Dios.
Tres días
después me llamó por teléfono para comunicarme la
alegre noticia de que
estaba
leyendo la Biblia.
El don
de lenguas me dispuso para que el Señor comunicara lo que El estaba
haciendo.
J.- RENUNCIA
A SATANÁS
- Cuando
se depende del poder de las tinieblas sí se está bloqueando
la acción
salvífica
de Dios. Por tanto es necesario renunciar explícitamente a todo
ocultismo y
esoterismo,
curanderismo y magia, horóscopo, cualquier tipo de adivinación
y
supersticiones.
No se puede
servir a dos señores ni tampoco ser propiedad de ambos. O con Cristo
o contra
él, o con él se junta o contra él se desparrama.
Este es
el único punto que sí considero esencial ya que por el poder
de las tinieblas
también
se producen curaciones. Para evitar esta confusión es absolutamente
necesario
renunciar
a todo contacto con ciencias ocultas, amuletos, espiritismo, hechicería
y todo
aquello
que usurpe el lugar de Dios.
8
CINCO CARTAS
Entresacamos
párrafos de las cartas circulares a familiares y amigos donde
ofrecemos
una idea general del ministerio del P. Emiliano Tardif de estos últimos
años.
Sánchez,
30 de diciembre de 1980
Muy queridos
familiares y amigos:
Quiero
contarles algo de mi viaje por África, tanto en Camerún,
como en Senegal.
El día
14 salí de Santo Domingo. Después de 18 horas de vuelo llegué
muy cansado
a Camerún
a las siete de la noche. Lo único que deseaba era descansar en la
cama, pero
me esperaba
una "agradable" sorpresa en el aeropuerto. Sucede que al presentar mi
pasaporte
me dijeron que faltaba la visa. Yo les contesté que en Santo Domingo
me
informaron
que un canadiense no necesitaba visa para entrar a Camerún. Yo insistía,
pero
mis argumentos
no contaban, ya que las leyes habían cambiado recientemente. Solo
me
respondieron:
- Usted
no puede ni siquiera salir hoy del aeropuerto. Aquí pasará
la noche y
mañana
temprano deberá regresar a Suiza para conseguir su visa y entonces
podrá
regresar
al país.
Pero, Suiza
estaba a siete horas en un avión... Una pareja de franceses estaba
en
similar
situación. Ellos se sentían tranquilos y estaban seguros
de entrar al país, pues,
según
dijeron, "pusimos ya nuestro asunto en manos de la Embajada Francesa".
Yo por
mi parte
oré al Señor y le dije:
- Yo no
tengo nadie a quién recurrir sino a ti. Si tú has planeado
estos retiros en
Camerún,
tú me vas a abrir las puertas. Pero si no fuera plan tuyo, no tiene
caso que yo
entre al
país. Dejo todo en tus manos...
Por un
momento oré en lenguas. Luego me pusieron un policía alto
y fuerte junto a
mí.
Como si yo tuviera a dónde escaparme. Pensé: si no puedo
evangelizar en Camerún
por lo
menos voy a evangelizar a este policía musulmán, y comencé
a hablarle de Jesús y
sus maravillas.
Después
de la media noche el policía tenía más sueño
que yo. En eso llegó un
telefonema
con la orden de dejarme entrar al país. Un hermano Lasallista se
había
movido
por todos los medios y consiguió una visa por quince días.
Me fui a descansar a
mi cama.
Al día siguiente regresé otra vez al aeropuerto para tomar
otro avión. Allí
estaban
todavía los franceses, con caras tristes y muy fatigados por no
haber dormido. No
habían
conseguido entrar al país y debían regresar a París.
Entonces aproveché para
decirles:
Yo no puse
mi asunto en manos de hombres sino de Dios y conseguí entrar.
Nuestro
Dios es más poderoso que la Embajada Francesa...
Esta primera
experiencia de evangelización en África ha sido muy hermosa.
Simplemente
tenía la impresión de estar en los campos de Samaná,
en la República
Dominicana
al ver los rostros alegres y sencillos de la gente; personas simpáticas
y
abiertas.
Era el mismo clima, el mismo paisaje y el mismo Dios actuando sus maravillas.
El sábado
por la tarde celebramos la misa por los enfermos y Dios comenzó
a
repetir
los signos y milagros de Pimentel en 1975. Durante la oración por
los enfermos
vimos muchas
curaciones sorprendentes.
Entre otras
la de una niña de cinco años que no caminaba y, gracias a
Dios, lo pudo
hacer a
partir de ese momento. Al día siguiente, en la misa de la Catedral,
invité a la
mamá
de esta niña a que diera testimonio delante de la gran asamblea.
Luego le pedimos
que hiciera
caminar a la niña delante de todos, frente al altar La pequeña
lo hizo a la vista
de todos
que lloraban y alababan a nuestro Dios. Hubo una tempestad de aplausos
en la
Catedral.
¡Jesús
está vivo… también en África!
Durante
el retiro de sacerdotes la bendición más grande que vi fue
la de un
misionero
que había decidido dejar su ministerio para casarse. Algunos amigos
lo
invitaron
al retiro antes de tomar su decisión final. El aceptó y el
Señor lo pescó otra vez.
Entregó
de nuevo su corazón al Señor y reafirmó su voluntad
de seguir sirviendo en el
ministerio
sacerdotal.
El retiro
terminó con la misa al aire libre donde asistieron más de
tres mil personas.
Había
38 sacerdotes celebrando la Eucaristía y el Señor acompañó
otra vez la
proclamación
de la Palabra con signos y prodigios. A través de la palabra de
conocimiento
el Señor nos dijo:
- Aquí
hay un joven de 16 años, sordo del oído izquierdo que el
Señor está
sanando.
Naturalmente
él no escuchó este mensaje, pues estaba sordo, pero eso no
impidió
que el
Señor actuara con poder.
Al terminar
la misa se acercó un joven al altar contando a toda la asamblea
que
estaba
sordo y que tenía 16 años. El Señor lo acababa de
sanar. ¡Todos alababan al
Señor!
Al día
siguiente continuaron los prodigios en la Catedral de Yaunde. Una empleada
del Banco
de Yaunde que padecía miopía desde hacía trece años
fue sanada por el Señor.
Al día
siguiente ella contaba a todos sus compañeros de trabajo el milagro
del Señor.
Como la
conocían con sus gruesos lentes y ahora ya no los usaba, todos fueron
a la misa
de ese
día. En esta ocasión había más de tres mil
personas. Entonces tuvimos que sacar el
altar fuera
de la iglesia, pues la gente no cabía en la Catedral. Durante la
Celebración de
la Cena
del Señor, una niñita fue sanada de su brazo izquierdo que
tenía paralizado. Un
policía
cayó bajo el poder del Espíritu y fue sanado de la columna.
La madre superiora de
una comunidad
africana también experimentó el descanso en el Espíritu
y fue sanada de
úlcera.
Fueron tantas las curaciones que sería imposible enumerarlas todas
En unos
cuantos días habíamos vuelto a ver todos los signos que identifican
a Jesús
como Mesías:
los ciegos veían, los cojos caminaban, los sordos oían y
los pobres eran
evangelizados.
Luego salí
para Senegal donde cientos de curaciones vinieron a recordar a este
pueblo
que Jesús está vivo. Un Misionero del Sagrado Corazón,
al ver tantas maravillas y
la respuesta
tan entusiasta de la gente, nos dijo:
- Esto
es lo que precisamente estábamos necesitando aquí. Yo sabía
que el Señor
llegaría
de esta manera a nosotros, pues cuando los musulmanes ven que Jesús
realiza
milagros
llegan a creer que está vivo y que es más que un simple profeta.
Esto es lo que
estábamos
necesitando hoy entre nosotros...
Y no dejaba
de repetir: "Esto es lo que estábamos necesitando aquí",
refiriéndose a
las curaciones
que habían hecho germinar y crecer la fe de aquella gente. Pero,
¿en que
parte del
mundo no serían necesarios estos milagros? Todavía no encuentro
un país en
este planeta
donde salgan sobrando.
EI Prefecto
de Sangmelina, que era protestante, vino personalmente a despedirse y
a agradecer
la curación de su esposa que había padecido del hígado,
y de su hermana que
fue curada
de mala circulación. Estaba muy emocionado y me traía un
"regalito" para que
lo guardara
como recuerdo de mi paso por Sangmelina: se trataba de un auténtico
colmillo
de elefante.
Quise guardarlo
en mi maleta pero no cabía. Entonces lo envolví y continué
mi
viaje.
Sin embargo, tuve que pagar exceso de equipaje por culpa del dichoso colmillo
que
pesaba
mucho. Al bajar del avión, por poco olvido el colmillo en la banda
de equipajes.
En una
mano cargaba mi pequeña maleta y en la otra aquel envoltorio. El
"regalito"
empezaba
a serme estorboso y costoso.
Al llegar
a mi nuevo destino, una persona conocedora en la materia, se quedó
admirada
de la pieza tan fina. Con los ojos bien abiertos me dijo:
- Padre,
este colmillo de elefante es muy valioso. Espero que no tenga problemas
en
el aeropuerto,
pues son muy estrictos con el tráfico de marfil.
A partir
del momento que supe el precio del colmillo y los riesgos que corría
con
él,
cambió mi vida. Inmediatamente le compré una maleta especial
que cuidaba con más
esmero
que la mía. En los aeropuertos crecían los problemas: al
salir pagaba exceso de
equipaje
y al llegar tenía que orar así:
- Señor,
yo soy testigo de que tú abres los ojos a los ciegos. Ahora ciérraselos
a
estos señores
para que no vean el colmillo... tú sabes que es un "regalito".
Cuando
me hospedaba en una casa, lo primero que guardaba y escondía era
el
costoso
colmillo. A veces hasta lo ponía debajo de la cama, y al regresar
de predicar por
la noche,
lo primero que hacía era hincarme para buscar mi colmillo. A veces
lo sacaba y
lo contemplaba
por algunos segundos. Después de acariciarlo lo volvía a
guardar
cuidadosamente.
Un día
estaba en oración cuando de pronto comencé a pensar en el
valioso colmillo
y las preocupaciones
y ansiedades que me habían venido desde que viajaba conmigo.
Además
¡todo lo que me faltaba del viaje! Entonces exclamé en voz
alta:
- Señor,
qué razón tenías cuando dijiste "bienaventurados los
pobres" porque
cuando
yo no cargaba este colmillo no tenía problemas como ahora.
Me levanté
de la oración y regalé el colmillo, regresando inmediatamente
la paz a
mi corazón.
Desaparecieron las preocupaciones, los excesos de equipaje y hasta las
distracciones
en la oración.
Con esto
he aprendido que los colmillos de elefante: llámense poder, dinero,
gloria,
cosas materiales,
son siempre fuente de esclavitud. Lo peor es que ante ellos nos
postramos
y nos distraen del verdadero Dios. ¡Qué incómodos son
estos colmillos!
¡Cuánto
exceso de equipaje pagamos por ellos! ¡Qué pesados son, sobre
todo cuando
atrás
del colmillo cargamos el elefante completo!
Que no
necesitamos de los bienes materiales los que confiamos en el Señor,
me lo
demostró
hermosamente el Dueño de todas las cosas. El boleto a Camerún
y Senegal
costó
1,680.00 dólares. Como era demasiado dinero para esos países
tan pobres les pedí
que no
me dieran nada por mi trabajo; sino que simplemente pagaran el costo del
boleto.
Así,
entre los dos países me dieron 1,700 dólares. Un sacerdote
que se enteró del asunto
me dijo:
- No es
justo eso. Tú has trabajado intensamente por tres semanas y sólo
te dan 20
dólares.
¡Menos de un dólar por día!
- No te
preocupes -le contesté- El Señor nos da el ciento por uno.
Al regresar
a mi parroquia me esperaba un montón de cartas. Una de ellas decía
así:
"Hemos
pensado enviarte un "regalito" para la evangelización". Al leer
la palabra
"regalito"
me acordé del colmillo de elefante y solté la carta asustado.
En eso cayó de la
misma un
cheque por 2,000 dólares. Exactamente cien veces más que
los 20 dólares que
me habían
dado en África: Yo me reí y le dije a Jesús:
- Se ve
que eres un buen judío pues has hecho perfectamente las cuentas
al darme el
ciento
por uno...
Seguimos
narrando el contenido de otra carta del P. Emiliano a sus amigos y
conocidos.
La Romana,
10 de diciembre de 1982
Muy queridos
familiares y amigos:
Espero
encontrarlos bien a todos, con buena salud y plenos de la alegría
del Señor.
Personalmente
les diré que nunca había tenido tan buena salud y estoy feliz
de poder
ponerla
al servicio de la evangelización, salud que el Señor me regresó
hace diez años.
Incluso
he pensado escribir un pequeño libro de testimonios para contar
lo que he visto
durante
estos diez años de apostolado en la Renovación. No sé
si tendré tiempo para
hacerlo,
pero la idea me viene frecuentemente. Intentaré escribirlo y podría
tener como
título
"El Espíritu Santo ha hecho de mí un Testigo"
A fines
de noviembre regresé de la Polinesia Francesa Este último
viaje ha sido uno
de los
más bellos de mi vida. Nunca había encontrado un pueblo tan
simpático y
acogedor
a la Palabra de Dios. Allá viví un período de evangelización
lleno de alegría y
bendiciones
de todo tipo.
Para darles
una pequeña idea del recibimiento de esta gente, bastará
decirles que
llegué
al aeropuerto de Tahití a las dos de la mañana, después
de un viaje de 16 horas
desde Santo
Domingo es decir, el doble de distancia entre Santo Domingo y París
. Para
mi sorpresa,
había por lo menos 500 carismáticos reunidos en el aeropuerto
a esa hora
para recibirme
y lo hicieron con collares de flores, mientras cantaban "Alabaré"
con todo
el corazón.
Me pusieron tantos collares de flores que casi me tapaban los ojos. Necesitaba
un cuello
de jirafa.
Después
de dos días comenzamos el primer retiro para los líderes
de la Renovación,
que habían
venido de diferentes islas de la Polinesia Francesa. En el primer retiro
en
francés
eran 220. Los que llegaron de las islas más lejanas tuvieron que
hacer un trayecto
de tres
días en barco para venir a este retiro de cinco días. Allí
pude comprobar su gran
espíritu
de sacrificio. No es de admirar que hayamos sido bendecidos tan
abundantemente.
De algún modo volví a vivir en Tahití los acontecimientos
de 1975 en
Pimentel.
Los primeros
misioneros católicos que llegaron a Polinesia Francesa, en Tahití,
comenzaron
su trabajo en 1834. Este año, con motivo del 150 aniversario de
la misión, se
preparan
con retiros de evangelización por toda la diócesis. Nuestros
retiros carismáticos
formaban
parte de este programa de conjunto.
La generosidad
de esta gente se manifiesta en mil formas, nunca había tenido tantos
regalos
con motivo de un viaje de evangelización. Me regalaron 18 camisas,
dos pares de
zapatos,
un elegante hábito azul, etcétera. Cuando quise salir, todas
estas cosas no cabían
en mi maleta.
Así que la comunidad de católicos chinos me regaló
una bonita maleta
grande,
la más bella que he tenido, para meter mis regalos. Tenía
sobrepeso de equipaje
de 50 libras
y en el avión no me hicieron pagar ni un centavo de más.
No olvidaré
fácilmente
esta gente de Tahití y de las islas donde pasé cerca de un
mes de
evangelización
entre corazones muy abiertos a la Palabra de Dios.
Después
de haber predicado en dos islas diferentes y visitado varias comunidades
de religiosas,
hice una visita a los leprosos con quienes celebré la misa; luego
un
encuentro
con los padres misioneros. La última semana di una conferencia cada
noche,
más
tarde celebraba la misa y oraba por los enfermos en una gran iglesia, donde
la
asistencia
era entre 3,000 y 5,000 personas En lugar de homilía había
testimonios de las
personas
que habían sido sanadas los días precedentes.
El testimonio
que más me impresionó fue el de un hombre que estaba
completamente
ciego de un ojo, con el otro veía muy poco y dentro de poco tiempo
tendría
que operarse. Durante la misa por los enfermos, precisamente en el momento
de
la elevación
de la Hostia, vio una gran luz en la iglesia y sus ojos se abrieron. ¡Había
sanado!
Si al llegar
me coronaron de flores, al despedirme me llenaron de collares de
conchitas.
Cuando caminaba en el avión con tanta conchita hacia tal ruido que
la gente se
reía.
He compartido estos regalos con mi gente de la parroquia y es curioso encontrar
en
esta isla
del Caribe a gente con collares o camisas de la Polinesia.
El P. Emiliano
Tardif sigue mandando cartas donde narra los testimonios de las
personas
que Jesús sana.
La Romana,
1° de diciembre de 1981
El domingo
pasado, fiesta de Cristo Rey, celebramos en Santo Domingo nuestro
Segundo
Congreso Carismático Nacional... 42,000 personas representando 1,500
grupos
de oración
de la República Dominicana llenaron el Estadio Olímpico de
la capital el 22
de noviembre
en una gran manifestación de fe en honor de Cristo Rey.
El tema
del Congreso era "JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO". Fue
extraordinario.
De las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, bajo un cielo azul, en
una
atmósfera
de fiesta, cantamos, oramos, escuchamos las conferencias y saboreamos el
amor de
Dios nuestro Padre.
A las once
de la mañana me tocó el tema "JESÚS ESTÁ VIVO"
y enseguida, con
el equipo,
dirigí una oración de curación para todos los enfermos
que habían venido en
gran número
de todo el país. El Señor nos bendijo de una manera muy particular.
A las
dos y media
de la tarde, hora de los testimonios, hubo muchos.
Entre otros,
el de un hombre que había venido al Congreso con gran dificultad
y
recibió
una curación completa durante la oración por los enfermos
Debido a un problema
del corazón,
estaba paralizado del lado izquierdo del cuerpo y no podía caminar
sin
muletas.
A las dos y media de la tarde subió a la tribuna caminando solo,
sin muletas y
con la
voz sollozante agradecía al Señor que acababa de sanarlo
El día
de nuestro Congreso Carismático Nacional, nuestro nuevo Arzobispo,
Monseñor
Nicolás de Jesús López, dio una soberbia conferencia
sobre la Renovación
Carismática
en el mundo de hoy. Los pocos sacerdotes que luchaban todavía ferozmente
contra
la Renovación en la arquidiócesis parecen incomodarse con
esta posición tan firme
y tan franca
de nuestro nuevo Arzobispo. ¡Gloria al Señor!
Tengo ahora
la gran alegría de anunciarles que ya no soy párroco de Sánchez.
En
verdad
no alcanzaba a ser párroco y dar retiros por todas partes. Fui liberado
del curato
de Sánchez
en abril pasado y ahora soy predicador de tiempo completo con residencia
en
nuestra
parroquia de La Romana, donde el padre Andrés Dumas es el párroco.
El padre
Andrés estaba solo en esta gran parroquia de 30,000 habitantes.
Al
regresar
de mis viajes le ayudo un poco y esto me beneficia, pues es conveniente
mezclar
el trabajo
parroquial con los retiros.
En este
año he sido testigo de Cristo resucitado en los cinco continentes.
Después
de las conferencias ecuménicas en Suiza fui a Lisieux, Marsella
y Para le
Monial.
Luego regresé otra vez a la República Dominicana para ir
al retiro sacerdotal en
La Ceja,
Colombia. Finalmente, al retiro en Monterrey, México, donde me sucedió
un
curioso
incidente.
Vencido
mi pasaporte, lo envié a la embajada Canadiense en Caracas, Venezuela,
para refrendarlo.
Se acercaba el día de mi salida a México y el pasaporte no
regresaba. La
víspera
llamé telefónicamente a Caracas y me respondieron que ellos
ya me lo habían
enviado.
Nada podíamos hacer, sino esperar pacientemente la cuenta regresiva.
Por la
tarde me llamaron por teléfono de Monterrey, preguntándome
vuelo y hora
de nuestra
llegada. Yo les contesté que iría el equipo pero que yo me
quedaría, por la
simple
razón de no tener pasaporte.
Ellos se
quedaron consternados pues ya tenían todo listo para recibir 14,000
personas.
Me prometieron pasar la noche en oración, confiando en el Señor.
Al día
siguiente salí del aeropuerto dominicano sin pasaporte. Hablé
con el jefe de
migración
afirmándole que un canadiense podía entrar a Estados Unidos
con la licencia
de automovilista
(el avión hacia escala en Miami antes de llegar a México).
El me
contestó:
- Si la
compañía Eastern corre el riesgo de transportarlo, yo lo
dejo salir.
Hablé
con el empleado de Eastern Airlines y me dijo:
- Si migración
corre con los riesgos, nosotros lo transportamos. Yo entonces oré
de
esta forma:
- Señor,
Tú tendrás que correr con todos los riesgos... y tomé
el avión a Miami.
Al llegar
a Miami todo mundo mostraba su pasaporte, visa y carta de turista. Yo,
simplemente
presenté mi licencia de manejar. El vista, extrañado, me
preguntó:
- ¿Y
qué es eso?
- Mi licencia...
es todo lo que tengo. Un canadiense puede entrar a Estados Unidos
con su
licencia de manejar.
El se apiadó
de mí y me dejó pasar.
Al conectar
para México el oficial de migración sí sabía
de leyes y me aclaró
enojado:
- Usted
no puede ir a México ni a ninguna parte con eso... ni siquiera puede
estar en
Miami sin
papeles. Eso no sirve para nada... Cualquier persona puede conseguir licencia
en Canadá
y eso no significa que es canadiense. Es con la "tarjeta de nacionalidad"
con la
que se
entra a Estados Unidos, no con una simple licencia. En México jamás
lo dejarán
entrar...
lo van a devolver.
Yo me había
equivocado: había confundido "tarjeta de nacionalidad" con licencia
para manejar.
Gracias a Dios pude salir, pero al llegar a México se presentaba
otro
problema
no menos grave. Mi oración fue:
- Señor
tápale los ojos a este señor para que no vea lo que me falta.
El vista
estaba tomando café, distraído y hablando con su compañero...
ni se fijó lo
que le
entregué. Solamente me selló y entré al país.
El Señor
que le tapó los ojos al empleado de migración, en el retiro
de abrió los
ojos a
una señora ciega desde hacía cinco años. Jesús
es el amo de lo imposible.
Después
del retiro en Monterrey, celebramos una misa por los enfermos en un
santuario
al aire libre, con el altar al centro y seis mil personas mojándose
por una lluvia
continua.
Después de la comunión el Señor curó a un hombre
que había perdido el uso de
la palabra
desde hacía algunos años 3 consecuencia de una congestión
cerebral. El Señor
soltó
su lengua y él gritaba: "Gloria a Dios, gloria a Dios". Hubo gran
admiración entre
quienes
lo conocían y lo llevaron al micrófono para testimoniar.
En ese momento, dos
cojos se
levantaron y comenzaron a caminar. Uno de ellos vino a dar su testimonio
ante
toda la
asamblea mientras su párroco lloraba. Muchos sacerdotes que concelebraban
con
nosotros
se dejaron llevar por la emoción y lloraban... Yo reía y
gritaba "¡Jesús está vivo,
ustedes
lo están viendo!"
Este es
un resumen de algunas de mis actividades del año. Van ustedes a
decirme
que sólo
les hablo de retiros. Es que allí está mi corazón
y mi vocación: predicar por
doquier
el amor y la misericordia del corazón de Jesús.
También
en Yugoslavia estuvo preso por predicar la Palabra de Dios el P.
Emiliano,
esto nos dijo:
25 de octubre
de 1983
Queridos
familiares y amigos:
Acabo de
llegar de Yugoslavia y tengo un gran deseo de saludarlos a todos,
esperando
que tengan la paz y la alegría del Señor.
Creo que
no tengo el derecho de callar después de haber visto lo que vi en
este
largo viaje
de evangelización que comenzó el 18 de agosto y terminó
el 15 de octubre,
día
de Santa Teresa de Ávila.
El 18 de
agosto salí a Francia, para participar en el encuentro de comunidades
carismáticas
francesas en Ars, donde se reunieron más de 4,000 personas durante
una
semana
de oración, de reflexión y de estudio en la alegría
del Señor. Un precioso
encuentro,
de gran belleza y lleno de bendiciones de todo tipo.
De allí,
salí para Yugoslavia. Mis compañeros de viaje eran Abad Pierre
Rancourt
de Quebec
y el doctor Philippi Madre, diácono, que es el pastor de la comunidad
carismática
León de Judá, en Francia.
Según
testimonios y frutos que tienen todos los visos de autenticidad, la Virgen
se
está
apareciendo en Medugorie, Yugoslavia, dejando un mensaje de paz, oración
y
penitencia.
Lo cierto es que la parroquia del Padre Tomislav Vlasik se ha convertido
en
centro
de fe y de peregrinación donde existen muchas conversiones.
Nosotros
llegamos a Medugori antes de la misa de siete del martes. El padre
Tomislav
nos invitó a concelebrar con él.
Más
de tres mil personas estaban reunidas para la Eucaristía. Unos doce
sacerdotes,
sentados
en sillas afuera, confesaban largas filas de penitentes. Era una noche
ordinaria.
Se dice
que los sábados y domingos por la noche la asistencia llega hasta
siete y ocho mil
personas,
y así es desde hace dos años.
Al finalizar
la misa el padre Tomislav me dijo:
- Aunque
el retiro no comienza hoy, hay aquí numerosos peregrinos enfermos.
¿Quisieras
dirigir una oración por ellos después de la misa?
Acepté
gustoso y un sacerdote traducía mi oración al croata. El
Señor comenzó
desde esa
primera noche a curar enfermos que dieron su testimonio al final.
Al día
siguiente había por lo menos unas 8,000 personas. La noticia de
los curados
la noche
anterior corrió rápidamente. Esto comenzaba a intrigar a
los guardias de
Seguridad
Nacional. Nosotros oramos, el Señor sanó y la gente daba
su testimonio. La
noche del
jueves había ya 14,000 personas, mientras nosotros estábamos
en la cárcel...
He aquí
lo que sucedió. Por la mañana, habíamos dado enseñanza
al grupo de
jóvenes
y orado por la efusión del Espíritu antes de ir a comer.
Todos fueron bendecidos
por el
Señor.
Algunos
recibieron el don de lenguas y había mucha paz y alegría
en la asamblea.
Nosotros
regresamos para comer.
Al final
de la comida llegaron tres agentes de la Seguridad Nacional, dándonos
la
orden de
seguirlos con nuestros pasaportes para un interrogatorio Estábamos
detenidos.
Fuimos
conducidos a Citluk, ciudad localizada a siete kilómetros de distancia.
Nos
llevaron
ante un tribunal que nos acusaba de haber turbado la paz de Yugoslavia
y de
haber predicado
sin autorización del gobierno. Nos encerraron a los tres en un pequeño
salón,
hasta nueva orden. Me sentí contento de no haber ido solo a Yugoslavia.
La prisión
se soporta
mejor entre tres. Fue una tarde de expectativa. Las horas pasaban sin saber
lo
que nos
esperaba A eso de las cinco, como hacía mucho calor, pedimos un
vaso de agua.
Nos respondieron
que no había vasos. La víspera habíamos ayunado a
pan y agua por la
paz del
mundo, tal y como lo hacen los padres, las religiosas y el grupo de oración
de
todos los
miércoles Yo tenía prisa porque llegara el jueves, y llegó,
pero nos trajo la
prisión
donde no había ni pan ni agua.
A eso de
las 6:15, hora del rosario en la iglesia, nos unimos a ellos rezando nuestro
rosario
en prisión y terminamos cantando el Salve Regina Un policía
entró furioso
dándonos
la orden de callar. Yo no sabía que estaba prohibido cantar a los
presos. Creo
que les
impresionó nuestra alegría y paz.
En la pared
había una fotografía del mariscal Tito. Entonces le dije
a Pierre
Rancourt:
"Tomaré una foto porque quiero tener un recuerdo de mi prisión
en
Yugoslavia".
Yo sonreía y con la mano señalaba a Tito diciendo: "él
es el culpable". Al
accionarse
el flash vinieron inmediatamente los policías y se enojaron. Me
pidieron la
cámara
y yo temblaba como un niño travieso. Abrí la tapa de tal
modo que se veló el
rollo,
salvándome de una situación comprometedora.
Luego de
inspeccionar nuestras maletas nos dieron 24 horas para abandonar el país
o nos volvían
a poner presos.
Al día
siguiente por la mañana, después de haber saludado a los
padres y religiosas
que fueron
muy amables con nosotros y estaban muy contritos por vernos expulsados
de
esa manera,
salimos en un taxi a Zadar distante 350 kilómetros.
Dos americanos
que estaban allí como peregrinos, nos dieron 150 dólares
para
ayudarnos
a pagar el taxi. En Zadar, ciudad turística al borde del mar Adriático,
nos
embarcamos
a las nueve de la noche para llegar a Remini, Italia, a las seis de la
mañana.
Allí
tomamos el tren a Milán y por la tarde el avión nos llevó
a Paris a donde llegamos
para comer.
Dos días duramos para regresar a Yugoslavia, porque no había
manera de ese
mismo día
tomar avión. El Evangelio tiene razón cuando nos promete
el ciento por uno y
además
persecuciones por el nombre de Cristo Jesús.
En una
próxima carta les contaré mis aventuras en el Congo, donde
celebramos el
Centenario
de la Evangelización.
¡Los
bendigo a todos!
El pasado
mes de mayo el Movimiento Testimonio y Esperanza, grupo juvenil
apostólico
que se reúne en Las Monjas los sábados, organizó la
"Primera Peregrinación
Juvenil
Mariana".
La cita
fue a las 16:30 en el Santuario de Guadalupe y 15 minutos después
la
coordinadora
dio la bienvenida y en un ambiente de oración dio inicio la peregrinación
que fue
juvenil; pero de jóvenes de corazón, pues también
asistieron personas mayores y
niños.
Muchas
veces se piensa que las personas que organizan estas actividades son
viejitas
calienta bancas y que asisten los niños que son acarreados por sus
mamás, pero
en esta
peregrinación se vio el alegre espíritu juvenil cristiano;
pues aunque la lluvia
acompañó
a los peregrinos todo el camino, no decayó el ánimo a pesar
de que fue el
último
partido del Morelia. A este evento asistieron más de 400 personas.
En el trayecto
la peregrinación se detuvo por unos momentos varias veces para
representar
los misterios gozosos, los personajes fueron jóvenes y niños.
Entre misterio
y misterio todos los asistentes participaron con cantos;
especialmente
los coros de los grupos juveniles de San Diego, el Grupo Escoge,
"Jornadas",
"Shema" y "Baj". Potencia Juvenil Cristiana y Pastoral Scout no se quedaron
atrás
con sus porras a la Virgen y todos juntos oramos con el rezo del santo
Rosario.
La peregrinación
terminó en Catedral con las últimas oraciones y la coronación
de
la Santísima
Virgen María.
La devoción
y alegría mostradas en esta peregrinación de jóvenes
católicos es
digna de
repetirse, por lo que la Virgen María y el Movimiento Testimonio
y Esperanza
te invitan
a la II Peregrinación Juvenil Mariana en mayo del 98.
El viernes
pasado en la oración por los enfermos de las 12:00 en el Templo
del
Señor
de la Misericordia en La Colina, aquí en Morelia, Jesús que
está vivo transformó el
dolor en
salud, la tristeza en gozo. A una hermana que tenía serios dolores
en su espalda
y no podía
hacer sus actividades normales es Señor le regresó su movilidad
y sus dolores
ya no los
tiene. A otra hermana que perdió a su hija en forma muy dolorosa
hace unas
semanas,
Jesús le regresó la paz a su corazón y salió
de la iglesia con una profunda paz
interior
y daba gloria a Dios por haber tenido un encuentro vivo con Jesús.
Proclamar
la Palabra de Dios nos puede llevar hasta la cárcel, eso fue lo
que le pasó
de nueva
cuenta al P. Emiliano Tardif en África.
15 de noviembre
de 1983
Querida
familia y amigos:
Continuando
mi carta anterior les comento ahora mi viaje al África y algunos
de los
prodigios
que allí vieron mis ojos.
El 19 de
septiembre en la noche, salí de París al África, donde
primeramente
predicaría
durante 15 días en el Congo y luego 5 días en Zaire. (ex
Congo Belga)
El día
20 por la mañana llegué a Kinshasa, capital de Zaire. Fui
muy bien recibido
por los
padres jesuitas, en particular por el padre Guy Verhaegen S.J., quien es
el asesor
de la Renovación
en Kinshasa y me había invitado a dar el retiro a los líderes
de la
Renovación.
Descansé un poco del viaje de 8 horas en avión y en seguida
me dirigí a la
embajada
del Congo en Kinshasa para solicitar mi visa para el Congo. Al día
siguiente,
con mi
visa en la mano, crucé en barco de Kinshasa a Brazzaville, capital
del Congo. Un
viaje de
apenas 10 minutos en barco.
Llegué
pues, al Congo, y de inmediato fui a Linzolo, lugar de peregrinación
a la
Virgen,
a unos 20 kilómetros de Brazzaville. Allí se iba a celebrar
el primer retiro. Una
multitud
de más de 3,000 personas esperaban al aire libre el retiro de cuatro
días.
Después
de saludar al padre Ernesto Kombo, S.J., organizador del retiro, comenzamos
de
inmediato
la primera conferencia sobre "La Fe en la Palabra de Dios".
¡Qué
espectáculo ver esos miles de retirantes sentados en el piso, sobre
esteras o
banquitos,
atentos a la Palabra de Dios! Era en verdad una gran misión popular
en este
Centenario
de la Evangelización y al mismo tiempo el Décimo aniversario
de la
Renovación
Carismática en el Congo.
Yo daba
dos conferencias por la mañana, una por la tarde y en seguida celebraba
la
Eucaristía,
con homilía y oración por los enfermos después de
cada Eucaristía. Por la
noche hacíamos
una gran reunión de oración carismática con todas
las manifestaciones
del Espíritu
que el Señor quería darnos. Un día tuvimos adoración
del Santísimo
Sacramento
expuesto en el altar, al aire libre, frente a la gruta. Desde las nueve
de la
noche hasta
media noche, oración espontánea, cantos y predicación.
En el Congo
encontré
una fe intensa y profunda, una fe como raramente he encontrado en mis viajes
de evangelización
por el mundo.
Imagínense
la fe que se necesita para ser capaz de permanecer durante cuatro días
de retiro,
a mediados de semana, sin hotel para dormir; donde cada quien se organizaba
como podía,
durmiendo al aire libre, extendiéndose sobre esteras y comiendo
lo que
llevaban
en su pequeño morral. Dios, que no se deja vencer en generosidad,
hizo brillar
su gloria
en esta ocasión tan especial.
El gobierno
del Congo está en manos de marxistas desde hace años. Después
de la
independencia
del país intentó instalarse una democracia, pero rápidamente
cayó el
gobierno
y el comunismo tomó el poder. En 1977, el presidente Ngouabi, comunista,
fue
asesinado
y sustituido por otro presidente comunista. Cuatro días más
tarde unos policías
se presentaron
en la residencia del Cardenal Emile Blayenda de Brazzaville, ordenándole
los siguiera
para una entrevista con la autoridad. Nunca más el pueblo pudo volver
a ver
a su Cardenal
que era un pastor de almas con cualidades extraordinarias, según
decir del
clero entero.
Hace un
par de años el Papa Juan Pablo II visitó el Zaire y en Brazzaville
celebró la
Eucaristía
al aire libre, con la alegría delirante del pueblo. Se dice que
desde entonces el
gobierno,
dirigido por el coronel Denis Sassou, parece haber mejorado las relaciones
con
la Iglesia,
sobre todo en este año del Centenario de la Evangelización.
Fue pues
en estas circunstancias a donde llegué a predicar quince días
de retiros
populares,
invitado por el actual Arzobispo de Brazzaville.
En ningún
país en el mundo he visto tantas curaciones como en el Congo durante
estos retiros
del Centenario. El único país con que podría comparar
el Congo, desde el
punto de
vista de las señales que acompañaron la evangelización,
sería la Polinesia
Francesa
donde prediqué tres semanas de retiro el año pasado. También
era su
aniversario
de evangelización. Pero las señales fueron todavía
más fuertes y más
sorprendentes
en el Congo.
Leemos
en Isaías:
Los sordos
escucharán las palabras del libro liberados a la sombra de la tiniebla,
los
ojos de
los ciegos verán, los pobres se alegrarán en Yahvéh
y los hombres más pobres .se
regocijarán
a causa del Santo de Israel. Is 29, 18-29.
Más
adelante afirma:
Que el
desierto y el sequedad se alegren regocíjense la estepa y florezca
como flor.
Se verá
la gloria de Yahvéh, el esplendor de nuestro Dios. Fortalézcanse
las manos
débiles
afiáncense las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón
decaído. ¡Ánimo, no
teman!
Se despegarán los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos
se abrirán.
Entonces
saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará
gritos de júbilo. Is 35,
1-6.
En pocos
días fuimos testigos de estas señales entre "los más
pobres de los
hombres".
El Señor acompañó con toda clase de señales
y prodigios su Palabra de
salvación.
El Evangelio es verdadero y eficaz el día de hoy, si le creemos
al Señor.
Desde la
primera noche del retiro en Linzolo, después de la oración
por los
enfermos,
una palabra del Señor me llegaba fuertemente al corazón:
"Hay aquí un
hombre
que sufre mucho en su pierna derecha. El es cojo y tiene dificultad para
mantenerse
sobre su pierna En este momento siente un fuerte temblor y un gran calor
en
esa pierna.
El Señor lo está sanando. Tú que sientes esta curación,
ten confianza. En el
nombre
de Jesús, levántate y anda.
Hubo un
largo momento de silencio en la asamblea. Nadie se movía. Como no
todo
mundo entendía
el francés, había que traducir en el dialecto de la región
lo que hizo
inmediatamente
el Padre Ernesto Kombo, que me acompañaba a todas partes. En ese
momento
un hombre de 28 años se levantó y salto como un ciervo. El
tenía el pie
envuelto,
era cojo, sufría desde hacía mucho tiempo un dolor en la
pierna derecha que no
le permitía
trabajar. Para confirmar todo, apareció entre el público
con el pie derecho
envuelto
en una venda y ya no cojeó jamás.
La multitud
aplaudía: y todos alababan al Señor... Todos "veían
la gloria de
Yahvéh"
estallar ante sus ojos por la lluvia de bendiciones y curaciones que el
Señor
dejaba
caer en esas tierras tan azotadas por la sequía.
El día
siguiente tuvimos numerosos testimonios. Un ciego recuperó la vista
y daba
testimonio
público agradeciendo al Señor. Pero nuestra mayor admiración
fue el segundo
día,
cuando una niña de diez años, sordomuda de nacimiento, fue
sanada "Las orejas de
los sordos
se abrirán. . . La lengua de los mudos gritará su alegría".
Esta niña, sorda de
nacimiento,
se espantó de tal manera que al escuchar los cantos al final de
la misa que se
puso a
gritar de pánico, tapándose las orejas con los dedos y se
retiró lejos. Poco a poco
se calmó
y al día siguiente en la mañana, radiante de alegría,
fue al presbiterio con su
mamá
y nos probaba que estaba de verdad curada. Le decíamos una palabra
en francés y
la repetía
con claridad. Ella se fascinaba por poder repetir lo que decíamos,
como un niño
que aprende
a decir papá y mamá. Esta curación causó gran
admiración y la noticia se
corrió
hasta la capital.
Muchos
otros testimonios nos llegaron después de la Eucaristía de
cada tarde. La
multitud
crecía de tal manera que al finalizar el retiro había por
lo menos cinco mil
personas,
en el piso, ante la gruta de la Inmaculada, escuchando la Palabra de Dios
Recuerdo
imborrable me ha dejado este primer retiro de Linzolo.
Pero esto
era sólo el principio. El domingo, era la misa por los enfermos
en la
Catedral.
Tuvimos que celebrar al aire libre porque la asistencia rebasaba las dos
mil
personas.
En esta misa el Señor quiso dar una señal muy clara de que
su Palabra es
verdad,
como lo hizo cuando dijo al paralítico del Evangelio: Para que los
hombres sepan
que el
Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados, levántate,
toma tu camilla
y anda:
Lc 5,24.
Después
de la oración por los enfermos, un hombre que padecía hemiplejia
desde
hacía
ocho años y no podía desplazarse solo, sintió que
el Señor lo curaba. Una palabra
de ciencia
lo invitaba a levantarse. Con la admiración de la muchedumbre, se
levantó y
camino
solo hasta el altar. Allí, al micrófono, agradecía
al Señor con sollozos y algunas
palabras.
¡Estaba curado!
Los dos
días siguientes sería el retiro para sacerdotes y religiosas
en Brazzaville. Se
habían
programado dos Eucaristías en dos iglesias diferentes a las que
estaban invitados
todos los
enfermos. La primera, se celebró afuera de la iglesia de San Pedro,
con algunos
miles de
personas que llenaban el terreno. Yo prediqué sobre "La Eucaristía
Sacramento
de Curación"
y el Señor vino a confirmar su presencia real en la Hostia consagrada
curando
a dos paralíticos: una mujer de unos 35 años que había
sido llevada en una
camilla.
Ella yacía paralítica en la cama desde hacía dos años
y medio. El Señor la
levantó
después de la comunión. Le ayudé dándole la
mano y pudo llegar hasta el altar,
subiendo
con dificultad los tres escalones del podium. Allí, loca de alegría,
se puso a
bailar
ante la multitud. Era el delirio de la asamblea. En ese momento, un hombre
paralítico
que había sido llevado en brazos por su familia, también
se levantó y caminó
solo, tranquilamente,
avanzando hasta el altar. Las curaciones de todo tipo se
multiplicaban,
Jesús volvía a decir a su pueblo: Fortalézcanse las
manos débiles y
afiáncense
las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón decaído.
"No teman. He aquí a
su Dios".
El martes
ya no podíamos celebrar la misa dentro de una iglesia. Tuvimos que
ir al
estadio
de la parroquia Santa Ana donde cabían quince mil personas. A las
tres de la
tarde el
estadio estaba lleno a reventar, y había más gente afuera
que adentro, fue
necesario
cerrar las puertas. La Eucaristía fue concelebrada por el Arzobispo
y varios
sacerdotes.
Prediqué sobre las señales que Jesús anunció
a los discípulos de Juan Bautista
cuando
le preguntaron:
¿Eres
tú el Mesías o debemos esperar otro? Jesús les respondió.
Vayan y digan a
Juan lo
que han visto y oído. Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos
son curados
y los sordos
oyen... y la Buena Nueva es anunciada a los pobres.... Lc 7, 18-23.
Después
de la oración por los enfermos, muchas personas fueron tocadas por
el
poder del
Espíritu... Al día siguiente fueron numerosos los testimonios.
El que más nos
sorprendió
fue el de un niño sordomudo de nacimiento que fue curado en el estadio.
Su
padre,
profesor en el colegio de Brazzaville, organizó una fiesta con sus
amigos esa
noche para
agradecer a Dios el milagro. Al día siguiente, él, inscrito
en el partido
comunista,
fue a la Oficina Central a entregar su carnet del partido diciendo: "Ya
no
necesito
esto. Dios existe. El curó a mi hijo".
Fue en
ese momento en que las reacciones comenzaron a manifestarse en las filas
del Gobierno.
Los agentes de la Seguridad nacional estaban en verdad intrigados por lo
que pasaba.
Una noche vino un miembro del gobierno, como Nicodemo, a advertirnos en
secreto
que había un gran malestar en el Gobierno comunista; los agentes
de la Seguridad
Nacional
comenzaban a rezongar. Nos dijo: "Prepárense porque Lenin está
en peligro".
Nosotros
reímos de buena gana. Al día siguiente regresó otra
vez a decirnos: "Cada vez
hay más
murmuraciones entre los miembros del partido comunista... Marx se está
muriendo..."
En todas
nuestras predicaciones teníamos espías del gobierno que nos
pisaban los
talones.
Al día
siguiente por la mañana, salimos en un pequeño avión
a predicar a Punta
Negra,
a 700 kilómetros de Brazzaville y Louteté, que nos quedaba
de camino.
En los
diez años que tengo trabajando en este ministerio de curación
nunca había
visto tantas
bendiciones derramadas sobre una multitud durante la celebración
de una
Eucaristía,
como en la primera misa de Punta Negra por los enfermos: los cojos
caminaban,
los sordos comenzaban a oír, los mudos gritaban y los ciegos recuperaban
la
vista.
Quisimos
consignar por escrito los testimonios para escuchar los mejores durante
el
retiro.
¡Las curaciones de la primera misa eran más de cien! ¡Era
realmente el gran regalo
del Centenario
por parte de Dios rico en misericordia! Los pobres se regocijaban a causa
del Santo
de Israel.
El testimonio
que causó mayor impacto fue el de un pastor protestante que tenía
parálisis
desde hacía algunos años, después de haber sufrido
hemiplejia. Precisamente
antes de
la misa lo habían sacado de un taxi y lo habían trasladado
en un sillón. Dios, que
es un Padre
de verdad y quiere unir a sus hijos en el amor, sanó a este pastor
protestante
durante
la celebración de la Eucaristía. ¡Eso es verdadero
ecumenismo a la manera de
Dios!
Al día
siguiente, a la hora de los testimonios, este hombre se levantó
solo de su
silla,
se dirigió tranquilamente al micrófono sin ayuda de nadie
y allí, con sollozos en la
garganta
y las manos levantadas al cielo, agradecía al Señor. ¡Ustedes
comprenderán la
alegría
que teníamos en el corazón! "Fortalézcanse las manos
débiles".
El trabajo
había sido extenuante pero lleno de alegría. Los signos y
prodigios de
Jesús
habían echado por tierra la teoría marxista sobre la muerte
de Dios. Ya sólo nos
quedaba
la misa de clausura en el estadio donde había cupo para 40,000 personas.
Yo estaba
cansado y dije al padre Kombo:
- Mañana
me levantaré tarde.
Todavía
no me acostaba cuando recibí la poca grata visita de tres agentes
de
Seguridad
Nacional que venían a buscarme, pero no precisamente para que orara
por
ellos.
Me ordenaron
seguirlos para un interrogatorio. Yo me dije: "No me digan que voy
a tener
otra vez la misma historia que en Yugoslavia". Los padres jesuitas no permitieron
que saliera
solo con los policías esa noche, recordando que en 1977 el Cardenal
había
salido
solo con ellos y había sido eliminado. Así me acompañaron
a la oficina de policía.
Allí
con los padres Martín y Kombo, supe que estaba prisionero. Me acusaban
de haber
entrado
ilegalmente al país. En mi visa, supuestamente, faltaba un sello.
Como no lo
tenía,
concluyeron con su lógica comunista que había entrado al
Congo de noche, en
chalupa
o nadando.
Yo estaba
cansado y dije al padre Kombo:
- Mañana
me levantaré tarde.
Todavía
no me acostaba cuando recibí la poca grata visita de tres agentes
de
Seguridad
Nacional que venían a buscarme, pero no precisamente para que orara
por
ellos.
Me ordenaron
seguirlos para un interrogatorio. Yo me dije: "No me digan que voy
a tener
otra vez la misma historia que en Yugoslavia". Los padres jesuitas no permitieron
que saliera
solo con los policías esa noche, recordando que en 1977 el Cardenal
había
salido
solo con ellos y había sido eliminado. Así me acompañaron
a la oficina de policía.
Allí
con los padres Martín y Kombo, supe que estaba prisionero. Me acusaban
de haber
entrado
ilegalmente al país. En mi visa, supuestamente, faltaba un sello.
Como no lo
tenía,
concluyeron con su lógica comunista que había entrado al
Congo de noche, en
chalupa
o nadando.
Hubo largos
interrogatorios donde intentaron que me contradijera. Yo vi
claramente
que el motivo de mi detención era el mismo que en Yugoslavia: lo
que yo
predicaba
y las señales que el Señor nos daba para acompañar
su Palabra, contradecían
las enseñanzas
del gobierno marxista, aunque yo nunca hablara de política en mis
conferencias.
Yo me reía pensando cómo Jesús al que ellos consideraban
que estaba
muerto,
les causaba tanto miedo y desasosiego. Tomaban tantas precauciones que
daban
la idea
de que creían en su resurrección.
En el interrogatorio
que me hicieron durante las dos horas y media, llegaron incluso
a preguntarme
si acostumbraba decir mentiras. También me preguntaron si el Vaticano
estaba
de acuerdo con mi ministerio. ¡Un gobierno marxista velando la integridad
de
nuestro
ministerio!
Luego vino
el interrogatorio al padre Kombo y al padre Martín. Mientras
interrogaban
a los otros jesuitas yo estaba con el padre Kombo contándole ciertos
chistes
y aventuras
de mi ministerio. El padre reía de buena gana y yo estaba feliz.
Nuestros
vigilantes
se enojaron de vernos tan contentos y entonces nos separaron a cada uno
en un
rincón.
Parecíamos niños de escuela castigados. Esto nos hacía
reír aún más pues no
sabíamos
que estaba prohibido estar alegres en la cárcel.
Pasada
la media noche, siendo devorados por los mosquitos, hice algo que nunca
había
tenido la oportunidad de realizar con tanta sinceridad. El Evangelio nos
pide orar
por aquellos
que nos persiguen y nos calumnian. Así, en prisión, recé
cinco rosarios por
los agentes
de seguridad. A las cinco de la mañana volví a casa de los
jesuitas, con
residencia
vigilada y sin pasaporte. Toda aparición pública me estaba
prohibida. Me
advirtieron
que el lunes por la tarde me harían otro interrogatorio.
Ya de regreso,
en casa de los jesuitas, me acosté e intenté dormir. A eso
de las tres
de la tarde
me levanté bien descansado. En ese preciso momento el Señor
puso un
mensaje
en mi corazón que me iluminó. Esta palabra resonaba claramente
en mí como
una profecía:
- ¿Después
de haber saboreado la embriaguez del Domingo de Ramos, no crees que
es normal
probar un poco de la Semana Santa...?
Yo respondí:
- Muy bien,
Señor... con tal que no hayamos llegado al Viernes Santo...
Todo era
sencillamente una treta para detener las manifestaciones de fe previstas
para el
lunes en la tarde y el martes en el estadio. Estaban cansados de las señales
que
volvían
a probar al pueblo del Congo que el Evangelio es verdad, que Jesús
es el Mesías
y que no
hay que esperar ningún otro salvador. Sólo Jesús salva.
Durante
esa noche de interrogatorios, ante un tribunal de cinco agentes de
Seguridad,
comprendí mucho mejor la malicia de Satanás y la estupidez
de los hombres
que se
dejan engañar por falsas ideologías.
Esa noche
regresaron a buscarme para otro interrogatorio de tres horas. El martes
en la tarde,
el pueblo que creía poder celebrar la misa de acción de gracias
y de curación
en el estadio
de la revolución, llegó por miles. Había incluso gente
de Camerún y del
Zaire.
Cuando supieron que estaba prisionero, hubo muchas murmuraciones en el
pueblo.
Por fin,
el martes por la tarde, fue el último interrogatorio que duró
desde las siete y
media hasta
las once de la noche. Me dijeron que recibiría mi pasaporte al día
siguiente
por la
mañana. El Arzobispo fue a visitarme varias veces. Se sentía
muy humillado con
esta historia.
El miércoles 12 de octubre, a las diez, me daban mi libertad. Tomamos
juntos
la última comida y a la una de la tarde me embarqué para
cruzar de nuevo al Zaire
y llegar
a país libre. ¡Viva la libertad!
En el Zaire
tenía un retiro de tres días con líderes de la Renovación.
Antes del
retiro,
fui a saludar al Cardenal Malula de Kinshasa, en compañía
del padre Guy. El
Cardenal
se mostró muy amable y atento. Brevemente le conté lo que
el Señor había
hecho en
el Congo. Cuando le hablé de la curación de dos sordomudos,
cinco paralíticos,
dos ciegos
y muchos otros enfermos, él me escuchaba con los ojos cuadrados.
Admiradísimo,
me pregunto:
- Pero,
padre, ¿cómo explica usted todo esto?
Yo le contesté:
- Es que
el Evangelio es verdad.
El me respondió
inmediatamente:
- Usted
va a celebrar una Eucaristía pública por nuestros enfermos
de Kinshasa.
Voy a solicitar
el Palacio del Pueblo para que haya espacio para todos. El domingo por
la
tarde,
terminando el retiro para los líderes, celebraremos la Eucaristía
para nuestros
enfermos.
Voy a hacer que se invite a todas las iglesias de la ciudad.
Tal como
se programó, el domingo por la tarde, en la explanada del Palacio
del
Pueblo
-la misma donde el Papa había celebrado la Eucaristía- el
Cardenal y otros
sacerdotes
celebramos la misa para el pueblo del Zaire ante diez mil personas. Este
inmenso
Palacio del Pueblo, de gran elegancia, con un estacionamiento para mil
autos,
fue construido
por Mao Tse Tung para atraer al pueblo el marxismo. La gran explanada
exterior,
hasta la fecha, ha servido sólo en dos ocasiones: para la misa del
Papa y la
nuestra.
Hasta los enemigos del Evangelio doblan la rodilla delante del Señor
Jesús.
En la homilía
conté lo que he visto desde hace diez años en la Renovación
por los
cinco Continentes
y sobre todo lo que acabo de vivir en el Congo. El Señor los bendijo
mucho.
De tal modo que nos pidieron otra Eucaristía para los enfermos el
lunes por la
tarde,
en el mismo lugar. Esta vez la multitud rebasaba en mucho las treinta mil
personas.
Yo recordé
la profecía que el Señor nos había dado en Pimentel,
cuando le
preguntábamos
por qué nos enviaba tanta gente: "Evangelicen a mi pueblo. Quiero
un
pueblo
de alabanza."
En esta
segunda misa hubo bellos testimonios de personas que habían sido
curadas
el domingo
por la tarde y la gloria de Dios seguía brillando. Justamente al
final, a eso de
las siete
de la noche, el Cardenal dio su bendición y la lluvia comenzó
a caer. Desde
hacía
largos meses no llovía en el Zaire y las gentes fueron cantando,
viendo en esta
lluvia
otra bendición. "El desierto y el sequedad se alegren, regocíjese
la estepa y
florezca
como flor"
Esta carta,
un poco larga, les da una idea del librito que estoy preparando para
contarles
lo que he visto y oído desde el día de mi curación,
hace diez años. Con mi
curación
recibí la gracia de descubrir como nunca el poder de la oración
y la presencia
del Espíritu
Santo en la Iglesia de hoy. ¡Doy gracias al Señor por poder
vivir con todos
ustedes
este nuevo Pentecostés!
Los bendigo
de todo corazón. ¡Unión de oración, siempre!
9
EL ÚLTIMO
VIAJE
Quiero
terminar estas líneas con un curioso incidente: después de
una serie de
retiros
en la Polinesia por quince días, me tiré en el asiento del
avión para descansar.
Mientras
el avión se elevaba por encima de las nubes y tenía la impresión
de casi tocar el
cielo,
comencé a escuchar un cassette de John Littleton que cantaba "no
se han
terminado;
tus viajes no se han terminado"
Estas palabras
me llegaron al corazón como una profecía y dije en voz alta:
"AMEN".
La persona que estaba sentada junto a mí leyendo un periódico
me miró por
arriba
de sus lentes pensando que yo era un loco que hablaba solo...
Ciertamente
mi viaje ha comenzado hace cincuenta y cinco años cuando vine a
este
mundo por
un acto del infinito amor eterno de Dios. Ahora ya he emprendido el retorno
a
la Patria
definitiva, la Jerusalén celestial, donde no hay luto ni llanto,
enfermedad ni
muerte.
Cada día estoy más cerca de la Casa siempre abierta donde
el buen Jesús fue a
prepararme
un lugar entre todos los santos.
Sueño
con el amanecer en que llegaré de las puertas de cuarzo y las murallas
asentadas
en jaspe. Ya me veo caminando por las calles de oro a la ribera del mar
de
cristal
de la Nueva Jerusalén; adornada con rojos rubíes, verdes
esmeraldas y topacios
amarillos.
Me bañaré en el agua de vida, brillante como la plata, que
brota del trono del
Cordero,
al lado de los árboles que retoñan y dan frutos medicinales
doce veces por año.
El viaje
se ha iniciado y no tiene regreso. Como la cierva anhela las corrientes
de
agua viva,
así mi carne languidece y mi corazón grita de alegría
a causa de Dios vivo. Un
remolino
centrípeto me atrae más aceleradamente a la Jerusalén
de arriba. Sólo por una
razón
quisiera que se alargara mi viaje: por el embriagante vértigo que
me hace esperar lo
que espero.
En un abrir
y cerrar de ojos, al toque de la trompeta, le conoceré cara a cara;
me
poseerá
y lo poseeré junto a las murallas de la Santa Sión.
Grabada
con la sangre de Cristo, me ha llegado una invitación personal para
participar
en las Bodas de el Cordero. La novia ha sido engalanada con dones y carismas,
embellecida
con una diadema de estrellas y sol. Su vestido está esmaltado de
virtud y sus
ojos brillan
con el fulgor de su Amado.
En estos
últimos años he sido testigo de las obras, del amor y la
misericordia de
nuestro
Dios. Si El es tan grande en sus obras ¿cómo será
El mismo? Si tan luminoso son
los rayos
de su misericordia ¿cómo será en la visión
que no engaña?
Por eso,
mientras vuelo en avión o monto en burro, siempre voy cantando:
Que alegría
cuando me dijeron. "Vamos a la Casa del Señor."
Ya se posan
mis pies en tus umbrales, Jerusalén.
Mi Señor
y mi Dios, quiero dirigirte a ti mis últimas palabras:
Dios mío,
tú que me escrutas y me conoces; sabes cuándo me siento y
cuándo me
levanto;
mis pensamientos calas desde lejos, observas si voy de viaje o si me acuesto,
familiares
te son todas mis sendas.
No está
aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Dios mío, la
conoces entera. Me
aprietas
por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano.
¿A
dónde iré lejos de tu Espíritu, a dónde de
tu rostro podré huir? Si hasta los
cielos
subo, allí estás tú, si en el sheol me acuesto, allí
te encuentro.
Si tomo
las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también
allí tu
mano me
conduce, tu diestra me aprehende.
Aunque
diga. "me cubra al menos la tiniebla, y noche sea la luz en torno a mí"
la
misma tiniebla
no es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día.
Porque
tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de
mi madre; te doy
gracias
por tan grandes maravillas; prodigio soy, prodigios son tus obras...
Mi alma
conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando yo
era
hecho en
lo secreto, tejido en las honduras de la tierra.
Mis acciones
tus ojos las veían, todas ellas estaban en tu libro, escritos mis
días,
señalados,
sin que ninguno de ellos existiera.
¡Cuán
insondables, oh Dios, tus pensamientos, que incontable su suma! ¡Son
más,
si los
recuento, que la arena! y al terminar ¡todavía me quedas tú!